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domingo, 24 de febrero de 2013

Salvador de Madariaga (1886-1978)


Este diplomático, político, intelectual y prolifico escritor gallego decide al comenzar la Guerra exiliarse a Inglaterra, desde donde mantendrá una inhibición 'crítica' que le granjeará la animadversión de ambos bandos

Persuadido por su padre para convertirse en ingeniero, el joven Salvador de Madariaga Rojo, que había nacido en La Coruña el 23 de julio de 1886, ejercerá como tal, después de estudiar en París y Madrid, en la Compañía Ferroviaria del Norte. Pero tras cuatro años de trabajo -entre 1912 y 1916- abandonará este camino profesional para dedicarse a su gran pasión, las letras, y al periodismo en particular. En plena Guerra Mundial se instala en Londres, donde se hace un hueco como cronista de The Times. Con el tiempo escribirá también para periódicos españoles como El Sol -donde en ocasiones firmará con el seudónimo de Sancho Quijano- y La Vanguardia.

Después de la Guerra entra a formar parte de la Secretaría General de la Sociedad de Naciones, de la que llegará a ser delegado permanente español y presidente de la comisión de Desarme. Pacifista cosmopolita y políglota, es capaz de escribir y hablar perfectamente, además de español, inglés, francés y alemán. "Si un ser humano dispone de más de una lengua" -asegura-, "dispone de más de una vida". Más adelante, entre 1927 y 1931, ocupará la cátedra de Literatura española en la universidad de Oxford.

Con la proclamación de la Segunda República, Madariaga resulta elegido diputado para las Cortes Constituyentes. En declaraciones a El Sol en septiembre de 1931, se mostraba convencido de que "una vez que España haya promulgado su Constitución y elegido a su jefe del Estado, habrá estabilizado su vida política. Entonces podrá actuar de tal forma que el mundo aproveche sus direcciones constructivas a favor de la paz y del desarme".

Sin embargo, el alineamiento de Madariaga, liberal y federalista declarado, con los líderes republicanos va resintiéndose poco a poco. Se muestra preocupado por el problema catalán -al que dedica una serie de artículos en La Vanguardia durante 1936— el nacionalismo vasco y los movimientos revolucionarios. Mientras, su bagaje internacional le sirve para ocupar varios cargos diplomáticos al servicio del nuevo régimen. En 1931 es nombrado embajador en Washington, y en 1932 es destinado a París. Además, en 1934, desempeña brevemente en el primer Gobierno de Alejandro Lerroux los ministerios de Instrucción Pública y Justicia.

Preocupado por el deterioro del orden republicano, en 1935 publica Anarquía o jerarquía, libro en el que, impresionado por el desarrollo de los acontecimientos en España, propone un sistema de gobierno "orgánico" que, sin renunciar a la democracia y al liberalismo, apueste decididamente por el orden y la jerarquía.

En julio de 1936, "igualmente distante de ambos bandos", logra salir de España para volver a Oxford. "En otro lugar" -apunta el exiliado en su autobiografía Desde la angustia a la libertad: Memorias de un federalista- "he dado ya un primer esbozo de las causas que me obligaron a abstenerme de la Guerra Civil. Para mí se trataba de un desgarro del alma de España, a (causa de) los violentos tirones que sobre ella ejercían los dos bandos en lucha armada, es decir, un caso más, sólo que más trágico y feroz, del separatismo innato que a todos nos aflige".

Su obra España, ensayo de historia contemporánea (1931) constituye una aguda reflexión sobre los problemas del país. En la edición ampliada de 1942, publicada en Buenos Aires, Madariaga, como apunta Hugh Thomas, sostendrá que la lucha entre las dos corrientes del PSOE, una revolucionaria y otra moderada, hizo "inevitable" el estallido de la Guerra Civil.

Madariaga se "abstiene" de la Guerra; pero la suya no será una inhibición aséptica: tan implacable se mostrará con Franco como con la República en guerra. Precisamente en mayo de 1938, a propósito de la publicación de los Trece Puntos de Negrín, Madariaga critica duramente los argumentos plasmados en el documento: "(...) Negrín anunció al mundo sus Trece Puntos, que tenían todo el aspecto de oferta de paz. Eran la perfección misma en sí, pero tan lejos de los hechos y prácticas del Gobierno que los propugnaba que no podían inspirar confianza a nadie (...). Se propugnaba el mantenimiento de la independencia de España y su liberación de los extranjeros que la invadían y la penetraban económicamente, pero lo decía el hombre que había entregado España a los rusos (...)".

Su posición le grangea la animadversión de unos y de otros. Agustín de Foxá, en uno de sus artículos, recogido por Andrés Trapiello en Las armas y las letras, le denigra violentamente: "La Nueva España (...) respeta mil veces más a los rojos, que nos combaten cara a cara, que a ti, pálido desertor de las dos Españas, híbrido como las muías, infecundo y miserable". En parecidos términos es catalogado por Giménez Caballero, que lo inscribe en la tercera España "ginebrina", "afrancesada" y "masónica", tanto o más perversa que la comunista.

Tercera España víctima de lo que, en 1942, Madariaga denomina la "Guerra de los tres Franciscos": Franco contra Largo Caballero; y un tercero, Giner de los Ríos, padre intelectual de la República que no pudo ser -la que Madariaga auguraba en 1931-, que, a la postre y postumamente, es el que sale más duramente derrotado.

Liberal convencido, Madariaga continúa su labor crítica durante la Dictadura. En 1962 se erige en impulsor del llamado Contubernio de Múnich, reunión en la ciudad alemana de opositores al franquismo de todo signo. Para entonces había alcanzado fama mundial como historiador, ensayista y poeta. Poseedor de una gran cultura humanística, ya en 1936 había sido elegido académico de la Lengua; no tomará posesión del sillón "M" hasta 1976.

Autor de un buen número de ensayos, obras históricas (España, Vida del muy magnífico señor Don Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Bolívar, o la publicada postumamente Carlos V) y novelas (El corazón de piedra verde), en todos sus escritos apela a la libertad individual y la solidaridad humana. Otro de sus volúmenes más celebrados, Ingleses, franceses, españoles, ejemplifica su perspicacia en la observación de tipos humanos. De los anglosajones, con quienes convive durante años, dirá, en una de sus citas recurrentes, que su conciencia no les impide cometer pecados, sino sólo disfrutar de ellos.

Presidente de la Internacional liberal, en consonancia con su vocación europeísta encabeza la sección cultural del Movimiento Europeo instituido en 1948, clave para la emergencia de una idea de Europa. Es además fundador del Colegio de Europa en Brujas (Bélgica). Premio Goethe en 1967 y Carlomagno en 1973, estos galardones refrendan su trayectoria al servicio de la unidad y la solidaridad entre los pueblos de Europa.

Madariaga no regresa a España, y por breve tiempo, hasta 1976. Muere en Locarno (Suiza) el 14 de diciembre de 1978 sin haber dejado de ser, como dirá Dámaso Alonso, un pacifista empecinado «"la paz universal, en verso y en prosa".

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