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lunes, 28 de enero de 2013

Emilio Kléber (1895-1954)

Militar austro-húngaro nacionalizado soviético, llega a España a los pocos meses de estallar el conflicto como jefe brigadista; participará en la toma de Belchite y su labor será decisiva en la defensa de Madrid


Emil Kléber es dos hombres a la vez. Es un héroe de la Revolución francesa y es el alias bajo el que se enmascara Lazar Manfred Stern, un militar austrohúngaro nacionalizado soviético, siglo y medio después. El segundo Emil, mejor dicho, Emilio Kléber, llega a Madrid en septiembre de 1936, junto al embajador de la URSS en España, Marcel Rosenberg, y pronto se convierte en la piedra angular de las brigadas que intervienen en la resistencia madrileña y la claudicación de Belchite. Dos acciones que impulsan su ascenso y de igual modo provocan su caída con la misma rapidez e intensidad.

Que ocultase su verdadera identidad bajo un seudónimo, obedece a la lógica de una doble vida: la que marca su deportación a Siberia. Hasta ese momento, Kléber ejerce de capitán en las tropas austríacas durante la primera Guerra Mundial. Incursión militar acorde a su procedencia, la región de Bucovina -patria del poeta Paul Celan- perteneciente al Imperio Austrohúngaro hasta su adhesión a Rumania en 1936. Antes de que eso ocurra, la carrera militar de Kléber, cambia radicalmente de orientación, cuando cae preso de los rusos. Cautivo en las mazmorras de la tundra siberiana, logra escapar y aprovecha, en pleno apogeo de los disturbios de la Revolución Rusa, para afiliarse al Partido Bolchevique. Pasa de ser un oficial austrohúngaro a luchar por la causa comunista en la Guerra Civil rusa y en la Guerra Civil española como jefe de la 11ª Brigada Internacional y de la 45ª División. Un cambio de bandera que consolida su carrera militar. Es bajo la faceta de adalid marxista, al servicio de la Internacional, donde comienza su leyenda.

Es posible que presenciara el asesinato de la familia del Zar en Ekaterimburgo, que conociera España desde 1924, realizase misiones secretas en China durante su Revolución y en Alemania, antes de que triunfara allí el nacionalsocialismo. Son conjeturas que en todo caso dan fe de una personalidad enigmática y camaleónica. Aterrizó en la piel de toro bajo la apariencia de un brigadista canadiense. Tanto secretismo hace creíble el testimonio de un miliciano español -al que entrevistó Gabriel Jackson en su libro La República española y la Guerra Civil- que luchó codo con codo junto a Kléber, sin sospechar que se trataba de un general del Ejército Rojo.


La discreción con la que mantiene su identidad contrasta con la notoriedad que alcanza enseguida gracias a la eficacia de su intervención en la defensa de Madrid, como cabecilla de la 11ª Brigada, con 1.900 hombres a su cargo.

Aunque según Robert G. Colodny, en su libro The struggle for Madrid, Kléber estuvo a punto de delatar su pertenencia al Ejército Rojo un 24 de octubre de 1936. Aquel día se avistan los primeros tanques rusos en Aranjuez. Nadie debe conocer los rostros de los oficiales rusos. Cuando dos alemanes anti nazis toman fotos de estos tanques, los tripulantes de los mismos no sólo confiscan la película sino que tratan, sin éxito, de expulsar de España a estos fotógrafos. Esos tripulantes eran -según Colodny- los generales del Ejército ruso Berzin y Gregory Stern (Emilio Kléber).

Lo que sí queda al margen de la especulación es que acude al auxilio de la capital en un momento dramático para los republicanos: el momento en que el Gobierno decide replegarse a Valencia, ante el insistente acoso de los nacionales.

El vacío político de Madrid se suple con la creación de la Junta de Defensa presidida por el general Miaja, a quien se le ordena "la defensa de la capital a toda costa". Noviembre supone la certera custodia militar de Madrid a manos republicanas, gracias en buena parte, a la entrada de la 11ª Brigada Internacional, dirigida por Kléber. Su intervención en Ciudad Universitaria es brillante y rápidamente se convierte en cabeza de las brigadas solapadas 11 y 12.

Este éxito le convierte en "El salvador de Madrid". Honor ensalzado por una oda que Rafael Alberti le dedica: "Kléber, mi general, oye conmigo/ lo que mi voz tiene de elegía, / de piedra rota y destrozado trigo; / luego también, lo que en mi voz suena / tranquilamente a gran mensajería, / a fusil que en un instante se serena. / Medio cielo de España, media aurora / (la otra mitad gime en poder de los moros) / puede alumbrarte el sol en esta hora (...) Kléber, mi general, las populares masas de mi país con sus sembrados, / sus aldeas, sus bueyes, sus parajes, con el inmerecido sufrimiento / de sus mejores hombres derrumbados / o desaparecidos con el viento, / con mi voz, que es sangre y su memoria, / bien alto el puño de la mano diestra / por Madrid y tu nombre de Victoria, / te saludan: ¡Salud! ¡España es nuestra!". Se honra la memoria de un militar y con él a la resistencia que disuade a Franco a tomar Madrid por ataque frontal. Son diez días de combates encarnizados en que los Batallones Drombrowsky, Commune de París y la 11ª Brigada luchan de forma coordinada.

Tras esto y a pesar de su eficacia, inesperadamente le son encomendadas tareas burocráticas en Valencia. ¿Por qué desaprovechar su capacidad de liderazgo? Ciertas cualidades pueden ejercer un efecto revulsivo en tiempos de intriga política. Empieza a barajarse extraoficialmente la posibilidad de un golpe de Estado comunista. Ante semejantes rumores Largo Caballero, presidente del Gobierno, decide cortar por lo sano y elimina a Kléber, una vez consolidado su carisma entre los soldados brigadistas. Al fin y al cabo, militares extranjeros que pueden adherirse a rivales políticos del mandatario madrileño. Tras la forzada dimisión de éste último, Kléber reaparece mandando la 45ª División, en la batallas de Bruete -planteada por los consejeros soviéticos y el Estado Mayor de Madrid— y de Belchite, la localidad que más resiste al asedio republicano en el Frente de Aragón. En esta última Kléber planta cara a las divisiones nacionales de los generales Barrón y Saénz de Buruaga. Se le ordena avanzar por la carretera Barcelona-Zaragoza. Cuando pide informes al cuartel general de Aragón le dicen que no hay enemigos en esa zona. Sigue adelante con precaución y comprueba que la carretera está tranquila. De repente, es sorprendido por el fuego procedente de dos colinas fortificadas. Quiere atacar las colinas con la artillería ligera pero la mitad de los proyectiles o no son del tamaño adecuado o no estallan. Ordena a un batallón anarquista que tome al asalto una de las colinas. Una vez conquistada continúa el avance. El mando nacional no quiere repetir el error de Brunete, abandonando la ofensiva del norte, por un pequeño pueblo de Aragón, y Belchite finalmente se rinde el seis de septiembre.

Antes de acabar la Guerra, en 1938, regresa a la URSS donde desaparece de la vida política a causa de una purga de Stalin. Murió víctima de un sistema político que defendió en trincheras extranjeras, tierras lejanas.

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