Adsense

sábado, 29 de septiembre de 2012

Antonio Aranda Mata (1888-1979)

Protagonista de la resistencia a ultranza de los nacionales en Oviedo, el coronel Aranda proclama el estado de guerra en la capital asturiana tras haber engañado al bando republicano sobre su lealtad frente al alzamiento 

Tras 91 días de asedio, el coronel Aranda logra en octubre de 1936 abrir un pasillo que comunique Oviedo con la zona nacional. Hasta noviembre de 1937 no lograría romper definitivamente el cerco a la ciudad asturiana, acción que le brindará la Cruz Laureada de San Fernando. Lo que no había logrado por su brillante actuación en la Guerra de Marruecos lo obtendrá entonces, tras resistir 15 meses al asedio de las tropas de la República, unas fuerzas muy superiores a las suyas en número y en recursos bélicos. La orden señala su “heroica actuación (.,.), que merced a la previ­sión, serenidad, talento y valor perso­nal, ha enriquecido la Historia patria con hechos brillantes, pocas veces igualados”. 

En efecto, el talento es un atributo muy repetido en la fama que precede al coronel Antonio Aranda, nacido en Leganés (Madrid) en 1888. Ingeniero geógrafo y militar de carrera, el coro­nel, a sus 52 años, puede presumir de una brillante trayectoria en las filas del Ejército español, en el que Ingresó cuando apenas era un adolescente. 

Su estrategia militar es una de las más celebradas durante la Guerra de Marruecos y en 1925 le vale el ascenso a coronel, que logró con el número dos en el escalafón. Tras aplastar, junto a un grupo de generales, la rebelión asturia­na en 1934, Aranda obtie­ne un nuevo reconoci­miento y es destinado a esa provincia. 

Los historiadores definen a este hom­bre corpulento y de viva mirada como “estudioso, inteligente, de ideas claras y gran capacidad de trabajo”; un mili­tar que goza de “gran prestigio técnico y personal entre sus compañeros”, según Crónica de la guerra española. Un alto mando del Ejército carismático, en suma, que va a protagonizar uno de los episodios más controvertidos del Frente Norte durante la contienda civil. 

El 18 de julio, cuando estalla el alza­miento militar, presta sus servicios como comandante militar de la plaza de Oviedo, lugar donde había sido des­tinado después de sofocar la rebelión minera asturiana contra el Gobierno republicano en el año 1934. 

En Madrid nadie duda de su lealtad al Gobierno: el republicanismo del coronel es público y notorio desde mucho antes de la caída de la Monarquía. Nada más conocer la noti­cia del levantamiento, Antonio Aranda asume el mando. 

El Frente Popular se pone inmediata­mente a sus órdenes, seguro de contar con un fiel colaborador. Pero pasan las horas y empieza a cundir la preocupa­ción entre las filas republicanas: Aranda guarda silencio sobre su postura ante el levantamiento. El Gobierno le insta a que declare públicamente su lealtad a la República y le pide que envíe urgentemente refuerzos a la capital. 

Aranda obedece, pero sólo llegarán a su destino unos pocos hombres. Mientras tanto, anarquistas y comunis­tas asturianos le piden armas para poder sofocar la rebelión militar en la provincia. El coronel retrasa la entrega alegando cuestiones de procedimiento, asuntos protocolarios, artículos de reglamento: mientras está reunido con el Frente Popular, le llega un despacho telegráfico ordenándole entregar las armas. Aranda pone una excusa y abandona la reunión. 

Poco después, los jefes de Cuerpo son convocados al despacho de Antonio Aranda para escuchar, atóni­tos, su decisión de sumarse a los mili­tares levantados en armas contra el Gobierno. Aquella mañana del 19 de julio, así lo había convenido con el general Mola en una conversación telefónica. 

Se lo hará saber al Gobierno más tarde, con una nota escrita a mano sobre el mismo telegrama en el que ha recibido la orden de entregar las armas a las milicias populares: “No se cumple por ser contrario al honor militar y a los verdaderos intereses de la patria. Tómense las medidas oportunas para dominar Oviedo”. El grito de “¡Viva España!” que lanza Aranda a las diez de la noche por la radio disipa cual­quier duda que pudiera quedarle al pueblo asturiano sobre la postura del coronel ante el alzamiento. 

Se ha discutido mucho sobre si el coronel tenía planeado de antemano sumarse a la sublevación militar o si, por el contrario, lo decidió de súbito tras aquella conversación con el gene­ral Mola, que quizá logró convencerle de que apoyara su causa en un momento de duda. 

Se dice también que, antes de decla­rarse favorable a la sublevación, Aranda se había asegurado de que contaba con el apoyo de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto de Oviedo, pese a que el comandante de este último cuerpo, Ros, profesara conocidas simpatías por las izquierdas. Todavía hoy, la decisión de Aranda sigue siendo uno de los episodios más oscuros de la Guerra Civil española. 

Cuando Antonio Aranda proclama el estado de guerra en la capital asturia­na el 20 de julio de 1936, la decisión coge desprevenidos tanto a sus compa­ñeros del bando sublevado como a los republicanos, que no salen de su asom­bro ante lo que consideran una traición inaudita de un militar cuya fidelidad al Gobierno nadie puso nunca en duda. 

Una vez hecha pública su decisión, la tarea que tiene por delante el coronel no parece sencilla: por un lado, las mili­cias populares estrechan un cerco alre­dedor de Oviedo que lograrán mante­ner durante casi cuatro meses; por otro, apenas un puñado de hom­bres secundan la sublevación en Oviedo. Con todo, Aranda logra atraer a unos 800 jóvenes falangistas a las filas antigubernamentales. 

Aunque ha conseguido desha­cerse de numerosos efectivos republi­canos al enviarlos, tal y como le pidió el Gobierno, a defender Madrid en unos convoyes que serán interceptados por las fuerzas sublevadas, la tarea no va a resultar fácil. 

Las cosas se complican por momen­tos: al constante asedio de las milicias a las puertas de la ciudad se añade la resistencia de Gijón y del resto de la provincia ante el levantamiento. El director de la fábrica de cañones de Trubia pone sus valiosos recursos béli­cos, con los que contaba para llevar a cabo sus planes, a disposición de los mineros, a pesar de los repetidos requerimientos del coronel. 

A Aranda no le queda más remedio que recluirse en la única plaza que los sublevados han conseguido tomar, la capital asturiana, y defenderla con todas sus fuerzas hasta que llegue el momento de pasar a la ofensiva. 

Pese a verse obligado a adoptar esta estrategia defensiva ante la abrumado­ra presión de las milicias populares, Aranda sabe que aún queda esperanza para el bando nacional, y decide poner al servicio de esta causa su amplia experiencia en el arte de la guerra. Pero Asturias no es Marruecos, y la situación exigirá al coronel toda su habilidad para lograr su objetivo. 

Aranda no es hombre de improvisa­ciones y tiene a su favor un sóli­do conocimiento de la orografía asturiana, que le permitirá dise­ñar la estrategia defensiva más adecuada. Pasan los meses y el Frente de Oviedo no parece moverse: los republicanos no avanzan, pero Aranda consigue no retroceder ni un milímetro. 

Por fin, en el otoño del año 1937, el coronel lanza una ofensiva sobre las fuerzas apostadas a las puertas de la ciudad que le permite levantar el cerco y continuar avanzando por la provincia. 

Tras el triunfo de Aranda, Oviedo pasa a la Historia militar como la pri­mera ciudad que se defiende con éxito, y “la primera etapa de una nueva tác­tica militar urbana que conocería luego ejemplos como Madrid, Huesca o Stalingrado”, según Crónica de la Guerra española

Cerrado el Frente Norte, para Aranda todo será avanzar al frente de sus tro­pas conquistando territorio para los nacionales. El coronel interviene, hasta el final de la guerra, en las campañas de Teruel, Montalbán, Utrilla, Morella y Vinaroz, apuntándose aquí, ya laurea­do, un nuevo mérito: el de lograr dividir en dos partes el territorio republicano. 

La guerra terminará para el coronel con la entrada triunfal de sus tropas en Valencia, feudo del Gobierno de la República, ya a punto de claudicar ante los militares rebeldes. Tras su brillante actuación durante la contienda, Aranda tiene ante sí una paz llena de reconoci­mientos. Pero, de nuevo, el destino del coronel vuelve a burlarse de todos los pronósticos, aunque esta vez a su pesar. 

No habrá honores militares ni ascen­sos para Antonio Aranda; tampoco ter­minará sus días disfrutando del presti­gio que tan a pulso se había ganado en el frente. El nuevo régimen le enco­mienda la dirección de la Escuela Superior del Ejército; Aranda también presidirá, entre 1939 y 1943, la Real Sociedad Geográfica. Unos cargos que, a todas luces, resultaban por sí solos decepcionantes para alguien que se había destacado tanto durante una guerra que, por ende, se había decan­tado del lado de su bando. 

Pasa el tiempo, y Antonio Aranda continúa sin obtener ningún ascenso significativo. Más tarde se sabrá que ese olvido es el resultado del apoyo de Aranda al sucesor al trono de los Borbones, don Juan, que continúa en el exilio a la espera de nuevos aconteci­mientos. 

Pocos años después de terminar la guerra, el coronel Aranda y un puñado de generales monárquicos piden a Franco que abdique a favor de don Juan de Borbón; el dictador desoye su petición y ellos comienzan a conspirar contra él. Se ha llegado a decir de Aranda que fue “el hombre más odia­do por Franco y el hombre que más odió a Franco”. Su declarada simpatía por el bando aliado durante la Segunda Guerra Mundial levanta ampollas en el nuevo régimen. Su conocida pertenen­cia a la masonería tampoco le ayuda a despertar simpatías en el nuevo escenario de la dicta­dura franquista. 

Cuentan que en una ocasión, al ser acusado de masón por un falangista, Aranda replicó: “Decidle a vuestro amo que también lo era cuando resistí en Asturias”. El enfrentamiento con el dictador acaba empujándole a la reserva antes de cumplir la edad reglamentaria para ello. Franco, no satisfecho con esta medida, le destierra a las Islas Baleares; se dice que, además, el gene­ral dicta un curioso bando pensado exclusivamente para el coronel, dispo­niendo que todos los generales que tengan una edad determinada y se apelliden Aranda serán cesados. 

Poco más se sabrá de aquel coronel que protagonizó tantos episodios favo­rables para el bando vencedor durante la guerra. En las postrimetrías del fran­quismo, lleva una vida anónima en Madrid, como un ciudadano más. 

Sin embargo, muerto el dictador, con la llegada de la democracia y ya enca­rando el final de su vida, Aranda logra­rá finalmente el ascenso que le fue negado tantos años atrás, nada más terminar la contienda. Aunque, esta vez, su nueva condición de teniente general del Ejército no la obtendrá por sus méritos militares, sino por la defen­sa que realizó de la causa monárquica, y no le será concedido por sus compa­ñeros de guerra, sino que le vendrá de la mano del nuevo Rey de España, don Juan Carlos I, en el año 1976. Pocos meses después, Antonio Aranda Mata, muere en Madrid a la edad de 89 años.

3 comentarios:

  1. Conoci al General Antonio Aranda siendo yo un nino cuando el vivia con su mujer Africa en Madrid, en la calle Montalban 9. El fue muy amigo de mi abuelo Victorino Orozco y tambien de mi madre Clarita Orozco. Persona soimpatica y agradable en aquellos anos 40's ju8gaba a las cartas y hacia esgrima con mi abuelo en el Casino de Madrid con mucha frecuencia. Yo le visite de nino varias veces en su casa de Nadrid y tambien en alguna ocasion en El Escorial donde solia veranear en el Hotel Felipe II.A mi me encantaba visitarle pues me contaba historias estupendas de su vida militar. Tenia en su casa en una pequena vitrina una coleccion de armas cortas y sus bastones de mando. Entre ellos tenia una vara de avellano en la que tenia marcados con muescas hechas a navaja los dias que paso desterrado por Franco en Mallorca. Mi abuelo comentaba que habia oido a Antonio Aranda decir cuando Franco le acuso de ser Mason que Franco lo sabia mejor que nadie pues los dos habian pertenecido a la misma Logia en Africa. Antonio Aranda fue un militar inteligente, un tactico excepcional y un hombre de corazon. Nunca se le acuso de ser responsable de crimenes ni matanzas. En sus campanas de guerra en Teruel, Vinaroz, Valencia, etc, cuando cogia prisioneros estos eran desarmados y enviados a sus pueblos de origen donde permanecian el resto de la guerra. En el ano 1958 Antonio Aranda acudio al entierro de mi abuelo y nunca olvidare el afecto y las palabras que nos ofrecio a mi madre y a mi.
    Luis Casas Orozco

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Fue un gran hombre. A mi abuelo también le otorgaron la Cruz Laureada y en el pueblo donde nació tienen dos avenidas llamadas Juan Carlos I y Felipe VI además de una hermosa plaza llamada General Aranda

      Eliminar
  2. Me gustaría saber si la calle General Aranda en el barrio de la Ventilla (Madrid)esta dedicada a este militar aunque creo que no porque ascendio a general en el 76 y yo siendo niño ya existía esta calle

    ResponderEliminar