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miércoles, 2 de enero de 2013

Joaquín de Alba, 'Kin' (1912-1983)

Encarcelado en Madrid al comienzo de la Guerra, el dibujante cordobés logra pasar a zona nacional, pero en 1951, cansado de las restricciones del Régimen, emprende un tardío exilio a EEUU, donde cosecha sus mayores éxitos

Todo quedaba atrás en aquella luminosa mañana de mayo de 1951 en que el transatlántico italiano Saturnia atracaba en un muelle de la orilla izquierda del río Hudson. La vida profesional de Kin como caricaturista político transcurriría de entonces en adelante en Estados Unidos, principalmente en el diario The Washington Daily News, en el que cosechará sus mayores éxitos, dentro del respeto a la libertad de opinión que caracteriza la prensa anglosajona.

La caricatura política representa el más ajustado barómetro de la libertad de Prensa. Con sólo observar las caricaturas publicadas en los medios de prensa de cualquier país, podemos advertir la medida en que cada autor expresa su visión personal o, por el contrario, actúa como instrumento del poder. Al margen de ello, naturalmente, queda la calidad del caricaturista como dibujante, como humorista y como crítico, pero puede asegurarse que, para dar lo mejor de sí mismo, un gran caricaturista necesita identificarse con el mensaje que transmite, y ello, obviamente, exige un amplio margen de libertad personal dentro de la circunstancia histórica que le haya tocado vivir.

Pues bien, el marco histórico en que transcurre la vida profesional de Joaquín de Alba, Kin, dentro de su país, comprende la Segunda República, la Guerra Civil y la posguerra. En 1951, resuelto a no soportar por más tiempo las extremadas limitaciones que la Dictadura imponía a su trabajo, abandona el país con destino a los Estados Unidos.

Atrás quedaban 20 críticos años en los que había vivido muchas cosas. Desde la llegada ilusionada a Madrid, en septiembre de 1931, el éxito profesional de los primeros tiempos y el hundimiento de la República, que sume al país en la Guerra fratricida, hasta su intemamiento en la madrileña cárcel de San Antón, la fuga y la prolongada separación familiar impuesta por los frentes de guerra. Y, al fin, la victoria cuajada de esperanzas que no tardarían en irse disipando. La dureza de la posguerra, con su cruel carga de miseria y odios. La prolongación de una situación política que se había juzgado transitoria y que aislaba a España de las sociedades occidentales con las que nuestro país debía identificarse.

La vocación de Kin hacia la caricatura política constituye uno de esos casos de inequívoca afición sentida desde edad muy temprana. La formación recibida en su adolescencia le orientaba hacia profesiones técnicas o hacia la música, su otra gran afición, llegando a formar como segundo violín en la Orquesta Bética fundada en Sevilla por Joaquín Turina. Sin embargo, ya en los dos años previos a la proclamación de la República, publica algunas caricaturas sueltas en ABC de Sevilla y El Liberal.

Será en septiembre de 1931, a sus 19 años de edad, cuando Joaquín de Alba llegue a Madrid procedente de la localidad cordobesa de Palma del Río, en la Vega del Guadalquivir, e inicie su trabajo en el semanario de humor político Gracia y Justicia, dirigido por Manuel Delgado Barreto. Sus dibujos de humor político ocupan pronto la contraportada de la publicación a página entera y a dos tintas. La portada se reservó desde el primer número para la caricatura de Areuger, seudónimo del dibujante santanderino Gerardo Fernández de la Reguera y Aguilera, considerado por Kin como el más grande de entre los caricaturistas de su tiempo.

El procesamiento que se le instruye en abril de 1932 por orden de Alvaro de Albornoz, ministro de Justicia, contribuye no poco al éxito y popularidad de Kin. El caso es que el ministro se consideró representado en uno de sus dibujos humorísticos, algo ciertamente enojoso de establecer, lo que convirtió el proceso en una burla al ministro. La causa se cierra en febrero de 1933 con la absolución del dibujante.

En 1933 pasa a publicar también en el diario monárquico La Nación, que dirigía Delgado Barreto. En marzo de 1936, sin embargo, tras el acceso al poder del Frente Popular, fue incendiada la sede del diario y clausurada por el Gobierno la revista Gracia y Justicia, por lo que, durante los cuatro meses transcurridos hasta el estallido de la Guerra, Kin pasa a publicar en las revistas El Mentidero y La Época.

Iniciada la Guerra Civil, es detenido por un grupo de milicianos y conducido a la cárcel de San Antón, en la calle de Hortaleza. Comparte prisión, entre otros, con Pedro Muñoz Seca, de quien pudo admirar su gran humanidad y simpatía, el gracejo andaluz y la fina ironía que dedicaba en todo momento a sus carceleros.

El día 5 de septiembre, su hermano Nicolás de Alba, miembro del Comité Ejecutivo de la UGT, logra sacarlo de prisión con el acuerdo de mantenerlo bajo su custodia. La fuga a la zona nacional, sin embargo, se hacía necesaria. Los asesinatos de Delgado Barreto, Areuger y varios compañeros más de las redacciones de La Nación, Gracia y Justicia o El Mentidero evidenciaban que él no podría correr distinta suerte. La fuga, atravesando a pie la sierra de Madrid a Ávila y conducido por un pastor, le es facilitada por el sacerdote don Tomás Ortega, presidente de un grupo del Socorro Rojo.

A partir de julio de 1937, Kin residirá en Burgos y Salamanca, trabajando en los servicios de prensa y propaganda del cuartel general de Franco y en los del Ministerio del Interior a las órdenes de Dionisio Ridruejo. Su labor durante ese periodo de Guerra consistirá principalmente en ilustraciones para ediciones de libros, algunos en colaboración con otros dibujantes. Así será en la Historia de la Cruzada Española, con Carlos Saenz de Tejada como director artístico. Ya en 1934 había ilustrado la edición de La República Jurdana, de José María Albiñana. En 1939 aparece en Burgos el libro Diez Figuras, de Jesús Pabón, profusamente ilustrado con dibujos de Kin.

Pero el libro más señalado de entre los que Kin ilustra con mordaces dibujos es el de las Memorias íntimas de Azaña (Madrid, 1939) comentadas por Joaquín Arrarás. Se trata de los tres cuadernos del diario personal de Azaña que le habían sido sustraídos a su cuñado Cipriano Rivas Cherif en el consulado de España en Ginebra durante la Guerra. El autor de la sustracción fue, como se sabe, el vicecónsul Antonio de Espinosa San Martín, que viajó inmediatamente a Burgos para entregar los cuadernos en el Cuartel General de Franco. Abarca dicha parte del diario los periodos comprendidos entre julio y septiembre de 1932; noviembre de 1932 a febrero de 1933; y junio a agosto de 1933.

Esta actividad ilustradora continuará durante los años inmediatos de la posguerra en Ediciones Españolas, donde colabora con Saenz de Tejada y con el insigne pintor sevillano Joaquín Valverde Lasarte. Con Valverde, catedrático en la madrileña Escuela de San Fernando, y en el propio estudio del maestro, se formaría en la pintura al óleo.

También durante el periodo de Guerra publica sus caricaturas en el diario vallisoletano El Norte de Castilla, que desde 1931 dirigía Francisco de Cossío.

En 1940, Dionisio Ridruejo dispone que Kin trabaje en el diario Arriba, el de mayor difusión del momento, dirigido en aquella primera época por Javier de Echarri, con su cuñado Vicente Cebrián como jefe de Redacción. Su lápiz se pone al servicio de la defensa de una España y de una situación política surgida del enfrentamiento ideológico en las que él creyó durante un tiempo, pasado el cual se produciría el distanciamiento y la ruptura final con la dirección del periódico, ya en otras manos. Entre 1950 y 1951 publica su caricatura diaria en el diario Madrid dirigido por Juan Pujol, lo que manifiesta su definitivo distanciamiento del régimen político de Franco.

El profesor Pierre-Paul Gregorio, de la Universidad de Saint-Etienne, ha analizado con singular agudeza y detenimiento las caricaturas de Kin en aquella última etapa del diario Arriba.

Kin afirma Gregorio, "creaba un mundo complejo, con su dinámica y su proyección, cobrando así la actualidad nueva vida. Disecaba y explicaba la realidad del momento, orientando al lector en su asimilación".

" Kin difundía, en definitiva y de manera certera, el código ideológico dominante. Destilaba en clave de humor lo que de farragoso tenía la fraseología en boga (...). De ahí, sin duda, el peso y el éxito de estas caricaturas al permitir a la vez una total compenetración con esa España oficialmente maltratada y una terapia para la frustración -por no decir más- que tal infamia provocaba".

"A Kin le era imperativo hacer pensar. Para mejor servir a la causa de una España nuevamente grande, a pesar de los pesares. Pero, sin embargo, Kin emigró antes de tan feliz advenimiento. En 1951 se instaló definitivamente en Estados Unidos. Trabajó en The Washington Daily News y se le otorgó un premio Pulitzer. Añoraba España pero se sentía -y vivía- bien en el Nuevo Mundo, donde la caricatura seguía siendo 'graciosa con veneno, amable con sangre'. Es decir, letal pero elegante. Como Joaquín de Alba con sus personajes".

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