En 2026 se cumplirán 90 años del estallido de la Guerra Civil española, uno de los episodios más trágicos de nuestra historia. Sin embargo, ya en 2016 —y aún hoy— muchas ciudades como Alcalá de Henares no han rendido el homenaje merecido a quienes defendieron la legalidad republicana frente al golpe militar de julio de 1936. Este artículo busca recuperar la memoria de un día decisivo: el 20 de julio de 1936, cuando en Alcalá se libró una batalla simbólica entre lealtad constitucional y rebelión fascista.
El contexto: Alcalá antes del 18 de julio
Alcalá de Henares no era una ciudad cualquiera. Era la ciudad natal de Manuel Azaña, presidente de la República desde mayo de 1936. Tras el triunfo del Frente Popular en febrero, el gobierno republicano tomó una decisión estratégica: sustituir los regimientos de caballería, tradicionalmente conservadores, por unidades de supuesta lealtad republicana.
El 17 de mayo de 1936, por orden del gobierno de Santiago Casares Quiroga, los regimientos de Caballería Villarobledo y Calatrava fueron trasladados a Palencia y Salamanca. En su lugar llegaron:
- Batallón de Infantería Ciclista, al mando del teniente coronel Gumersindo Azcárate 7º Batallón de Zapadores-Minadores, liderado por el coronel Mariano Monterde
Ambos oficiales eran republicanos leales, y su nombramiento buscaba blindar Alcalá frente a posibles sublevaciones. Pero lo que el gobierno no sabía era que muchos oficiales subordinados ya estaban conspirando con la derecha local.
El 20 de julio de 1936: Traición en los cuarteles
Mientras en Madrid la sublevación había sido sofocada el 19 de julio, en Alcalá los oficiales rebeldes decidieron actuar un día después, tras escuchar las proclamas del general Mola por radio. El lunes 20 de julio, cuando el coronel Monterde ordenó movilizar las tropas hacia Somosierra para combatir a los sublevados, la oficialidad se negó.
En la sala de banderas del cuartel, los oficiales leales —Monterde y Azcárate— intentaron imponer su autoridad. Pero la traición era irreversible. Monterde sacó su pistola… y fue abatido a tiros en el acto. Azcárate resultó gravemente herido, aunque sobrevivió. Monterde se convirtió en la primera víctima de la sublevación alcalaína. Azcárate, tras recuperarse, seguiría sirviendo a la República hasta su fusilamiento en Bilbao en 1937.
La toma de Alcalá por los sublevados… y su rápida derrota
Tras asesinar a Monterde, los oficiales rebeldes, liderados por el comandante Baldomero Rojo, tomaron el control de la ciudad. Ocuparon lugares estratégicos:
El Palacio Arzobispal
La Iglesia Magistral
El Ayuntamiento
Las oficinas de Correos
Pero su victoria fue efímera. Desde Madrid, una columna mixta al mando del coronel Ildefonso Puigdendolas —compuesta por guardias de Asalto, milicianos y militares leales— avanzó hacia Alcalá. Apoyada por aviones del aeródromo complutense, la columna liberó la ciudad en menos de 24 horas.
Los sublevados, desmoralizados y sin apoyo popular, se rindieron sin resistencia. Fueron detenidos 43 oficiales, muchos de ellos con pasado republicano (como el capitán Pedro Mohíno, que portó la bandera tricolor en 1931 en la Puerta del Sol).
Justicia republicana: los juicios del tribunal popular
Los rebeldes fueron juzgados por un Tribunal Popular en la Cárcel Modelo de Madrid. En agosto de 1936, cuatro oficiales principales —Rojo, Mohíno, Rubio y Aguilar— fueron condenados a muerte y fusilados.
Posteriormente, se juzgó a los oficiales del Batallón Ciclista y del Batallón de Zapadores. Aunque algunos fueron condenados a cadena perpetua, varios acabaron asesinados en las sacas de Paracuellos en noviembre de 1936.
Ironías de la historia: algunos de los fusilados en Paracuellos eran los mismos que habían traicionado a Monterde y Azcárate.
Víctimas civiles y represión en la retaguardia
La represión no se limitó a los militares. Tras la derrota de la sublevación, milicianos y grupos revolucionarios atacaron símbolos del viejo régimen:
Cinco sacerdotes fueron asesinados
La Iglesia Magistral fue incendiada
Comenzaron saqueos y requisas en domicilios de derechas
También hubo víctimas inocentes, como Gregorio González, un herrador de 69 años alcanzado por disparos mientras salía de su casa.
Alcalá permanecería 29 meses en zona republicana, sufriendo bombardeos, escasez y destrucción de su patrimonio. Pero nunca cayó en manos franquistas hasta el final de la guerra.