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martes, 18 de febrero de 2014

Matilde Landa (1904-1942)

Comunista comprometida desde su acomodada posición social, es una destacada combatiente prorrepublicana dentro de las filas de Socorro Rojo, desarrollando labores de enfermera, conferenciante y hasta dirigente del PCE 

"Serena, enérgica, callada, hubiera podido parecer hosca y sin embargo daba enseguida pruebas de dulzura y abnegación". Así recordaban sus compañeras a Matilde Landa en un artículo aparecido en Mujeres antifascistas españolas en septiembre de 1946, cuatro años después de la muerte de un personaje singular del movimiento de mujeres de la primera mitad del siglo XX en España, llamado a convertirse en mártir del bando vencido a través de su participación en Socorro Rojo y, una vez en la cárcel, como referente moral de sus compañeras de prisión.

Matilde Landa Vaz nace en Badajoz el 24 de junio de 1904, última de cuatro hermanos. Su padre, Rubén Landa Coronado, un abogado de la ciudad pacense que había sido dirigente republicano, elige para sus hijos una educación laica e intelectual. Matilde crece rodeada de un ambiente progresista, próximo al krausismo y a la Institución Libre de Enseñanza, a pesar de la barrera intelectual que puede suponerse en una ciudad pobre como Badajoz a principios del siglo XX.

Deseosa de trasladarse a Madrid para estudiar el Bachillerato y alejarse de la Badajoz que ella definió como un "pueblucho indecente", según confesó a su hermana Jacinta en una carta de 1919 y a pesar de la resistencia de su padre, Matilde consigue abandonar Extremadura para estudiar un curso en La Coruña. A comienzos de los años 20 se ve obligada a regresar a su ciudad natal para pro seguir con sus estudios de Bachillerato.

Pese a su formación en Humanidades, se inclina por el estudio de Ciencias Naturales. En 1923, fallecido su padre el 16 de marzo, se traslada a la Residencia de Señoritas de Madrid, relacionada con la Residencia de Estudiantes y pionera en España en la incorporación de la mujer a los estudios universitarios. En este ambiente, Matilde se prepara para ingresar en la Universidad, pero una enfermedad pulmonar -que la lleva a trasladarse al domicilio de su hermano Rubén, catedrático de Filosofía y amigo de Antonio Machado, en Salamanca- trunca sus deseos. De allí pasará a residir en Segovia, volviendo a tomar contacto con diversos círculos intelectuales, pues la ciudad conocía entonces cierta efervescencia cultural. 

En torno a 1929 regresa a Madrid con su madre para retomar sus estudios. Al año siguiente se casa con Francisco López Ganivet, sobrino del escritor Ángel Ganivet y procedente de una familia de la burguesía intelectual.

El matrimonio tiene dos hijas, Carmen y Jacinta, aunque esta última muere a los pocos meses de nacer. Consta que, durante estos años, Matilde Landa trabaja en un laboratorio coincidiendo con el comienzo de su colaboración con Socorro Rojo. A partir de 1935, ofrece su casa para las reuniones clandestinas entre los máximos mandatarios del PCE, entre ellos Dolores Ibárruri, Pasionaria, y José Díaz, así como altos funcionarios de la Komintern, al tanto que ejerce de tesorera del dinero procedente del exterior para Socorro Rojo. Un año después, en 1936, se afilia al partido.

El alzamiento militar le coge por sorpresa en una conferencia de Socorro Rojo. A los pocos días tiene lugar la constitución del Quinto Regimiento de Milicias Populares que, por iniciativa de Ibárruri, cuenta con un batallón femenino -batallón en el que Matilde recibe instrucción militar-. Sin embargo, el grupo topa con la animadversión de los altos cargos militares, que lo reconvierten en un servicio sanitario del que Landa queda como responsable de personal,

Landa figura también como importante artífice del Hospital Obrero, donde se orquesta el cuidado a los heridos del centro de la Península hasta finales de 1936, fecha en la que cede su entramado al Ejército Popular y pasa a dedicarse a la población civil desde Valencia. Allí se hace cargo de la organización de los servicios sanitarios y, más tarde, del auxilio a los refugiados y de la evacuación de los niños. Su trabajo y las estancias en los frentes van lentamente minando su salud.

En abril de 1938 pasa a formar parte de la Subsecretaría de Propaganda, dentro de la sección de Información Popular. Hasta el fin de la Guerra, se dedica a recorrer las ciudades españolas organizando conferencias para restablecer la maltrecha moral de los combatientes. Muchos historiadores sitúan en esta época el momento en que conoce a Miguel Hernández, quien le dedicará el poema A Matilde. Sus continuas ausencias del hogar le obligan a tomar una dolorosa decisión: enviar a su hija a la URSS.

Tal y como explica David Ginard en su obra sobre Landa, poco antes del hundimiento de la República y pese a su falta de experiencia como dirigente, Matilde Landa queda encargada por el politburó del PCE para organizar dicha formación política ante la inminente entrada de las tropas franquistas en Madrid. La improvisación y la falta de medios repercuten en los escasos resultados logrados y, al poco tiempo, el partido queda desarticulado por la policía. El 26 de septiembre de 1939, Matilde Landa será detenida e ingresará en la cárcel de Ventas.

Desde la prisión madrileña, Landa empieza a desarrollar una notable tarea de ayuda a las presas condenadas a muerte a través de la Oficina de Penadas, en cuya constitución toma parte activa. Condenada a la pena capital, la intervención del filósofo Manuel García Morente consigue que le sea conmutada por la de 30 años de privación de libertad.

Como señala Ginard, en junio de 1940 es trasladada a la prisión de Palma de Mallorca, "una de las más terribles de la posguerra". Al igual que lo había sido en Madrid, se convierte enseguida en un referente moral para las presas, encabezando las limitadas acciones de resistencia en la cárcel. Escribe cartas y redacta solicitudes en nombre de sus compañeras, algunas analfabetas. Pronto su importancia política lleva a las autoridades eclesiásticas a interesarse por su conversión al catolicismo, factor que hubiera significado una importante victoria propagandística para el régimen.

Desde 1941, se inicia una política de presión (brutal, según algunos autores) sobre ella para hacer que se bautice, una estrategia que auna argumentos, amenazas y castigos. Su entereza emocional no puede resistirlo y acaba derrumbándose. En la tarde del 26 de septiembre de 1942 Landa se arroja al vacio desde una galería de la prisión, agonizando casi una hora hasta que finalmente muere.

Pese a los rumores que hablan de asesinato, en verdad se trata de un suicidio, consecuencia de las condiciones en las que estaba sobreviviendo. Días más tarde, su familia conocerá indignada que había sido bautizada in articulo mortis. Enterrada en el cementerio de Palma, en una sepultura propiedad de una familia aristocrática, al poco de su muerte, Matilde Landa ya será una de las presas más célebres del país.

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