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lunes, 4 de marzo de 2013

José Ungría Jiménez (1890-1968)


Líder del espionaje nacional, este coronel coordina desde la Jefatura del SIPM toda la información y la actividad de la quinta columna, y desempeña una labor clave en las conversaciones entre ambos bandos al final de la Guerra


La tarde del 25 de marzo de 1939, el coronel Ungría, jefe de los servicios secretos de Terminus -nombre con el que es conocido el cuartel general de Franco-, espera a dos emisarios republicanos y dos miembros de la quinta columna en el aeródromo de Gamonal, cerca de Burgos. Tiene órdenes de, o bien recibir una rendición incondicional -hecho que no sucederá- o bien romper las negociaciones con los hombres de Casado y proseguir con la ofensiva general programada por Franco para el día siguiente.

Nacido en Barcelona en 1890, José Ungría Jiménez ingresa en la Academia de Infantería de Toledo con sólo 15 años. En 1915, número uno de su promoción, alcanza el grado de capitán del Estado Mayor. Entre 1922 y 1924 cursa estudios en la École de Guerre de París, donde compartirá aula con De Gaulle y logra el diploma del Estado Mayor. Un año después es destinado al cuartel general del Ejército francés en Marruecos. Tres años más tarde asciende a teniente general -con la reforma militar azañista se le degradó a comandante, recuperando su gradación años después-, y en 1930 asume el cargo de agregado militar de la embajada de París. Es allí donde su trayectoria se cruza con la de Franco. El curso 1932-33, el general pasa el año escolar en la Escuela Superior de Guerra en París. "Estando conmigo en París, se ofreció para acompañarme a sitios de diversión y vicio, cosa que no quise aceptar, pues estaba allí dedicado al estudio y al trabajo; así que le agradecí su ofrecimiento, pero no acepté", recuerda el propio Franco, según recoge su primo Salgado-Araujo en Mis conversaciones privadas con Franco. Desde la embajada, Ungría actúa como asistente y contribuye a estrechar la relación entre el general y el matrimonio Carrero Blanco, al que Franco conocías de su estancia en Baleares.

En 1934 toma parte en la represión militar de la Revolución de Asturias y en 1936 fija su residencia en Madrid. No participa en el golpe de Estado de julio del 36, y no se hace sospechoso de colaboracionismo porque se mantiene, aparentemente, a las órdenes del general Miaja. Sin embargo, el 16 de octubre de 1936 consigue refugiarse en la embajada francesa, en la que permanece oculto hasta el 4 de abril de 1937, estableciendo contactos con la quinta columna. Con el auxilio de la Marina francesa logra pasar al país vecino, llegando desde Alicante a Marsella, y de allí a territorio sublevado.

Profundamente monárquico y antirrepublicano, Ungría goza de la amistad del general Mola, quien le recomienda a Franco para la reorganización del contraespionaje nacional. En mayo de 1937 es nombrado director del órgano de inteligencia con base en Burgos, y poco después asume el resto de labores de espionaje e información como jefe del Servicio de Información para la Policía Militar. En febrero de 1938, cuando el SIFNE (Servicio de Información del Nordeste), una red privada creada por Francesc Cambó y José Bertrán y Musitu, que tenía línea directa con Burgos, es expulsado de su sede en Biarritz, se integra en el SIPM, bajo la dirección de Ungría, que asumía así la Jefatura de todo el aparato de información nacional, incorporándole grupos dedicados a pasar información a la zona nacional y coordinando la acción de la quinta columna.

Siempre cerca de Franco y con una labor tan oscura como eficaz, su papel va ganando importancia a medida que se acerca el final de la Guerra.

El 10 de noviembre de 1937, un informe de Ungría recogía los temores del SIPM a que Francia se incorporara al conflicto con una intervención preventiva en Cataluña. Ese temor estuvo presente hasta el final de la Batalla del Ebro. En septiembre de 1938, en el puesto de mando del Coll del Moro (Tarragona), Ungría entrega a Franco una carta del general Gamelin, jefe de Ejército francés, en la que invita a Franco a realizar una solemne declaración de neutralidad, de forma que España quedara al margen del inminente conflicto europeo.

De la Cierva se refiere a Ungría como el "master spy de la España nacional". A mediados de 1938 cuenta con 30.000 personas a su servicio -el mayor de los ejércitos de Franco bajo un solo mando militar-, entre agentes y colaboradores, bien por oportunismo o idealismo.

Desde el 5 de febrero de 1939, el SIPM fija en Madrid comunicación regular entre El Servicio -la quinta columna- y el general Segismundo Casado. El 11 de febrero Ungría firma una carta dirigida a Franco: "Casado se encuentra en comunicación Besteiro. Pide en principio que se respete la vida a los militares decentes...". En el escrito, el coronel pregunta a Franco cuál es el siguiente paso a dar por el servicio secreto. "Al Ejército nacional no interesan como objetivos inmediatos las poblaciones, sino la entrega y/o destrucción de Ejército rojo o de sus grandes núcleos (...). Deben tener en cuenta que nos sobran medios y hombres para lograrlo rápidamente por fuerza armas", contesta.

Pero es en los días 23 y 25 de marzo, durante las conversaciones de Gamonal, cuando Ungría pasa al primer plano bélico. La noche del día 23, dos oficiales del Estado Mayor de la República, Garijo y Ortega, y dos delegados de la quinta columna en Madrid, Guitián y Guardiola, se reúnen con Ungría y el coronel Gonzalo en el aeropuerto de Gamonal. Esa noche, según Garijo, las aclaraciones sobre las condiciones de la rendición siguen estando confusas. En una segunda visita dos días después, Ungría recibe a Garijo de manera más cordial, pero rompe al comprobar que la segunda propuesta no responde a las exigencias de Franco y corta las negociaciones. "Los negociadores no traían en sus manos la rendición incondicional completa, ni siquiera la simbólica de su aviación de guerra y únicamente persistían en su pretensión, denegada desde el primer instante, de establecer y firmar un pacto entre los dos bandos", explica Ungría en una carta recogida por De la Cierva.

Franco siempre tendrá un gran concepto de Ungría. Tiene información de primera mano sobre su biografía, ya que convivió con él en París, y sabe que de él se dice que flirteó con la masonería. En las Conversaciones, el propio Franco se refiere a esos fundados rumores: "En tiempos de su juventud, cuando se dedicaba a jugar en el casino militar, tal vez haya tenido algún contacto con la secta (...). Ungría una vez me dijo que había tenido mucha suerte al abandonar el camino que seguía en su juventud...".

Acabada la Guerra, Ungría desempeña funciones depuradoras y de represión como jefe del Servicio Nacional de Seguridad. En 1943 es ascendido a general de brigada y en 1947 a general de división. Más adelante será nombrado director de la Escuela Superior Militar y gobernador militar de Madrid. Pasa a la reserva en 1958, y fallece 10 años después, cuando ocupa un cargo en el INI.

Atículos:

domingo, 3 de marzo de 2013

Sánchez-Albornoz (1893-1984)

Medievalista ilustre y hombre comprometido políticamente con la República hasta julio de 1936, durante su largo exilio en Buenos Aires hará de España la razón de ser de su vida y de su obra historiográfica

"La Guerra Civil española ha destrozado mi vida y ha torcido sus rutas. Está ahí, en mitad del camino de mi existir. He meditado mucho sobre ella. Quizá desde 1936 no ha transcurrido una sola jornada de mi largo destierro sin que su recuerdo no se haya cruzado en mi memoria provocando inquietudes, problemas, tristezas, desesperanzas, angustias...". Quien así se lamenta, en un artículo publicado en 1979, es uno de los más insignes exiliados españoles, Claudio Sánchez-Albornoz, desde la lejana Buenos Aires. Lleva ya más de 40 años fuera de España, pero aún tendrá tiempo, antes de morir, ya casi imposibilitado para caminar, de cumplir su deseo de volver a la patria.

Los más antiguos recuerdos que vienen a la memoria de Sánchez-Albornoz cuando escribe esas líneas se sitúan en Ávila, ciudad donde pasa su infancia, aunque nació, casi por accidente, en Madrid, en 1893. A la capital volverá para dar comienzo a su brillante trayectoria académica. Aunque comienza los estudios de Derecho, quizá por complacer a su familia, su verdadera vocación se inclina más por el estudio y la indagación de los avatares medievales que por los vericuetos legales, y termina matriculándose en Filosofía y Letras. Se licencia y se doctora en Historia con premio extraordinario. Con sólo 25 años ocupa un despacho como catedrático Historia de España, primero Barcelona y dos años después en la Universidad de Madrid.

Sin embargo, sus inquietudes políticas le apartarán de la cátedra en dos ocasiones: la primera, en 1933, cuando Sánchez-Albornoz pide la excedencia para dedicarse con más ahínco a tareas políticas. La segunda, ya en julio de 1939, cuando, a causa de su filiación republicana, es despojado de su cátedra a golpe de decreto. Para entonces, Claudio Sánchez-Albornoz ya se encuentra muy lejos de Madrid. Después de haber participado activamente en la vida política de la Segunda República -fue diputado por Ávila en las tres legislaturas de las Cortes republicanas, ministro de Estado en 1933, vicepresidente de las Cortes en 1936 y consejero de Instrucción Pública-, en febrero de 1936 parte hacia Lisboa como embajador en Portugal. Allí le sorprende el estallido de la Guerra; durante los primeros momentos, abandonado por el resto del personal de la embajada, se dedica a ayudar a los exiliados españoles que llegan al país vecino, mientras denuncia el apoyo financiero de la dictadura de Salazar a los sublevados. Por fin, en otoño de 1936, una vez rotas las relaciones diplomáticas de Portugal con el Gobierno de Madrid, Claudio Sánchez-Albornoz abandona la embajada de Lisboa para comenzar su exilio en Francia.

Sánchez-Albornoz obtiene una cátedra en Burdeos, desde donde presencia el derrumbamiento de la República, y tiene conocimiento, impotente, del saqueo de su casa de Madrid por parte de las tropas franquistas. Ya despojado de su cátedra, cuentan que, incluso, llega a pedir a sus padres que lo deshereden para impedir que el nuevo régimen pudiera despojarle de algo más.

La etapa francesa se revela pronto como un pequeño paso hacia un exilio mucho más largo y lejano. Cuando en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, las tropas de Hitler invaden el país, Sánchez-Albornoz tiene que huir de nuevo. Su próximo destino, Argentina, se convertirá en su hogar durante las cuatro décadas siguientes.

El cataclismo personal que supone el exilio para Sánchez-Albornoz será, sin embargo, muy fructífero en lo que a actividad investigadora se refiere. Durante sus años en Argentina no sólo ejerce como docente en instituciones de todo el país -es, a su pesar, profesor de Historia de la Edad Media en la provincia de Mendoza, hasta que logra la plaza de catedrático de Historia Medieval en Buenos Aires, donde permanece hasta el final de su largo exilio-, sino que desde allí elabora una amplia y riquísima bibliografía sobre distintas materias históricas y, en especial, sobre el tema de España. La obra España, un enigma histórico (1956) constituye una larga meditación sobre el origen y los problemas de la nación que se había visto forzado a dejar atrás, bajo el peso de una dictadura que había derrocado su añorada República. Es la respuesta a otro libro, España en su historia, de Américo Castro, origen de la interpretación de España como crisol de las tres culturas. Sánchez-Albornoz se dedicará en adelante a refutar las tesis de su viejo amigo, otro represaliado por el régimen franquista, privado de su cátedra de Madrid por aquel mismo decreto de julio de 1939.

Sin embargo, en la medida que las circunstancias se lo permiten, y a pesar de que jamás se consideró un político profesional, el historiador nunca dejará de trabajar por el régimen republicano; a su labor divulgadora se une una actividad política que le lleva a convertirse en presidente del Gobierno de la República en el exilio en 1962, cargo que abandonará en 1971. También en Argentina emprende numerosos proyectos culturales, entre ellos la fundación del Instituto de Historia de España.

Pese a que durante esos años es invitado en alguna ocasión a regresar a España, nunca querrá hacerlo mientras perviva el régimen franquista, aunque, una vez muerto el Caudillo, comenzará a colaborar con diversas publicaciones: "Me es cruelmente doloroso recordar los años trágicos de nuestra amarga contienda (...), pero me han empujado a meditar sobre ellos solicitaciones repetidas a las que no he sabido resistir y mi anhelo de contribuir de alguna manera a evitar la repetición de la tragedia". Por fin, en 1976, puede realizar una visita de dos meses a España, durante la que pronuncia multitud de discursos y conferencias con el ánimo de contribuir a cerrar las heridas que el trauma bélico y la posterior Dictadura habían abierto en España: "Soy un sobreviviente de los clanes de otrora", escribirá, recordando aquel viaje, en 1979. "Dios ha limpiado mi corazón y me ha convertido en un humilde predicador de la reconciliación". Después regresa a Argentina, pero, tras una prolongada enfermedad pulmonar que le obliga a permanecer hospitalizado durante varios meses en el Hospital Español de Buenos Aires, decide volver, ya viejo y enfermo, para quedarse en Ávila, en 1983. Habían transcurrido 44 años de penoso exilio. Allí, en el claustro de la catedral abulense, reposarán sus restos cuando la muerte le sobrevenga tan sólo un año después, en julio de 1984. Ese mismo año, Claudio Sánchez-Albornoz había recibido el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, en reconocimiento a "su pasión por el conocimiento científico de la historia y su actividad como hombre público".

sábado, 2 de marzo de 2013

Diego Martínez Barrio (1883-1962)

Varias veces ministro y jefe interino del Gobierno republicano, este político sevillano sale de España como presidente de las Cortes para convertirse en poco tiempo en cabeza de la República en el exilio

Cuando abandona España, el 5 de febrero de 1939, con Manuel Azaña y Juan Negrín, el coche de Diego Martínez Barrio, futuro presidente de la República en el exilio, se avería y bloquea la carretera fronteriza pirenaica del derrumbadero de La Vajol, de tal manera que, pese a los intentos de Negrín de empujar el vehículo para desbloquear la vía, Giral, Azaña, el propio presidente del Gobierno y Martínez Barrio tienen que salir de la Península a pie. "¡Allí vería usted al presidente del Consejo empujar con todas sus fuerzas el coche de don Diego para sacarlos del atolladero!", recuerda Azaña en sus Memorias de Guerra. "Hicimos el resto a pie. Ya en lo alto apenas clareaba, los bultos de los carabineros, cuadrados con mucho respeto, nos vieron pasar. El descenso, por una barranca cubierta de hielo, fue difícil. Martínez Barrio se cayó".

Para Diego Martínez Barrio, sevillano y masón, la Guerra Civil había comenzado sustituyendo al dimitido presidente de Gobierno, Santiago Casares Quiroga, que abandonaba su cargo -"si ellos se han levantado, yo me voy a acostar"-el 19 de julio de 1936.

Asegura el historiador Hugh Thomas que cuando Manuel Azaña, presidente de la República, le llama para formar Gobierno, las masas madrileñas saludan su nombramiento con gritos de traición por su pasado radical.

En todo caso, Martínez Barrio intentará formar un gobierno de concentración con participación de todos los partidos republicanos que anulase la intentona golpista de los generales. Para ello se propuso pactar inmediatamente tanto con Miguel Maura como con Francisco Largo Caballero, e incluso con los sublevados. Parece que, en una mañana frenética de llamadas telefónicas, llega a ofrecer al general Emilio Mola un puesto en el Gobierno como ministro de la Guerra. Mola le responde desde Pamplona que los carlistas que ocupan la ciudad esperan sólo el combate: "Ninguno de nosotros puede controlar a sus masas", dirá. Una respuesta similar recibirá del general Cabanellas. Por entonces, otro general, Gonzalo Queipo de Llano, publica en las páginas del diario La Unión de Sevilla que su conciudadano Martínez Barrio era "hijo natural, ladrón y marica".

Tras su fracaso en Madrid para lograr la formación de un gobierno de concentración nacional, el político sevillano renuncia al encargo de Azaña sólo un día después y es sustituido por José Giral. Aparentemente sin conocimiento de nadie, se traslada a Valencia, donde organiza la Junta delegada de Levante, que controlará las provincias de Castellón, Valencia, Alicante, Cuenca, Albacete y Murcia, y que presidirá él mismo. En realidad, su mandato comienza con la deposición de las armas por los rebeldes, en medio de asaltos de turbas incontroladas a diversos cuarteles valencianos donde se cometerán matanzas y excesos de todo tipo.

Diego Martínez Barrio había nacido en Sevilla en 1883 en el seno de una familia de clase baja. Trabaja desde los diez años en una panadería y más tarde como aprendiz de tipógrafo y como ayudante de un procurador. Interesado en el periodismo, llegará a ser dueño de su propia imprenta, y editará, con poco éxito -cerró a las pocas semanas de existencia-, el semanario republicano El Pueblo. Años después, concretamente en 1934, se embarcará en nuevas aventuras periodísticas, también poco afortunadas, como el semanario Renacer o la revista Democracia en Huelva. Había ingresado en una logia masónica en 1908, y llegaría a ser presidente de honor de la Liga de Derechos del Hombre y vicepresidente de la Junta Nacional Reorganizadora.

Con apenas 20 años se había afiliado al grupo liderado por otro andaluz, el cordobés Alejandro Lerroux, dentro del Partido de Unión Republicana. Cuando Lerroux abandona la coalición para fundar su Partido Radical, Martínez Barrio forma su sección sevillana, por la que fue concejal entre 1910 y 1913 y entre 1920 y 1923.

Representante de los republicanos andaluces en el Comité revolucionario reunido en San Sebastián en 1930, que daría origen al Pacto de San Sebastián contra la monarquía alfonsina y en favor de la República, Martínez Barrio colabora en los preparativos de la sublevación de Jaca, por lo que tendrá que exiliarse.

Por eso vive con emoción la proclamación en Madrid, el 14 de abril de 1931, de la Segunda República. Asegura que a su paso por la plaza de Neptuno "se le saltaban las lágrimas" ante la manifestación de júbilo popular de aquel día.

Durante la andadura del nuevo régimen ocupará diversas carteras ministeriales: será nombrado ministro de Comunicaciones en el Gobierno provisional, y en 1933 ministro de Gobernación en el primer Ejecutivo de concentración presidido por Alejandro Lerroux. Antes había criticado duramente al Gobierno por la represión anarquista de Casas Viejas, cuando acusa al Gabinete y a su predecesor en Gobernación, Santiago Casares Quiroga, de crear un régimen de "sangre, barro y lágrimas". Ocupa interinamente la Presidencia del Ejecutivo entre octubre y diciembre de 1933, durante el proceso electoral que tiene lugar el 19 de noviembre. El resultado de las urnas, con el triunfo de las derechas, no satisfizo al político radical andaluz, a pesar de que el entonces presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, encargue de nuevo a su correligionario Lerroux la formación de Gobierno. En dicho Gabinete ocupa la cartera de Guerra entre enero y marzo de 1934.

Martínez Barrio, que no tolera la alianza en las Cortes de Lerroux con los católicos y conservadores de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), decide dimitir el 1 de marzo, pese a las presiones de Alcalá Zamora, que le asegura que los radicales son "la base de la República". Alcalá Zamora, por cierto, aprecia "la inteligencia natural y la intuición" del líder sevillano, si bien reconoce al mismo tiempo "sus deficiencias de estudio, preparación y experiencia". Su jefe de filas, Alejandro Lerroux, reprochará al sevillano "ser escurridizo y frío, además de no mirar nunca de frente".

Apenas dos meses después de este episodio, el 16 de mayo, Diego Martínez Barrio opta por escindirse del Partido Radical de Lerroux -al que considera demasiado moderado y contemporizador- para formar, junto a otros 13 antiguos diputados lerrouxistas, su propio partido, del que será líder, llamado primero Partido Radical-Demócrata y, poco después, tras la incorporación de los militantes del disuelto Partido Radical Socialista, partido de Unión Republicana.

En otoño de 1935, la crisis gubernamental y el escándalo económico del estraperlo, que llevó al entonces presidente de Gobierno Chapaprieta a prescindir de Lerroux, propiciaron la formación de un Gobierno presidido por Pórtela Valladares, sin representantes de la CEDA. La base parlamentaria del nuevo Gobierno la componen entonces los Agrarios de Martínez de Velasco y el Partido Liberal demócrata de Melquíades Álvarez.

Ya por entonces Diego Martínez Barrio augura, el 8 de enero de 1936, que "la violencia de las derechas nos pondrá en trance de guerra civil. Sólo la República puede ser la paz. Lo demás, el salto a las tinieblas". Poco después, formaba para concurrir a las elecciones de febrero de 1936 una coalición con la Izquierda Republicana de Azaña, que suscriben además la Unión General de Trabajadores, el partido Sindicalista, la Federación Nacional de Juventudes Socialistas, el Partido Comunista y el Partido Obrero de Unificación Marxista -no así el Partido Nacional Republicano de Sánchez Román-. Se constituía el Frente Popular, que, con sus 263 escaños -Unión republicana conseguía 37 de éstos- alcanza la victoria electoral el 16 de febrero de 1936.

El 18 de febrero, sin haberse apenas completado el escrutinio de votos, el Ejecutivo de Pórtela Valladares se declara en crisis y Alcalá Zamora encarga a Azaña la formación de Gobierno. Aunque éste había pensado en Martínez Barrio para ministro de la Guerra, el sevillano será elegido presidente de las Cortes.

Ejercerá también interinamente la Presidencia de la República del 7 de abril al 13 de mayo de 1936, tras la caída de Niceto Alcalá Zamora, antes de ser sustituido por Manuel Azaña. En su escrito Páginas para la historia del Frente Popular, el sevillano recoge, entre los recuerdos de este periodo, la adhesión del Ejército: "Los primeros en reiterar su adhesión y la de las fuerzas que mandaban fueron los generales Goded, Franco, Cabanellas, Villabrille, Molero, Sánchez Ocaña y el coronel de la comandancia de Asturias, Aranda. Tampoco anduvo perezoso el inspector del Cuerpo de Carabineros y consuegro del presidente destituido, general Queipo de Llano, quien, no creyendo suficiente la adhesión escrita, me pidió audiencia y se presentó en Palacio el día que le citaron. Entre la miel de sus palabras y la policromía de sus cruces, cintas y otras preseas, cualquiera menos descontentadizo que yo se hubiera emocionado".

Martínez Barrio permanecerá como presidente de las Cortes durante prácticamente toda la Guerra. Como tal ejerce en Valencia desde el traslado del Gobierno a la ciudad levantina en noviembre de 1936. Más adelante, en un viaje a Barcelona, un accidente automovilístico está a punto de costarle la vida.

Durante el conflicto, la relación con Manuel Azaña -a quien acabaría sustituyendo- será escasa y tirante. Anota éste último en su diario que entre noviembre de 1937 y enero de 1939 se ven seis veces y dos de ellas en actos oficiales, y que Diego Martínez Barrio tuvo sin duda que ver en sus diferencias con Alcalá Zamora. Azaña parecía reprocharle su distanciamiento del curso de la Guerra. Continúa: "Desde el 18 de julio en que desapareció de Madrid sin decir adiós, no volvió a la capital hasta mucho después, y solamente por brevísimas horas, las indispensables para reunir a la Diputación permanente y cumplir la fórmula de promulgar el estado de alarma. Se conoce que el espanto de verse obligado a ocupar mi sitio le hacía ver visiones".

Con todo, las relaciones vuelven a estrecharse en 1939, si bien habrá diferencias de opinión con el presidente de la República, más proclive que el político sevillano a firmar la paz. Martínez Barrio -según reitera Azaña en sus memorias-aseguraba, no obstante, que "es muy fácil hacer el numantino en los periódicos o en los mítines. Pero a última hora los numantinos se van". Insiste además en no dejar abandonados a la venganza del vencedor a quienes en la zona central todavía defienden a la República. Asimismo, consideraba que una derrota, en todo caso, sería sólo un retroceso temporal y que la lucha por las clases trabajadoras habría de continuar.

Tras su retirada, Martínez Barrio será uno de los 62 miembros de las Cortes que el 1 de febrero de 1939 se reúnan en una de las mazmorras del castillo de San Fernando de Figueras para pactar las condiciones bajo las que debe negociarse la paz, a saber: independencia

Diego Martínez Barrio preside una de las sesiones de las Cortes republicanas celebradas en Valencia durante la Guerra Civil. para España, garantías de que el pueblo tendrá derecho a elegir a sus gobernantes y amnistía.

Ya en el exilio, el 28 de febrero del mismo año, asume las funciones de Manuel Azaña durante una reunión en el Restaurante de Lapérouse, en la Quai des Grands-Augustins de París.

Miembro del Comité permanente de las Cortes en París, será presidente de la República en el exilio hasta su muerte en 1962. En la ciudad francesa, le sustituirá Jiménez de Asúa -asimismo presidente hasta su fallecimiento en 1970-.

Además, durante el periodo de su expatriación que pasa en México, desde abril de 1940, había sido presidente de Acción Republicana Española (ARE, asociación de partidos republicanos). En este puesto dura cuatro años, hasta que la ARE es sustituida por la Junta Española de Liberación (en 1944), que dirigirá Indalecio Prieto. Ambas instituciones ejemplificarán la disensión de estrategias de los antiguos partidos republicanos, entre los defensores de la vigencia de las antiguas instituciones de la República, encabezados por Martínez Barrio y José Giral, y quienes abogan más bien por una Junta de Resistencia al estilo de la presidida por el general Charles de Gaulle en Francia, -corriente sostenida, entre otros, por Indalecio Prieto y Carlos Esplá.

Por lo demás, Diego Martínez Barrio publicará en 1948 en Buenos Aires un volumen de contenido político autobiográfico titulado Orígenes del Frente Popular Español, aparentemente parte de un volumen inédito titulado Rebelión contra la República. Sus memorias serán editadas por Planeta en 1983.

El 16 de enero de 2000, 38 años después de su muerte, sus restos mortales son exhumados y trasladados al cementerio de Sevilla, donde, según su deseo, son enterrados entre los acordes del Himno de Riego.

. Un viaje sin retorno (Discurso), (El Liberal, 1/7/1936)
. Lo que dice Matínez Barrio a un periodista francés (El Día, 12/8/1936)

viernes, 1 de marzo de 2013

Luys Santa Marina (1898-1980)


Escritor cántabro de ideología falangista, este 'camisa vieja' defiende las consignas 'joseantonianas' hasta sus últimos días, en los que refleja el desengaño ante el desvanecimiento de una doctrina a la que entregó su vida

Antes de que Falange se interesara por sus obras y por su creación literaria, Luys Santa Marina ya estaba militando en sus filas. Por eso, la incursión de este poeta cántabro en la corte literaria de los falangistas fue más un acto de fe que una respuesta a sus inquietudes artísticas.

Camisa vieja, jonsista y fundador de la Falange barcelonesa, Santa Marina nació en Colindres (Cantabria) el 4 de enero de 1898 y es bautizado como Luis Gutiérrez Santamarina.

Después de terminar el bachillerato en Santander, se traslada a Oviedo donde comienza sus estudios de Derecho en la Universidad, aunque su interés por la literatura y el periodismo pronto le lleva a Madrid, donde experimenta el primer contacto con los movimientos vanguardistas de la época.

Tras su experiencia en las filas del Ejército en Marruecos -sus más íntimos amigos aseguran que era "extremadamente reacio a hablar de su pasado"- y un amor frustrado en la capital, Santa Marina se traslada a Barcelona, la ciudad que sería testigo de su transformación en escritor y falangista.

Una definición de su estilo la proporcionan Mónica y Pablo Carbajosa, autores del libro La corte literaria de José Antonio. Para ellos, este poeta se acerca al prototipo de "hombre de acción (poeta-soldado), alejado del estereotipo de señorito fascista que teorizaba sobre la necesidad o bondades de la violencia sin haberlas experimentado de primera mano".

En Barcelona conoce a importantes hombres de letras como Max Aub y Félix Ros. Con este último funda, en 1932, la revista literaria Azor, abierta en principio a literatos y colaboradores de cualquier ideología. En estos años, están presentes en su prosa la evocación de hechos pasados y la exaltación del imperio español.
A pesar de las diferencias ideológicas de Aub y Santa Marina, el fuerte vínculo que les une desde su llegada a Barcelona le libra de la pena de muerte a la que había sido condenado por participar en la sublevación en julio de 1936.

Otro poeta falangista, Dionisio Ridruejo, radiografía a Santa Marina en su libro Casi unas memorias, como un hombre "de espíritu encendido y un poco quimérico pero de corazón sensible y generoso. Era un hombre sarmentoso con una mirada intensa y al mismo tiempo lejana".

En los años previos a la Guerra, el escritor cántabro ya había cerrado un círculo de amigos procedentes de la intelectualidad catalana como Josep Janés Olivé, Martín de Riquer y Xavier de Salas, con quienes mantenía tertulias en el Café Lyon de las Ramblas y, posteriormente, en el Navarra.

También durante aquellos años, Santa Marina comienza su carrera como escritor con Tras el águila del César (1924) donde, narrado desde dentro con una intención épica y elegiaca, describe la experiencia marroquí de los 96 legionarios que partieron desde Nueva York para servir en el tercio de extranjeros.

Lo que destaca de sus creaciones literarias es, a juicio de los historiadores Mónica y Pablo Carbajosa, el discurso de las "armas y las letras" que él hace suyo y que se transforma en "el motor narrativo como relato, no solamente con evocación ensayística, sino también con nostalgia imperial".

Desde la dirección de Azor no pierde contacto con intelectuales de Madrid como José Bergamín, director de la revista Cruz y Raya, en la que colaboraba habitualmente el propio Santa Marina.

Durante la Guerra, este falangista es condenado a dos penas de muerte, aunque de nuevo la intercesión de intelectuales y escritores de ideologías opuestas y, paradójicamente de algunos dirigentes de la CNT, le salva de morir antes de tiempo. Esta experiencia jamás sería olvidada por el escritor, que, finalizada la Guerra, se cose bajo el yugo y las flechas de su camisa azul tres calaveras en recuerdo de las tres condenas que habían caído sobre él.

Tras el primer indulto en 1936, permanece encarcelado en la prisión Modelo de Barcelona donde mantiene contactos con los dirigentes de la Falange clandestina. Posteriormente sería condenado de nuevo a la pena capital aunque fue conmutada por varios años en las prisiones de Chinchilla (Albacete) -donde escribe Primavera en Chinchilla-, en Sabadell y en Valencia, de donde saldría para liberar la ciudad y tomar el mando antes de que la ocupara el general Aranda.

Los hermanos Carbajosa relatan en su obra la experiencia de Santa Marina durante la posguerra: "El desengaño, traducido en sus versos no provenía de la desilusión personal del falangismo, ideología que siguió profesando con obstinación hasta su muerte, sino de la amargura ante el olvido y aprovechamiento de muchos otros que también lo fueron".

En 1958 escribe Hacia José Antonio, una muestra de su compromiso con el falangismo que sintetiza las aptitudes del jefe nacional. El libro, como se recoge en la obra La corte literaria de José Antonio, "es una apología de un hombre de acción y un alegato en favor del falangismo".

Acomodado en la sociedad barcelonesa, Santa Marina es presidente del Ateneo desde 1939 y continúa con sus tertulias literarias. Su vida profesional se dirige estrictamente hacia el periodismo, convirtiendo la literatura en caprichos voluntarios más que en una profesión. Así, logró llegar hasta la dirección del diario falangista Solidaridad Nacional en el que permanecerá hasta su marcha en 1963.

La madurez de este falangista aporta a su estilo reminiscencias de su infancia, dejando en un segundo plano las elegías heroicas que le habían caracterizado durante el desarrollo de la Guerra Civil. Por ejemplo, en la obra Karla y otras sombras, de 1956, la nostalgia no se dirige a las contiendas pasadas o a los suspiros de añoranza de tiempos pretéritos, sino al ámbito personal, con gran parte de metáforas sobre su propia biografía.

Para los literatos de su entorno más cercano, Santa Marina sale al quite de muchas personas amenazadas antes y después de la Guerra por sus acciones o por sus palabras, lo que provoca la admiración de sus coetáneos. El propio Dionisio Ridruejo dijo de él que, cargado de méritos de los que entonces podían servir para casi todo, "no era de los que se preparaban para una carrera cómoda ni para instalarse entre los sorteadores de la túnica".

En sus últimos años, Santa Marina cae en el ostracismo, sacudido por los fracasos de sus últimas obras y con un profundo desengaño al comprobar que el ímpetu revolucionario de la juventud se había transformado en muchos de sus contemporáneos en un canoso conformismo.

El 14 de septiembre de 1980 muere en Barcelona el que, según afirman Mónica y Pablo Carbajosa, "fue el único de los escritores de la corte de Primo de Rivera que terminó sus días como falangista".

jueves, 28 de febrero de 2013

Joris Ivens (1898-1989)


Documentalista de origen holandés, centra su trayectoria en los conflictos sociales, políticos y bélicos que castigan al mundo durante el siglo XX aportando su propia visión sobre la Guerra Civil con su obra 'Tierra española'

"Aunque había muchas buenas razones para no acudir, era inevitable que viniese a España para filmar una guerra en la que se enfrentaban abiertamente el Bien y el Mal, donde el fascismo preparaba una Segunda Guerra Mundial". Y allí acudió. Joris Ivens, el "cineasta militante por excelencia", no podía quedarse de brazos cruzados.

Durante más de 50 años, Ivens dedicó su vida a recorrer el mundo para filmar los distintos aspectos de la lucha de los hombres por el progreso social y civil y contra la opresión. Su monumental obra documental ofrece un magnífico testimonio de las fases más importantes y dramáticas de la Historia del siglo XX: desde la Guerra Civil española hasta la Guerra de Vietnam.

Joris Ivens nace en Nijmengen (Holanda), en 1898. Se familiariza a muy temprana edad con la técnica cinematográfica, ya que su padre era fotógrafo. A los 13 años realiza su primera película: un western mudo interpretado por sus hermanos.

Después de varios documentales de carácter científico, inicia su activismo político y funda, en 1927, la Film Liga, una organización de cine-clubs holandeses, donde estrenará películas inéditas en su país. Entre 1928 y 1929 lleva a cabo sus primeras obras maduras: Le pont d'acier y Pluie, dos cine-poemas influidos por el impresionismo vanguardista.

A partir de los años 30, su obra experimenta un cambio. De la poesía pasa a la acción: Ivens se sentirá atraído por cualquier lugar donde haya oprimidos que defender o revoluciones que sostener. Este espíritu de lucha le convertirá en un artista nómada. Recorrerá toda la geografía mundial para reflejar los grandes problemas que atenazan a la humanidad.

Antes, en su tierra natal rueda la que para muchos es su obra maestra: Zuyderzee (1930), un documental sobre la lucha del hombre contra el avance del agua. A pesar de contar con el apoyo económico del Gobierno holandés, Ivens, fiel a su espíritu crítico, no se limita a reflejar lo positivo. Con sus imágenes, el cineasta demuestra que la extensión de la tierra incrementa la producción y provoca un desajuste de precios que se soluciona tirando el café al mar o utilizando el trigo como combustible para locomotoras. El resultado es el aumento del paro entre los obreros. El tono combativo con el que Ivens documenta esta destrucción de la riqueza, en contraste con la pobreza de los parados, será la causa de la prohibición del documental por parte de la censura holandesa y la de otros países.

La película que marca el comienzo de esa nueva etapa es Komsomolk o El canto de los héroes (1932), rodada en la Unión Soviética, donde el análisis social adquiere prioridad sobre la experimentación técnica.

A partir de este momento, Ivens se dedicará casi exclusivamente al documental social y político. Junto a Buñuel, será uno de los primeros documentalistas en potenciar este género desde una posición independiente, aunque con tendencias filo-izquierdistas.

Será en Bélgica donde ruede su primer documental verdaderamente social, junto al cineasta Henri Storck: Borlnage (1935). Esta película presenta la situación de los mineros belgas después de la larga y dramática huelga de 1932. Aunque se trata de una reconstrucción, el documental posee una gran fuerza expresiva. La huelga de Borinage se sitúa en el marco de la crisis mundial capitalista de los años 30, de ahí que se prohibiera en todas partes salvo en los cine-clubs. Aun así, según algunos autores, abre el camino a obras maestras del realismo poético francés y del neorrealismo italiano.

Sus detractores le reprochaban la pérdida de cualquier capacidad artística al venderse a la clase obrera. Ivens no compartía esta opinión. "No me considero un político que haga cine, sino un artista, un cineasta que intenta abarcar mediante una ideología materialista y revolucionaria una lucha y una filosofía que me hacen más libre". En esta línea se encuentra su documental Tierra española (1937), con el que, más que hacer un documental profesional, pretendía concienciar a la opinión pública estadounidense sobre la necesidad de ayudar al Gobierno de la Segunda República. Su intención, como él mismo señala, "era la de plasmar la verdad del pueblo español en su lucha contra el fascismo, queriendo dar a entender al mundo la proximidad de un conflicto generado por la ideología fascista y que desembocará en la Segunda Guerra Mundial".

Tanto en Tierra española como en el resto de sus documentales, Ivens lleva a cabo un tratamiento creativo de la realidad. Su intención no es la objetividad, sino la presentación de su punto de vista ante la realidad. "El periodista", afirmaba Ivens, "capta la realidad exterior, mientras que el documentalista analiza en profundidad el trasfondo de esa realidad; esto implica que nuestro trabajo sea una toma de postura clara que determine un horizonte abierto a nuestra expresión y a la visión del espectador".

Después de la experiencia española, éste viaja a China, donde rueda 400 millones (1939), sobre la resistencia del pueblo chino ante la invasión japonesa.

Años más tarde volverá a la China de la Revolución Cultural para realizar Cómo Yukong desplazó las montañas (1973-75) y el que sería su último trabajo, Yo y el viento (1988).

Ivens documentará prácticamente todos los grandes conflictos del siglo XX. Colabora con Frank Capra durante la Segunda Guerra Mundial en la serie de documentales propagandísticos ¿Por qué luchamos?.

Ya en la posguerra, se interesa por los nuevos estados comunistas en documentales como Los primeros años (1947-49), Carnet de viaje (1960) y Pueblo armado (1961), centrados en Cuba. También defiende las esperanzas de las asociaciones pacifistas y antimilitaristas internacionales con La paz vencerá la guerra (1951) y La amistad vencerá (1952).

La Guerra de Vietnam supone un nuevo desafío para el cineasta holandés: con El cielo, la tierra (1965), Paralelo 77(1967) y El pueblo y sus fusiles (1969), sobre el conflicto vietnamita, consolida un modelo indiscutible de cine de compromiso político de calidad.

Esta extensa e intensa labor cinematográfica será merecedora de reconocimientos como la Palma de Oro en Cannes y el León de Oro en Venecia.

Pero Ivens es el único cineasta que ha sido distinguido con el Premio Mundial de la Paz, el Premio Lenin para la Ciencia y la Cultura de Moscú y la Medalla de Oro de Bellas Artes de España, entre otros.

Después de aproximadamente 50 documentales y de toda la geografía recorrida, este holandés errante termina sus pasos en París, ciudad donde muere en 1989.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Vicente Uribe (1897-1961)


Político e ideólogo comunista, este bilbaíno escala hasta la cúpula del PCE para, más tarde, ostentar la cartera de Agricultura en los gobiernos republicanos de Largo Caballero y Negrín hasta el fin de la Guerra

El 23 de mayo de 1938, el Comité Central del PCE ratifica su apoyo a los Trece Puntos de Negrín.

Vicente Uribe Galdeano, ministro de Agricultura durante los gobiernos republicanos de Francisco Largo Caballero y Juan Negrín, es uno de los principales impulsores de este manifiesto a favor de la unidad entre las diversas facciones que se enfrentan en la España republicana.

También a Uribe puede atribuírsele la reforma agraria promovida por el Partido Comunista en plena Guerra Civil así como su lucha particular por dotar a España de un federalismo igualitario.

Nacido en Bilbao en 1897, este político e ideólogo comunista entra en contacto con las ideas revolucionarias que llegan de la URSS durante su juventud cuando ejerce como obrero metalúrgico.

Vicente Uribe milita en el Partido Comunista desde 1923. Sin embargo, a pesar de su juventud, apenas tarda cuatro años en formar parte de la cúpula directiva. Desde ella alienta al incipiente partido a ascender ideológicamente según las doctrinas que llegaban del Este. Prueba de ello es su apoyo en la elaboración del manifiesto electoral del Frente Popular para las elecciones de 1936, así como su contribución a la hora de dar a España una solución ante el conflicto histórico de los nacionalismos y regionalismos.

De hecho, su aportación ideológica y política más importante quizá fuese su escrito, en 1938, sobre El problema de las nacionalidades en España a luz de la guerra popular por la independencia de la República Española. En él, según el escritor José Ignacio Gracia Noriega, Uribe no admite, como comunista estalinista, "que haya disgregación de intereses frente al interés, común, de la gran patria. Para Uribe", continúa Gracia Noriega, "los separatismos, nacionalismos o federalismos son un paso. Nunca una meta".

Vicente Uribe pretende explicar en su manifiesto sobre las particularidades de España que las distintas nacionalidades debían integrarse y luchar conjuntamente hacia la derrota del fascismo, principal yugo opresor de los pueblos españoles: "En la guerra contra la República, los generales traidores y sus amos buscan el exterminio de las conquistas nacionales de Cataluña, Vasconia y Galicia, la supresión de sus Estatutos, destruyendo todos los elementos de la cultura nacional propia de estos pueblos".

La lucha de la Guerra Civil estaba encaminada, para este ideólogo comunista, a lograr una gran España, republicana y democrática. Todos los pueblos unidos y las nacionalidades, movidas por el mismo impulso, orientando sus esfuerzos a una misma dirección: "Ayudar al máximo desarrollo y florecimiento de cada nacionalidad; ayudar en grado superlativo al ascenso general y al progreso de todo el país; fortalecer, por encima de todo, la patria española", concluye Uribe.

La entrada de los comunistas en los gobiernos republicanos durante el conflicto se debió, en gran medida, a su reorientación hacia un partido de masas. Además de Uribe, Dolores Ibárruri y Antonio Mije, fueron los motores del Partido tras el IV Congreso, en 1932.

La fuerza y popularidad que adquiere el Partido Comunista obliga a Largo Caballero a incluir a algunos de sus miembros en su primer Gobierno, que contó con una coalición entre socialistas, comunistas y republicanos.

Como titular de la cartera de Agricultura durante prácticamente toda la Guerra (desde septiembre de 1936 hasta abril del 39), Uribe fue el precursor de una reforma agraria sometida a los principios de Stalin, al que consideraba "el cerebro más genial de nuestra época". De esta manera, transcurrida apenas una semana de la entrada del Partido Comunista en el Gobierno de Largo Caballero, Uribe presenta al Consejo de Ministros su proyecto de reforma que contemplaba la entrega gratuita y en propiedad a los campesinos y jornaleros de la tierra confiscada a los terratenientes comprometidos con la sublevación militar. A raíz de las discusiones entre socialistas y comunistas, estos últimos fuerzan algunas cláusulas y obligan a decretar la confiscación en favor del Estado, es decir, la nacionalización de la tierra.

Tras la derrota del Frente Popular y el consiguiente exilio de los comunistas, Uribe, junto con otros miembros del PCE, se instala en México, desde donde se erige como el máximo dirigente del partido en el exilio suramericano. Como presidente del Secretariado en América, Uribe encargó a Carrillo las tareas de organización del partido.

En mayo de 1946 Uribe ya ocupa el segundo puesto en la jerarquía del Partido tras la expulsión de Jesús Hernández, y se traslada a París junto con Antonio Mije, donde se irá fraguando un enfrentamiento entre la pareja Antón-Carrillo y Mije-Uribe.

Como señala el periodista Gregorio Morán en su obra Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, Uribe y Mije reúnen en París a los hombres fuertes del PCE y del PSUC para hacer una reorientación de la cuestión sindical. "Uribe", explica Morán, "que por convicciones estaba muy lejos del estilo voluntarista a ultranza de Carrillo, se descolgó con un ataque a la política de masas que había llevado el partido en los años anteriores".

La revisión crítica de Uribe ante las nuevas orientaciones del partido le conduce a un enfrentamiento con Fernando Claudín, máximo responsable del Buró Político. A juicio de Uribe, la organización del partido carecía de una unidad dentro de la realidad política y no constituía una fuerza suficiente para luchar en favor de la revolución democrática. Ante estas primeras desavenencias, explica Morán, "Claudín y Carrillo vieron en Uribe la imagen del derrotismo y de la falta de entusiasmo revolucionario".

La escisión definitiva entre Uribe y el resto de miembros de la plana mayor del partido tendrá lugar en el Pleno del Buró Político celebrado en Bucarest en 1956. Carrillo, Claudín y el resto de los hombres fuertes del PCE defendieron las tesis de Dolores Ibárruri sobre la reorganización de los comunistas. "La intervención autocrítica de Dolores" explicaba Carrillo "es un ejemplo de la actitud que debe tomar un dirigente ante sus errores". Claudín, por su parte, señalaba que "en las intervenciones de Mije y Uribe hay una sobreestimación de las fuerzas del enemigo y una subestimación de la amplitud de la lucha de masas y de las fuerzas políticas de oposición".

Acusado por sus propios camaradas de ser "el Stalin del PCE", Uribe se convierte en el chivo expiatorio en pleno proceso depurador posestalinista. La eliminación definitiva de Uribe, capitaneada por Santiago Carrillo, queda consumada en el Pleno del Comité Central en la RDA el 25 de julio de 1956. Cinco años más tarde, Vicente Uribe moría en Praga a los 64 años de edad. 

martes, 26 de febrero de 2013

Agustí Centelles (1909-1985)


Reportero gráfico, testigo durante la Guerra Civil de los principales acontecimientos sucedidos en Cataluña, acaba exiliándose a Francia y consigue atesorar un significativo legado fotográfico de la memoria colectiva española

En agosto de 1936, el semanario estadounidense Newsweek ilustra en su portada uno de los testimonios gráficos más populares que nos ha dejado el conflicto español: tres guardias de asalto disparan parapetados tras varios caballos abatidos a tiros por el fuego nacional, en las calles de Barcelona durante la sublevación de julio. La imagen recorre medio mundo y catapulta la fama de su autor: el fotógrafo valenciano Agustí Centelles. Con ésta y otras imágenes, Centelles pasa a engrosar la lista de los reporteros gráficos que cubren el conflicto como Capa, Reisner o Namuth, entre otros muchos.

Nacido en la localidad valenciana de El Grao (1909), se traslada con tan sólo un año a Barcelona. Desde muy joven comienza a interesarse por el mundo de la fotografía, y con 16 años empieza a trabajar como ayudante fotográfico en el diario El Día Gráfico. Allí verá publicados algunos de sus primeros trabajos.

En 1927 entabla amistad con uno de los maestros de la fotografía catalana, Ramón Baldosa. De la mano de éste comienza a dar rienda suelta a su creatividad, y en 1932 se desliga de su mentor para trabajar por libre. Retrata las calles de Barcelona, a su gente, sus edificios... Incluso se atreve con reportajes de espectáculos y deportivos para después venderlos a periódicos como La Humanitat o La Veu de Cataluña. Todo ello tras el objetivo de su Leica 35 milímetros, comprada a plazos -por 900 pesetas de la época- con sus primeros ahorros.

Conforme su trabajo se consolida, comienza a colaborar con periódicos más significativos como La Vanguardia, Diario de Barcelona, Última Hora, La Opinión y La Rambla. Es en esta época —1935— cuando contrae matrimonio con Eugenia Martí Montserrat.

Al estallar el conflicto, Centelles y su Leica son testigos del frustrado intento de sublevación militar en Barcelona, convirtiéndose, quizá, en "el único fotógrafo profesional que se atrevió a salir a la calle el 19 de julio de 1936", según afirma Manuel Rubio Cabeza. Precisamente, de ese día es la portada del Newsweek.

El fotógrafo decide embarcarse con las milicias populares republicanas destinadas al Frente de Aragón, como colaborador de la publicación La Revista. Allí coincide con otros reporteros gráficos procedentes del extranjero que llegan a España para inmortalizar el conflicto, como el húngaro Robert Capa o los corresponsales alemanes de la revista francesa VU, Georg Reisner y Hans Namuth. Muchos de estos fotógrafos, una vez que llegan a Barcelona, son ayudados y financiados en primera instancia por el Comité de Milicias Antifascistas y el Comisariado de Propaganda de la Generalitat de Cataluña, dirigido por el periodista catalán Jaume Miravitlles (ERC).

Ya en 1937, Centelles se instala en Lérida para ocuparse de los servicios fotográficos del citado Comisariado. Además, se encarga de realizar la serie fotográfica Visions de guerra i de retaguarda, publicada por la editorial Forja, dependiente del organismo. El objetivo de esta publicación es influir en la opinión pública catalana mediante la divulgación fotográfica de los estragos y las devastaciones que la Aviación franquista produce entre la población civil. A su vez, pone de relieve la capacidad de resistencia republicana, que cuenta por entonces con el apoyo de la Unión Soviética.

Antes de la caída de Barcelona, a finales de enero de 1939, Centelles se exilia a Francia portando consigo unos 5.000 negativos. Su carné internacional de prensa le sirve de salvoconducto para resguardar estos materiales. Sin embargo, es en el país vecino donde padece la dureza que se vive en los campos de concentración franceses -como el localizado en Argeles sur Mer- donde capta las dramáticas situaciones en las que malviven los refugiados.

Ya en 1943, pasa a formar parte de un laboratorio en la localidad francesa de Carcassonne y a colaborar con la resistencia. Tan sólo un año después, es descubierto por la Gestapo, y con su familia decide volver a España utilizando el paso de Andorra para huir de los nazis. Nuevamente se instala en Cataluña, pero sin los archivos de guerra que deja a salvo en manos de una familia campesina de confianza.

En 1946, es juzgado y condenado por la Justicia española, aunque poco tiempo después obtiene la libertad condicional. Pese a que no llega a entrar en prisión, queda inhabilitado para ejercer como reportero gráfico, por lo que se dedica a la fotografía industrial, fundando la empresa Centelles S.L.

En agosto de 1976, Centelles regresará a Carcassonne en busca de sus negativos, recuperando con ellos un valioso testimonio de la memoria colectiva española. La llegada de la democracia a España le permite exponer el trabajo fotográfico que se creía perdido durante la Dictadura. En estos años, el cámara valenciano se dedica a divulgar su obra, mediante exposiciones y la elaboración de catálogos.

En 1984 se le concede el Premio Nacional de Artes Plásticas. Tan sólo un año después de este reconocimiento -el 1 de diciembre de 1985-, fallece en Barcelona, la ciudad que ha sido testigo de gran parte de su obra. Pese a su desaparición, Centelles deja un legado fotográfico que se extiende hasta nuestros días. Como ejemplo, la publicación del catálogo titulado Agustí Centelles (1909-1985). Fotoperiodista, o la muestra El Compromiso de la Mirada (2000). Es entonces cuando se le empieza a conocer popularmente como el Capa español.

lunes, 25 de febrero de 2013

Miguel Cabanellas (1872-1938)


General africanista defensor de la República, será clave en el éxito del alzamiento y es el encargado de firmar, a pesar de su oposición manifiesta al mismo, el decreto que da el mando único a Francisco Franco

El 15 de mayo de 1938, la ciudad de Málaga ve cómo en sus calles tiene lugar un entierro que se convierte en todo un acto social, el del general Miguel Cabanellas Ferrer, acompañado de los máximos honores y toda la ceremoniosidad que tal personalidad merece. Cabanellas había sido el primer presidente de la Junta de Defensa Nacional constituida en Burgos por los principales generales que se acababan de sublevar contra la República, sólo cinco días después del alzamiento. La Junta fue el primer Gobierno real del bando nacional, la representación política y militar que debía de oponerse al Gobierno legalmente constituido del Frente Popular.

Pero el veterano y canoso militar, además tendría un sitio en los libros de Historia por haber sido el único general golpista en oponerse a que Franco fuera nombrado Generalísimo y se le concediera el poder absoluto.

El Caudillo no olvidaría nunca esa afrenta y una vez que tuvo el control total del Ejército y la sociedad, se encargó de devolverle la humillación cada vez que pudo, para demostrarle quien mandaba. Franco intentó vengarse de Cabanellas incluso después de que falleciera. Éste había expresado de forma reiterada su voluntad de que su entierro estuviera desprovisto de los honores correspondientes a su grado, había pedido para esos últimos momentos un acto sencillo y familiar. Pero tras su féretro, aquella mañana presidía el desfile fúnebre Queipo de Llano, seguido de miles de falangistas, saludando brazo en alto, algo que siempre había repudiado el fallecido. Despreciado en la biografía oficial que los vencedores escribieron, el odio llegaba a tal extremo que el Generalísimo ordenó cambiar la denominación de la plaza que llevaba el nombre de Cabanellas en su Cartagena natal.

Nacido en el seno de una familia de tradición militar en 1872, ingresa en el Ejército junto a su hermano menor, Virgilio, que también llegó a alcanzar el rango de general, en el Arma de Caballería. Tras unos años destinado en Cuba, realiza la mayor parte de su trayectoria militar en el norte de África, donde ascendería rápidamente en el escalafón tras cuantiosas hazañas en el campo de batalla. Allí conocería y tendría sus primeros contactos con otros altos mandos junto a los que años después protagonizaría la sublevación contra el Gobierno del Frente Popular. En 1916, cuando ya ostentaba el puesto de comandante, estaba al mando de un destacamento de Regulares donde tenía bajo sus órdenes a dos jóvenes tenientes, Mola y Franco. De ese conocimiento directo es de donde nacería su desconfianza, que 20 años más tarde le llevaría a oponerse a la entrega del mando total de España a Franco, pues él le había mandado en el norte de África y desconfiaba de su egocentrismo.

En 1923 es el único general de los que consulta Primo de Rivera que no se une a su golpe de Estado. Ello le hace ser relegado a un puesto secundario en la Jefatura militar de Menorca. Por si eso fuera poco, en 1926 es incluido en una lista de generales, junto a Queipo de Llano entre otros, que se ven obligados a pasar a la reserva de modo obligatorio y sin posibilidad de recurrir, por un decreto del Dictador. En esa situación de inactividad, contribuye junto a otros militares opositores en 1929 a planificar un golpe de Estado contra Primo de Rivera dirigido por el jefe del Partido Conservador, Sánchez Guerra, que fue abortado por la policía.

Tras la proclamación de la Segunda República, una de las primeras medidas adoptadas por el nuevo Gobierno es reincorporar al Ejército a estos generales en la reserva forzosa. Cabanellas se convierte durante esos años en uno de los militares que más apoya la República. Pese a ello se granjea numerosos enemigos ya que se le asocia a la masonería, dentro de la cual parece que dirige una de sus logias más influyentes.

Ostenta diferentes cargos de máxima responsabilidad y confianza por parte de los diferentes gobiernos, los cuales acata y respeta, siendo considerado un hombre leal. De este modo, el 17 de abril de 1931 es nombrado capitán general de Andalucía, para poco más tarde ser nombrado responsable de las tropas españolas en el norte de África.

El 5 de febrero de 1932, el presidente Azaña le nombra de forma personal director general de la Guardia Civil para tener un hombre de su total confianza al mando del instituto armado. Cabanellas dirige la Guardia Civil en dos periodos diferenciados hasta principios de 1936, en su puesto de inspector general. Bajo su dirección, la Benemérita actuó siempre de forma leal a los gobiernos, tanto de la CEDA como de izquierdas, especialmente para sofocar la Revolución de Asturias de 1934.

Poco antes de las elecciones de febrero de 1936, el Gobierno de Pórtela Valladares le destituye de su puesto y le relega a un cargo supuestamente inferior, como jefe de la 5ª División Orgánica, con sede en Zaragoza. Desde esta posición Cabanellas jugaría un papel determinante en la inminente sublevación. Consideraba que la República había derivado hacia una anarquía que llevaría a la destrucción del país, pero en su mente siempre estuvo que tras el golpe no debía haber una dictadura militar.

En la primera reunión que tiene con Mola, el primer domingo de junio cerca de Tudela, deja claras sus intenciones. El alzamiento debía hacerse en nombre de la República, con la bandera tricolor y manteniendo el Himno de Riego, para que inmediatamente reestablecido el orden, el Gobierno provisional convocara unas elecciones a Cortes Constituyentes.

Ante los rumores de posible golpe, el 16 de julio Cabanellas se entrevista con Azaña, al que manifiesta que la 5ª División Orgánica que él dirige respetará a su general, y que sería leal al Gobierno. Casares Quiroga sabe que eso no es cierto, y nada más tener las primeras noticias del levantamiento en África llama a Cabanellas para que se presente en Madrid, con la intención de, simultáneamente, mandar por avión al general Núñez de Prado, leal al Gobierno, para sustituirle en Zaragoza. Pero el plan fracasa, Cabanellas sabe que no debe moverse de Zaragoza, pues se había comprometido a que sus tropas se alzasen en Zaragoza a las cinco de la madrugada del 19 de julio.

Fuentes franquistas, en su afán de desprestigiarle, indican que se mantuvo en su puesto porque un joven oficial le puso una pistola en la sien y le dio un minuto para meditar de qué lado se iba a poner.

El día 18 recibe una llamada importantísima de Martínez Barrio, encargado por Azaña de formar un Gobierno que negociara con los sublevados para sofocar el golpe a toda costa, incluso llegando a negociar una salida pactada. Le promete que si el golpe se detiene se crearía un ejecutivo de emergencia con políticos de la República y algunos militares sublevados, pero Cabanellas contesta con un no rotundo.

La guarnición de Zaragoza contaba con 2.500 hombres, a los cuales se unirían la Guardia Civil y la policía. En la tarde del 18 de julio se procede a detener al alcalde y al gobernador civil de la capital maña. A las cuatro y cuarto de la noche los centros oficiales son ocupados y a las cinco, hora fijada, columnas de Infantería desfilan por las calles hacia la plaza de la Constitución para leer el bando que implantaba la ley marcial.

La sublevación es ya un hecho, pero cuando el 20 de julio Mola recibe la noticia de la muerte de Sanjurjo y comprueba que sus tropas han sido detenidas en su avance hacia Madrid, empieza a desconfiar en la suerte del golpe. Al día siguiente, toma un avión destino a Zaragoza para entrevistarse con Cabanellas. Ambos deciden que es imprescindible constituir un gobierno, que contaría con el respaldo del Ejército, para que asuma todos los poderes del Estado y represente legítimamente al país frente a las potencias extranjeras. De esta forma deciden crear la Junta de Defensa Nacional, que iba a ser presidida por Miguel Cabanellas por ser el general con más antigüedad de los participantes en el alzamiento. En realidad, la Junta tendría sobre todo un papel representativo, porque el poder efectivo estaba en manos de los generales que se hallaban en el frente.

Así, el 23 de julio de 1936 se constituye la Junta de Defensa Nacional, que sería durante 68 días la que ostentase la representación del bando nacional, hasta la formación, en principio, de un gobierno provisional. Bajo la dirección de Cabanellas, estaba además integrada por los generales Saliquet, Ponte, Mola y Dávila y los coroneles Montaner y Moreno. Ese mismo día Cabanellas llega a Burgos, donde se dirige a la multitud desde el balcón de la Capitanía General para aclamar: "Tened la seguridad de que seguiremos adelante todos unidos por España y para España, para que la fraternidad y la paz reinen entre los españoles. Nuestro firme deseo es que viváis con tranquilidad".

A su vez, en un discurso de Mola por radio, en el que anuncia la creación de la Junta, alaba la figura de Cabanellas como ilustre general, figura venerable y patriótica que ya había prestado grandes y altos servicios a la nación.

Durante los poco más de dos meses de duración de la Junta, se dedica a establecer las bases orgánicas del Estado que empieza a nacer. Todo el aparato burocrático permanecía del lado republicano por lo que había que empezar casi de cero. Durante su mandato, Cabanellas es el encargado de sancionar con su firma los 146 decretos y 265 órdenes que dictaron. Por su mesa pasarían desde el decreto que ordenaba el 1 de septiembre devolver a Unamuno su puesto de rector en la Universidad de Salamanca, hasta uno que tuvo que firmar, muy a su pesar, a finales de agosto y que sólo tenía un artículo: "Se restablece la bandera bicolor, rojo y gualda, como bandera de España."

Pero la Junta tiene sus días contados tras una entrevista que mantiene Nicolás Franco con Mussolini en Roma. En ésta, el dictador italiano le hace ver que para que recibieran todo el apoyo de Italia y Alemania, debían elegir una cabeza visible con plenos poderes, o al menos esa fue la campaña propagandística que el hermano del futuro Generalísimo hace uno a uno con todos los generales nacionales. A su vez, afirma que la Junta de Defensa Nacional no cuenta con el apoyo del Führer ni del Duce. Por ello, el día 21 de septiembre de 1936 tiene lugar una reunión cerca de Salamanca donde están presentes todos los miembros de la Junta más Franco, Orgaz, Gil Yuste y Kindelán. Por la tarde, Kindelán propone que entre ellos deben elegir a la persona que aglutinara el poder. Previamente, en secreto, la mayoría había pactado que había de ser Franco, el general que más simpatías está levantando entre los civiles. A partir de ese momento, la Junta sería la encargada de hacer oficial y formal ese acto.

Una semana después tiene lugar una nueva reunión en Salamanca con los generales antes citados, donde como punto del día figura aprobar un decreto, redactado el día anterior en Cáceres por Nicolás Franco, en el que se recoge que todas las fuerzas de Tierra, Mar y Aire estarían subordinadas a un mando único, en manos de un general al que se llamaría Generalísimo. Todo está decidido antes de la reunión. Sólo Cabanellas se atreve a discutir la fórmula elegida, piensa que lo correcto hubiera sido formar un triunvirato. No estaba en contra de Franco, pensaba que podía ser uno de los tres al mando, pero entregarle el poder total, lo consideraba una locura, se resistía a firmar el decreto y así lo manifiesta ante los reunidos: "Ustedes no saben lo que han hecho, no le conocen como yo que lo tuve a mis órdenes. Si le dan ahora España, va a creerse que es suya y no dejará que nadie le sustituya ni en la Guerra ni tras ella, hasta su muerte (...)".

Casi a medianoche, tras consultar telefónicamente con Mola y Queipo, Cabanellas firma el decreto por el cual nombra a su pesar a Franco como Generalísimo.

Como escribió su hijo, Guillermo Cabanellas, en su libro La guerra de los mil días, tras esa firma los últimos restos de la República en la zona nacional caen abatidos, y quien se había alzado para tratar de salvar el Régimen, firmaba su muerte. El 1 de octubre Franco toma posesión de su cargo en la Capitanía General de Burgos ante Cabanellas y el resto de generales. Y Franco, a partir de ese momento, no habría de perdonar ni la tardanza en firmar, ni que en el texto del decreto se le llamara sólo jefe de Gobierno y no jefe de Estado como hubiera deseado.

Cabanellas fue relegado a un puesto sin importancia, inspector general del Ejército, donde permanecería en labores secundarias hasta que el 1 de enero de 1938, ya con 66 años, pasa a la reserva.

En sus últimos meses en el Ejército se dedica a recorrer los frentes de batalla para comprobar las evoluciones y las necesidades de las tropas. Pocas horas después de su muerte, los papeles que guardaba en su despacho de Burgos como presidente de la Junta y en una caja de seguridad son sustraídos y hechos desaparecer, algo similar a lo sucedido con los papeles de Emilio Mola. Según su familia, por orden de Serrano Suñer. De este modo se culminaba la decisión de destruir cualquier recuerdo del general Miguel Cabanellas Ferrer.

Artículos:

Periódicos:

. Ha muerto el general Cabanellas (Imperio, 15/5/1938)
. Muerte del general Cabanellas (Diario de Córdoba, 15/5/1938)