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jueves, 18 de octubre de 2012

Manuel de Irujo (1891-1981)

Representa la evolución del nacionalismo vasco, dentro del que abogó por la fidelidad republicana a cambio de impulsar la autonomía, hacia la colaboración con el Frente Popular como ministro sin cartera de Largo Caballero


Nadie mejor que Manuel Irujo (ni siquiera el carismático y joven lehendakari, José Antonio Aguirre) para simbolizar los profundos cambios que sufre el nacionalismo vasco durante la década de los años 30 y que culminan con la entrada del propio Irujo en el Gobierno de la República que preside el socialista Francisco Largo Caballero en septiembre de 1936.

Las cosas han cambiado sorprendentemente desde la época en la que el Partido Nacionalista Vasco había ignorado (y había sido ignorado por sus promotores) el pacto de San Sebastián que marca la hoja de ruta hacia el 14 de abril de 1931. Aquel PNV en el que Aguirre y el propio Irujo (Estella, 1891) son sólo un par de juveniles, está dominado por la impronta de su segundo y ya anciano patriarca, Luis Arana (hermano de Sabino, su fundador tempranamente desaparecido).

En el PNV de aquellos años coinciden los rasgos propios de un partido del siglo XIX con las estructuras de una formación fuerte y moderna. Durante las tres primeras décadas del siglo, el PNV teje en torno suyo una red de apoyos sociales que le convierten en el pionero de los partidos de masas en España: batzokis, clubes de alpinismo, secciones femeninas, escuelas y hasta milicias de los mendigoitzales... La gran familia del nacionalismo vasco ya ha nacido hacia 1930.

Sin embargo, es igual de cierto que el PNV es entonces una formación política sustentada sobre una ideología profundamente arcaica que apenas ha evolucionado desde los tiempos del racismo decimonónico y de la nostalgia por el mundo preindustrial de Sabino Arana. No es de extrañar, por tanto, que la proclamación de la Segunda República sorprenda al PNV en el más recóndito de los lugares: una alianza junto a los carlistas, que al fin y al cabo eran fueristas y católicos como ellos.

También es lógico, por tanto, que las derechas monárquicas se sientan lo suficientemente cerca del PNV como para sondear repetidas veces el posible apoyo de los vascos al inminente golpe de Estado del general Sanjurjo (1932) por mediación del general Orgaz.

¿Qué ocurre durante los siguientes cuatro años para que el PNV termine por colocar a un ministro en un Gobierno dirigido por el Lenin español y en el que participan socialistas, comunistas y hasta cuatro anarquistas? La inteligencia política y la voluntad personal de Irujo explican algunas de las razones de ese viaje, que es aún más extraño si se tiene en cuenta que el PNV no sufrió ningún tipo de crisis electoral durante los años de la República que le obligara a cambiar de estrategia política. Es ese, en cualquier caso, el PNV al que llega Irujo, hijo de un abogado nacionalista (de la primera hornada) de Tafalla, formado junto a los jesuítas y en la Universidad de Deusto, donde estudió Letras y Derecho, En 1921, cuando apenas ha cumplido 30 años, es elegido diputado foral en Navarra, escaño que ratificaría en el año 1931.

En las elecciones de 1933, el partido le confía la labor de representar sus intereses en las Cortes. Desde su exilio madrileño, Irujo empieza a dibujar el futuro del partido, su viaje desde el vehemente nacionalismo de los Arana hasta el perfil demócrata cristiano del moderno PNV.

Irujo contempla en la capital el inicio del bienio de gobiernos del Partido Radical y de la CEDA, que propician un crucial motivo de agravio hacia la causa vasca: el aplazamiento indefinido de la aprobación del Estatuto Vasco, madurado durante los primeros años de la República (en los que también se aprobó el Estatuto de Cataluña).

Esta marginación de las aspiraciones nacionalistas hace comprender a Irujo que los deseos de autonomía de los vascos sólo tendrían posibilidades de prosperar en el marco de una República dirigida por los partidos progresistas y que el PNV no podría esperar nunca nada de la derecha monárquica española. Aquella es una reflexión sumamente dolorosa para una formación que asiste con horror a la violencia anticlerical de la primavera de 1931 y a las noticias de las huelgas y los desórdenes revolucionarios que llegan desde otras provincias en las que los sindicatos de clase y los anarquistas tienen más peso.

Tanto es así, que Irujo, Aguirre y sus allegados tienen que luchar hasta ya empezada la guerra para vencer los recelos de algunos de sus compañeros del partido. Luis Arana, por ejemplo, dice que el PNV debe mantenerse neutral en "esa guerra de españoles", mientras que otros destacados nacionalistas vascos de las provincias de Navarra y Álava abrazan el golpe de Estado de 1936.

Alrededor de la posición del PNV durante aquellos días de julio existe una larga leyenda negra que apunta a que los nacionalistas vascos conocían los planes de los rebeldes desde mucho antes de que se produjeran, ya que algunos de los militares implicados en la trama vuelven a tantear al Partido Nacionalista Vasco.

Así lo señala, por ejemplo, el que fuera alcalde de Bilbao durante el franquismo, José María Areilza, que asegura que las derechas españolas hicieron una oferta precisa al PNV: fueros a cambio de neutralidad. Areilza también sostiene que la cúpula del partido se reúne en San Sebastián en la noche del 17 al 18 de julio y que ahí, Irujo consigue mover a sus compañeros hacia otra ecuación: Estatuto y autonomía a cambio de fidelidad a la República. El fruto de ese triunfo personal se puede comprobar en la mañana del 18 de julio, cuando el diario nacionalista Euzkadi sale a la calle con una edición que garantiza la repudia del PNV a la rebelión. El propio Irujo emite una temprana nota oficial desde la sede donostiarra en la que se expresa en ese sentido. Una iniciativa insólita, ya que ningún otro partido (ni los de derechas ni los de izquierdas) tiene que aclarar cuál es su posición hacia el golpe.

Pese a ello, el PNV sólo ofrece su completa implicación en la causa republicana en la medida que ve cómo se despeja el camino hacia el Estatuto Vasco.

Ocurre así cuando los representantes del PNV renuncian en un primer momento a participar en los comités de Defensa de la República y las Comisarías Generales de Defensa del Régimen que se organizan en Vizcaya y Guipúzcoa (en Álava y Navarra, el alzamiento ha logrado el éxito y el respaldo de la mayoría de la población).

En Vizcaya, por ejemplo, tiene que ser el delegado del Gobierno, José Echevarría Novoa, el que asuma personalmente la reorganización de la Administración pública, con el apoyo casi exclusivo de las bases del Frente Popular (especialmente, del PSOE, muy poderoso en el cinturón industrial de Bilbao). Echevarría Novoa tiene que esperar hasta el 12 de agosto para que el PNV acceda a participar (aunque sea de una forma marginal) en una de sus juntas. En Guipúzcoa (donde se encuentra Irujo durante el verano del 36), la apatía de los nacionalistas vascos es aún más patente. Allí, a diferencia de lo que ocurre en Vizcaya, los mandos militares tienen una actitud llena de ambigüedad (tratan de mantener una neutralidad imposible, entre la fidelidad a la República y su rechazo a combatir por ella, al principio, y terminan por acantonarse después) que sólo es contestada por las milicias socialistas y anarquistas.

Ningún gudari, ningún mendigoitzale combate en las calles de San Sebastián contra las tropas sublevadas del teniente coronel Vallespín entre el 21 y el 29 de julio. Sin embargo, es Manuel Irujo uno de los interlocutores que los militares eligen para negociar su rendición y el garante de que las vidas de los militares sean respetadas. Irujo se queja del exceso de "muestras de júbilo revolucionarias" tras la derrota de Vallespín.

El político navarro, en los días sucesivos, acepta hacerse cargo de la Junta de Defensa de Azpeitia (la tercera de las que se instauran en territorios vascos, tras las de Bilbao y San Sebastián, donde el PNV tiene una presencia testimonial) y toma la iniciativa de movilizar a las milicias de su partido (junto al que después sería su antagonista, Telesforo Monzón) y ponerlas al servicio de la República (lo que no ocurriría hasta el 8 de agosto).

Para entonces, los gestos de concordia del Gobierno de Madrid empiezan a llegar al País Vasco. Al cabo de menos de un mes, el 4 de septiembre, representantes del Frente Popular se dirigen al PNV para hacer oficial la implicación de los nacionalistas en la causa republicana. El ministro de Estado, Julio Álvarez del Vayo, solicita a Irujo que acepte un puesto en el Gobierno de la República a cambio de que las Cortes aprueben el anhelado Estatuto. El 15 de septiembre, el otro líder del rejuvenecido PNV, José Antonio Aguirre, anuncia públicamente que su partido da por bueno el trato. El 25, Irujo entra en el Gobierno de Largo Caballero como ministro sin cartera.

Ese mismo día, como castigo a la política del PNV, las tropas del general Mola bombardean por primera vez Bilbao. Su ataque es la respuesta de los rebeldes al compromiso definitivo de los nacionalistas con la causa republicana, ya que Mola ha intentado asegurar su neutralidad durante todo el verano a través de la mediación del sacerdote Alberto Onaindía.

A su vez, el bombardeo de Bilbao propicia el asalto de izquierdistas y nacionalistas a las cárceles, donde se cobran su venganza a costa de los presos de derechas. Es una de las pocas jornadas de terror que se viven en el territorio vasco. Pronto, el orden queda restablecido. Sobre todo, a partir de la aprobación por parte del Parlamento del Estatuto Vasco el primero de octubre de 1936.

Una semana después, José Antonio Aguirre recibe la responsabilidad de formar el primer Gobierno autonómico vasco en una solemne ceremonia celebrada en Guernica (apenas unos meses antes de que la localidad sea brutalmente bombardeada). Aguirre se rodea de cinco consejeros de su partido y de seis izquierdistas (incluido un miembro de Acción Nacionalista Vasca) y forma un gabinete de unidad nacional que para entonces sólo puede gobernar sobre el territorio de la provincia de Vizcaya, la ciudad de Eibar y unos pocos enclaves de la provincia de Álava (con 700.000 habitantes).

Su equipo tiene como principal interlocutor en Valencia (la capital republicana desde noviembre de 1936) a su compañero Manuel Irujo. Las relaciones entre los dos gobiernos son razonablemente armoniosas en muchos aspectos, ya que la República no está en disposición de censurar las audacias autonomistas del Gobierno Vasco. Además, Indalecio Prieto, líder de los socialistas vascos, se gana la confianza del PNV que, durante la guerra, adopta posiciones cada vez más izquierdistas. Mientras, el PSOE vasco descubre su perfil nacionalista.

Sólo un escollo diferencia a los dos gobiernos: la dirección de la guerra en el Frente del Norte. Irujo no consigue que Aguirre deje de quejarse del escaso apoyo militar y armamentístico que reciben sus milicianos y sus gudaris de parte de la República. Largo Caballero, por su parte, jamás logra que el Gobierno Vasco acepte combatir bajo un mando único del Norte junto a las tropas cántabras y asturianas. La antipatía personal entre Aguirre y el general Llano de la Encomienda no facilita nada las cosas.

El País Vasco no puede resistir más allá de junio de 1937. Poco antes, cuando el fin del Gobierno de Aguirre ya es evidente, en mayo, Negrín solicita a Irujo que asuma nuevas responsabilidades: las del ministro de Justicia. Desde ese puesto, el político navarro (un hombre de elevado sentido moral) trata de normalizar y despolitizar el sistema judicial sin conseguirlo.

Por eso, Irujo presenta en diciembre de 1937 su dimisión a Negrín, que lo mantiene en el Gobierno, de nuevo como ministro sin cartera hasta el verano de 1938. Entonces, el representante del PNV decide abandonar definitivamente al Frente Popular, irritado por la intervención del Gobierno en la política autonómica catalana. Desencantado, Irujo se marcha de España y se refugia en Londres, donde lidera una nutrida colonia vasca.

Su posición política se radicaliza y llega a manifiestarse a favor de una ruptura definitiva del País Vasco con España. Sin embargo, al término de la Guerra Mundial, Irujo reconsidera su posición y vuelve a abrazar la causa del autonomismo, de la democracia cristiana y del posibilismo.

En el exilio, el político navarro vuelve a servir como interlocutor entre los gobierno exiliados del País Vasco y España y forma parte de los dos. "En estos momentos, con los vientos que reinan en Europa y en el mundo, no creo prudente enarbolar una bandera separatista (...). Necesitamos convivir con socialistas y otros porque nosotros sólo seremos el 50% de los habitantes de nuestro país, tenemos necesidad de ponernos de acuerdo con el otro 50%", dijo en 1962 Irujo, cada vez más interesado por la construcción de Europa y más crítico con los postulados del PNV patriota, representados porTelesforo Monzón.

De hecho, el viejo ministro republicano regresa a España y obtiene un acta como senador en 1978, en el seno de una candidatura común del PNV y el PSOE. Irujo no puede completar la legislatura, ya que muere en 1981.

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