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martes, 25 de febrero de 2014

Martínez Anido (1862-1938)

Acusado de desarrollar una feroz represión durante los años previos a la República, Franco le coloca al frente de la cartera de Orden Público en su primer Gobierno, cargo que ocupa hasta su fallecimiento en diciembre de 1938

"El terror que practica actualmente Martínez Anido en la zona nacional resulta inadmisible incluso a los ojos de la propia Falange". Estas son las palabras que utiliza el embajador alemán en Burgos Von Stohrer para definir la actitud de Severiano Martínez Anido, ministro de Orden Público en el primer Gobierno de Franco y persona sobradamente conocida por su sangrienta respuesta a los conflictos sociales de Barcelona en 1917, que fallece el 25 de diciembre de 1938 en Valladolid.

Severiano Martínez Anido, militar profesional que destaca por su labor policíaca, nace en 1862 en Ferrol (La Coruña). Tras graduarse como oficial en la Escuela de Infantería (1884), obtiene destino en Filipinas. Es en las islas de! Pacífico donde lucha contra los independentistas filipinos obteniendo varias condecoraciones. Al concluir esta campaña, regresa a España para poco después ser enviado a tas guerras coloniales de Marruecos donde es ascendido a coronel por méritos de guerra, en 1910. Es entonces cuando el Rey Alfonso XII le nombra su ayudante, concediéndole, en 1912, la dirección de la Academia de Infantería de Toledo, cargo que ocupa hasta 1914, cuando regresa a África.

Con este bagaje, en 1917 es llamado para acudir a Barcelona, primero como gobernador militar y después como gobernador civil, con la misión de instaurar el orden en una ciudad sumida en el caos por las agitaciones obreras  y que culminan con la huelga general revolucionaria en agosto de ese mismo año. 

Dispuesto a impedir que la capital catalana se convierta en un segundo San Petersburgo, Martínez Anido lleva a cabo una feroz represión. Un rosario de detenciones y ejecuciones acaba con cualquier tipo de presión obrera, las ideas que guían la metodología del gobernador de Barcelona son expuestas por él mismo en una conversación con el también militar Rafael Sánchez Guerra: "Mientras que en esta podredumbre que desde muchos años se cierne sobre Barcelona no se haga una depuración, expulsando toda ta hez que de todas las partes viene, poco útil se conseguírá". 

Estos métodos, digamos, expeditivos continúan siendo aplicados por el gobernador civil después del fin de la huelga de 1917 con el propósito de acabar con el sindicalismo anarquista. Para ello, organiza el llamado Sindicato Libre, más conocido por sus enemigos de la CNT como el Sindicato amarillo. Las calles de Barcelona se convierten en un escenario de guerra mas o menos subterránea entre el Sindicato libre y el sindicato cenetista, con crímenes, torturas y atentados, con confidentes y pistoleros a sueldo y, si se tiene en cuenta la tesis de Javier Tusell, con la participación de la propia policía. Es cierto que al final, Martínez Anido acabará con el pistolerismo de la Barcelona de finales de la década de 1910 y principios de los años 20.

Sea como fuere, la desproporción de la violencia empleada contra huelguistas y sindicatos levanta fuertes protestas que unidas al miedo que el poder y la autonomía alcanzadas por Martínez Anido causan en el Ministerio, hacen que sea relevado de su puesto en octubre de 1922 y enviado a Melilla como comandante militar.

Desde la plaza africana, el oficial se adhiere al golpe del general Miguel Primo de Rivera (1923), quien, nada más instaure la Dictadura, le nombra general y le integra en la cúpula directiva de la organización policial. Primero es nombrado director general de Seguridad y luego ministro de la Gobernación. Desde este Ministerio continúa su línea de defensor del orden a toda costa. Pero cuando Primo de Rivera cae, tiene que abandonar el Gobierno y, eso si, después de ser ascendido a teniente general, pasa a la reserva. 

La proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931, le supone la expulsión del Ejército y el exilio en Francia, aparte de un drama interno al ser un alfonsino convencido y ver cómo las ideas contra las que siempre ha combatido empiezan a tomar carta de naturaleza en un régimen distinto. Privado de su poder y sus antiguas prebendas, sobrevive como pintor de postales, hasta que, en 1935, José María Gil Robles, ministro de la Guerra en ese momento, le reconoce sus derechos como militar y le concede de nuevo el pase a la reserva con su antiguo rango de teniente general. Pero, en marzo de 1936, el Gobierno del Frente Popular vuelve a retirarle este status.

Pese a ello, no participa en la sublevación del 18 de julio de 1936, como otros militares enfrentados a la República, aunque cuando comienza la Guerra retorna a España y se une a los oficiales golpistas. Es a partir de entonces cuando realiza su trabajo para Franco en la sombra, sin intervenir destacadamente en la marcha de la contienda. Únicamente es nombrado, en octubre de 1936, presidente del Patronato Nacional Antituberculoso, un puesto de poca relevancia.

Será en el otoño de 1937, momento en que la Guerra empieza a marchar en favor de los nacionales, cuando alcance la Jefatura de Seguridad Interior, Orden Público y Fronteras, un cargo más acorde con su experiencia, aunque algunas obras, como la Crónica de la Guerra española (1967) señalan que la larga mano que Martínez Anido aún conservaba en los bajos fondos de Barcelona pueda tener algo que ver con el origen, meses antes, de los disturbios de mayo de 1937. Según esta misma fuente, Martínez Anido y el jefe del Servicio de Información de la Frontera del Nordeste de España (SIFNE), José Beltrán y Musitu, se encargan de provocar turbulencias en las poblaciones catalanas que terminan minando la resistencia republicana.

El nombre de Martínez Anido vuelve a salir a la luz pública en enero de 1938, cuando Franco le elige para formar parte de su primer Gobierno ministerial. El Generalísimo le nombra ministro de Orden Público, reconociendo así su trabajo en Gobernación en los tiempos de Miguel Primo de Rivera y estableciendo un puente con los viejos héroes de la Monarquía.

De todas maneras, Anido no lleva a cabo una actividad demasiado brillante. Anciano ya, y con sus funciones limitadas por el Ministerio del Interior del cuñadisimo Ramón Serrano Suñer, la labor del general se reduce a las tareas de represión policiaca en las zonas controladas por el Gobierno de Burgos. Además, tampoco dispone de mucho tiempo para desarrollar su tarea ya que, gravemente enfermo, fallece en Valladolid a finales de 1938. Su entierro consta de gran boato, con honores de capitán general con mando en plaza.

Despedida militar a un hombre defensor siempre del orden y de una férrea disciplina, que dedicó buena parte de su vida a aplicarla entre la población civil.

. El General Martínez Anido falleció en la madrugada del sábado (Hoja Oficial del Lunes, 26/12/1938)

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