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viernes, 8 de marzo de 2013

Antonio Machado (1875-1939)


La muerte del gran poeta español, pocas semanas después de su penosa salida hacia Francia, cae como un mazazo en el bando al que este insigne republicano ha permanecido fiel durante la Guerra

Aquel 22 de febrero de 1939 fue miércoles de ceniza. Aquel día, como el propio poeta había augurado en sus versos, le hallan "a bordo, ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar", de "la nave que nunca ha de tornar". En efecto, Antonio Machado se encuentra en un pequeño pueblo de la costa francesa, Collioure, casi con lo puesto, con la sola compañía de su madre, cuando la muerte le llega en la cama de su pensión. Sus restos nunca volverán a pisar tierra española.

El patio sevillano que fue la infancia de Machado había quedado atrás 56 años antes, cuando el abuelo del poeta, médico dedicado a la enseñanza de las Ciencias Naturales, encontró una plaza como profesor en la Universidad Central de Madrid y se llevó consigo a toda la familia. El joven Antonio tenía ocho años y su hermano Manuel, nueve.

Con la muerte de su padre en 1893 llegan las primeras dificultades económicas; las siguientes, y más acuciantes, dos años después, con el fallecimiento del abuelo. Antonio, matriculado en la Institución Libre de Enseñanza, no parece dar muestras de brillantez académica durante sus años de bachillerato. Al joven sevillano le atrae mucho más la vocación literaria que el estudio del latín, y comienza a publicar breves textos humorísticos en la revista La caricatura, mano a mano con su hermano Manuel. En 1899 se traslada a París donde, mientras se gana la vida como traductor en la editorial Garnier, se dedica a frecuentar las tertulias literarias. Es allí donde traba amistad con Rubén Darío y donde conoce a importantes escritores e intelectuales europeos; pero será en Madrid, pocos meses después, y tras un fallido intento de trabajar en el consulado español  de la capital francesa -dimite a los pocos días "por sus incapacidades para la labor diplomática"-, donde publicó Soledades, su primer libro de poesía.

Pese al éxito de la obra, Mchado sabe que tiene que trabajar para poder comer. Mientras continúa cultivando amistades en los círculos literarios madrileños -Francisco Villaespesa, Juan Ramón Jiménez, Azorín, Valle-Inclán-, gana las oposiciones como catedrático de francés. Y elige Soria como destino. En la pensión donde se aloja encuentra en 1907 a la que se convertirá en su mujer, Leonor Izquierdo, apenas una adolescente, con quien contraerá matrimonio dos años después, en 1909. Allí permanecerán hasta que la Junta de Ampliación de Estudios envíe al ya célebre poeta a completar su formación a París, con una generosa beca.

De vuelta a la capital francesa, Machado muestra escaso interés por el curso de Filología al que le han apuntado. A estas alturas, el poeta ha empezado a leer filosofía y, cuando se entera de que el célebre pensador Henri Bergson imparte clases en París, se cuela en su aula como oyente. Pero Leonor enferma. Tiene hemoptisis. Y los médicos no auguran nada bueno. El matrimonio Machado tiene que regresar a Soria precipitadamente, y pueden hacerlo gracias a la ayuda económica de Rubén Darío. No hay remedio: la joven Leonor Izquierdo fallece poco después, el 1 de agosto de 1912. Tiene 18 años.

La muerte de su esposa sume al poeta en una profunda depresión. El hombre serio e introvertido que siempre ha sido Machado se convierte en apenas una sombra dedicada en cuerpo y alma a la literatura y a su trabajo como profesor en un instituto, ahora en Baeza (Jaén), a donde ha pedido el traslado para no ver el paisaje soriano que tanto le recuerda a Leonor. En sus poemas, pero también en las cartas que envía a sus amigos, refleja el dolor y la soledad en la que se encuentra: "El golpe fue terrible y no creo haberme repuesto", escribe a Unamuno. Y a Ortega y Gasset: "la muerte de mi mujer me dejó tan desgarrado y tan abatido que toda mi obra (...) quedó truncada". "Yo trabajo lo que puedo, repuesto por la voluntad desesperada de una honda crisis que me llevaba al aniquilamiento", le dice en otra misiva a Juan Ramón Jiménez. Machado se refugia en la lectura y se esfuerza en mantener vivas sus relaciones con los viejos intelectuales, mientras se introduce en los círculos de las nuevas promesas entre viaje y viaje a Madrid. Se multiplican sus artículos sobre los problemas de la sociedad de principios del siglo XX. Y mientras tanto continúa su labor docente en el instituto de la localidad jienense, aunque sin mucho entusiasmo. Se dice que el poeta rara vez suspende a sus alumnos, y que éstos tampoco le respetan demasiado como profesor. Machado abandona Baeza en 1919. Un par de años antes se produce un primer encuentro con Federico García Lorca. El poeta granadino llega a Baeza con un puñado de compañeros de universidad, en uno de sus viajes con el profesor Martín Domínguez Berrueta. Años más tarde, cuando sea fusilado en su propia tierra por los falangistas, Lorca recibirá de Machado uno de los más bellos homenajes que publica la prensa española durante aquellos días de Guerra, titulado La muerte fue en Granada.

Tras licenciarse en Filosofía y Letras en 1918, Antonio Machado se traslada a Segovia, donde funda, junto a otros intelectuales, la Universidad Popular. Allí da clases de francés y frecuenta, de nuevo, las tertulias literarias de la capital, adonde se desplaza los fines de semana. Durante su estancia en Segovia, en 1927, le comunican su nombramiento como académico de la Lengua. Machado, todavía estupefacto -"Dios da pañuelo al que no tiene narices", replica a Unamuno cuando recibe la felicitación de su amigo-, redacta un borrador de discurso de ingreso que nunca llegará a leer en la institución.

Será también en la pequeña ciudad castellana donde conozca, un año después, a su segundo gran amor, la Guiomar de sus poemas, que en la vida real se llama Pilar de Valderrama, está casada y es, como recoge Fernando Ortiz en la revista de estudios machadianos Abel Martín, una "pésima poetisa" -su relación se mantendrá en el más absoluto secreto y sólo terminará cuando, en 1936, ambos tengan que escapar de las bombas con sus respectivas familias-.

Los artículos de Machado en la prensa de aquellos años -en publicaciones como La Pluma, Los lunes de El Imparcial, Diario de Madrid o Índice- tratan cada vez con más frecuencia de los problemas políticos que desembocarán poco después en la dictadura de Primo de Rivera. En los años sucesivos, el posicionamiento del escritor ya es claro: quiere resucitar la malograda Primera República española. Por fin, el 14 de abril de 1931, Machado verá cumplido su sueño mientras despliega la bandera tricolor en el Ayuntamiento de Segovia. Meses después, se traslada a Madrid para tomar posesión de su cátedra de francés en el Instituto Calderón de la Barca, y más adelante en el Cervantes.

Aquí, en la capital, y con el pensamiento de su Juan de Mairena recién publicado en un libro, le sorprende la Guerra. Machado tiene claro cuáles son sus responsabilidades para con la causa republicana: como conocido intelectual y poeta que es, intensifica cuanto puede sus colaboraciones en la prensa, y pone su escritura al servicio de la propaganda republicana. En noviembre de 1936, con las tropas nacionales llamando a las puertas de Madrid, acepta un ofrecimiento de evacuación por parte del Gobierno y se traslada a Valencia con su madre y su hermano José. Su amada Guiomar tendrá que partir con su marido siguiendo la dirección opuesta, hacia Estoril. Ya nunca se volverán a ver.

Machado, instalado en el pueblo valenciano de Rocafort, no sólo produce febrilmente artículos para la prensa; durante esos años participa en el Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia al año siguiente, y se cuida bien de no desdeñar ninguna oportunidad de pronunciar discursos a favor de la República. El poeta no descansa. Y ello a pesar de que, a sus 62 años, confiesa sentirse "viejo y enfermo", aunque le dé fuerzas el saberse "al lado de la España joven y sana". Cuenta Fernando Ortiz que Machado, durante su refugio valenciano, recibe la visita del poeta y ensayista mexicano Octavio Paz. Éste cuenta en Las peras del olmo que el poeta sevillano todavía era un fumador empedernido, a pesar del avance de su enfermedad; hasta el punto de que, cuando algún joven poeta se acercaba a conocerle, no dudaba en pedirle tabaco -tan escaso durante los días de la contienda- por todo saludo. Tampoco había dejado el vino, una afición que lleva a su amigo Alfredo Marquerie a calificar en su memorias al escritor como "algo borrachín".

Pasan los meses, y de nuevo la cercanía de las tropas franquistas obliga a Machado a partir, esta vez a Barcelona, donde se instala con su madre en una casa del paseo de San Gervasi. El 22 de enero de 1939, mientras el Ejército republicano se bate en retirada, un rector de la Universidad de Barcelona se presenta en casa del poeta para invitarle a abandonar España en compañía de otros escritores y profesores. Cinco días más tarde, los expedicionarios alcanzan la frontera francesa. Diluvia, hace frío, reciben un poco de pan blanco y de queso. Corpus Barga, uno de los fugitivos, se acerca a los guardias y les explica que en el grupo que se encuentra a sus espaldas está Antonio Machado, "un viejo poeta que es en España lo mismo que Paul Valéry en Francia, y que se encuentra enfermo y tan achacoso como su madre". Finalmente, el poeta podrá atravesar la frontera en el coche del comisario de policía, con su madre sentada en sus rodillas. Al día siguiente, tras pasar la noche en el vagón de un tren, y con la madre delirando -"¿cuándo vamos a llegar a Sevilla?", preguntaba a su hijo José-, se establecen en Collioure, en el modesto hotel Bougnol-Quintana. Machado había declinado una invitación de la embajada republicana en Francia para establecerse en París con todos los gastos pagados, pero tanto él como su madre se encuentran ya demasiado enfermos como para alargar el viaje. No pasará un mes completo antes de que hallen el cadáver de Machado en su cama de la pensión. En su bolsillo, un arrugado papel muestra el último verso del poeta: "Estos días azules y este sol de la infancia". Su madre, de 88 años y también enferma, sólo encuentra fuerzas para sobrevivirle tres días.

La muerte de Machado, poeta de primerísimo orden, insigne republicano y, como él mismo se definió, "hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno", cae como un mazazo en el desmoralizado bando republicano. La noticia se extiende como un reguero de pólvora y llega hasta un campo de refugiados cercano. Algunos internos se las apañan para salir y poder dar al poeta un entierro digno. Después de cubrir su cuerpo con la bandera republicana, seis combatientes llevan a hombros el féretro de Antonio Machado hasta el pequeño cementerio de Collioure.

Desde entonces, los restos del poeta descansan junto a los de su madre en la pequeña localidad francesa. En 1952, un sobrino del poeta hará una tentativa de traerlos a España, pero la Dirección General de Seguridad se niega a hacerlo. Aún después de su muerte, sufre Machado las represalias de los vencedores de una Guerra cuyo final nunca llega a ver. Según recoge Anthony Beevor en La Guerra Civil española, en 1941 Antonio Machado Ruiz es eliminado del cuerpo de catedráticos de Instituto del Estado, una lista a la que no volverá a ser incorporado hasta 1981. Mientras tanto, desde el mismo año de su fallecimiento, la tumba de Machado aparece adornada con flores frescas y multitud de mensajes procedentes de todo el mundo, que el propio Ayuntamiento de Collioure se encarga de recoger y colocar cada pocos días.

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