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lunes, 25 de febrero de 2013

Miguel Cabanellas (1872-1938)


General africanista defensor de la República, será clave en el éxito del alzamiento y es el encargado de firmar, a pesar de su oposición manifiesta al mismo, el decreto que da el mando único a Francisco Franco

El 15 de mayo de 1938, la ciudad de Málaga ve cómo en sus calles tiene lugar un entierro que se convierte en todo un acto social, el del general Miguel Cabanellas Ferrer, acompañado de los máximos honores y toda la ceremoniosidad que tal personalidad merece. Cabanellas había sido el primer presidente de la Junta de Defensa Nacional constituida en Burgos por los principales generales que se acababan de sublevar contra la República, sólo cinco días después del alzamiento. La Junta fue el primer Gobierno real del bando nacional, la representación política y militar que debía de oponerse al Gobierno legalmente constituido del Frente Popular.

Pero el veterano y canoso militar, además tendría un sitio en los libros de Historia por haber sido el único general golpista en oponerse a que Franco fuera nombrado Generalísimo y se le concediera el poder absoluto.

El Caudillo no olvidaría nunca esa afrenta y una vez que tuvo el control total del Ejército y la sociedad, se encargó de devolverle la humillación cada vez que pudo, para demostrarle quien mandaba. Franco intentó vengarse de Cabanellas incluso después de que falleciera. Éste había expresado de forma reiterada su voluntad de que su entierro estuviera desprovisto de los honores correspondientes a su grado, había pedido para esos últimos momentos un acto sencillo y familiar. Pero tras su féretro, aquella mañana presidía el desfile fúnebre Queipo de Llano, seguido de miles de falangistas, saludando brazo en alto, algo que siempre había repudiado el fallecido. Despreciado en la biografía oficial que los vencedores escribieron, el odio llegaba a tal extremo que el Generalísimo ordenó cambiar la denominación de la plaza que llevaba el nombre de Cabanellas en su Cartagena natal.

Nacido en el seno de una familia de tradición militar en 1872, ingresa en el Ejército junto a su hermano menor, Virgilio, que también llegó a alcanzar el rango de general, en el Arma de Caballería. Tras unos años destinado en Cuba, realiza la mayor parte de su trayectoria militar en el norte de África, donde ascendería rápidamente en el escalafón tras cuantiosas hazañas en el campo de batalla. Allí conocería y tendría sus primeros contactos con otros altos mandos junto a los que años después protagonizaría la sublevación contra el Gobierno del Frente Popular. En 1916, cuando ya ostentaba el puesto de comandante, estaba al mando de un destacamento de Regulares donde tenía bajo sus órdenes a dos jóvenes tenientes, Mola y Franco. De ese conocimiento directo es de donde nacería su desconfianza, que 20 años más tarde le llevaría a oponerse a la entrega del mando total de España a Franco, pues él le había mandado en el norte de África y desconfiaba de su egocentrismo.

En 1923 es el único general de los que consulta Primo de Rivera que no se une a su golpe de Estado. Ello le hace ser relegado a un puesto secundario en la Jefatura militar de Menorca. Por si eso fuera poco, en 1926 es incluido en una lista de generales, junto a Queipo de Llano entre otros, que se ven obligados a pasar a la reserva de modo obligatorio y sin posibilidad de recurrir, por un decreto del Dictador. En esa situación de inactividad, contribuye junto a otros militares opositores en 1929 a planificar un golpe de Estado contra Primo de Rivera dirigido por el jefe del Partido Conservador, Sánchez Guerra, que fue abortado por la policía.

Tras la proclamación de la Segunda República, una de las primeras medidas adoptadas por el nuevo Gobierno es reincorporar al Ejército a estos generales en la reserva forzosa. Cabanellas se convierte durante esos años en uno de los militares que más apoya la República. Pese a ello se granjea numerosos enemigos ya que se le asocia a la masonería, dentro de la cual parece que dirige una de sus logias más influyentes.

Ostenta diferentes cargos de máxima responsabilidad y confianza por parte de los diferentes gobiernos, los cuales acata y respeta, siendo considerado un hombre leal. De este modo, el 17 de abril de 1931 es nombrado capitán general de Andalucía, para poco más tarde ser nombrado responsable de las tropas españolas en el norte de África.

El 5 de febrero de 1932, el presidente Azaña le nombra de forma personal director general de la Guardia Civil para tener un hombre de su total confianza al mando del instituto armado. Cabanellas dirige la Guardia Civil en dos periodos diferenciados hasta principios de 1936, en su puesto de inspector general. Bajo su dirección, la Benemérita actuó siempre de forma leal a los gobiernos, tanto de la CEDA como de izquierdas, especialmente para sofocar la Revolución de Asturias de 1934.

Poco antes de las elecciones de febrero de 1936, el Gobierno de Pórtela Valladares le destituye de su puesto y le relega a un cargo supuestamente inferior, como jefe de la 5ª División Orgánica, con sede en Zaragoza. Desde esta posición Cabanellas jugaría un papel determinante en la inminente sublevación. Consideraba que la República había derivado hacia una anarquía que llevaría a la destrucción del país, pero en su mente siempre estuvo que tras el golpe no debía haber una dictadura militar.

En la primera reunión que tiene con Mola, el primer domingo de junio cerca de Tudela, deja claras sus intenciones. El alzamiento debía hacerse en nombre de la República, con la bandera tricolor y manteniendo el Himno de Riego, para que inmediatamente reestablecido el orden, el Gobierno provisional convocara unas elecciones a Cortes Constituyentes.

Ante los rumores de posible golpe, el 16 de julio Cabanellas se entrevista con Azaña, al que manifiesta que la 5ª División Orgánica que él dirige respetará a su general, y que sería leal al Gobierno. Casares Quiroga sabe que eso no es cierto, y nada más tener las primeras noticias del levantamiento en África llama a Cabanellas para que se presente en Madrid, con la intención de, simultáneamente, mandar por avión al general Núñez de Prado, leal al Gobierno, para sustituirle en Zaragoza. Pero el plan fracasa, Cabanellas sabe que no debe moverse de Zaragoza, pues se había comprometido a que sus tropas se alzasen en Zaragoza a las cinco de la madrugada del 19 de julio.

Fuentes franquistas, en su afán de desprestigiarle, indican que se mantuvo en su puesto porque un joven oficial le puso una pistola en la sien y le dio un minuto para meditar de qué lado se iba a poner.

El día 18 recibe una llamada importantísima de Martínez Barrio, encargado por Azaña de formar un Gobierno que negociara con los sublevados para sofocar el golpe a toda costa, incluso llegando a negociar una salida pactada. Le promete que si el golpe se detiene se crearía un ejecutivo de emergencia con políticos de la República y algunos militares sublevados, pero Cabanellas contesta con un no rotundo.

La guarnición de Zaragoza contaba con 2.500 hombres, a los cuales se unirían la Guardia Civil y la policía. En la tarde del 18 de julio se procede a detener al alcalde y al gobernador civil de la capital maña. A las cuatro y cuarto de la noche los centros oficiales son ocupados y a las cinco, hora fijada, columnas de Infantería desfilan por las calles hacia la plaza de la Constitución para leer el bando que implantaba la ley marcial.

La sublevación es ya un hecho, pero cuando el 20 de julio Mola recibe la noticia de la muerte de Sanjurjo y comprueba que sus tropas han sido detenidas en su avance hacia Madrid, empieza a desconfiar en la suerte del golpe. Al día siguiente, toma un avión destino a Zaragoza para entrevistarse con Cabanellas. Ambos deciden que es imprescindible constituir un gobierno, que contaría con el respaldo del Ejército, para que asuma todos los poderes del Estado y represente legítimamente al país frente a las potencias extranjeras. De esta forma deciden crear la Junta de Defensa Nacional, que iba a ser presidida por Miguel Cabanellas por ser el general con más antigüedad de los participantes en el alzamiento. En realidad, la Junta tendría sobre todo un papel representativo, porque el poder efectivo estaba en manos de los generales que se hallaban en el frente.

Así, el 23 de julio de 1936 se constituye la Junta de Defensa Nacional, que sería durante 68 días la que ostentase la representación del bando nacional, hasta la formación, en principio, de un gobierno provisional. Bajo la dirección de Cabanellas, estaba además integrada por los generales Saliquet, Ponte, Mola y Dávila y los coroneles Montaner y Moreno. Ese mismo día Cabanellas llega a Burgos, donde se dirige a la multitud desde el balcón de la Capitanía General para aclamar: "Tened la seguridad de que seguiremos adelante todos unidos por España y para España, para que la fraternidad y la paz reinen entre los españoles. Nuestro firme deseo es que viváis con tranquilidad".

A su vez, en un discurso de Mola por radio, en el que anuncia la creación de la Junta, alaba la figura de Cabanellas como ilustre general, figura venerable y patriótica que ya había prestado grandes y altos servicios a la nación.

Durante los poco más de dos meses de duración de la Junta, se dedica a establecer las bases orgánicas del Estado que empieza a nacer. Todo el aparato burocrático permanecía del lado republicano por lo que había que empezar casi de cero. Durante su mandato, Cabanellas es el encargado de sancionar con su firma los 146 decretos y 265 órdenes que dictaron. Por su mesa pasarían desde el decreto que ordenaba el 1 de septiembre devolver a Unamuno su puesto de rector en la Universidad de Salamanca, hasta uno que tuvo que firmar, muy a su pesar, a finales de agosto y que sólo tenía un artículo: "Se restablece la bandera bicolor, rojo y gualda, como bandera de España."

Pero la Junta tiene sus días contados tras una entrevista que mantiene Nicolás Franco con Mussolini en Roma. En ésta, el dictador italiano le hace ver que para que recibieran todo el apoyo de Italia y Alemania, debían elegir una cabeza visible con plenos poderes, o al menos esa fue la campaña propagandística que el hermano del futuro Generalísimo hace uno a uno con todos los generales nacionales. A su vez, afirma que la Junta de Defensa Nacional no cuenta con el apoyo del Führer ni del Duce. Por ello, el día 21 de septiembre de 1936 tiene lugar una reunión cerca de Salamanca donde están presentes todos los miembros de la Junta más Franco, Orgaz, Gil Yuste y Kindelán. Por la tarde, Kindelán propone que entre ellos deben elegir a la persona que aglutinara el poder. Previamente, en secreto, la mayoría había pactado que había de ser Franco, el general que más simpatías está levantando entre los civiles. A partir de ese momento, la Junta sería la encargada de hacer oficial y formal ese acto.

Una semana después tiene lugar una nueva reunión en Salamanca con los generales antes citados, donde como punto del día figura aprobar un decreto, redactado el día anterior en Cáceres por Nicolás Franco, en el que se recoge que todas las fuerzas de Tierra, Mar y Aire estarían subordinadas a un mando único, en manos de un general al que se llamaría Generalísimo. Todo está decidido antes de la reunión. Sólo Cabanellas se atreve a discutir la fórmula elegida, piensa que lo correcto hubiera sido formar un triunvirato. No estaba en contra de Franco, pensaba que podía ser uno de los tres al mando, pero entregarle el poder total, lo consideraba una locura, se resistía a firmar el decreto y así lo manifiesta ante los reunidos: "Ustedes no saben lo que han hecho, no le conocen como yo que lo tuve a mis órdenes. Si le dan ahora España, va a creerse que es suya y no dejará que nadie le sustituya ni en la Guerra ni tras ella, hasta su muerte (...)".

Casi a medianoche, tras consultar telefónicamente con Mola y Queipo, Cabanellas firma el decreto por el cual nombra a su pesar a Franco como Generalísimo.

Como escribió su hijo, Guillermo Cabanellas, en su libro La guerra de los mil días, tras esa firma los últimos restos de la República en la zona nacional caen abatidos, y quien se había alzado para tratar de salvar el Régimen, firmaba su muerte. El 1 de octubre Franco toma posesión de su cargo en la Capitanía General de Burgos ante Cabanellas y el resto de generales. Y Franco, a partir de ese momento, no habría de perdonar ni la tardanza en firmar, ni que en el texto del decreto se le llamara sólo jefe de Gobierno y no jefe de Estado como hubiera deseado.

Cabanellas fue relegado a un puesto sin importancia, inspector general del Ejército, donde permanecería en labores secundarias hasta que el 1 de enero de 1938, ya con 66 años, pasa a la reserva.

En sus últimos meses en el Ejército se dedica a recorrer los frentes de batalla para comprobar las evoluciones y las necesidades de las tropas. Pocas horas después de su muerte, los papeles que guardaba en su despacho de Burgos como presidente de la Junta y en una caja de seguridad son sustraídos y hechos desaparecer, algo similar a lo sucedido con los papeles de Emilio Mola. Según su familia, por orden de Serrano Suñer. De este modo se culminaba la decisión de destruir cualquier recuerdo del general Miguel Cabanellas Ferrer.

Ha muerto el general Cabanellas (Imperio, 15/5/1938)
Muerte del general Cabanellas (Diario de Córdoba, 15/5/1938)

2 comentarios:

  1. El general Miguel Cabanellas sigue en el recuerdo de muchos españoles y se ira agrandando con el paso del tiempo, en la misma medida que irá descendiendo los de otros. Gracias General por todo lo que intentó hacer.

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  2. Que gran profeta y como conocía a toda la clase política y militar de la época... en tres palabras:
    -HOMBRE DE HONOR

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