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sábado, 19 de octubre de 2013

Manuel Matallana (1894-1952)

Alto mando militar republicano de imparable trayectoria, sobresale como el responsable de la defensa de Valencia frente al empuje nacional. El final de la Guerra y la victoria franquista le obligarán a desarmar y entregar a sus tropas

Valencia marca la vida de Manuel Matallana. Allí alcanza la gloria en julio de 1938 -tras planificar la exitosa defensa de la ciudad- y también allí sufre la más penosa de las misiones que se le puede encargar a un mando militar, la de desarmar y entregar a sus tropas, en marzo de 1939.

La ofensiva nacional sobre la capital levantina es frenada, precisamente, en la denominada linea Matallana. Esta excelente labor no es pasada por alto y el 16 de agosto es nombrado general, algo impensable incluso para él cuando, con 15 años, inglesa en la Academia Militar. Desde ese momento se dedica en cuerpo y alma al Ejército, diplomándose en la Escuela Superior de Guerra -a la vez que Segismundo Casado- y, el tiempo, obteniendo la licenciatura en Derecho. Aún joven participa en las campañas de Marruecos y posteriormente, en 1934, es ascendido a comandante de Infantería de Estado Mayor.

En julio de 1936 Matallana se encuentra destinado en la plana mayor de la 2ª Brigada de Infantería, de guardia en Badajoz, cuando se produce el alzamiento militar. A pesar de pertenecer a una familia conservadora se mantiene fiel a la República; sin embargo, su presencia levanta suspicacias en algunos miembros del Frente Popular, por lo que es destinado a misiones burocráticas y de organización técnica en el Estado Mayor de la 1ª División.

En noviembre se constituye la Junta de Defensa de Madrid, presidida por el general Miaja, quien reclama a Matallana para ocupar la jefatura de la 2ª Sección de su Estado Mayor. Durante este periodo, Matallana asciende a teniente coronel y en mayo de 1937, momento en que Vicente Rojo asume la jefatura del Estado Mayor Central, le es asignado el mando del recién creado Grupo de Ejércitos de la Región Central a petición de Miaja, jefe de dicha agrupación. Su buena relación con el propio Rojo hace que, nuevamente, su rango militar ascienda otro peldaño, convirtiéndose en coronel.

El 19 de junio de 1937 toma posesión de su cargo y ordena el estudio de posibles operaciones en las afueras de Madrid con vistas a desarrollar una importante acción ofensiva, que culmina en la posterior Batalla de Brunete.

No obstante, es en la defensa de Valencia, a partir de abril de 1938, cuando Matallana adquiere su mayor popularidad al ser él, en colaboración con Miaja, quien traza la exitosa línea defensiva de la ciudad, así como la construcción XYZ. En palabras del militar José Manuel Martínez Bande, "Miaja y Matallana han entrado de lleno en la fase angustiosa de levar a aquel frente, casi desesperadamente, división tras división y brigada tras brígada, volcando, a la vez, en las obras defensivas batallones y batallones de Zapadores, de Obras y Fortificaciones y de Trabajo».

El 6 de junio de 1938, junto a Negrín, Miaja, Rojo y Menéndez, Matallana visita Castellón intentando transmitir ánimo a la resistencia, hecho que no impide que la ciudad sea tomada por las tropas nacionales apenas dos semanas después.

La labor del coronel, como al principio quedó expuesto, hace que el 16 de agosto sea nombrado general. El historiador militar Ramón Salas Larrazábal muestra suspicacias ante este tipo de ascensos meteóricos al señalar que "en zona gubernamental se fomentó ampliamente un criterio selectivo basado exclusivamente en el fervor político y ello produjo rápidas carreras de los más afectos a la causa frentepopulísta o los mejor respaldados por los partidos. Casos como (...) Matallana, que desde comandantes escalaron al generalato, fueron excepcionales pero no raros".

Cuando la suerte de la República pasa por su momento más crítico, durante la campaña nacional sobre Cataluña, Matallana participa en el ataque republicano sobre Peñarroya (Córdoba) -ejecución del llamado Plan P de Vicente Rojo-, maniobra que fracasa.

Sea como fuere, una vez que Cataluña cae en poder de las tropas franquistas, Matallana pasa a coordinar los transportes de la zona Centro-Sur hasta el 9 de febrero de 1939, momento en que Miaja se hace cargo de las tropas de tierra, mar y aire y Matallana queda como responsable máximo del Ejército de Centro.

Durante el desenlace final del conflicto, el general juega un papel muy destacado junto a su viejo amigo Segismundo Casado y, al igual que éste, se opone a la decisión de Negrín de prolongar la Guerra. El 27 de febrero ambos acuden al consejo de guerra convocado por el presidente del Gobierno republicano en el aeródromo de Los Llanos, Albacete, y Matallana expone la situación del Ejército en aquellos momentos con frases tan elocuentes como éstas: "Pueblo y Ejército coinciden en la necesidad de que la Guerra termine inmediatamente. (...) El hambre obliga a tomar una decisión". Al día siguiente acompaña a Casado en una nueva reunión con Negrín y, nuevamente, el 2 de marzo acude a otra convocatoria del presidente en la posición Yuste de Elda, Alicante, -cita a la que Casado se niega a asistir-. En este momento Matallana ya tiene decidido su apoyo al golpe de Estado dirigido por Casado que se viene gestando tiempo atrás. El 3 de marzo Negrín, en un intento de conciliar los ánimos, otorga nuevos cargos militares, entregando a Matallana la jefatura del Estado Mayor.

Prosigue la frenética actividad del general, quien asiste al Consejo de Ministros convocado por Negrín en Yuste, durante el cual los presentes conocen la noticia de que Casado se ha sublevado en Madrid. A pesar de ser retenido durante unos instantes, Negrín permite el regreso a Madrid de Matallana, quien asume la jefatura de las fuerzas militares del recién nacido Consejo de Defensa (se convierte, virtualmente, en generalísimo, pues todas las Fuerzas Armadas, incluso las de orden público, quedan bajo su mando). Desde este cargo dirige las operaciones que se desarrollan en la ciudad contra los comunistas y solicita, a través de una alocución el día 10, entablar negociaciones con los nacionales junto a Casado, pero Franco no las acepta.

Una vez es asumida la rendición sin condiciones por los republicanos, huye con Casado a Valencia y le es asignada por éste la tarea de desarmar al resto de ejércitos.

Finalizada la contienda permanece en España siendo juzgado por un consejo de guerra sumarísimo, en cuya sentencia se señala que "el procesado es persona de antecedentes inmejorables, de ideas derechistas, amante del orden y afecto, al parecer, al Movimiento Nacional". Tras una breve estancia en prisión, es puesto en libertad y vive un periodo de grandes dificultades económicas. Finalmente, entra en una empresa constructora como jefe de sección, cargo que desempeña hasta su muerte, a los 57 años de edad. 

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