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domingo, 24 de febrero de 2013

Salvador de Madariaga (1886-1978)


Este diplomático, político, intelectual y prolifico escritor gallego decide al comenzar la Guerra exiliarse a Inglaterra, desde donde mantendrá una inhibición 'crítica' que le granjeará la animadversión de ambos bandos

Persuadido por su padre para convertirse en ingeniero, el joven Salvador de Madariaga Rojo, que había nacido en La Coruña el 23 de julio de 1886, ejercerá como tal, después de estudiar en París y Madrid, en la Compañía Ferroviaria del Norte. Pero tras cuatro años de trabajo -entre 1912 y 1916- abandonará este camino profesional para dedicarse a su gran pasión, las letras, y al periodismo en particular. En plena Guerra Mundial se instala en Londres, donde se hace un hueco como cronista de The Times. Con el tiempo escribirá también para periódicos españoles como El Sol -donde en ocasiones firmará con el seudónimo de Sancho Quijano- y La Vanguardia.

Después de la Guerra entra a formar parte de la Secretaría General de la Sociedad de Naciones, de la que llegará a ser delegado permanente español y presidente de la comisión de Desarme. Pacifista cosmopolita y políglota, es capaz de escribir y hablar perfectamente, además de español, inglés, francés y alemán. "Si un ser humano dispone de más de una lengua" -asegura-, "dispone de más de una vida". Más adelante, entre 1927 y 1931, ocupará la cátedra de Literatura española en la universidad de Oxford.

Con la proclamación de la Segunda República, Madariaga resulta elegido diputado para las Cortes Constituyentes. En declaraciones a El Sol en septiembre de 1931, se mostraba convencido de que "una vez que España haya promulgado su Constitución y elegido a su jefe del Estado, habrá estabilizado su vida política. Entonces podrá actuar de tal forma que el mundo aproveche sus direcciones constructivas a favor de la paz y del desarme".

Sin embargo, el alineamiento de Madariaga, liberal y federalista declarado, con los líderes republicanos va resintiéndose poco a poco. Se muestra preocupado por el problema catalán -al que dedica una serie de artículos en La Vanguardia durante 1936— el nacionalismo vasco y los movimientos revolucionarios. Mientras, su bagaje internacional le sirve para ocupar varios cargos diplomáticos al servicio del nuevo régimen. En 1931 es nombrado embajador en Washington, y en 1932 es destinado a París. Además, en 1934, desempeña brevemente en el primer Gobierno de Alejandro Lerroux los ministerios de Instrucción Pública y Justicia.

Preocupado por el deterioro del orden republicano, en 1935 publica Anarquía o jerarquía, libro en el que, impresionado por el desarrollo de los acontecimientos en España, propone un sistema de gobierno "orgánico" que, sin renunciar a la democracia y al liberalismo, apueste decididamente por el orden y la jerarquía.

En julio de 1936, "igualmente distante de ambos bandos", logra salir de España para volver a Oxford. "En otro lugar" -apunta el exiliado en su autobiografía Desde la angustia a la libertad: Memorias de un federalista- "he dado ya un primer esbozo de las causas que me obligaron a abstenerme de la Guerra Civil. Para mí se trataba de un desgarro del alma de España, a (causa de) los violentos tirones que sobre ella ejercían los dos bandos en lucha armada, es decir, un caso más, sólo que más trágico y feroz, del separatismo innato que a todos nos aflige".

Su obra España, ensayo de historia contemporánea (1931) constituye una aguda reflexión sobre los problemas del país. En la edición ampliada de 1942, publicada en Buenos Aires, Madariaga, como apunta Hugh Thomas, sostendrá que la lucha entre las dos corrientes del PSOE, una revolucionaria y otra moderada, hizo "inevitable" el estallido de la Guerra Civil.

Madariaga se "abstiene" de la Guerra; pero la suya no será una inhibición aséptica: tan implacable se mostrará con Franco como con la República en guerra. Precisamente en mayo de 1938, a propósito de la publicación de los Trece Puntos de Negrín, Madariaga critica duramente los argumentos plasmados en el documento: "(...) Negrín anunció al mundo sus Trece Puntos, que tenían todo el aspecto de oferta de paz. Eran la perfección misma en sí, pero tan lejos de los hechos y prácticas del Gobierno que los propugnaba que no podían inspirar confianza a nadie (...). Se propugnaba el mantenimiento de la independencia de España y su liberación de los extranjeros que la invadían y la penetraban económicamente, pero lo decía el hombre que había entregado España a los rusos (...)".

Su posición le grangea la animadversión de unos y de otros. Agustín de Foxá, en uno de sus artículos, recogido por Andrés Trapiello en Las armas y las letras, le denigra violentamente: "La Nueva España (...) respeta mil veces más a los rojos, que nos combaten cara a cara, que a ti, pálido desertor de las dos Españas, híbrido como las muías, infecundo y miserable". En parecidos términos es catalogado por Giménez Caballero, que lo inscribe en la tercera España "ginebrina", "afrancesada" y "masónica", tanto o más perversa que la comunista.

Tercera España víctima de lo que, en 1942, Madariaga denomina la "Guerra de los tres Franciscos": Franco contra Largo Caballero; y un tercero, Giner de los Ríos, padre intelectual de la República que no pudo ser -la que Madariaga auguraba en 1931-, que, a la postre y postumamente, es el que sale más duramente derrotado.

Liberal convencido, Madariaga continúa su labor crítica durante la Dictadura. En 1962 se erige en impulsor del llamado Contubernio de Múnich, reunión en la ciudad alemana de opositores al franquismo de todo signo. Para entonces había alcanzado fama mundial como historiador, ensayista y poeta. Poseedor de una gran cultura humanística, ya en 1936 había sido elegido académico de la Lengua; no tomará posesión del sillón "M" hasta 1976.

Autor de un buen número de ensayos, obras históricas (España, Vida del muy magnífico señor Don Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Bolívar, o la publicada postumamente Carlos V) y novelas (El corazón de piedra verde), en todos sus escritos apela a la libertad individual y la solidaridad humana. Otro de sus volúmenes más celebrados, Ingleses, franceses, españoles, ejemplifica su perspicacia en la observación de tipos humanos. De los anglosajones, con quienes convive durante años, dirá, en una de sus citas recurrentes, que su conciencia no les impide cometer pecados, sino sólo disfrutar de ellos.

Presidente de la Internacional liberal, en consonancia con su vocación europeísta encabeza la sección cultural del Movimiento Europeo instituido en 1948, clave para la emergencia de una idea de Europa. Es además fundador del Colegio de Europa en Brujas (Bélgica). Premio Goethe en 1967 y Carlomagno en 1973, estos galardones refrendan su trayectoria al servicio de la unidad y la solidaridad entre los pueblos de Europa.

Madariaga no regresa a España, y por breve tiempo, hasta 1976. Muere en Locarno (Suiza) el 14 de diciembre de 1978 sin haber dejado de ser, como dirá Dámaso Alonso, un pacifista empecinado «"la paz universal, en verso y en prosa".

sábado, 23 de febrero de 2013

Ramón González Peña (1888-1952)


Minero asturiano líder de la Revolución de 1934, su fiel compromiso con el socialismo le lleva a involucrarse en el 'Gobierno de la Victoria' de Negrín como responsable del Ministerio de Justicia

Su nombre es sinónimo de mito en la minería asturiana. Ramón González Peña, líder obrero en la teoría y en la práctica y presidente del sindicato UGT, avanza un paso más en su trayectoria política cuando Negrín le escoge en abril de 1938 para responsabilizarse de una de las carteras más problemáticas de su nueva Ejecutiva, la de Justicia.

"En momentos de Guerra Civil las leyes han de ser severísimas". Su tajante afirmación, hecha en mayo de este mismo año, podría hacer suponer un mandato implacable e inexorable. Y sin embargo, González Peña caracteriza su ocupación ministerial por una máxima radicalmente opuesta. Demostrar la bondad de la República, apaciguando los rumores (y no tan rumores) de cruel represión y persecución inclemente. Durante su mandato, su figura sobresale por encima de sus decisiones. Los Tribunales Especiales de Guardia para delitos de espionaje y traición serán su mayor y más polémica aportación, pero también se preocupará de la asistencia a reclusos enfermos. González Peña está empeñado en hacer ver al mundo el carácter humanitario de la República, una determinación que condicionará incluso su comportamiento durante el transcurso del juicio al POUM -cuya cúpula permanece encarcelada tras las revueltas de Barcelona en mayo de 1937- que se celebrará en octubre del 38, evitando la condena a muerte de sus dirigentes.

No es, sin embargo, su calidad moral lo que le lleva a formar parte del nuevo Ejecutivo del doctor Negrín. Más bien es el incondicional apoyo que el sustituto de Largo Caballero profesa al presidente republicano la llave que le abre la puerta de su despacho. Son tiempos difíciles los que corren para Negrín, y éste busca desesperadamente aliados para su Gobierno de la Victoria. González Peña resulta perfecto para el cargo, por su lealtad y porque acumula dilatada experiencia en plazas tanto o más comprometedoras. Con él arrastra una fama nacida en la Revolución de Asturias, de la que se erige como promotor y organizador, y reverdecida desde su cargo de secretario general de la UGT.

Asturias marca la vida de este hombre nacido en 1888 (La Rehollada), una tierra en la que madura a golpe de pico -no en vano, trabaja como minero desde el preciso instante en que su cuerpo puede soportar el peso de una vagoneta, a la edad de 11 años- y por la que, a su forma de ver, luchará incansablemente, casi hasta la muerte. Su primer campo de operaciones se desarrolla en el terreno político. Afiliado al PSOE con tan sólo 15 años, joven mitinero a la salida de las bocaminas -de las que él también emerge- e incansable trabajador de y para el partido, en 1921 logra su primer cargo político al ser elegido concejal de Ablaña. Su combativa actitud en defensa del trabajador minero le aúpan como vicesecretario del sindicato del ramo, y de ahí, a la Secretaría de la Federación Nacional.

Su principal ocupación en este cargo es recorrer España en busca de nuevos afiliados y organizando delegaciones locales, y será en uno de estos viajes donde encuentre su nueva patria, Huelva. Como recogen con tono poético casi todas sus biografías, será "a orillas del río Tinto" donde el político socialista (y afiliado a UGT) tenga noticia de la proclamación del nuevo régimen republicano y será también esta demarcación onubense por la que resulte elegido como diputado a Cortes durante la Segunda República, aunque González Peña alternará los periodos de plácida labor parlamentaria con otros mucho más convulsos, un calificativo que define perfectamente su situación durante la República del desencanto.

Es 1934. Bajo el puesto de presidente de la Diputación Provincial de su tierra natal, Asturias, da forma y contenido a la Revolución de Octubre, la violenta revuelta social que vive el Principado para manifestar su disconformidad con el Gobierno de derechas que ostenta el poder. Para algunos investigadores, como Juan José Menéndez, González Peña es "el Generalísimo de la Revolución", el líder de la insurrección minera que marcará un antes y un después en el movimiento obrero. Suyas son frases como "al fascio no se le amansa con música, sino con fusiles" e intervenciones tan importantes en el conflicto minero como la que evitó la voladura de la catedral de Oviedo.

Detenido en Ablaña en diciembre de 1934 tras quedar sofocada la revuelta minera, es acusado de haber asaltado el Banco de España, y por supuesto, de instigador de la Revolución. La condena, dos meses después, en febrero de 1935, es tajante: muerte.

La reacción popular que se genera al conocer la sentencia es enorme. Obreros e intelectuales claman por su liberación. Las voces traspasan las fronteras a golpe de eslogan ("¡Salvad a Peña!") y regresan hasta oídos de Niceto Alcalá Zamora, quien le conmuta la pena capital por la cadena perpetua. El cambio de Gobierno del 36 le otorgará la libertad definitiva.

Como relata la periodista Raquel Rincón, "es entonces cuando comienza la escalada de González Peña". Tras su paso por prisión, las últimas elecciones republicanas le devuelven su acta de diputado pero el estallido de la sublevación militar interrumpirá nuevamente su renacida actividad parlamentaria.

Durante los primeros compases de la contienda civil, González Peña, como señala el investigador Ramón Puche Maciá "no tiene actuaciones especialmente destacadas", si bien otros colegas como Rubio Cabeza le sitúan como comisario político del Ejército republicano en Asturias. No será hasta octubre de 1937 cuando su nombre vuelva a adquirir notoria relevancia.

La crisis desatada en el seno de UGT entre González Peña y Largo Caballero se salda con la expulsión de este último de la Presidencia y la asunción del cargo por el propio González Peña, en octubre de 1937. Desde este puesto se ocupa de devolver la calma interna a la organización y destaca la importante alianza firmada en marzo del 38 con su rival CNT en el Pacto de Unión para aunar sus fuerzas contra el imparable bando nacional. Un mes después, Negrín le convoca para que se integre dentro de su nuevo Gabinete como ministro de Justicia, un nuevo cargo que acepta merced a su ya mencionada afinidad con el presidente.

Concluida la Guerra, huye a Francia donde colabora con la SERE (Servicio de Emigración para los Republicanos Españoles) y, tras el avance alemán sobre el país vecino, escapa a México. Expulsado del PSOE por Indalecio Prieto, y acusado de permanecer en el último Gobierno republicano sólo por sacar rédito económico, en el país norteamericano sobrevive a su etapa más difícil, alejado de su querida Asturias, hasta que fallece en 1952, en la más absoluta miseria.

viernes, 22 de febrero de 2013

Jaime Aiguadé i Miró (1882-1943)


Involucrado en política siempre desde la izquierda catalanista, este médico, periodista, diputado y alcalde de Barcelona durante la Segunda República, ocupa varios cargos en los gobiernos de Largo Caballero y Juan Negrín

En abril de 1938, Jaime Aiguadé repite en el cargo de ministro de Trabajo y Asistencia Social en el segundo Gabinete de Juan Negrín. Ya ha ocupado la misma cartera en el anterior equipo de gobierno, formado el 17 de mayo de 1937, además de haber ostentado el cargo de ministro sin cartera en el segundo Gobierno de Largo Caballero.

Político, médico y periodista, nace en Reus en 1882 y muere en México en 1943, donde llega exiliado junto con su hermano Artemio, consejero de Seguridad Interior del Gobierno de la Generalitat.

Involucrado desde muy joven en los movimientos de izquierda, Aiguadé mantiene una estrecha relación con importantes sindicalistas como Salvador Seguí o Francisco Layret. Muy activo en su oposición a la dictadura de Primo de Rivera es perseguido y encarcelado en 1926.

Afiliado en un principio a Unió Socialista de Catalunya, ingresa más tarde en Estat Catalá, organización a la que representa en agosto de 1930 en el acto en el que se firma el Pacto de San Sebastián, donde es elegido miembro del Comité revolucionario que encabeza Alcalá Zamora.

Una vez proclamada la República, es elegido alcalde de Barcelona, puesto que ocupará durante dos años, además de ser diputado en las Cortes por Republicana de Cataluña en 1931,1933 y 1936.

Tras la sublevación del 18 de julio, Aiguadé presta su apoyo al bando gubernamental, y desde noviembre de 1936 ocupará diversos cargos en los sucesivos gobiernos de la República.

Cuando en el mes de noviembre del 37 el Gobierno se instala en Barcelona, los órganos de la ciudad y de la Generalitat pierden algunas de sus competencias, ya que los organismos centrales actúan sin tener en cuenta a los representantes locales, restándoles atribuciones y aumentando las injerencias, por lo que las reuniones del parlamento catalán entran en una espiral de rutina que acaba haciendo mella en sus actuaciones y en su relación con el Gobierno de la nación, y que culminarán con la crisis creada por la dimisión de Jaime Aiguadé el día 11 de agosto de 1938. La situación de tensión creada entre el Gobierno de la República y el de la Generalitat queda patente en una carta que el consejero de Cultura, Carlos Pi i Sunyer, le envía a Manuel Azaña: "En virtud de la política anticatalana de Negrín, los catalanes ya no sabían por qué se batían".

En el Consejo de Ministros de ese día, Negrín presenta tres decretos que llevan a la dimisión de Aiguadé y, en solidaridad con él, a la de Manuel de Irujo, ministro sin cartera del Partido Nacionalista Vasco. El primero de estos decretos pretende la expropiación de las industrias de guerra de Cataluña, a petición del subsecretario de Armamento, Alejandro Otero, que había solicitado que todas las industrias armamentísticas quedaran bajo el control de su departamento.

Esta decisión supone el cuestionamiento de la eficiencia de la Generalitat, quien hasta el momento controlaba la industria de guerra catalana, que se hacía imprescindible tras la pérdida del Norte, además de atacar directamente a la única materia de defensa que es aún competencia del Gobierno de Cataluña.

El segundo decreto hace referencia a la creación de una sala de magistrados en Barcelona dependiente del Ministerio de Justicia. Finalmente, el último de los decretos significa poco menos que la militarización de la Justicia con la creación de tribunales especiales militares.

Tal y como relata David Tormo en la obra La Guerra Civil en Cataluña, tanto Aiguadé como Manuel de Irujo, tras consultar con sus respectivos partidos, presentan su dimisión ante Negrín, lo que abre la que se conoce como la crisis de agosto de este Gobierno.

Negrín desaparece de escena unos días, hasta reunirse el día 15 con Tarradellas, Companys y Pi i Sunyer, entre otros, informándoles de su posible dimisión. Pero al día siguiente da por zanjada la crisis con el nombramiento de Josep Moix, del PSUC, en sustitución de Aiguadé, y de Tomás Bilbao, de Acción Nacionalista Vasca, por Irujo.

Ese mismo día, Negrín acude ante Azaña para presentarle a los nuevos miembros del Gabinete y solicitarle su conformidad, además de pedirle la firma de los tres decretos presentados en el Consejo de Ministros del día 11. Azaña firma dos de ellos, negándose a firmar el concerniente a la militarización de la Justicia, por considerar que atentaba contra los valores democráticos proclamados por la República.

Las últimas sesiones de la Generalitat quedan paralizadas por la crispación abierta tras la marcha de Jaime Aiguadé del Gobierno central, lo que sumado al nombramiento de Moix supone un duro golpe para el débil Ejecutivo que presidía el Gobierno catalán, en el que comienzan a ser frecuentes los enfrentamientos entre Companys y el secretario general del PSUC, Joan Comorera.

Terminada la Guerra, Aiguadé se exilia a Francia, donde formará parte del SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles), que es constituido por la República en París en marzo de ese año. Este órgano se encarga de ayudar a los refugiados en Francia con subsidios y organizándoles la salida hacia otros países. Sin embargo, los criterios de selección, ligados a cuestiones políticas y profesionales, priorizan la salida de los cuadros técnicos y políticos, lo que le acarrea graves críticas.

El Consejo del SERE está formado, además de por Aiguadé, por otras personalidades como González Peña por parte del PSOE, Federica Montseny, de CNT-FAI, o Julio de Jáuregui, del PNV. El organismo se completa con una ponencia interministerial y dos secretarios generales, Bibiano Fernández Ossorio y José Ignacio Mantecón. El presidente del Consejo es Pablo de Azcárate.

Además de su intensa labor política, Jaime Aiguadé publica numerosas obras, entre las que destacan La lealtad de la época, Con Cataluña y para Cataluña y Cataluña y la revolución. Es también colaborador habitual de publicaciones como Athenaeum y Justicia Social.

Desde el exilio, primero en Francia a partir del final de la Guerra, y dos años más tarde en México, donde fallecerá en 1943, Aiguadé colabora asiduamente con publicaciones como El Pueblo Catalán, La Revista de Cataluña y el Boletín del Sindicato Médico de Cataluña.

jueves, 21 de febrero de 2013

R. Fernández Cuesta (1897-1992)


Fundador de Falange junto a Primo de Rivera, la Guerra le sorprende en Madrid, donde es detenido durante 18 meses. A su regreso a la zona nacional, Franco le nombra secretario general de FET y de las JONS

"Que vuestra nobleza sea la obediencia! ¡Que vuestros mismos mandatos sean obediencia! Debéis hacer que os manden siempre todo lo que os place". Estas frases de Friedrich Nietzsche han sido inspiradoras para muchas formaciones políticas, pero se hacen máxima fundamental en un partido como Falange Española, basado en los principios de la autoridad, la fuerza y el mando. No resulta fácil para un grupo político así funcionar, ni mucho menos dirigir a otros, sin un líder claro. Cuando José Antonio Primo de Rivera es encarcelado en marzo de 1936 y ejecutado en noviembre de ese mismo año, el partido por él fundado pierde lo más importante de todo movimiento autoritario que se precie: el jefe. Muchos serán los que aspiren a ocupar el espacio dejado por Primo de Rivera, pero es el político madrileño Raimundo Fernández Cuesta quien logra, a finales de noviembre de 1937, el beneplácito de Franco para capitanear uno de los pilares del Movimiento Nacional.

Raimundo Fernández Cuesta nace en Madrid en 1897, y sus primeros pasos no van encaminados hacia la política, sino hacia el Derecho. Cursa la carrera en la Universidad Central y posteriormente gana las oposiciones a notario y al cuerpo jurídico de la Armada. Conoce a José Antonio Primo de Rivera, de quien se hace amigo y con el que funda, en 1933, Falange Española. Un año después, tras la fusión con las JONS en marzo de 1934, Fernández Cuesta pasa a formar parte de la Junta de Mando y, en noviembre, de la Junta Política. Y siguiendo con su meteórica carrera, poco después es designado secretario general.

En febrero de 1936 se presenta como candidato a Cortes por las circunscripciones de Madrid y Jaén, con resultados negativos. Un mes después, Falange es ilegalizada y Fernández Cuesta es detenido en Madrid por orden de las autoridades republicanas. En esta situación le sorprende el estallido de la Guerra Civil. También en la cárcel le llega la noticia de la unificación de las fuerzas políticas de la zona nacional, en abril de 1937, lo que no le produce mucha ilusión. El escritor y periodista Julián Cortés, que se encuentra en prisión con Fernández Cuesta cuando se conoce la integración, asegura que éste "estaba indignado, furioso, porque se había llegado a la unificación. Decía que era intolerable; que no estaba concertada". En octubre de 1937, es canjeado por el político republicano Justino de Azcárate y pasa a la zona nacional tras haber permanecido 18 meses en prisión.

Una vez en zona nacional, su presencia levanta un runrún incómodo en algunos sectores. Fernández Cuesta es uno de los escasos militantes originarios de Falange supervivientes, a lo que se une su condición de amigo íntimo y albacea testamentario de Primo de Rivera. Tiene, por tanto, cierta ascendencia sobre los falangistas, y se ha mostrado contrario a la unificación.

Si se oponía a la Falange Española Tradicionalista y de las JONS creada por Franco, podía ser una fuente de disensión interna en la zona franquista. Sin embargo, nada de esto sucede: Cuesta se entrevista con el Generalísimo y, aunque no confía demasiado en él, tampoco le causa ningún problema. Los falangistas puros, liderados por Manuel Hedilla y Dionisio Ridruejo, que tampoco están de acuerdo con la unificación, le ven al principio como un enviado del destino, pero pronto quedan desencantados y le descartan como alternativa al cuñado de Franco, Serrano Suñer, para la dirección del nuevo partido único.

El juicio que hace de él Dionisio Ridruejo es más que despectivo: "Era un hombre con capacidad política normal para una misión pública de segundo rango". En cuanto a Serrano Suñer, Fernández Cuesta advierte su hostilidad desde el mismo momento de su vuelta. De todos modos, el concepto que Suñer tiene de él tampoco es muy bueno; más bien lo considera un hombre limitado y sin posibilidades de constituir una amenaza seria.

Sin embargo, Javier Tusell habla de la importancia que puede llegar a tener en las facciones monárquicas. Según Tusell, Fernández Cuesta es un monárquico convencido, a pesar de sus discursos revolucionarios. Esto inspira confianza en los alfonsinos, que a través del ABC de Sevilla le dedican amplias informaciones. En la capital andaluza, interviene en un mitin junto con el general Queipo de Llano y Ridruejo, al término del cual anuncia una posible situación en la que se reclamase "una determinada forma de representación simbólica" y a la que, según él, Falange no tendría nada que objetar. Al día siguiente, entre el alborozo de los monárquicos, ABC le dedica un editorial titulado He aquí un hombre. Pero la simpatía del sector monárquico no le sirve de mucho, a no ser para perder puntos ante los falangistas.

Viendo que Fernández Cuesta no es un hombre conflictivo, Franco le confía la Secretaría General de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, y le otorga la condición de secretario del Consejo Nacional. Su ascensión desde que vuelve a la zona sublevada es rápida, a pesar de no contar con el aprecio de Serrano Suñer. No obstante, Suñer no pone ninguna traba a los nombramientos de Cuesta; al fin y al cabo, su relación familiar con Franco y el poder que ya acumula en el nuevo partido le colocaban en una posición desde la que poco tiene que temer. De hecho, cuenta Julio Gil Pecharromán que Franco le había ofrecido el puesto a Suñer, ya que veía en él al líder perfecto de la Falange franquista, pero éste lo rechaza debido a su temor a no ser aceptado por la vieja guardia y a la poca enjundia del puesto, insuficiente para sus ambiciones.

Fernández Cuesta, por tanto, se convierte en el hombre ideal de Franco y Serrano Suñer. Por un lado, es respetado por ser fundador de Falange y amigo de Primo de Rivera; por otro, su encarcelamiento y la ausencia de una facción concreta que le apoyara han reducido su poder; en tercer lugar, está dispuesto a colaborar en la normalización del nuevo partido, a pesar de sus reservas iniciales.

Así, el 2 de diciembre de 1937, tras la jura del Consejo Nacional de Falange en el Monasterio de las Huelgas de Burgos, Fernández Cuesta ejerce por primera vez como secretario general. Y no defrauda la confianza que Franco había puesto en él. En la primera reunión se opone a la propuesta del monárquico Eugenio Vegas de elegir a seis consejeros miembros de la Junta Política del Estado (los otros seis eran nombrados por Franco), dejando así en manos del Generalísimo la designación de todos los miembros.

Su capacidad para conservar la fidelidad hacia Falange y, al mismo tiempo, colaborar con la estructura de poder creada por Franco le abre también las puertas del primer Gobierno franquista, formado en enero de 1938. Mientras Hedilla está confinado, Fernández Cuesta representa a Falange en el Gabinete con su cargo de ministro de Agricultura, que desempeña hasta 1939. Su ascensión política, de todas maneras, no parece complacerle demasiado. El propio Fernández Cuesta confesará que el nombramiento le sorprendió debido a que no era experto en agricultura. "Pensé que a lo mejor se me eligió con la idea de realizar en el campo la reforma agraria que queríamos los falangistas", recuerda, "pero, dada la situación de la Guerra, eso era totalmente imposible". Incluso, según Tusell, llega a pensar que su nombramiento como ministro ha sido una maniobra de Serrano Suñer para hacerle fracasar.

Así, su tarea en el Ministerio no es demasiado brillante. En primer lugar, su desconocimiento en el ámbito de la agricultura le lleva a delegar casi todas sus funciones en colaboradores técnicos, dirigidos por Dionisio Martín, que lleva a cabo una contrarreforma agraria bastante distinta de los planes falangistas. Su peso en el Gobierno, además, es escaso, y las tareas burocráticas de la Secretaría General de FET y de las JONS consumen buena parte de su tiempo y esfuerzos, por lo que acaba relegado a lo que Julio Gil describe como un papel casi simbólico en el Consejo de Ministros.

Por otra parte, sus relaciones con otros compañeros de Gabinete, especialmente con los carlistas, no son precisamente buenas. El conde de Rodezno le califica de "frío y anodino, muy parcial y hostil al tradicionalismo", aparte de poco competente. Fernández Cuesta, al igual que el también falangista Pedro González Bueno, defiende fórmulas fascistas en la línea del Gobierno y se opone a las concesiones a la Iglesia de los carlistas, como la supresión del divorcio, la restauración del crucifijo en los tribunales y el restablecimiento de los jesuítas. En ninguna de estas disputas obtiene el apoyo de Franco.

Sin duda, su labor más importante en el Gobierno corresponde a la elaboración de los principios sociales del nuevo Estado. Como secretario general del partido que representaba la tendencia más social de los sublevados, Fernández Cuesta es uno de los protagonistas de la promoción y redacción de una legislación social basada principalmente en el Fuero del Trabajo, aprobado en marzo de 1938, y en la definición del papel de los sindicatos.

En principio, Cuesta redacta junto con sus colaboradores Joaquín Garrigues, Rodrigo Uría, Javier Conde, y Dionisio Ridruejo un proyecto calificado por el propio Ridruejo de "audaz y socializante", con control sindical de la economía y amplio intervencionismo estatal. Cuando lo presenta ante el Consejo Nacional y el de Ministros es rechazado por revolucionario, y Fernández Cuesta tiene que encerrarse en un castillo burgalés con González Bueno y el ministro de Industria, Juan Antonio Suances, para redactar un texto mucho más general y descafeinado, con tintes clericales, que es el que se acaba aprobando.

En el ámbito sindical, Fernández Cuesta es partidario de la independencia del Estado: los sindicatos debían ser un instrumento para la realización de la política económica, tutelados y sometidos por el partido, pero no órganos del Estado. Pese a ello, al final triunfa la postura contraria, es decir, la absorción estatal de las llamadas centrales nacionalsindicalistas.

Estos fracasos, sin embargo, no afectan a su lealtad a Franco, al menos si nos basamos en sus declaraciones públicas. En octubre de 1938 proclama en un mitin que "la unidad española se consigue en la sumisión de todos sus hombres y todas sus partes a una sola disciplina, a una sola obediencia, a un solo jefe". Desde luego, nunca parece dispuesto a convertirse en un contrapoder. Incluso durante el debate de los estatutos de Falange en la Junta Política, después de que Franco denuncie deslealtades e impugne el borrador redactado por Ridruejo, algunos miembros del partido albergan la esperanza de que su secretario general reaccione. Pero su actividad política en Agricultura y el poder de Serrano Suñer impiden que capitanee una rebelión a las injerencias de Franco.

Por otra parte, su prestigio -grande entre los viejos falangistas- es escaso entre las nuevas generaciones, mayoritarias tras el inicio de la Guerra, que le consideran un político de segunda fila. Aunque logra rodearse de unos colaboradores brillantes (Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Uría, Garrigues y Conde), éstos están más cerca de Serrano que de él mismo. Cuando los falangistas Agustín Aznar y Fernando González Vélez caen en desgracia y son arrestados por conspiración, Fernández Cuesta los defiende vagamente y no intercede ante Franco -a pesar de que eran falangistas de prestigio y amigos suyos- por temor a ser acusado de deslealtad al general. Tusell afirma que Cuesta es dirigente de un "instrumento en manos de Serrano y de Franco para eliminar los posibles reductos de resistencia a la hegemonía de éste".

Los últimos compases de la Guerra Civil no tienen buen sonido para Fernández Cuesta. En marzo de 1939 es enviado a Roma para asistir a la coronación del Papa Pío XII, en lo que el propio Fernández Cuesta interpreta como una maniobra de Serrano Suñer para alejarle de España en los momentos finales de la contienda. En agosto de 1939 es destituido como ministro de Agricultura y además es sustituido en la Secretaría General de la Falange por el general Agustín Muñoz Grandes.

Desde entonces, desempeña diversos cargos en la Administración del nuevo Estado y en 1940 es enviado como embajador al Brasil de Getulio Vargas, donde permanece dos años, y en 1943 pasa a ejercer el mismo cargo en Italia. Dos años después, vuelve a España para ser designado presidente del Consejo de Estado en enero de 1945. En julio de este mismo año se integra de nuevo en el Gobierno, esta vez como ministro de Justicia y en 1951 es nombrado, además, secretario general del Movimiento. Fundador de Falange en los duros años de la República y poseedor de un cargo vacío de poder durante la Guerra, Fernández Cuesta vuelve a ocupar ahora un puesto en la dirección del sancta sanctorum político del Régimen.

En 1956 abandona el Gobierno y pasa a dedicarse a la actividad empresarial y la abogacía. Aunque no por esto deja de tener presencia en la vida política. Aparte de su puesto en las Cortes y en el Consejo General del Movimiento, es miembro de las comisiones permanentes de Leyes Fundamentales y de Reglamento, y presidente de la Comisión de Justicia.

En 1974 funda el Frente Nacional Español que, en 1976, tras la muerte de Franco, se transforma en Falange Española de las JONS. A pesar de que desde su puesto de procurador se muestra contrario a la legalización de los partidos políticos, se pone al frente del suyo propio, con el que se presenta a las elecciones generales en varias ocasiones, aunque con escaso éxito. Finalmente, abandona el cargo en febrero de 1983. Fallece en Madrid el 9 de julio de 1992.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Josep Renau (1907-1982)


Polifacético artista valenciano, sobresale como uno de los grandes cartelistas e ilustradores de la propaganda republicana durante la Guerra, una actividad que continuará en sus años de exilio en México y Berlín

Josep Renau es un reconocido artista tanto en el ámbito nacional como internacional. El periodo en el que trabaja con más intensidad es a finales de los años 30, coincidiendo con el estallido de la Guerra Civil. Renau no sólo realiza su trabajo plásticamente, sino que participa activamente en los debates teóricos en torno al arte y la estética que durante esta época tienen lugar.

Uno de los debates más conocidos en los que participa Renau es el que suscita un enfrentamiento de puntos de vista entre este artista y el pintor Ramón Gaya, donde discuten sobre la función del arte y el papel del artista en la sociedad. "El cartelista", dice Renau, "tiene impuesta en su función social una finalidad distinta a la puramente emocional del artista libre. (...) El cartel de propaganda, considerado como tal, existirá y subsistirá mientras existan hechos que justifiquen su necesidad y eficacia". Este pequeño fragmento refleja la importancia que tenía para Renau la implicación política de artistas e intelectuales. Una idea que le lleva, durante la Guerra Civil, a involucrarse con intensidad junto al bando republicano en tareas de propaganda, realizando gran cantidad de carteles y participando en un buen número de revistas de la época, como Nueva Cultura, fundada por él mismo en 1935, o la revista de cine Nuestro Cinema. También realiza carteles de cine para la productora Cifesa, ilustrando títulos como La hermana de San Sulpicio o La Verbena de la Paloma.

Además de su labor artística, al comienzo de la Guerra, es nombrado director general de Bellas Artes y desde este puesto participa en la salvación del Patrimonio Artístico del Museo del Prado. Ante la amenaza que suponían los constantes bombardeos de la aviación de los sublevados sobre Madrid, el artista guarda parte de la colección en las Torres de Serrano en Valencia hasta que finalmente las obras sean trasladadas a Suiza. En este mismo año, dirige junto a Max Aub, los primeros pasos del periódico Verdad y será uno de los organizadores del Pabellón español de la Exposición de París (en 1937).

Artista polifacético, pinta, realiza murales e ilustraciones, trabaja con la fotografía... pero es con sus carteles con los que alcanza un mayor reconocimiento. Éstos supusieron una renovación del género, fundamentalmente por el innovador uso del fotomontaje, su riqueza iconográfica y la sencillez de sus composiciones.

Nacido en Valencia, su carrera artística comienza junto a su padre, Josep Renau y Montoro, pintor, restaurador y profesor de dibujo, y se completa en la Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, donde se licencia en 1925. Un año antes y con tan sólo 18 años, gana su primer concurso de carteles. En 1929 entra en contacto con un grupo de anarquistas y comienza a leer a autores como Bakunín y Reclus. Acude en numerosas ocasiones al Ateneo Libertario y participa activamente en una acción realizada durante la huelga de trabajadores portuarios. En este mismo año inicia diferentes colaboraciones en numerosas revistas. Primero, en la revista de tendencia anarquista Estudios (1929-1937), y luego en otras como Brisas, Crónica, Octubre, Tiempos Modernos y Orto, de la que es director artístico.

Sus colaboraciones no son siempre de carácter pictórico; también escribe artículos que son publicados en revistas como La República de les Letres, La Revista Blanca o Taula de Lletres Valencianes. Además es redactor del número monográfico de la revista Tensor, dedicado a la "Historia de un día de la vida española". En 1930 es portadista de la colección Cuadernos de Cultura y realiza la cubierta para el folleto ¡Acusamos!: el asesinato de Luis de Sirval. A través de la Librería Internacional de Valencia, Renau entra en contacto con la prensa gráfica alemana del momento acercándose a la obra de Káthe Kollwitz y Otto Nagel; y a los fotomontajes de John Heartfield. La obra de este autor y el constructivismo ruso son algunas de las referencias que podemos encontrar en sus carteles.

Renau ingresa en las Juventudes Comunistas en 1931, desde donde intenta incorporar a los intelectuales y artistas valencianos a las luchas de la clase trabajadora. Su militancia en el Partido Comunista le costaría varias detenciones. En 1932 realiza el fotomontaje El camino de la democracia burguesa, donde realiza una dura crítica a las instituciones republicanas en general y a la Guardia Civil en particular. En este mismo año comienza a trabajar como profesor en la Escuela de San Carlos de Valencia, puesto que ocuparía hasta 1936.

Acabado el conflicto, en 1939, Renau se ve obligado a exiliarse y marcha a México, donde desarrolla con más intensidad una de sus facetas como cartelista, la de creación de carteles publicitarios para el cine. "Con una mayor libertad", explica José Luis Martínez, "logra introducir la sensualidad y una carga erótica en los carteles, desconocida hasta entonces en la España de la posguerra". En 1958, decide trasladar su residencia a Berlín Este. A esta ciudad se lleva parte de lo aprendido en el exilio latinoamericano y realiza algunos murales con un cierto estilo mexicano, pero también con influencia del muralismo europeo poscubista.

Sólo regresa a España ocasionalmente, para exponer sus obras en Gerona (1975), Valencia, Yerba de Murcia (1977); y en el Museo Español de Arte Contemporáneo (1978). Josep Renau muere en Berlín en 1982.

martes, 19 de febrero de 2013

Leopoldo Menéndez López (1891-1965)


Encargado de aplacar los focos de resistencia existentes en Teruel tras la toma republicana, pasa a la historia de la Guerra Civil como uno de los jefes militares más eficaces y competentes de cuantos conforman el Ejército leal

Para muchos historiadores, entre ellos Ricardo de la Cierva, Leopoldo Menéndez López es "uno de los jefes republicanos más competentes". Nacido en el seno de una familia de prestigiosa tradición castrense, Menéndez López participa de manera decisiva en la ofensiva que en el mes de diciembre se inicia sobre la ciudad de Teruel, una actuación tan destacada que le servirá de trampolín hacia puestos militares de mayor rango.

Al igual que su hermano Arturo, director general de Seguridad en 1936-cargo que supondrá su arresto y encarcelamiento a manos de los golpistas cuando estalle la sublevación en Calatayud-, Menéndez López ocuparía importantes puestos directivos en el Ejército. Alumno de la Academia Militar a los 16 años, cuando estalla la sublevación es ya comandante de Infantería, así como diplomado del Estado Mayor, y está al mando del batallón presidencial en Madrid.

Otro rasgo que caracterizará su trayectoria militar va a ser su relación con el coronel Hernández Saravia, que siempre le tendrá en cuenta y de quien es su mano derecha. Poco después del levantamiento de julio, el 6 de agosto, este coronel releva al general Castelló en el Ministerio de Guerra y Menéndez se convierte en su subsecretario; además, reorganiza el Ejército, con lo que el comandante se convierte también en el jefe del Estado Mayor y junto con otros jefes y oficiales prepara la intendencia y el armamento. Este Estado Mayor personal del ministro -bajo el control de la Subsecretaría- no es visto con buenos ojos por Largo Caballero, y decide sustituir a Hernández Saravia, destinándole al sector de Córdoba -en el Frente andaluz-, al que también acudirá Menéndez.

La estricta formación militar de Menéndez contrasta con el carácter y la actuación de las milicias de las que está al frente, lo que genera ciertas tensiones y algunos encontronazos. En octubre de 1936, ante la toma por el enemigo de Alcalá la Real (Granada), dice que sus hombres "no obedecen a nada ni a nadie", que hay demasiados comités que sólo ponen trabas y que en el momento decisivo huyen. Tiempo después, durante la Batalla de Brunete, continuará con sus críticas, dando lugar a una célebre frase que definirá la situación en el bando republicano: "El único aquí que sabe leer un plano es el llamado Modesto. Los otros, además de no saber, creen no necesitarlo".

En enero de 1937, los caminos de Hernández Saravia y Menéndez se separan. El primero es destinado a Albacete, y aunque el comandante sigue en su puesto con el coronel Villalba, un mes más tarde decide volver al mando de la guardia presidencial. En otoño de ese año, su valía y sus dotes de mando le llevan a organizar y mantener al 20° Cuerpo de Ejército: tres nuevas divisiones y nueve brigadas encargadas de la defensa del Frente de Aragón. A la cabeza de la operación se encuentra Vicente Rojo y en su plan se incluye la 68ª División, perteneciente a ese cuerpo, la cual habría de formar parte de la columna centro que entraría en Teruel con un regimiento de tanques. Hernández Saravia está al mando de las fuerzas que el día 21 de diciembre entran en Teruel; Menéndez es nombrado comandante militar de la plaza con la misión de reducir los focos de resistencia que continúan activos. El 24 de diciembre de 1937, tres días más tarde, se publica su ascenso a teniente coronel.

Su carrera es meteórica y en febrero de 1938 se hace cargo del Ejército de Maniobra, integrado por tres cuerpos de Ejército; el 20° Cuerpo desaparece e Ibarrola le sustituye en la comandancia militar de Teruel. Un mes más tarde, Menéndez se hace cargo del mando conjunto del Frente Sur del Ebro, pero la situación se complica y se ve obligado a decirle a Rojo: "El cuadro es muy feo y no quiero ocultarle mi preocupación ante esta situación". Menéndez no quiere poner en peligro a sus tropas y empieza una lenta retirada con el objetivo de permitir su llegada a Cataluña y socorrer al general Juan Modesto.

Su actuación en este frente ha sido halagada por casi todos los historiadores; Ramón Salas en su Historia del Ejército Popular de la República dice: "Solamente el día 3 de abril pareció que se derrumbara definitivamente el frente del Ejército de Maniobra (...) tan tenazmente sostenido por el coronel Menéndez". Su profesionalidad se pone de manifiesto en situaciones críticas como ésta, en las que pocos se salvan tan bien como él del nerviosismo generalizado y la confusión absoluta.

Poco después se forma el Grupo de Ejércitos de la Región Central, cuyo jefe es el general Miaja, y Menéndez se hace cargo entonces del grupo encargado de contener la ofensiva nacional en el Maestrazgo. A medida que se va desarrollando el enfrentamiento, se intenta renovar el Ejército Popular; el día 1 de junio los ejércitos de Levante y de Maniobras se unifican y Menéndez se encuentra a la cabeza con unas dotaciones superiores a las previstas por el Estado Mayor Central. La ofensiva en el Maestrazgo y la cuenca mediterránea prosigue con lentitud mientras que las tropas republicanas resisten con destreza y valor. La labor desempeñada en este frente y su capacidad de maniobra hacen que el 16 de agosto de 1938 se le conceda el oficio de general.

Cuando ya se vislumbra el final de la Guerra, el 16 de febrero de 1939, se reúne en el aeródromo de Los Llanos, en Albacete, el general Miaja con los diferentes jefes de los distintos ejércitos, entre los que se encuentra Menéndez, al mando del de Levante. Allí tantean las posibilidades de continuar la resistencia o firmar la rendición; Menéndez opina que sus tropas podrían resistir un ataque unos cuatro o cinco meses más, pero no encuentra el sentido que esto tendría. El presidente Negrín aún quiere esperar para intentar alcanzar unas condiciones de capitulación dignas, pero la oposición de los mandos militares -entre los que prevalece la de un Casado decidido a tomar el mando-enturbiarán la situación.

Cuando el general Casado toma las riendas de la situación, Menéndez adopta una postura mediadora e intenta frenar sus expectativas; tras la relativa victoria comunista en Madrid y el renovado ímpetu de las tropas, se intenta producir una marcha sobre Valencia, pero Menéndez lo frena. Por otro lado, dispone por su cuenta que se libere a los comunistas detenidos en la zona de Levante y que la censura de prensa impida la campaña anticomunista.

Las tropas de Leopoldo Menéndez López continúan en el frente, abandonándolo el 29 de marzo tras recibir la orden firmada por su general. Casado y él, ante la rendición, se dirigen a Gandía para embarcar hacia un exilio que le llevará hasta México, donde fallece en 1965.

lunes, 18 de febrero de 2013

Kim Philby (1912-1988)


Líder del grupo de espías ingleses al servicio soviético conocidos como 'Los Cuatro de Cambridge', acudirá a España con una clara misión que, de haberse cumplido, hubiera cambiado el signo de la Guerra: asesinar a Franco

A HaroId Adrián Russell, más conocido como Kim Philby bien podría considerársele "el espía del siglo XX". Hijo de un alto diplomático inglés, Philby llega a España con una misión clara: matar a Franco. Según un documento del servicio de Inteligencia Militar de Gran Bretaña, el plan de asesinar al Caudillo fue diseñado por Nikolai Yezhov, director del OGPU -organismo predecesor del KGB- y ordenado personalmente por Stalin. Yezhov ordenó al agente Paul Hardt que localizase a un británico para realizar el trabajo sucio. Philby, un joven periodista inglés, de buena familia, idealista y antinazi, es el elegido.

Kim Philby fue reclutado por los soviéticos en la década de los 30, cuando aún vivía en Viena. Al poco tiempo de ser incluido en la esfera de influencia comunista, se traslada de nuevo a su país de origen, Reino Unido. Su misión allí consistirá en infiltrarse en el Servicio Secreto, cuya colaboración con la Inteligencia norteamericana le abriría la posibilidad de conocer al milímetro todos los planes económicos, militares y diplomáticos de EEUU. Para ello, y con absoluta sangre fría, comienza a cultivar la apariencia de hombre de derechas -justo el polo opuesto a sus convicciones personales- necesaria para entrar a formar parte del Servicio de Inteligencia británico. Así, comienza a trabajar en la publicación Review of Rewiews. Al poco tiempo, se alista en la Asociación Angloalemana, cobijo de antisemitas declarados, magnates del mundo de las finanzas y aristócratas simpatizantes de Hitler que tenían hilo directo con el Ministerio de Propaganda del III Reich. Poco tiempo pasaría para que, en colaboración con tres de sus compañeros (Anthony Blunt, Donald MacLean y Guy Burguess), se convirtiera en el doble agente secreto de británicos y soviéticos.

Bajo orden de estos últimos, en 1936 llega a España en calidad de corresponsal del periódico The Times, situándose cuidadosamente al servicio del bando nacional. En ese preciso instante es cuando empieza a fraguarse la trama para asesinar al Generalísimo que, finalmente, queda abortada cuando Hardt, el mentor de Philby, sea reclamado por Moscú y desaparezca sin dejar rastro. Irónicamente, el general Franco acabará condecorando con la Cruz Roja al Mérito Militar al hombre que pretendió asesinarlo. En diciembre de 1937, Philby es alcanzado por un proyectil ruso mientras viajaba en un convoy con varios corresponsales de periódicos europeos, lo que le valió tal distinción, que el propio Caudillo le entregó en mano.

Durante su estancia en España, Philby sabe moverse como pez en el agua sin levantar la más mínima sospecha. En Madrid frecuenta los lugares de moda del momento y no resulta extraño verle en refinados salones y restaurantes como los del hotel Ritz. Philby se comporta con una calculada pulcritud, que nada hace sospechar a nadie. Tan sólo es un joven e inexperto periodista que envía puntualmente su crónica diaria. El desorden monopoliza su vida personal (contraerá matrimonio en tres ocasiones y tendrá serios problemas con el alcohol), si bien en el terreno profesional es un auténtico maniático del orden y cumple a rajatabla cualquier encargo. A la par que desempeña sus funciones de contrainteligencia en España, conoce también al escritor Graham Greene, con el que traba una sólida amistad que se alargará hasta su muerte. En 1968, Greene escribirá el prólogo de un libro de Philby, My Silent War.

Finalizada la contienda española, Philby logra burlar los exhaustivos controles del Servicio Secreto británico y, de vuelta a la isla inglesa, alcanzará la jefatura de la sección antisoviética. No en vano, Londres le llegará a considerar el hombre perfecto y de confianza para mantener relaciones diplomáticas con el Servicio de Inteligencia de Washington. Es nombrado jefe del Departamento Nueve, que se encargaba directamente de la contrainteligencia soviética. De este modo, Philby logra acceso a los dos servicios de Inteligencia más potentes del mundo, cuyos planes y estrategias eran revelados de inmediato al enemigo a batir: Moscú. Teóricamente, su misión es combatir las operaciones de la Inteligencia rusa en suelo británico, pero en realidad actúa como un apéndice del mismo. Su misión era captar a los disidentes soviéticos para después delatarlos.

Además del papel que el célebre espía británico desempeña en la Guerra Civil española, será durante la Segunda Guerra Mundial cuando realmente ponga en práctica los conocimientos aprendidos durante la contienda española. Así, se encargará de dar la voz de alarma al NKVD al conocer que los enviados de Hitler y Churchill se habían reunido para negociar en secreto la firma de un armisticio a espaldas de los soviéticos, de manera que nadie en Occidente pudiera levantar la voz contra la posterior invasión del territorio ruso por parte de las tropas alemanas. La Unión Soviética llegará a tiempo para variar el curso de la contienda mundial.

Junto a sus tres amigos -Blunt, MacLean y Burguess-, Philby era la cuarta pata de un círculo históricamente conocido como Los Cuatro de Cambridge. El reclutamiento de ninguno de ellos había sido al azar. La NVKD tan sólo seleccionaba personas aptas para trabajar para el Gobierno británico y que a su vez difícilmente pudieran ser reconocidos como comunistas. MacLean, Burguess y Blunt, abiertamente homosexuales, estaban alejados del perfil ideal del agente soviético. Philby, simplemente era hijo de uno de los más respetados miembros del servicio exterior inglés. Sin duda alguna, la pieza más importante de todo el grupo fue Philby, quien desde su puesto en el MI5, y como controlador de todo lo que entraba y salía de la Inteligencia británica, era capaz de sabotear cualquier investigación que fuera por buen camino. Nadie sospechó de la doble actividad del espía con más éxito hasta que dos de sus compañeros -MacLean y Burguess- desertaron a la Unión Soviética en 1951. Él haría exactamente lo mismo en 1964.

En el transcurso de su vida, Philby habrá de hacer frente a los insultos de sus más acérrimos detractores, sobre todo en las filas británicas. Tras su fallecimiento, el 11 de mayo de 1988, en las páginas de un conocido periódico británico podrá leerse el deseo de un periodista que esperaba que hubiera tenido "una larga agonía". Sus amigos, sin embargo, lamentarán la pérdida de un hombre excepcional. Los funerales se celebrarán frente al cuartel general del KGB. Miles de ciudadanos le rendirán un sentido homenaje a los acordes de la Marcha fúnebre de Chopin. La Unión Soviética le concederá la Orden de Lenin, mientras que un sello con su rostro circulará durante años por todo el país como homenaje postumo.

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domingo, 17 de febrero de 2013

Ángel Pestaña (1886-1937)


Histórico líder cenetista, aboga por la implantación del anarquismo en la sociedad española a través de la educación y la asimilación de sus postulados, una posición que le conduce a un enfrentamiento directo con la FAI

En la madrugada del 11 de diciembre de 1937 fallece Ángel Pestaña en la soledad de su domicilio de Barcelona, uno de los anarquistas de mayor peso en la Historia de España. Es el primer sindicalista español que ve en persona los efectos de la Revolución bolchevique en la sociedad rusa al asistir al Segundo Congreso de la Tercera Internacional en el verano de 1920 en Moscú.

Figura destacada de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), desde 1915 hasta que resulta expulsado por sus compañeros en 1932, anarquista por dentro y sindicalista por fuera, con el paso de los años se va alejando de sus postulados violentos juveniles hasta intentar guiar sus pasos al mundo de la política en la Segunda República. "Aquellos que en nombre del anarquismo justifican cualquier violencia, robo, bomba o incendio, no han sido nunca anarquistas ni lo serán jamás", dejaría escrito.

Sus últimos años y esfuerzos los dedicará a luchar contra "el fascismo que quiere matar a nuestro pueblo". En los primeros meses de la contienda, su puesto de subcomisario general de Guerra lo lleva a verse envuelto en una actividad frenética diaria para intentar asegurar el abastecimiento de Madrid desde su destino en Albacete. Pasa numerosas noches controlando las mercancías de camiones y trenes, y el frío de las noches manchegas hace que sus heridas de juventud rebroten en una bronconeumonía que acabará con su vida. Su entierro se convierte en todo un suceso en la capital barcelonesa. Miles de personas acompañan su féretro en un homenaje postumo. "Hemos perdido a un gran hombre, justo cuando más falta nos hacía", asevera en la puerta del cementerio Indalecio Prieto.

Ángel Pestaña Núñez había nacido el 14 de febrero de 1886 en Santo Tomás de Ollas, pueblo próximo a Ponferrada. Su padre era un humilde trabajador que llevaba una vida nómada en busca de trabajo por todo el norte peninsular, ya fuera en la industria metalúrgica o en la minería.

Pestaña crece en una familia analfabeta, sin arraigo, viajando de ciudad en ciudad, sin asistir nunca al colegio. La vida familiar era tumultuosa, a raíz del alcoholismo de su padre, lo que provoca que cuando apenas cuenta con siete años, su madre les abandone llevándose a su hermana, de las cuales no volverá a tener noticias.

A los 11 años comienza a trabajar haciendo pequeños recados en las minas donde está ocupado su padre. Al poco tiempo, éste fallece por una enfermedad pulmonar.

Solo en la vida, Pestaña empieza a vagabundear por toda la cornisa cantábrica trabajando en los más variados oficios, desde la minería hasta en una compañía de teatro y una orquesta musical. A los 15 años, mientras trabajaba en una fundición de Sestao (Vizcaya), tiene su primer encuentro con las protestas obreras al participar en una huelga en defensa de la jornada laboral de ocho horas, lo cual le costará su primera entrada en prisión (a lo largo de su vida estará encerrado por diferentes causas cerca de 40 ocasiones). Poco después, trabajando en la vendimia en Burdeos, conocerá a María Espés, con quien formará pareja toda su vida, aunque nunca formalizaron la relación. Juntos se establecen en Argel, donde vivirían cinco años, tiempo que Ángel aprovecha para estudiar. Comienza a leer todo lo que cae en sus manos. Allí tiene conocimiento de los sucesos de la semana trágica de Barcelona en 1909, tras los cuales empieza a concienciarse de su rechazo hacia los políticos, militares y fuerzas de orden público por culpa de lo que él consideró una injusticia contra el pueblo.

Se trasladan en 1913 a Barcelona, ciudad en plena convulsión por el malestar reinante entre la clase obrera ante los continuos despidos de trabajadores, origen de numerosas huelgas y manifestaciones. Su vida cambia tras hacerse socio del Ateneo Sindicalista, en donde asiste a numerosos y encendidos debates sobre el sindicalismo y el anarquismo, en los cuales su participación es cada vez más destacada. Traba contacto y amistad con los líderes obreros barceloneses y, gracias a ello, comienza a escribir artículos en Tierra y Libertad y en Solidaridad Obrera, periódico del que llegará a ser director. En 1915 participa en un congreso internacional clandestino anarquista en Ferrol donde además de manifestar la postura antibelicista del anarquismo en la Primera Guerra Mundial, se acuerda reflotar la Confederación Nacional del Trabajo.

Así, tras varios problemas, la CNT inicia su etapa dorada dentro del movimiento obrero, con un papel dominante en los numerosos conflictos sindicales del lustro que iría hasta 1920. Su número de afiliados se multiplica exponencialmente año a año y Pestaña aumenta su fama gracias a sus posturas de fuerza, dentro del lado duro del sindicato, participando en cualquier huelga o algarada proletaria. Coordina junto a Salvador Seguí y Ángel Lacort por parte de CNT, y Besteiro y Largo Caballero por parte de UGT, la huelga general de agosto de 1917, la primera con intención de alcanzar nivel nacional y que pretende paralizar la actividad del país. Tras tres días de luchas finalizaría con 60 muertos y miles de heridos y detenidos, y con Ángel Pestaña como número dos del sindicato tras Seguí. A partir de esa fecha, la CNT tiene claro que no podrá confiar jamás en los políticos, y que nunca va a colaborar con el Gobierno, a diferencia de la actitud que años después adoptará la UGT.

Elegido embajador del sindicato y encargado de recorrer Europa y contactar con otros sindicatos revolucionarios para coordinar sus actividades, mientras se encuentra en París recibe el encargo de asistir en representación de CNT al Segundo Congreso de la Internacional Comunista -conocida como Tercera Internacional o Komintern- pues los representantes elegidos habían sido detenidos. Es, de este modo, testigo de un acontecimiento histórico y una vez dentro de él, jugaría un papel discordante.

Uno de los pocos discursos contrarios a la línea oficialista es el que pronuncia el propio Pestaña, en el cual se atreve a centrar el éxito de la Revolución Rusa en el pueblo, y no en el Partido Comunista, asentándose así sus convicciones anarquistas que veían la maldad como algo inherente al Estado, dando igual quien lo dirigiera. "El comunismo bolchevique se ha convertido en un régimen dictatorial instalado en la miseria colectiva", llegará a decir.

En los cuestionarios a rellenar después de cada sesión, no duda en calificar a Lenin como "autoritario y absorbente". El líder ruso lo hace llamar para conocer a ese anarquista español tan sincero y osado. Mantienen una breve conversación, en la que Pestaña le recrimina que haya creado un partido a su imagen y semejanza, donde sus ideas y opiniones no podían ser debatidas, sólo aceptadas. En un artículo aparecido en Pravda días después, Lenin escribiría del anarquista que "es un obrero inteligente y puritano, dotado de un gran don de observación, con sentido crítico, para quien la idea de libertad es la piedra angular de su edificio ideológico".

La década de los 20 está marcada en la CNT por la escalada de la violencia interna y de sus reivindicaciones. Tras el Congreso de Zaragoza, en 1922, Pestaña se eleva al nivel máximo del sindicato, ante lo cual le surgen numerosos enemigos. En 1920 ya había conocido el primer intento de atentado hacia su persona, pero es en este momento, al descubrir los nuevos planes, cuando huye a Francia. Sin embargo en 1922 no podrá escapar del asalto de unos pistoleros en Manresa, y aunque milagrosamente sobrevive a una bala que atraviesa sus pulmones, arrastrará secuelas de por vida. El clima de crispación interna tiene su cénit con el asesinato de su amigo Salvador Seguí.

En su libro autobiográfico Lo que aprendí en la vida (1934), escribe que en los años últimos de la década de los 20, "la CNT caminó hacia su autodestrucción por su falta de ambición política". Pestaña sufriría una evolución en su pensamiento y en sus ideas. Después de cumplir los 40, su ánimo juvenil revolucionario se está transformando en lo que él definirá como una nueva visión revisionista de la sociedad. Piensa que la implantación por la fuerza del anarquismo (como hicieron los bolcheviques) no es lo correcto. La tarea del anarquismo debe ser formar y preparar al hombre, a través de la educación y el convencimiento hasta alcanzar un Estado de anarquía.

La llegada de la Segunda República supone aun una mayor división entre los sindicalistas que representa Pestaña y los anarquistas más radicales de la FAI.

Los primeros consideran que con las libertades del nuevo Estado los sindicatos podrán reforzar su influencia, mientras que los más radicales estiman que es el momento de desencadenar un proceso revolucionario e implantar el comunismo libertario. Tras un congreso extraordinario en junio de 1931, que escenifica la batalla entre las dos facciones, Pestaña sale reforzado, pero a partir de ese día la FAI intentará boicotearlo continuamente.

Ante la campaña radical en su contra, un grupo de 30 dirigentes cenetistas firma un manifiesto redactado por Pestaña contra la FAI de gran repercusión -al que los anarquistas llamarían "de los 30 Judas"-. Las consecuencias del escándalo tienen un efecto de inicio de guerra dentro del sindicato, que terminará unos meses después con la expulsión de Pestaña y algunos de sus seguidores de la CNT "por estar vendidos al capitalismo".

A partir de entonces Pestaña se centra en intentar sacar adelante una nueva formación política, el Partido Sindicalista, que fundaría en 1933. El anarquista ha evolucionado desde la utopía juvenil hacia el compromiso político a través del cual alcanzar las aspiraciones del sindicalismo. De esta forma renuncia a la violencia y aspira a conseguir fines reales a través de métodos democráticos. Pero no logra que sus antiguos compañeros se afilien y se siente abandonado. Ante esta contrariedad, Pestaña no ve otra salida que unirse a la agrupación de partidos que formaría el Frente Popular, a través del cual conseguiría un acta de diputado por Cádiz en las elecciones de 1936.

En esa etapa vive un hecho curioso, como sería la entrevista que mantiene con el fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera. Tras reiteradas peticiones para tener un encuentro, Pestaña accede, aunque no comprende muy bien qué puede buscar en él una persona de ideas tan opuestas. Todo obedece a que Mussolini había explicado a Primo de Rivera que sólo podría dotar al fascismo español de la base social necesaria si contaba con un líder popular al que siguieran las masas, y alguien había señalado a Pestaña como el hombre apropiado. Éste responderá al falangista educadamente que si había rechazado el bolchevismo por dictatorial, con mayor razón rechazaría el fascismo, un instrumento del capitalismo para destruir los movimientos reivindicativos obreros.

Escribe en marzo del 36 que había mucha hambre de pan, de cultura, de tierras, de trabajo y de justicia que era preciso satisfacer en España, pero mucho era también lo que tenían que ceder los que estaban acostumbrados a tenerlo todo. El alzamiento militar le sorprende en Barcelona. Al oír disparos al amanecer sale a la calle, donde es detenido por un grupo de militares sublevados. La intentona golpista en Barcelona apenas dura 24 horas, tras lo cual es puesto en libertad y viaja inmediatamente a Madrid para ponerse al servicio del Gobierno republicano. Desde el principio se une a quienes daban prioridad a la Guerra sobre la revolución y crea una brigada de milicianos con los militantes de su partido para luchar en la sierra de Madrid, que inicialmente llevará su nombre para más tarde pasar a ser la 67ª Brigada Mixta.

Madrid se había convertido en un caos por la nula organización entre los distintos bandos que luchaban a favor del Frente Popular. En octubre es nombrado subcomisario general de Guerra. Días después, la CNT, contrariamente a lo que había defendido años atrás, entra a formar parte directa del Gobierno, durante la crisis de noviembre. Ante la propuesta de Largo Caballero, Horacio Martínez Prieto, secretario general de la Confederación, le traslada la oferta de una cartera ministerial en nombre de la CNT, a cambio de que disuelva el Partido Sindicalista, pero Pestaña renuncia.

Por orden del Gobierno viaja a Albacete para hacerse cargo de la junta de recepción y distribución de material de guerra. El desabastecimiento que sufre Madrid empieza a ser preocupante, por la descoordinación. En Albacete se halla uno de los principales arsenales de armamento, y gracias a la disciplina impuesta por Pestaña empieza a dar salida hacia Madrid al material que allí se guarda.

El frío de aquel invierno le provoca una neumonía cuyo origen datan los médicos en las heridas del atentado sufrido años atrás. Tras una recuperación temporal en Valencia, viaja a Madrid para leer un discurso en Unión Radio la Nochevieja de 1936 titulado Doce palabras para la Victoria. Pese a su débil salud, cuando Negrín se dispone a formar su primer Gobierno en mayo del 37, le tantea como ministro de Gobernación, pero Moscú veta esa propuesta. En noviembre, siguiendo al Gobierno, viaja hasta Barcelona, donde pasará sus últimas semanas, entre médicos y medicinas. Días antes de morir, pide su reingreso en la CNT, siéndole concedido. Quiere volver al seno de la organización que ha sido su vida y su casa. Sabe que va a morir.