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domingo, 10 de marzo de 2013

Segismundo Casado (1893-1968)


Crítico acerbo de la influencia comunista en el Ejército republicano, este coronel masón y liberal trata de precipitar con el golpe preparado desde su mando militar en Madrid un final negociado de la Guerra

"Atendiendo a los singulares merecimientos y labor realizada durante la presente Guerra de Independencia Nacional, vengo a disponer el ascenso a general del coronel de Caballería don Segismundo Casado López". Así reza el decreto dado por Juan Negrín, todavía presidente del Gobierno republicano, el 24 de febrero de 1939, promocionando a quien en poco más de una semana culminará sus planes de sublevación en Madrid.

Quizá porque a esas alturas de febrero ya no reconoce la autoridad del jefe del Ejecutivo, Segismundo Casado seguirá considerándose coronel durante el exilio -todavía en 1968, poco antes de su muerte, como coronel Casado figura en la portada de la primera edición española de su The last days of Madrid, editado con el título de Así cayó Madrid por la Editorial Guadiana-. Incluso durante los días del Consejo Nacional surgido del golpe del día 5 de marzo se dará la insólita circunstancia de que el propio beneficiario del ascenso proponga su anulación; el día 13 el general Miaja firmará el decreto -publicado el día 27- que cancele el nombramiento.

La carrera militar de Casado, nacido en Nava de la Asunción (Segovia) en 1893, carece de hitos significativos antes de la Guerra. Hijo de militar, tras ingresar a los quince años en la Academia de Caballería de Valladolid realizará, entre 1918 y 1923, los cursos de Estado Mayor y obtendrá la diplomatura de la Escuela Superior de Guerra. En 1919 alcanza el grado de capitán. Después de participar en las campañas de Marruecos, en 1929 es ascendido a comandante, y en 1930 se convierte en profesor de Táctica de la Escuela Superior de Guerra.

De ideas liberales, es conocida la pertenencia de Casado a la masonería, de ahí la fraternidad que sostiene con algunos compañeros también pertenecientes a la organización secreta y adscritos durante la Guerra al bando nacional.

Como miembro destacado de las instancias académicas del Ejército, es buen conocedor de los problemas que padecen unas Fuerzas Armadas desacreditadas, sometidas a duras privaciones y aisladas de la población civil. Al proclamarse la República, según Casado, la oficialidad "no era ni monárquica ni republicana, con la excepción de dos pequeños núcleos fanáticos de ambos regímenes", y a su juicio el acatamiento del nuevo régimen fue casi unánime. "En estas favorables condiciones", continúa en Así cayó Madrid, "si el señor Azaña, creador de las célebres reformas militares y encargado de implantarlas, hubiera sido un hombre equilibrado, las hubiera llevado a feliz término, con la aquiescencia de la oficialidad, que las consideró razonables, útiles y necesarias (...). Pero desgraciadamente el señor Azaña estaba muy lejos de ser un hombre equilibrado, pues padecía un complejo de inferioridad viril, que se reflejaba en el odio y en el desprecio incontenible que sentía hacia el hombre militar. Y, animado por esa morbosa pasión y sin razón que lo justificara, asestó una puñalada en el corazón de la oficialidad". Casado interpreta este comportamiento de Azaña durante el primer bienio republicano como la "primera piedra" de una Guerra Civil de la que le considera principal responsable. Curiosamente, el militar, como jefe desde 1935 de la escolta del presidente de la República, será responsable de su protección cuando el alcalaíno alcance la Presidencia en mayo de 1936. A pesar de que dos semanas después Casado pondrá su cargo a disposición de Azaña, el presidente le reiterará su confianza.

Ya iniciada la Guerra y de acuerdo con el presidente, Casado abandonará la jefatura de su escolta el 20 de agosto, momento en el que se incorporará a las operaciones en la sierra madrileña.

Pocos días antes de producirse el alzamiento, el 7 de julio de 1936, el militar tiene oportunidad de advertir al ministro de la Guerra, en presencia de Azaña, del peligro que corre la República. Según diálogo que reproduce el propio Casado: "Estando yo con el presidente de la República junto a la tapia del jardín", durante una recepción en la embajada de Brasil, "se unió el señor Casares Quiroga, quien al verme me preguntó: -'Vamos a ver, comandante, dígame qué se dice, qué se rumorea. -Pues se dice, señor presidente, que la situación es muy grave y que está encima la tragedia. -¡ Pero hombre, aquí tenemos otro pesimista!, ¿qué le parece, don Manuel?'. El presidente no contestó, pero yo no me pude contener y le dije: 'Permítame, señor presidente, que le diga, con todo respeto, que lo que va a pasar no es precisamente un conato de pronunciamiento como el de agosto de 1932'", en referencia a la fracasada sanjurjada. En efecto, diez días después, Casado tendría que organizar el traslado de Azaña y su esposa desde el palacio de El Pardo al Palacio Nacional -de Oriente- para garantizar su seguridad, cuando en la tarde del día 17 llegaban las primeras noticias de la sublevación en Melilla.

En octubre, ya con Largo Caballero como presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, se convierte en jefe de operaciones del Estado Mayor republicano. Durante aquellos primeros meses de Guerra, Casado contribuye a organizar las brigadas mixtas en colaboración con un general y dos coroneles enviados por la URSS. Estas unidades constituirán la matriz de lo que será el primer Ejército regular republicano. Se trataba a juicio de Casado de un modelo organizativo de inspiración soviética que presentaba numerosas deficiencias, no se adecuaba a las necesidades de un ejército moderno, absorbía demasiados efectivos y no contaba con medios suficientes para resultar eficaz. Rechazada por el Alto Mando su alternativa de organizar un Ejército divisionario, Casado también se mostrará disconforme con la introducción de la figura del comisario político y denunciará la injusta distribución que se produce de las armas soviéticas.

Vicente Rojo, nombrado jefe del Estado Mayor Central el 20 de mayo de 1937, sustituirá a Casado por Toribio Martínez Cabrera como jefe de Operaciones y le nombrará inspector general de Caballería, cargo sin importancia en guerra, con plaza en Valencia y que trae aparejada la dirección de la Escuela de Estado Mayor. La operación sobre Mérida planificada por Casado para distraer fuerzas del avance nacional sobre el norte quedaba frustrada con la dimisión de Largo Caballero, que apoyaba el proyecto, y la llegada de Rojo, que no aprobaba la operación, al Alto Mando. "Pero si los dirigentes se hubieran dado cuenta de que la política internacional era adversa a la República (...); ¡Qué diferente hubiera sido el rumbo de la Guerra! Habríase realizado la ofensiva de Mérida y es indudable que la situación hubiera permitido hacer una paz ventajosa para todos los españoles", se lamenta.

Pero a pesar de ser relegado por Rojo, Casado cuenta con la confianza del nuevo ministro de Defensa, Indalecio Prieto; éste le asignará sucesivamente el mando de los cuerpos de Ejército 18°, en sustitución del teniente coronel Enrique Jurado, herido en Belchite, y el 21°.

Entretanto, ya convertido en coronel, Casado seguirá insistiendo durante toda la Guerra en su percepción de que ni la Fuerza Aérea ni los tanques están bajo control del Estado Mayor, sino que dependen directa y exclusivamente de los consejeros amigos enviados por la URSS. Sus enfrentamientos con los comunistas irán empeorando con el paso de los meses.

Al mando del Ejército de Andalucía desde finales de 1937, es nombrado jefe del Ejército del Centro en mayo de 1938, a pesar de no contar, al menos en teoría, con la confianza de Rojo ni de los mandos comunistas. Uno de ellos, Antonio Cordón, convertido en subsecretario del Ejército, le había criticado duramente con ocasión de las operaciones proyectadas en Aragón. Sin embargo, Casado recibirá el encargo de máxima confianza en Madrid sustituyendo al general Miaja, el héroe de la resistencia de la capital, próximo al PCE.

En Andalucía, Casado había tenido de nuevo frecuentes conflictos con militares comunistas. En una ocasión, le fue denegada la información sobre la ubicación de los aeródromos disponibles en su territorio, que había requerido para preparar la defensa ante un inminente ataque nacional. Casado también tendrá oportunidad de mostrar su enfado cuando le denieguen los aviones necesarios para una ofensiva en Extremadura.

En su nuevo destino en Madrid, tres oficiales comunistas están bajo su mando encabezando los cuerpos de Ejército 1º, 2º y 3° -Barceló, Bueno y Ortega, respectivamente-; el anarquista Cipriano Mera dirige el 4º, con sede en Guadalajara. Contra toda lógica, su llegada merece encendidos elogios por parte de la prensa comunista de la capital.

Pero lejos de anunciar una mejora en las relaciones entre el PCE y Casado, el recibimiento es poco más que un espejismo. En su creciente enfrentamiento con los comunistas, el coronel recibe el apoyo de republicanos, socialistas moderados y anarquistas, y sus relaciones con el delegado del Gobierno, Gómez Osorio, y el Alcalde, Rafael Henche, son excelentes. Desde Madrid, Casado asiste a los últimos fracasos de la República con una actitud crecientemente crítica respecto a la política de resistencia a ultranza.

Su nombramiento coincide en el tiempo con la destitución de Prieto, su gran valedor, como ministro de Defensa. En una entrevista celebrada semanas después, Negrín explicará a un incrédulo Casado que la salida de Prieto no ha sido a causa de desavenencias con los consejeros soviéticos sino de su acusado pesimismo. El coronel se limitará entonces a solicitar al jefe de Gobierno que envíe a la capital nuevos suministros de alimentos básicos y que procure limitar la presencia de los comunistas como mandos y comisarios de las unidades, que Casado cifra en alrededor del 70% del total.

El 24 de junio de 1938, el coronel dirige una alocución radiofónica a sus compañeros del bando nacional, exhortándoles al abandono de las armas, en lo que quizás constituye el primer acto explícito de Casado en pos de un arreglo pactado. "Entre vosotros y yo", proclama, "existía una corriente de franca simpatía y mutuo afecto, que la fatalidad ha ido a cortar. Estáis convencidos de la veracidad de mis palabras, y sabéis asimismo que no me mueven propósitos de captación porque a ellos se oponen mi recia hidalguía castellana y mi dignidad de soldado español (...). Si creyera que érais hombres de conciencia fosilizada por el fanatismo, me hubiese ahorrado las palabras que anteceden. Creo dirigirme a entendimientos claros, dotados de agilidad y agudeza mental. Recapacitad sobre lo que os he dicho. Si confiáis en mi espíritu de rectitud que en otro tiempo ninguno de vosotros osaba poner en duda (...)".

Tras la caída de Cataluña, Casado toma definitivamente la iniciativa para derribar del poder a Negrín. El 2 de febrero se reunía con Miaja , Matallana -jefe del Estado Mayor- y Menéndez -al mando del Ejército de Levante-para informarles de sus planes, y todos se mostrarán de acuerdo en apoyarle. También se reúne con Julián Besteiro, quien le da su apoyo, pero sólo para alcanzar la paz. El apoyo de Mera, jefe del 4º Cuerpo de Ejército, será decisivo para el triunfo de la sublevación. La confabulación está en marcha y nada ya puede detenerla, ni siquiera la reorganización del Ejército prevista por Negrín para finales de febrero.

Lo cierto es que ya en los últimos días de enero se habían sustanciado los contactos de Casado con quintacolumnistas y agentes de Franco en Madrid. El día 1 de febrero, Casado acepta las condiciones ofrecidas por el Caudillo para la rendición de los militares sin delitos de sangre. La reunión del día 20 con José Centaño, militar republicano al servicio de Franco, y Manuel Guitián, otro agente de la inteligencia nacional en Madrid, pone en marcha la cuenta atrás de la ejecución de los planes conspiratorios.

Pero una vez conseguido el triunfo de la sublevación, su propósito de negociar en igualdad de condiciones con Franco fracasa. Pocas horas antes de que se produzca la entrega de la capital, Casado logra salir de Madrid. El 29 de marzo escapa a Marsella vía Gandía, desde donde marchará a Inglaterra. Recién instalado en Londres, Casado se apresura a redactar su relato de los hechos de marzo en Madrid, publicado ese mismo año en inglés.

El coronel Casado regresará a España en 1961, no sólo con la esperanza de no ser represaliado, sino incluso de ser readmitido en el Ejército u obtener el reconocimiento de su grado en la reserva. Como en aquellas semanas de marzo, sus ingenuos propósitos toparán con la -por otro lado previsible- intransigencia de las autoridades franquistas. El anciano militar fue incluso sometido a un consejo de guerra, del que saldrá absuelto. Casado moriría en Madrid siete años después, a los 75 años.

2 comentarios:

  1. Buen perfil del General Casado. Sinceramente creo que fue una persona decidida pero no tan heroica como muchos historiadores han pintado. Es cierto que se revela contra Negrín y los comunistas pero lo hace cuando la guerra está perdida y cuando los republicanos no tienen nada que hacer. No nos olvidemos que se marchó de Madrid cuando entraron los franquistas. Otros prefirieron quedarse como Julian Besteiro

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  2. Derrotista, ingenuo y traidor. Eso es lo que fue.

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