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martes, 18 de septiembre de 2012

José Giral (1879-1962)


Licenciado en Farmacia y Químicas, su labor política destaca en los primeros compases de la Guerra primero en el Ministerio de Marina y posteriormente como presidente del Gobierno, entre julio y septiembre de 1936

Transcurridas pocas horas después del golpe militar, y ante el fracaso que supone el Gobierno nonato de Diego Martínez Barrio, el presidente de la República, Manuel Azaña, ordena al ministro José Giral que constituya un nuevo Gabinete. Éste acepta y el 19 de julio elabora un nuevo Gobierno formado en exclusiva por republicanos moderados, en el que él, además de la Presidencia, se reserva su antigua cartera en el Ministerio de Marina. Estos dos cargos representan para Giral el escalón más alto de su trayectoria política, una trayectoria que poco o nada tiene que ver con la que el Giral estudiante pensaba para sí mismo en sus años de facultad. 

José Giral Pereira nace en Santiago de Cuba el 22 de octubre de 1879, hijo de un emigrante soriano casado con una nativa de la isla. Tal y como relata José Esteban, historiador y biógrafo del político, no está claro en qué momento el joven Giral regresa a la península Ibérica, aunque se sospecha que su vuelta se produce poco después de la pérdida de las colonias españolas en 1898. Lo que sí se sabe es que una vez aquí es matriculado para que continúe su formación en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid. Concluido el bachiller, la curiosidad que en él despierta todo lo relacionado con el mundo de las Ciencias le conduce a dos carreras universitarias muy alejadas de las artes retóricas de la política: Farmacia y Químícas.

Durante esta etapa de estudiante conoce a destacados personajes novencentistas, como Giner de los Ríos o Miguel de Unamuno, y se incorpora a uno de los sindicatos universitarios, Unión Escolar, cuya finalidad principal es lograr una regeneración de la enseñanza superior. Su primer logro académico destacado llega en septiembre de 1902, cuando obtiene el doctorado cum laude de Químícas.

Sus primeros trabajos remunerados transcurren por diversos laboratorios químicos de la capital, a la par que dedica su tiempo de ocio en fundar, junto con otros colegas del ramo, la Sociedad Española de Física y Química (1903), Sus éxitos como estudiante se le van acumulando, y al año siguiente, 1904, consigue también el doctorado de Farmacia. El esfuerzo se ve recompensados en 1905 cuando obtiene la cátedra de Químicas Orgánicas en la Universidad de Salamanca. De su periplo salmantino cabe destacar la fundación de la Sociedad Química de la ciudad, así como la redacción de su libro Análisis orgánico funcional.

En 1920 retorna a Madrid para abrir una farmacia en el número 35 de la calle de Atocha. En la trastienda de esta rebotica será donde empiece a fraguarse el Giral político.

Junto a Manuel Azaña, con quien mantiene una estrecha amistad, funda Acción Republicana, una organización política apoyada por intelectuales como Ortega y Gasset, Carles Esplá o el mismo Unamuno. El interés de Giral por la política nace tras su paso, una vez en 1917 y tres veces más durante la dictadura de Primo de Rivera, por las celdas de diversas prisiones. En la primera ocasión, es encarcelado por manifestarse a favor del derecho a la huelga de los trabajadores, y en las restantes, por expresar sus ideas republicanas.

En 1926, Acción Republicana se fusiona con otros partidos de similar ideología y nace Alianza Republicana. Pese a esta nueva situación, Giral sigue completamente volcado en su gran pasión: la docencia y la investigación científica. Así, en 1928 logra su segunda cátedra, esta vez en la Universidad Central de Madrid (actual Complutense) como profesor de Químicas Biológicas. La demostración de que Químicas y Política han quedado entrelazadas para siempre en la vida de José Giral tiene lugar en la cena homenaje que sus compañeros de partido le brindan para celebrar su nuevo triunfo académico. Un apagón en mitad del banquete es utilizado como excusa para que los comensales manifiesten, en la seguridad que proporciona el anonimato de la oscuridad, sus vítores a la República y su desprecio hacia Miguel Primo de Rivera y la Dictadura.

El Boticario, como es conocido Giral entre las fuerzas conservadoras, comienza a desempeñar su primera ocupación política con la llegada del nuevo régimen republicano, sobre todo dentro de periodo que comprende el bienio reformista. Inicialmente, el presidente Manuel Azaña lo elige consejero de Estado y rector de la Universidad Central de Madrid. No será un cargo definitivo. Su gran puesto no se encuentra en los pasillos de las facultades de la Ciudad Universitaria, sino que le aguarda tras la mesa de un despacho ministerial.

En octubre de 1931 es nombrado ministro de Marina. Este nuevo cargo no le entusiasma especialmente, pero por disciplina interna al partido y, sobre todo, por fidelidad a su gran amigo y ahora presidente, decide aceptarlo. Durante esta su primera etapa dentro del Ministerio, no hay apenas grandes dificultades a las que hacer frente y Giral aprovecha esta relativa calma para ejecutar varias medidas de corte social destinadas a mejorar las condiciones de los soldados (un aumento de sueldo, entre otras cuestiones). La crisis de Gobierno de 1933 termina con su labor como ministro, aunque se mantiene como parlamentario. La fundación en 1934 de Izquierda Republicana concede a José Giral una nueva oportunidad en el mundo de la política, cuando, tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, regresa a su antiguo puesto en el Ministerio de Marina. Su labor se mantendrá tanto en los gobiernos presididos por Manuel Azaña como en el de Santiago Casares Quiroga.


La confianza de Giral en su nuevo equipo resulta decisiva en las inciertas horas que se avecinan para los republicanos. Conocedor de la conjura militar que se está fraguando con el fin de derribar la República, reestructura rápidamente los puestos de radiocontrol telegráfico, cancela las maniobras navales previstas en Canarias y en la costa marroquí, y determina una serie de acciones y protocolos de intervención (por ejemplo, dejar de cifrar los movimientos de las embarcaciones) a fin de detectar cualquier actuación sospechosa que indique que la maquinaria del golpe se ha puesto en marcha. Pese al efectivo control de la situación que demuestra Giral y la fidelidad al ministro de gran parte de su equipo militar y civil durante el 18 de julio de 1936 y en los sucesivos días, también hay sombríos episodios en la gestión de la crisis por parte del Ministerio de Marina.

Junto a maniobras estratégicas y de defensa, el 18 de julio la Jefatura de Madrid manda una intervención armada que los altos oficiales de las diferentes embarcaciones implicadas nunca llegan a ejecutar. Como relata José Esteban, a través de un despacho radiotelegráfico, el ministro ordena a los comandantes de los destructores Lepanto, Churruca, Sánchez Barcáiztegui y Almirante Valdés, así como al cañonero Dato, desplazados todos ellos en las costas de Ceuta y Melilla, abrir fuego sobre los campamentos y cuarteles de Regulares, centros militares y agrupaciones de fuerzas localizadas en tierra. Sus órdenes son claras: "La República española espera que la lealtad y disciplina de esas dotaciones sabrán hacer honor a la tradición brillante de la Marina. Continuarán el fuego hasta producirse una solicitud de tregua o hasta haberse consumido la mitad de los cargos".

La orden, sin embargo, no es obedecida por ninguno de los citados navios. La posibilidad de causar cientos de bajas civiles ajenas a la sublevación militar, así como el miedo de los soldados a disparar contra sus propios compañeros y amigos son algunas de las razones que impiden su cumplimiento. La crisis de Ceuta no impide, sin embargo, que Manuel Azaña deposite en su viejo amigo la confianza suficiente en estos difíciles momentos para que organice un nuevo Ejecutivo.

Entre las primeras decisiones que Giral toma estando ya al cargo del Gobierno para frenar la rebelión militar destaca, por un lado, la entrega de armas a las milicias populares, y por otro, la disolución del Ejército sublevado, una medida que a la postre se demuestra ineficaz. Otra de las más conocidas actuaciones del nuevo presidente es acudir en busca de ayuda de los gobiernos extranjeros. Giral tiene una fe ciega en la intervención extranjera europea a favor de la República. Los gobiernos francés y ruso son los primeros destinatarios de sus demandas de auxilio.

Sobrepasado por el devenir de los acontecimientos, el Gobierno de Giral pone en marcha una serie de medidas y soluciones para intervenir en la realidad que los primeros compases del conflicto bélico va dejando a lo largo y ancho del país. Así, destituye a todos los funcionarios públicos de los que tiene constancia que han colaborado en el alzamiento militar, así como a aquellos que no se muestran suficientemente afines a la República. La Guardia Civil por ejemplo, es reemplazada por la Guardia Nacional Republicana, a la par que se fomenta el desarrollo de los batallones populares, esqueleto que sustentará el inminente Ejército popular. Las organizaciones civiles contrarias a la República también quedan clausuradas.

Entre algunas de estas medidas adoptadas para mantener una situación de legalidad en España por el presidente Giral, los historiadores Alfredo y Gabriel Pérez señalan la creación, a finales de agosto de 1936, de los tribunales populares, en los que, con una base judicial militar, se juzgan delitos de rebelión y que poco a poco van sofocando la acción de los grupos de incontrolados. En el ámbito laboral, destaca la incautación para el Estado de las fábricas e industrias abandonadas por sus propietarios.

El Gabinete de José Giral da sus últimos pasos políticos con la derrota republicana en Talavera de la Reina y con Madrid técnicamente al alcance del Ejército nacional. El 4 de septiembre de 1936, Giral presenta su dimisión como jefe del Gobierno y es sustituido por Francisco Largo Caballero. Durante esta nueva etapa, el ex presidente ejerce de ministro sin cartera en los dos gabinetes presididos por el socialista, y pese a que no cuenta con ningún campo en concreto sobre el que poder actuar, sus intervenciones son siempre tenidas especialmente en cuenta por los demás miembros del Ejecutivo.

En agosto de 1937 asiste y participa en el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura (que por celebrarse en Valencia, zona republicana, recibe el nombre de Congreso Internacional de Escritores Antifascistas). Es en este foro cultural donde manifiesta su radical oposición a que Largo Caballero forme un Gabinete de guerra sin contar con los comunistas.

Posteriormente, ya con Juan Negrín en la Jefatura de Gobierno, el 17 de mayo de 1937 es nombrado ministro de Estado, aunque poco antes de cumplir un año en el cargo será destituido y volverá a quedarse como ministro sin cartera. Tenaz en sus pretensiones, sus esfuerzos siguen encaminados en el plano internacional en conseguir la ayuda de las potencias extranjeras.


En cuanto a sus ocupaciones en el terreno nacional, sobresale su labor como representante del Gobierno republicano en las negociaciones mantenidas cara alcanzar un intercambio de prisioneros de guerra con el gobierno rebelde establecido en Burgos, unas negociaciones que resultan infructuosas por la negativa de los sublevados a efectuar el trueque entre detenidos.

Los años de Guerra Civil empiezan a pesar en España, y José Giral vuelve a coincidir con su viejo amigo Manuel Azaña en una idea: hay que lograr la paz a toda costa. Sus planteamientos políticos, que incluyen incluso la capitulación frente a los rebeldes, chocan frontalmente con Negrín, quien se opone a cualquier insinuación de rendición. Destituido como ministro de Estado en abril del 38, su asiento lo ocupa Álvarez del Vayo.

Terminada la guerra, en 1939 Giral se exilia a Francia, acompañado por Azaña, donde pasan unos días alojados en la embajada española localizada en París. Giral intenta ganar todo el tiempo posible para sacar a su familia de la Península y reunirse con ella en el exilio. Una vez que los ha juntado a todos, el grupo emprende la huida hacía México.

En el país centroamericano, José Giral vuelve a dedicarse a su gran pasión, la enseñanza, y desempeña labores de maestro en diversas instituciones educativas, entre ellas el Colegio de México, el Instituto Politécnico y la Universidad Nacional Autónoma Mexicana.

El 18 de septiembre de 1945 es elegido presidente de la República española en el exilio, un Gobierno que las propias autoridades mexicanas reconocen como legitimo. Las divisiones y enfrentamientos dentro del propio Gabinete acaban por forzar su dimisión en febrero de 1947. Desde ese momento, la única ocupación de José Giral vuelve a ser la de profesor en la Universidad de México, un trabajo que desempeñará hasta su muerte, en 1962.

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