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martes, 11 de diciembre de 2012

Léon Blum (1872-1950)

Las reservas de Gran Bretaña y el rechazo a enviar armas a la República de la mayoría de su Gobierno, que ha presidido hasta su dimisión este mes, han llevado al político francés a promover la política de No Intervención

El 20 de julio de 1936, el primer ministro francés recibe un telegrama de su homónimo español: "Sorprendidos por peligroso golpe militar. Stop. Solicitamos ayuda inmediata armas y aviones. Stop. Fraternalmente Giral". Al leer aquello, Léon Blum no albergó duda alguna de lo que había que hacer: ayudar a un Gobierno amigo, de un país fronterizo, de corte muy similar al que él mismo encabezaba, que ahora se enfrentaba a una sublevación sin precedentes que podía traer el fascismo al otro lado de los Pirineos. Probablemente, si en ese momento le hubieran dicho a "aquel francés apasionado y sensible" -así calificado por Hugh Thomas- que propiciaría la política de No Intervención que acabará ahogando a la República española, no se hubiera reconocido en semejante papel. Pero sólo faltaban unos días para que Blum diera marcha atrás en su decisión.

Acostumbrado a bregar con los extremismos, Blum no hacía sino ser consecuente con su forma de entender la política al ofrecer su apoyo a la República española. Jurista y político de origen judío había alcanzado la presidencia de un Gobierno de coalición de izquierdas, controlando las posturas de los más radicales, inclinándose siempre con firmeza hacia las posturas más moderadas. Su voz ya se hizo oír en su juventud desde las tribunas de los principales diarios de izquierdas franceses, donde Blum ejerció durante años la crítica literaria; después, ya metido de lleno en política, llegó como diputado a la Asamblea Nacional francesa, donde continúa exhibiendo su talante conciliador en un partido tan convulso como era el socialista en aquella época. Y lucha para distinguir a su partido de cualquier otro que no se guiara por las reglas del juego democrático.

Lo primero que hace Blum, antes de firmar un contrato de suministro de armas con el embajador español en París, es consultar su decisión con dos ministros de su gabinete: el encargado de la cartera de Guerra, Daladier, y el de Asuntos Exteriores, Delbos. Ambos le apoyan en su decisión, y Léon Blum parte entonces hacia Londres para atender sus asuntos con el Gobierno británico, una alianza muy necesaria para Francia en un momento en que los fascismos florecían a su alrededor, arrinconándola. Y vuelve a los pocos días dándole vueltas a una seria advertencia inglesa respecto a su postura frente a la Guerra española: "Sea prudente".

La oposición al envío de armas a España no ha hecho sino empezar. La preocupación de Blum aumenta cuando se entera de que su decisión ha sido filtrada a la prensa por dos empleados de la embajada española simpatizantes de los rebeldes. La derecha, que aglutina a poderosos sectores de la sociedad francesa, arma un gran escándalo. Blum busca entonces el apoyo de su Gabinete. Y se encuentra con la firme oposición de casi todos sus ministros. Argumentan que una ayuda francesa a la República puede desencadenar un conflicto internacional, ya que es conocida la intención de Hitler y Mussolini de prestar su apoyo a los militares sublevados en el país vecino.

No es momento, recuerdan, para enfrentarse a Gran Bretaña, que ya ha mostrado su intención de no intervenir. Blum observa, además, la creciente división de la opinión pública francesa, que amenaza con provocar una crisis en su Gobierno: "antes Hitler que Blum", llegó a decir la derecha francesa. Y da marcha atrás: de aquel Consejo de Ministros del 25 de julio de 1936 sale la prohibición de exportar armas al Gobierno español, ignorando, incluso, una cláusula secreta entre ambos países que establecía la compra por parte de España de grandes cantidades de armamento a Francia, acordada antes del estallido del conflicto. Blum se las arregla, sin embargo, para dejar una puerta abierta a la República, al permitirle comprar material bélico a empresas privadas francesas. Bajo cuerda, además, Francia pone a disposición de la República una partida de aviones el día 8 de agosto. Pero no será, ni mucho menos, suficiente para salvar un Gobierno que ya sólo podrá contar con la URSS para abastecerse de armas.

Blum ni siquiera cambia de opinión cuando, en noviembre de 1936, y con los rebeldes a las puertas de Madrid, el célebre escritor Waldo Frank le dirija desde España una larga misiva rogándole que reconsidere su decisión: "Si deja de hacerlo, Léon Blum, traicionará usted lo que su país representa y lo que su Frente Popular le ha ordenado realizar. Traiciona usted a la Humanidad".

Aunque siempre se ha señalado la presión de Londres como la razón determinante de la decisión última de Blum, el jefe de Gobierno francés siempre ha defendido su plena responsabilidad en la postura de No Intervención en el conflicto, postura que el historiador Burnett Bolloten señala como "típica" del presidente francés. Bolloten sostiene que, aunque "no hay duda" de que Blum regresó muy "inquieto" de Londres, "fue en París donde tropezó con la oposición decisiva".

Una vez tomada la decisión de no intervenir, a Blum se le ocurre que lo mejor para evitar que se desencadene un grave conflicto internacional por causa española, lo mejor es que todos los demás países hagan lo propio. Así, Francia envía a todos los Gobiernos del continente una propuesta de pacto, concertada con Inglaterra, de No Intervención en el conflicto español, para "evitar que otros hicieran lo que nosotros éramos incapaces de hacer", en palabras de su jefe de Gabinete. Aunque la gran mayoría termina adhiriéndose a él, Italia y Alemania continúan suministrando armas a los rebeldes con creciente descaro. Léon Blum, cada vez más desgastado en el poder, no puede hacer mucho más: en junio de 1937, el Senado francés fuerza la dimisión de la presidencia del Gobierno de quien fue calificado por sus detractores como "el hombre más detestado de Francia".

Léon Blum vuelve al poder en 1938, tratando de frenar los fascismos italiano y alemán, pero la Segunda Guerra Mundial terminó con la Tercera República francesa, y Blum fue a parar a la cárcel arrestado por el Gobierno de Vichy. Tras defenderse con éxito en un proceso que no logró declararle culpable de nada -se ha llegado a decir que Blum pasó de ser el acusado a adoptar el papel de fiscal en su propio juicio-, fue entregado a los alemanes y pasó dos años internado en campos de concentración.

Acostumbrado a renacer de una crisis tras otra, Blum volverá a presidir el Gobierno francés, aunque sólo durante dos meses, terminada la Guerra. Cuando muere en 1950, Blum deja su contribución a la nueva Constitución de la Cuarta República francesa y unos cuantos escritos sobre su visión del socialismo.

2 comentarios:

  1. A veces sе tarda mucho en ѵer aгtiсulos bien redactaԁos, de forma que aprovecho para felicitar al autor.Siguе as� ;
    )

    Historias similares ... Alber

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  2. Posiblemente en noviembre le llegaron noticias de las matanzas de paracuellos....

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