Catedrático, masón y consejero de Estado durante la II República. Gabriel Bonilla Marín sufrió la brutal depuración franquista, fue condenado por masonería y se exilió en México, donde impulsó la seguridad social. Un riguroso repaso a su papel clave en la Guerra Civil y su legado como jurista exiliado.
GABRIEL BONILLA: El jurista que desafió al franquismo desde la cátedra y el exilio
En el fragor del verano de 1936, mientras España se desangraba, un catedrático granadino recibía el encargo más alto de la II República: ser Consejero Permanente de Estado. Apenas unos meses después, ese mismo hombre, Gabriel Bonilla Marín, sería acusado por el bando sublevado de ser "marxista de acción y revolucionario cabecilla".
Iniciado en la masonería con el nombre simbólico de "Iliberi", amigo de Diego Martínez Barrio y compañero de fatigas de Fernando de los Ríos, Bonilla representa el arquetipo del intelectual republicano que el franquismo intentó borrar del mapa. Su historia no es solo la de un brillante jurista, es el retrato de la represión ideológica y del exilio constructor. Desde las aulas de Granada hasta la redacción del seguro social mexicano, este es el relato de un hombre que llevó la justicia social más allá de las fronteras.
El forjador de ideas: formación y compromiso intelectual
Nacido en Jaén en 1888, Gabriel Bonilla Marín fue un prodigio académico. Licenciado en Derecho con premio y en Filosofía y Letras, obtuvo el doctorado por la Universidad Central en 1911.
Pero lo que le diferenciaría del resto fue su sed de conocimiento europeo. Solicitó en reiteradas ocasiones una pensión a la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) para beber de las fuentes del derecho alemán y suizo.
Finalmente, entre 1921 y 1923, estudió en Berlín, Leipzig y Múnich. Asistió a las lecciones de grandes juristas como Stammler y Kisch, empapándose de las modernas orientaciones del Derecho Procesal Civil.
La Guerra Civil y el ascenso a Consejero de Estado
Aunque la guerra comenzó en julio de 1936, fue en los estertores de la República cuando Bonilla alcanzó su cota política más alta. El 28 de agosto de 1936, el gobierno lo nombró Consejero Permanente de Estado, llegando a ejercer como presidente accidental del mismo.
Este cargo, de la máxima relevancia jurídica, lo situó en el punto de mira del bando sublevado. Su papel no fue militar, sino institucional: fue uno de los pilares legales que sostuvo la legitimidad republicana durante la contienda. Su militancia activa en Izquierda Republicana, partido de Manuel Azaña, y su candidatura a Cortes por Jaén, terminaron por sellar su destino.
La saña franquista: depuración, masonería y cárcel
La victoria de Franco desencadenó una cacería implacable contra los intelectuales. Bonilla no solo perdió su cátedra en Granada, sino que fue objeto de un expediente de depuración el 20 de enero de 1937.
Los informes del Rectorado y del Gobierno Civil fueron lapidarios: se le acusaba de ser director de actividades revolucionarias y masón.
El Triple Castigo
Bonilla sufrió tres frentes de represión:
Depuración profesional: Separado definitivamente del servicio y baja en el escalafón (1937).
Tribunal de Masonería (TERMC): Condenado en 1942 a 12 años y un día de reclusión mayor por pertenencia a la Logia Alhambra, donde había sido Venerable Maestro
Responsabilidades Políticas: Sentenciado a 15 años de confinamiento y una multa de 200,000 pesetas (posteriormente reducida a 20,000)
La represión no cesó en el exilio. Bonilla fue procesado en rebeldía, y aunque logró huir, su sombra persiguió a su familia en España.
El exilio fecundo: México y la creación del Seguro Social
Bonilla Marín abordó el vapor Sinaia en Sète (Francia) y llegó a Veracruz el 13 de junio de 1939. Lejos de hundirse en la nostalgia, se convirtió en un pilar de la reconstrucción del exilio.
En México, su saber jurídico fue aprovechado por el presidente Lázaro Cárdenas. Se incorporó a la Comisión de Estudios de la Presidencia de la República, donde fue el principal redactor del proyecto de la Ley del Seguro Social mexicana (1941-1942).
El regreso amargo y la muerte en el olvido
Viejo y enfermo, Bonilla regresó a España en 1962. Confiado en la prescripción de sus "delitos", se presentó voluntariamente ante el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería. El resultado fue desolador: le confirmaron la condena, aunque le conmutaron la pena por 6 años de reclusión (en libertad vigilada).
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