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martes, 25 de diciembre de 2012

Vicente Rojo Lluch (1894-1966)

Militar de carrera, se mantiene fiel al Gobierno tras la sublevación nacional, convirtiéndose en la pieza clave del ataque y la defensa del Ejército republicano, del que acabará siendo su jefe del Estado Mayor Central

En el discurso de Año Nuevo de 1938, Franco se dirige por radio al país para anunciar que sus tropas han recuperado Teruel. Pero no es cierto. Teruel está casi en manos gubernamentales, en lo que supone la primera gran maniobra exitosa de contraataque del Ejercito Popular republicano. La mayor parte del éxito se debe a la iniciativa y astucia militar del teniente coronel Vicente Rojo Lluch. Después de meses resistiendo los ataques del Ejército nacional, y tras cosechar numerosos reveses, la conquista de Teruel significa una enorme euforia en las filas republicanas. Además, supone que Vicente Rojo se convierta, por méritos propios, en la mente que dirija todas las acciones ofensivas del Ejército republicano hasta el final de la Guerra.

El 22 de octubre de 1937 es nombrado general, y a raiz del logro que supone la recuperación de Teruel se le concede la Placa Laureada de Madrid, versión republicana de la monárquica Laureada de San Fernando. En poco más de año y medio, Rojo ha pasado de ser casi un anónimo comandante, experto en tácticas militares pero sin apenas experiencia fuera de los despachos, a liderar en el campo de batalla los movimientos de cientos de miles de soldados. Ya en Guadalajara -marzo de 1937-, Rojo se convierte en jefe de Estado Mayor del Ejército republicano. Para muchos, es el más brillante estratega de la contienda.

Cuando comienza la Guerra, ocupaba un puesto burocrático en el Ministerio de la Guerra, pero su suerte cambia cuando, casi por azar y sin previo aviso, se ve al mando de la defensa de Madrid en medio de la desbandada general de oficiales a Valencia. El éxito de sus maniobras, que repelen la conquista de la capital, hace que su poder y su influencia crezcan dentro del Ejército y el Gobierno. En julio de 1936 es comandante, y al concluir la Guerra ya ha alcanzado el grado de general. Su condición de gran estratega la demuestra en innumerables ocasiones: tras la defensa de Madrid, en las batallas de Brunete y Belchite, en Teruel y sobre todo en la Batalla del Ebro, cuyo planteamiento es todo un alarde de estrategia. Como indica el historiador Carlos Blanco Escolá, "Vicente Rojo fue el general que humilló a Franco".

Nace en La Font de la Figuera (Valencia), en 1894, en el seno de una familia modesta. El menor de seis hermanos estudia en el Colegio de Huérfanos de Oficiales, y desde muy pequeño ve en el ejército el mejor modo de labrarse un futuro y ayudar a su familia. En 1911 ingresa en la Academia de Infantería de Toledo, y tres años después termina sus estudios como número cuatro de su promoción.

Su primer destino es el de Regulares en Ceuta, bajo el mando del teniente coronel Sanjurjo, aunque nunca llega a adaptarse al ambiente que se vive en el norte de África, ya que desde su época de estudiante se acerca más a la corriente militar que se decanta por el regeneracionismo que a la africanista, que está en auge en la cúpula militar. En cuanto puede pide su traslado a Barcelona, donde es ascendido a capitán en 1919. Allí conoce a la que será su esposa, Teresa Fernández, con quien tuvo siete hijos. Tras comprobar que la mejor forma de ayudar al Ejército es a través de la educación de los nuevos oficiales, entra a formar parte del profesorado de la Academia Militar.

En sus dos primeros años como profesor su prestigio crece enormemente. Intenta transformar y modernizar el plan de estudios, y es en ese momento cuando tiene su primer choque frontal con Franco. Éste acaba de ser nombrado director de la Academia de Zaragoza y ha relegado de los principales puestos a militares con ideas demasiado renovadoras poniendo en los puestos de dirección a africanistas compañeros suyos. Vicente Rojo completa su afán divulgativo con la creación, junto a su gran amigo Emilio Alamán, de la Colección Bibliográfica Militar. Es una publicación que busca formar a los oficiales de un modo mejor de lo que Franco estaba haciendo en Zaragoza.

Con la proclamación de la Segunda República parece que corren nuevos aires dentro del Ejército. Rojo se apunta a la Escuela Superior de Guerra para hacer el curso de Estado Mayor. Su puesto como número uno de la promoción le aporta aún mayor prestigio del que ya tenía entre una gran parte de los oficiales. Otros, en cambio, le acusan de ser un militar de despacho, un mero burócrata.

La sublevación militar del 18 de julio del 36 le coge ya como comandante destinado en un despacho del Ministerio de la Guerra. Rojo se mantine leal al Gobierno de la República. Aunque participa en la defensa de Somosierra, durante los primero meses su lugar continúa siendo la retaguardia y la diplomacia.

El 9 de septiembre de 1936 actúa como representante del Gobierno y entra en el Alcázar de Toledo con el fin de negociar la rendición con el por entonces coronel Moscardó. Es recibido en la puerta del Alcázar por su íntimo amigo y socio editorial Emilio Alamán, que a la vez es uno de los oficiales sitiados.

El giro de su papel en la contienda se produce durante el asedio a Madrid. Cuando el 4 de noviembre las tropas nacionales de Varela ocupan la línea de Alcorcón a Getafe, parece que la entrada a Madrid es irremediable. El Gobierno de la República se traslada a Valencia, y un aire de desbandada y pesimismo general se adueña de la capital. El día 6, tras la salida de todos los políticos de Madrid, José Miaja es nombrado presidente de la Junta de Defensa y elige a Rojo, que días antes ha sido ascendido a teniente coronel, jefe de la defensa de Madrid. La noticia pilla de sorpresa a muchos militares de mayor graduación y antigüedad que él.

Ese mismo día, sin tiempo que perder, constituye el Estado Mayor de la defensa de Madrid. Durante horas estudia las posiciones y comienza a dar órdenes determinantes. Una de sus grandes virtudes es que es un gran psicólogo: conoce bien a sus hombres, sus limitaciones y posibilidades. Como el propio Rojo llegó a confesar "parecía que al marchar el Gobierno a Valencia, se había llevado consigo su pesimismo y desconfianza". Además, ese día tiene la suerte de su lado: por la mañana, una tanqueta italiana es interceptada en Villaverde. Su interior contiene una copia del plan de ataque de Varela a la ciudad, lo cual le permite llevar la iniciativa de la defensa de la capital.

Ante la sorprendente resistencia, el pueblo de Madrid enloquece de entusiasmo. Según Rojo, durante esos días surge "el nuevo espíritu del Ejército Popular", que tras numerosas derrotas al fin se ve capacitado para repeler al Ejército africanista. Los milicianos comienzan a creer que su orgullo, sacrificio y fuerza moral pueden superar a lo que ellos consideran un ejército de mercenarios. Con las tropas a las puertas de la capital, se trata de luchar por sus casas y familias. Uno de los jefes milicianos que se pone al mando de Rojo es Enrique Líster, su brazo derecho en primera línea. Ambos tienen claro que "si no andamos rápidos, mañana a estas horas todos estaremos fusilados".

No sólo se defienden del ataque, sino que Rojo toma la iniciativa y contraataca por la Casa de Campo y Humera para dividir al enemigo. Con Madrid a salvo, Franco se dedica a bombardearla sin cesar. Al intentar cortar el abastecimiento de la ciudad, tiene lugar la Batalla del Jarama, una lucha a campo abierto, de desgaste puro, con nada de estrategia. Poco después, con la Batalla de Guadalajara -marzo de 1937-, concluye la defensa de Madrid y Rojo pasa a tomar las principales decisiones del Ejército republicano.

A partir de ese momento, algunos historiadores escriben que el resto de la Guerra Civil es un "cara a cara directo" entre Franco y Rojo. Ambos emplean tácticas contrapuestas. Franco aprovecha su superioridad de armamento, especialmente en aviación y artillería, centrándose en acciones frontales y directas, con el fin de desgastar al enemigo. En cambio, Rojo utiliza el factor sorpresa, la estrategia y el contraataque para llevar la iniciativa y hacer que el Ejército nacional mueva sus piezas al ritmo que él marca. Además, su peso político sube enteros, pasando a dirigir el Estado Mayor Central del Ejército.

En ese momento, y con total libertad de acción, comienzan a desarrollarse los principales movimientos estratégicos de Rojo. Con la Campaña del Norte a punto de terminar de manera victoriosa para el Ejército nacional, el único modo de detener su avance es a través de maniobras de distracción. Estas maniobras, acompañadas de rápidos ataques inesperados, hacen que Franco dé la orden a sus tropas de detener los avances republicanos. De este modo, el 5 de julio de 1937 se inicia la Batalla de Brunete. Si los republicanos quieren ganar la Guerra, no pueden estar sólo a la defensiva, hay que contraatacar y sorprender al enemigo. Se elige la zona centro porque es donde el Ejército Popular tiene a los hombres mejor preparados. Todas sus unidades de elite intentan abrir un agujero en las tropas africanas. Es entonces cuando logran uno de sus objetivos: paralizar durante un mes la Campaña del Norte, con lo cual sus tropas pueden reorganizarse y reforzarse.

Pero el éxito militar resulta escaso ante el masivo envío de refuerzos por parte de Franco. Brúñete se convierte de nuevo en una batalla de desgaste, con miles de muertos debido a la superioridad aérea nacional.

Franco no reanuda la Campaña del Norte hasta el 14 de agosto de 1937. Cuando Santander está a punto de ser ocupada, una nueva maniobra republicana coge por sorpresa a Franco. En esta ocasión el objetivo es Aragón, y así se inicia la Batalla de Belchite. Nuevamente, la táctica de oposición de los nacionales es desplazar a todo su Ejército del Norte. Su superioridad numérica les da finalmente el triunfo, pero queda demostrado que el Ejército republicano cuenta con mejores estrategias.

De este modo, llega la primera gran victoria del Ejército republicano, y en especial de Vicente Rojo: la conquista de Teruel, el 7 de enero de 1938. De nuevo se trata de un contraataque de distracción. El 1 de diciembre, Franco ha dado la orden de un avance definitivo sobre Madrid. Sus planes se basan en atacar la capital, esta vez por el sureste para cortar, a la vez, la comunicación con Valencia. Para Vicente Rojo, la salida más viable de defensa es alejar a las tropas nacionales, por lo que éste dirige su ataque a Teruel. Ante el avance republicano, Franco ordena desplazar a Teruel las tropas que marchan hacia Madrid, pero se encuentra con duras condiciones climatológicas. Las tremendas nevadas de esos días hacen que tanto la Aviación franquista como sus carros terrestres queden inutilizados.

Llegados a este punto, la República sólo baraja dos opciones para la victoria total: una pasa porque se acaben las trabas de venta de armamento por parte del Comité de No Intervención y de las potencias democráticas europeas; la otra, que estalle una guerra en Europa de estos países contra los regímenes fascistas. Por ello se trata de ganar tiempo y resistir. Así, el tiempo que Franco tarda en recuperar Teruel supone un retraso en su avance hacia Madrid. Rojo utiliza el mismo planteamiento meses después para la defensa de Levante. En una de las últimas lecciones militares de Rojo, con una táctica perfecta, hace que sus tropas crucen el río Ebro. El 24 de julio de 1938, las tropas republicanas conquistan en sólo unas horas unos kilómetros que los nacionales tardarán más de cuatro meses en recuperar, en una de las grandes batallas de la Guerra Civil. Una vez más, Franco se olvida de sus planes y desplaza sus efectivos al Ebro. Las tropas que los republicanos envían al Ebro son casi la totalidad de las que posee el Gobierno en Cataluña, por lo que según diversos autores si Franco no se hubiera obcecado en recuperar el control del Ebro, hubiera podido avanzar rápidamente por el norte y conquistar Barcelona. Una vez más, Rojo consigue atraer a las tropas de Franco y conseguir tiempo para reorganizarse. Pero durante estos días tiene lugar la Conferencia de Múnich, en la que los países europeos llegan a un acuerdo de paz con la Alemania nazi, lo que supone la pérdida total de ayuda exterior a la República.

A finales del 38, el desabastecimiento de la República es ya total. En cambio, Franco cuenta con refuerzos constantes de aviones y carros de combate alemanes e italianos. El fin de la Guerra es sólo cuestión de tiempo y cuando la resistencia es ya desesperada Rojo da la orden de cruzar el Ebro e instalar la línea de defensa de Barcelona en el río Llobregat. Se trata de una lenta agonía, pues las tropas nacionales irán avanzando posiciones haciendo retroceder a los republicanos.

Ocupada la casi totalidad de Cataluña, Vicente Rojo aconseja a Azaña y Negrín la rendición. Rojo huye a Francia y allí se entera del golpe de Estado de Segismundo Casado. Durante algunos meses se dedica a organizar la llegada de los miles de exiliados.

Ya en 1940 se exilia a Argentina, para en 1942 pasar a Bolivia, donde le reconocen el grado de general. Allí imparte clases en la Escuela Superior de Guerra. En la década de los 50, instruye a los nuevos oficiales en los cursos de Estado Mayor.

Pero Rojo mantiene su deseo de volver a España y es su antiguo amigo Alamán, ahora director de la Academia militar de Zaragoza, quien, en 1957, media para que se le conceda permiso vía Consejo de Ministros. Una vez en Madrid es juzgado por rebelión. Condenado a cadena perpetua, le indultan a los pocos días pero es desposeído de su empleo y graduación militar hasta el día de su muerte, el 15 de junio de 1966.

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