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sábado, 13 de octubre de 2012

Casares Quiroga (1884-1950)

Máximo líder del republicanismo gallego, vive el estallido de la Guerra Civil en la Presidencia del Gobierno, de la que dimite tras tomar la controvertida decisión de no entregar armas a la población


Santiago Casares Quiroga se le conoce, sobre todo, por ser el presidente del Gobierno republicano cuando estalla la Guerra Civil española. Responsable de la controvertida decisión de no dar armas al pueblo tras el alzamiento nacional del 18 de julio de 1936, dimite inmediatamente para ser sustituido por Diego Martínez Barrio, quien el 19 de julio, sin armar tampoco a la población, cede su puesto a José Giral.

Interrogado por la prensa sobre la rebelión de los africanistas esa misma tarde de verano, Casares lanza una frase que le vale de epitafio político: "Pues bien, si ellos se han levantado, yo me voy a acostar". Durante su gabinete, el presidente del Gobierno ocupa además el Ministerio de la Guerra.

La historiografía ha dibujado sobre Casares un currículo de momentos poco afortunados. Es uno de los responsables, mediáticos cuanto menos, del fracaso del levantamiento de Jaca para instaurar la Segunda República en momentos bajos de la Monarquía de Alfonso XIII. Casares forma parte del Comité Revolucionario que debe pactar con los regimientos y sus dirigentes un retraso en los planes pro republicanos. Pero, al llegar a la población de los Pirineos en la madrugada del viernes 12 de diciembre de 1930, se retira a dormir a su hotel, irónicamente el Hotel de la Paz, sin entrevistarse con nadie. Uno de sus biógrafos, José Antonio Parrilla, dice que pudo sentirse enfermo (padecía tuberculosis) o que no previo que los conspiradores anticipasen sus planes.

Fermín Galán, capitán del regimiento de Infantería Galicia n°19, y Ángel García Hernández, del batallón de Cazadores de Montaña La Palma n°8, comienzan sus planes golpistas la mañana del 12 de diciembre, tres días antes de lo previsto. "Esta gente ha hundido la República por unos años -apostilla Casares Quiroga- yo me marcho o me entrego". Se entrega, sufre un Consejo de Guerra -le defiende Luis Jiménez de Asúa- y va a la cárcel; Galán y García Hernández son ajusticiados y se convierten en mártires para la República.

Casares es también ministro de Gobernación, encargado de mantener el orden en momentos convulsos. La dureza de la represión después del asesinato de cuatro guardias civiles en Castilblanco, en diciembre del 31, tras una huelga socialista, no le ayuda a ganarse el beneplácito de los sectores más radicales.

Pero su momento más crítico en este Ministerio tiene lugar los primeros meses de 1933, como consecuencia de la insurrección anarquista en la localidad gaditana de Casas Viejas. Como titular del control de las Fuerzas del Orden, se le responsabiliza de la actuación de la Guardia Civil y los Guardias de Asalto que disparan, asedian e incendian la choza en la que se ha acuartelado la familia del cabecilla Seisdedos. El capitán Manuel Rojas Freijespán recibe un telegrama que reza: "Es orden terminante del ministro de la Gobernación que se arrase la casa donde se han hecho fuertes los revoltosos". Así, Casares se convierte en chivo expiatorio para una prensa, tanto la de izquierda como la de derecha, muy crítica con el Gobierno "que mata al pueblo".

Revueltas similares en Zalamea de la Serena, Epila, El Padul, Jeresa, Sagunto o la Cuenca del Llobregat, acrecientan el clima de tensión y las criticas al ministro.

La imagen de Casares Quiroga está condicionada por todo lo anterior. Tras su dimisión, a finales de 1936 se exilla en París (con la llegada de los nazis pasará a Londres). Sus visitas a la Sierra de Guadarrama en mono azul de miliciano o las tareas de propaganda para conseguir ayuda extranjera que le encomienda Juan Negrín en 1938 no bastan para limpiar su imagen pública, que autores como Ricardo de la Cierva sentencian con dos adjetivos: "cobarde y pusilánime".

Casares Quiroga es coruñés, criado en una familia de elevada posición social y fortuna, liberal moderado, "autonomista sin excesos", según Parrilla, y anticlerical desde la adolescencia, momento en que su padre pide una exención para que el joven Santiaguito no curse las materias de religión, obligatorias en el Bachillerato.

Abogado antes que político, se le considera un republicano acérrimo y un activo político desde los 24 años. Subrayan sus biógrafos que en la política se dejó la pequeña fortuna que poseía.

Lidera, antes de haber cumplido los 30, el Partido Republicano Autónomo de La Coruña. Funda la ORGA (Organización Republicana Gallega Autónoma) en el otoño de 1929. Participa en el Pacto gallego de la localidad de Lestrove y en el Pacto de San Sebastián, el 17 de agosto de 1930, que repudia a la Monarquía y alienta la llegada de la Segunda República.

Ministro -el único autonomista- desde el primer Gobierno republicano provisional de Alcalá Zamora, conserva su escaño por La Coruña durante el llamado bienio negro. Preside las Cortes y a lo largo de su carrera pública ocupa los ministerios de Marina, Gobernación, Justicia, Obras Públicas y el de la Guerra.

Que eso no le sirviera para prever las pretensiones insurreccionales de la Legión o para intuir que Queipo de Llano no era, como él creía, un hombre de confianza para la República, da, según Gerald Brenan en El laberinto español, prueba de su optimismo a ultranza, "que podría ser considerado el de un loco si no fuera un síndrome de su enfermedad". Casares Quiroga, tuberculoso desde los 5 años, morirá de esta enfermedad, en Suiza, en 1950.

Ingenioso satirista en palabras del presidente Azaña, masón como su padre y su abuelo, y melómano, Casares Quiroga posee "una envidiable biblioteca, un talante soñador y una obstinación remarcable", según su hija María Victoria Casares Pérez, renombrada actriz de la escena francesa. En su libro de recuerdos, Residente Privilegiada, lo describe como un hombre dulce.

Sus críticos más acérrimos, desde Calvo Sotelo a Largo Caballero, acusan a este presidente de Gobierno republicano de ser "un señorito gallego que no supo estar a la altura de las circunstancias". "Su labor -dice Ramón Tamames- fue calificada de total desacierto porque no supo contener los excesos de los izquierdistas ni la Insurrección militar".

El historiador Gabriel Jackson lo describe, sin embargo, como decente y escrupuloso. Para Carlos Fernández Santander, su biógrafo más reciente, es un hombre con defectos, algunos muy graves para la altura que alcanzó, pero también un personaje de remarcables virtudes: "honestidad, reciedumbre de espíritu, generosidad con el necesitado, pugnacidad, y un talento y una cultura en grado poco común para la época".

Manuel Azaña lo tiene como uno de los hombres de mayor confianza dentro de su gabinete. Así es como lo refleja en sus diarios: "En punto a desinterés, amistad y abnegación a la República, Casares no tiene semejante", deja escrito el entonces presidente del Gobierno entre sus páginas de 1933.

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