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martes, 21 de enero de 2014

Joan Comorera i Solé (1895-1958)

Titular de diversas 'consellerías' de la Generalitat durante la Guerra Civil, ocupará la Secretaría General del PSUC, partido que terminará abandonando tras las disidencias que mantuvo siempre con los comunistas

Terminada la Guerra, el ex conseller de Economía Joan Comorera atravesó la frontera con Francia para emprender el camino del exilio, seguramente convencido de que nunca volvería a pisar suelo español. A sus 44 años, resignado a continuar su labor al servicio de la ideología comunista lejos de su país recién caído en manos de la derecha, en mayo de 1939 decide trasladarse a la URSS. Pero el destino le tiene preparada la vuelta a España, a pesar de su persecución por la dictadura franquista y de las maniobras de sus propios compañeros de partido, que decidirían eliminarlo por haberse convertido en un incómodo disidente dentro de las filas comunistas. Y es que el apoyo que brinda a Lluís Companys en su enfrentamíento con Juan Negrín, durante la crisis gubernamental de agosto de 1938, le valió el distanciamiento con los marxistas.

Once años después, Comorera atravesará de nuevo la frontera en la clandestinidad para lograr la hazaña de publicar -él solo- 32 números de un periódico obrero, comunista y en catalán. Treball -así se llamaba la publicación- circuló, gracias a Comorera, bajo cuerda por Barcelona durante cuatro años, hasta que la policía franquista fuera a buscarle a su casa para encerrarle hasta su muerte en un penal de Burgos.

Aquel exilio de 1939 no significó una absoluta novedad para Comorera. Ya en 1918, marcha a Francia por dos años, después de haber sido encarcelado por un artículo considerado como injurioso por la Guardia Civil. Joan Comorera i Solé nace el 5 de septiembre de 1895 en la localidad catalana de Cervera (Lérida). Desde muy joven colabora en la prensa de tendencia socialista, al mismo tiempo que trabaja como maestro de escuela en su localidad natal.

Acogiéndose a una amnistía, regresa de Francia para instalarse en Barcelona, pero este nuevo destino le dura muy poco tiempo: la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923) le obliga a abandonar nuevamente el país. Esta vez se marcha a Argentina, para evitar ser detenido. Allí continúa colaborando con organizaciones políticas socialistas y con la prensa afín, hasta que un golpe militar le obliga a desplazarse a Montevideo (Uruguay). Permanece en la capital uruguaya hasta la proclamación de la Segunda República -el 14 de abril de 1931-gracias a que se crea un clima más propicio para extender sus ideas catalanistas de izquierdas. Es entonces cuando se produce su salto a la política activa, consiguiendo un acta de diputado en el Parlamento catalán por Unió Socialista de Catalunya (USC), partido en el que ostenta el cargo de secretario general; y de ahí pasa a la Consellería de Agricultura y Economía en el primer Gobierno de Lluís Companys.

Harto de las controversias existentes entre la política catalana y la española, Comorera decide, junto a algunos de sus compañeros de gobierno, apoyar decididamente la insurrección de Asturias de octubre de 1934, hecho que le vale la condena a cadena perpetua en el penal de El Puerto de Santa María (Cádiz). Pero Comorera no pierde el tiempo en prisión. Desde hace años, le ronda por la cabeza la idea de unificar su partido con el Frente Popular y con el Partido Único de la clase obrera en una nueva organización. Cuando le liberan, tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 -en las que Joan Comorera, aun encarcelado, obtiene un acta de diputado-, todavía no ha cristalizado su objetivo. Tiene que esperar a finales del mes de julio, ya con la Guerra Civil comenzada, para convertirse en el secretario general del nuevo Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC).

La nueva organización política, creada a instancias de Comorera, asiste a un imparable incremento del número de afiliados durante la contienda, y en algún momento de la misma llega a alcanzar los 50.000. El secretario general, por su parte, se dedica a atender sus obligaciones como conseller del Gobierno de la Generalitat, al frente de las carteras de Abastos, primero, y Economía, después. Fomenta las cooperativas industriales en Cataluña, viaja para negociar posibles tratados comerciales con Francia y la Unión Soviética, y aboga por la creación de una industria de guerra propia para todo el territorio catalán. Tras serias disputas con el Gobierno de Negrín en torno a la defensa de la región catalana, que culminarán con la crisis de agosto de 1938, a Joan Comorera le sorprende la entrada de las tropas nacionales en Barcelona, el 26 de enero de 1939, por lo que vuelve a emprender el camino del exilio por tercera vez.

Junto a los dirigentes de la Internacional Comunista -Komintern- y a una delegación del PCE, Comorera, todavía al frente del PSUC, se traslada a Moscú para asistir a un congreso con sus camaradas soviéticos. Allí permanece durante algún tiempo, hasta que una nueva contienda, la Segunda Guerra Mundial, le obliga a marchar a América. Comorera se establece en México con intención de colaborar con el Gobierno republicano en el exilio.

En 1943, la disolución de la Komintern por Stalin supone un duro golpe para el PSUC, y Comorera se traslada a Toulouse (Francia) para tratar de reinventar el partido junto a alguno de sus camaradas. Después de muchas disputas y reflexiones, Joan Comorera decide proponer un programa de democracia popular antimonopolista como alternativa al fascismo, pero el rechazo de sus compañeros se salda con las acusaciones que le tildan de pequeño-burgués. Las relaciones de Joan Comorera con el PCE y con el resto del PSUC se envenenan hasta que, en 1949, decide acabar con la situación, haciendo uso de su autoridad -como secretario general del partido- y expulsando a tres miembros del órgano directivo de la formación. Éstos, a su vez, unen sus fuerzas para expulsarlo del partido.

Ya sin apoyos, y sin partido, Joan Comorera decide continuar en solitario la defensa y divulgación de sus tesis, escapando como puede de la persecución de algunos de sus antiguos camaradas, que intentan matarle. Cruza la frontera con España y se instala en un pequeño piso de Barcelona para consagrarse a la edición de Treball. En compañía de su esposa, y escondido de todos, malvive hasta que la delación de antiguos miembros de su partido lleva a la policía a su casa. Líster, en su libro Basta, señala a Antón y a Carrillo como los responsables directos de la persecución que sufre Joan Comorera y, a este último, como el delator de la presencia del ex dirigente del PSUC en Barcelona.

Tres años esperará Joan Comorera en prisión hasta ser juzgado. En 1957, la acusación pide para él la pena de muerte, aunque la sentencia señalará, finalmente, 30 años de prisión.

Joan Comorera i Solé muere en el penal de Burgos el 7 de mayo de 1958. Ya implantada la democracia en España, en 1985, sus restos son trasladados a la ciudad de Barcelona.

lunes, 20 de enero de 2014

Lluís Companys (1882-1940)

Líder del partido nacionalista de izquierdas Esquerra Republicana, ocupa la Presidencia de la Generalitat de 1934 a 1940, convirtiéndose en el mayor representante del catalanismo durante la Guerra Civil española

En sus 58 años de vida, el abogado, sindicalista, periodista y político catalán Luuís Companys fue detenido unas 20 veces por la policía y en cuatro ocasiones pisó la cárcel. Pero entre detención y detención, le dio tiempo a fundar periódicos y sindicatos, crear partidos políticos, ser concejal, alcalde y gobernador civil de Barcelona, presidir el Parlamento y la Generalitat catalanes, ejercer de ministro en un Gobierno de la República y provocar una rebelión contra otro gobierno de la misma. Una vida intensa, apagada por un pelotón de fusilamiento en el castillo de Montjuïc entre vivas a su pasión: Cataluña.

Lluís Companys i Jover nace el 21 de octubre de 1882, en el seno de una familia de payeses acomodados de la localidad leridana de El Tarros. Con tan sólo 18 años, Lluís Companys inicia su actividad política mientras realiza sus estudios de Derecho en la Universidad de Barcelona. En 1900, crea la Associació Escolar Republicana e ingresa en el partido Unión Federal Nacionalista Republicana. En 1906, tras ser testigo de la represión en una serie de revueltas en Barcelona, participa en la formación de Solidaridad Catalana. Desde muy temprano, Lluís Companys muestra dos de los pilares de su ideario político: republicanismo y catalanismo. Un tercer puntal de su ideología, como es su izquierdismo, no aparecería hasta la segunda década del siglo XX.

En su faceta de periodista, colabora con periódicos y revistas como La Forja, La Barricada, órgano del Bloc Autonomista Catalá o La Publicidad.

En julio de 1912, ya con 30 años, asiste a un discurso del político Melquíades Álvarez en Reus, que le ayuda a fijar sus ideas progresistas. Esta evolución se concreta en abril de 1917 cuando participa, junto a los políticos catalanes Marcelino Domingo y Francesc Layret, en el nacimiento del Partit República Catalá, por el que es elegido concejal en el Ayuntamiento de Barcelona.

Companys, entonces, se encarga de dirigir La lucha, periódico del nuevo partido. Durante estos años, también nace su conciencia sindical. Nada más licenciarse, se convierte en abogado de trabajadores, muchos de ellos anarquistas. Son años de gran conflictividad social y laboral en Barcelona y no le falta trabajo. Sin embargo, no gana mucho dinero, ya que se dedica a cobrar cantidades simbólicas a sus defendidos.

Con motivo de las huelgas de 1919, impulsadas por la CNT en Barcelona, Companys intensifica sus visitas a los juzgados, dedicándose a defender a muchos revolucionarios, lo que le da una creciente y peligrosa popularidad en la Ciudad Condal. Su actividad como abogado laboralista le cuesta ingresar en la cárcel-fortaleza de Mola, en Mahón (Menorca), en noviembre de 1920. Un mes después, su amigo y diputado Francesc Layret, encargado de su defensa, es asesinado por un grupo de pistoleros. Companys abandona el confinamiento y es elegido diputado por Sabadell en sustitución de Layret.

En Madrid, usa su escaño en el Congreso de los Diputados como altavoz contra la represión que el Gobierno, apoyado por la patronal catalana, aplica a los trabajadores. En 1921, Lluís Companys crea la Unió de Rabassaires, encargándose además de la dirección de la publicación La Tierra, órgano de prensa del nuevo sindicato de campesinos. El apoyo desde el campo se muestra clave para que vuelva a obtener el acta de diputado en las elecciones de 1923. Sin embargo, el golpe del general Miguel Primo de Rivera acaba con su actividad parlamentaria y regresa a Barcelona, donde retoma la defensa de obreros y campesinos en un ambiente hostil que le cuesta sucesivas detenciones, deportaciones y alguna visita corta a la cárcel.

Con la caída de la Dictadura, la clase política sabe que también caerá la Monarquía. Ante las elecciones de abril de 1931, varios grupos de la izquierda catalanista se unen para formar Esquerra Republicana de Cataluña (ERC). Aunque Companys no puede participar en las reuniones por estar encarcelado, es elegido miembro de la Ejecutiva del partido, que preside el catalanista Francesc Maciá, Lluís Companys vive desde entonces varios meses de intensa y febril actividad. La victoria de las candidaturas republicanas en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 lleva a Companys a la alcaldía de Barcelona. Dos días después, ocupa el Ayuntamiento, depone al alcalde y sale al balcón proclamando la República de Cataluña. Sin embargo, las promesas provenientes desde Madrid de atender las reivindicaciones autonomistas encauzan la situación. Companys también se hace cargo del Gobierno civil de Barcelona y, aunque sólo lo ocupa durante dos días, le da tiempo de mandar destruir todos los archivos policiales.

El 28 de junio de 1931, es elegido diputado a Cortes por la ciudad de Barcelona, regresando a Madrid como jefe parlamentario de ERC, y forma parte de la comisión que redacta el Estatuto de Autonomía para Cataluña, -l'Estatut de Nuria- implicándose en la elaboración de la legislación agraria. Una vez aprobado el Estatuto (1932), Companys, que también es diputado en el Parlamento catalán, asume la Presidencia del mismo en 1932. Además, durante unos meses, de junio a noviembre de 1933, se hace cargo del Ministerio de Marina en uno de los gobiernos de Manuel Azaña. Y aún le queda tiempo para dirigir La Humanitat, el órgano oficial de ERC, desde noviembre de 1931 hasta el 1 de enero de 1934. Precisamente, en este día, Lluís Companys alcanza la cumbre de su carrera política. Francesc Maciá, presidente de ERC y de la Generalitat había muerto el día de Navidad. El Parlamento catalán, reunido de urgencia, designa a su hasta entonces presidente para sustituir a Maciá. Los 10 meses que Companys está al frente de la autonomía catalana coinciden con la victoria de los conservadores en Madrid. Los roces entre ambos gobiernos son constantes, siendo la ley de Contratos de Cultivos, aprobada en Barcelona, uno de los más importantes puntos de enfrentamiento.

El 4 de octubre de 1934, Alejandro Lerroux, presidente del Consejo de Ministros, remodela su Gobierno dando entrada a tres miembros de la derechista CEDA de José María Gil Robles. Los nombramientos son considerados por los partidos y sindicatos de izquierda y los republicanos como un ataque directo al corazón de la República. Dos días más tarde, Lluís Companys proclama por radio "el Estado catalán dentro de la República Federal Española". Su rebelión contra el Estado coincide con una huelga general en toda España y la sublevación obrera en Asturias. Sin embargo, la revuelta catalanista fracasa al no contar con el apoyo de los militares que, al mando del general Batet, rodean la Generalitat. El 7 de octubre, Companys se entrega y pide a los suyos, también por radio, que depongan las armas. El Gobierno autónomo al completo es recluido en el buque prisión Uruguay, fondeado en el puerto de Barcelona, y el Estatuto de Autonomía suspendido. Tras ser trasladados a Madrid, el Tribunal de Garantías Constitucionales les juzga por rebelión militar en mayo de 1935. Companys y los suyos son condenados a 30 años de cárcel y confinados en el penal de El Puerto de Santa María (Cádiz). El proceso es seguido muy de cerca por la prensa y la ciudadanía, provocando una enorme corriente de simpatía y solidaridad en Madrid con los encausados.

Tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, la primera medida de Manuel Azaña como presidente de la República es la firma de un decreto de amnistía que permite a Companys salir de la cárcel y recuperar la Presidencia de la Generalitat. Ante el levantamiento militar del 18 de julio, Lluís Companys vuelve a recurrir a la radio para animar a los barceloneses a salir a la calle para defender el régimen republicano. Al mismo tiempo, varias columnas de soldados salen de sus cuarteles hacia el centro de la ciudad. Sin embargo, la movilización popular, en especial la de los anarquistas de la CNT, consigue vencer la revuelta militar. Companys, como hicieran con él en el pasado, convence al general Goded, cabecilla de la intentona, para que se dirija a sus seguidores por radio y les ordene la rendición. El propio Companys reconoce ante los líderes de la CNT la importancia del papel del sindicato: "Siempre habéis sido perseguidos duramente... Hoy sois los dueños de la ciudad y de Cataluña". El presidente de la Generalitat no consigue frenar la revolución libertaria en la calle pero al menos les arranca a los cenetistas el mantenimiento de las instituciones catalanas que, aunque vacías de poder, irán recuperándolo poco a poco. De hecho, Lluís Companys inicia un juego a varias bandas para mantenerse en el centro del sistema y conservar su capacidad de decisión. Se apoya en la creciente fuerza del PSUC para debilitar a los anarquistas y, en éstos, para enfrentarse al Gobierno central. Aprovechando el caos y el vacío de poder de los primeros días, Lluís Companys se autoproclama, el 31 de julio de 1936, presidente de Cataluña, cargo que no existía, delegando la presidencia de la Generalitat en Joan Casanovas.

En octubre de 1936, Companys da entrada en el Gobierno autónomo a miembros de la CNT, ya que unos días antes la central sindical había disuelto el Comité Central de Milicias Antifascistas, el Gobierno de facto hasta entonces. Con ello pretende integrar a los anarquistas y neutralizar su influencia. Pero tras los sucesos de Barcelona en mayo de 1937, es cuando Companys consigue acabar con la autoridad política de los anarquistas. Companys se mantiene al margen de los enfrentamientos entre comunistas y libertarlos, permite la intervención del Gobierno central y el lento desgaste de la CNT concluye en junio cuando, al remodelar su Gabinete, no queda ningún conseller anarquista. Aparte de las intrigas políticas, Lluís Companys combate la persecución de los desafectos a la República. Son continuas sus intervenciones en la radio en las que denuncia y condena los actos de violencia. Pero también actúa. Abrumado por los asesinatos sin control, no impide la salida de la ciudad de miles de perseguidos a bordo de barcos extranjeros. Se da la cruel circunstancia de que dos de los salvados por Companys son el fiscal y el abogado defensor en el juicio y condena a muerte que sufrirá tras la Guerra. Otro de los salvados de una muerte segura es el obispo de Tarragona, Francesc Vidal i Barraquer, retenido por milicianos anarquistas en el monasterio de Poblet.

El 31 de octubre de 1937, el Gobierno de la República deja Valencia y se instala en Barcelona, Companys ve el traslado como una amenaza para la autonomía de su Gobierno. Y no se equivoca. Por exigencias de la Guerra, el Gobierno de Negrín va recortando la capacidad de maniobra del Ejecutivo de Companys. Ambos se rehuyen, y Negrín se niega a coincidir en cualquier acto político con el mandatario catalán. Conforme avanzan las tropas franquistas hacia Cataluña, Companys asiste a un goteo de renuncías. Muchos de sus colaboradores de ERC o marchan al exilio o se integran en el PSUC. Tras la crisis gubernamental de agosto de 1938, en la que los ministros del PNV y ERC abandonan el Ejecutivo de Negrín, Lluís Companys visita a Manuel Azaña -el 14 de agosto- para pedir al presidente de la República un cambio en la política llevada hasta ahora y la destitución de Negrín en favor del general José Miaja, el defensor de Madrid. Al mismo tiempo y en una jugada extraña, Negrín le confiesa a Companys su intención de dimitir y le propone como su sustituto al frente del Gobierno español. Sin embargo, Azaña confirma en el cargo a Negrín y aprueba su política de centralización. Un último intento de acercamiento entre ambos dirigentes se produce en diciembre de 1938, cuando los franquistas han lanzado ya la ofensiva final sobre Cataluña. Negrín ofrece entonces la Vicepresidencia del Consejo de Ministros a Companys que el presidente catalán rechaza.

Ante el avance imparable de los rebeldes nacionales, se produce la desbandada entre los políticos afincados en Barcelona. El propio Companys, que aún el 20 de enero de 1939 pronuncia una desesperada llamada a la resistencia en la radio, abandona la ciudad tres días después, al igual que el Gobierno central. El 5 de febrero, Companys, protegido por un grupo de Mossos d'Escuadra cruza la frontera con Francia en compañía de algunos de sus consejeros. Se traslada a París para representar a la Generalitat de Cataluña en el exilio, pero finalmente se instala en la localidad de Le Baule-las-Pinos, cerca de los Pirineos. Aunque pudo optar por un exilio más seguro, no quiso alejarse de su hijo, Lluís Companys i Mícó, gravemente enfermo. El 13 de agosto de 1940, es detenido por miembros de la Gestapo alemana y entregado a las autoridades franquistas en Irún, siendo conducido inmediatamente a Madrid. Lluís Companys, que había sido juzgado en rebeldía y condenado por incitar a la rebelión, fue juzgado por un consejo de guerra sumarísimo en un solo día. Trasladado a Barcelona, es fusilado el 15 de octubre de 1940 en el castillo de Montjuïc entre proclamas de ¡Per Catalunya!.

lunes, 13 de enero de 2014

Hernández Sarabia (1880-1974)

Militar fiel a la República, durante su dilatada carrera promueve el reclutamiento de voluntarios que derivará en la creación del Ejército Popular, encabeza el ataque en la Batalla del Ebro y organiza la defensa de Cataluña

El general Juan Hernández Sarabia es, probablemente, uno de los más destacados oficiales del Ejército republicano durante la Guerra Civil española, organizador del Ejército Popular, y, además, uno de los principales apoyos con los que contará Manuel Azaña dentro del colectivo de los militares. Desde los tiempos en que Azaña es ministro de la Guerra (1931) hasta su exilio en Francia, Hernández Sarabia siempre se mantendrá al lado del líder republicano.

Juan Hernández Sarabia nace en Ledesma (Salamanca) en 1880. A los 18 años ingresa en la Academia de Artillería de Toledo, en la que adquiere fama de buen estudiante y hombre honesto. Posteriormente, combate en Marruecos, donde destaca como oficial, ascendiendo a rango de comandante. Pero sus ideas republicanas, que expone públicamente, originan su persecución por parte del general Miguel Primo de Rivera, lo que le obliga a exiliarse a Portugal.

Con el advenimiento de la República, Sarabia regresa a España, donde contacta con Manuel Azaña y la izquierda moderada. Cuando Azaña ocupa el Ministerio de la Guerra, lo nombra su ayudante y, en 1933, es ascendido a teniente coronel. Tras el triunfo derechista en noviembre de ese mismo año, pide el pase a la reserva y desaparece de la vida pública. Con el triunfo del Frente Popular se reincorpora al Ejército y, una vez proclamado Azaña presidente de la República, se convierte en su secretario particular.

Al día siguiente del levantamiento militar en Marruecos, el ya coronel Hernández Sarabia se reúne en el Ministerio de la Guerra, en Madrid, con otros mandos militares leales a la República. Allí es nombrado subsecretario de Guerra. Secundado por Ignacio Hidalgo de Cisneros y José Martín Blázquez, entre otros, dirige la ocupación de puestos de mando y centros de comunicaciones, estableciendo un mínimo orden dentro del caos de los primeros días de la sublevación. Además, ordena detener a varios militares contrarios a la República o de lealtad dudosa.

El 6 de agosto de 1936, ante los graves problemas psíquicos que la Guerra ocasiona al ministro -el general Luis Castelló-, Sarabia le sustituye al frente del departamento. El primer problema estratégico al que se enfrenta es el avance de las tropas marroquíes por Extremadura, pero, sobre todo, tiene que hacer frente a la falta de hombres en el Ejército, que resuelve provisionalmente con la formación de batallones de voluntarios comandados por militares profesionales, que darán lugar al denominado Ejército Popular. Sarabia y su equipo coordinan el reparto de armas y municiones a las milicias, recluían oficiales y organizan la intendencia, formando un embrión de Estado Mayor a la espera de constituir un Ejército estatal regular.

Pero crear un Ejército de la nada es una tarea demasiado ardua para un solo hombre, y Hernández Sarabia, agotado, es relevado en septiembre de 1936 por el jefe de Gobierno, Largo Caballero. Una vez repuesto de la destitución, se le asigna el mando de una columna en el Frente de Córdoba. En abril de 1937, Largo Caballero le encarga concentrar tropas cerca de Ciudad Real para un eventual ataque sobre Extremadura, pero la operación se verá finalmente frustrada.

En julio de 1937 dirige la Artillería republicana en Brunete, tras lo cual se hace cargo del Ejército de Levante. En octubre, el ministro de Defensa Nacional, Indalecio Prieto, encarga a Hernández Sarabia preparar la ofensiva sobre Teruel. Con cerca de 100.000 soldados y todas las municiones y artillería disponibles, se lanza al ataque en medio de la fuerte nevada que cae sobre la capital del Bajo Aragón la mañana del 15 de diciembre, sorprendiendo a las fuerzas nacionales y forzándoles a suspender el asalto que tenían planeado sobre Madrid. El éxito sonríe a los cuerpos de Ejército 13° y 19°, que forman el Ejército de Levante. Dirigidos por Hernández Sarabia, avanzan poco a poco hasta conquistar Teruel, el 8 de enero. El triunfo le vale el ascenso a general.

Tras la victoria épica ante los nacionales, el general Vicente Rojo se ausenta del frente y entrega el mando de la ciudad a Hernández Sarabia. Pero Franco, tras recuperar a sus tropas, lanza a los cuerpos de Ejército de Galicia y Castilla a la reconquista de Teruel. El día 14, ambos contingentes atacan al Ejército republicano. Los hombres de Sarabia aguantan la ofensiva y, después de librar intensos combates, el asalto nacional queda cancelado finalmente el 22 de enero. Sarabia logra este éxito gracias a un fuerte contraataque sobre las líneas de abastecimiento franquistas, a cargo de la 27ª División.

Los ataques se suceden entre el 25 y el 29 de enero, y pese a finalizar sin haber logrado su objetivo, consiguen paralizar al Cuerpo de Ejército de Galicia y descubrir los puntos débiles del Ejército del Norte. El avance inicial llega hasta las poblaciones de Singra y Cabezo Bajo, dominando la carretera de Zaragoza a Teruel, aunque el contragolpe del general Aranda les obliga a detenerse. Pero el éxito inicial de la ofensiva de Sarabia se desvanece en febrero, cuando los cuerpos de Ejército marroquí y de Galicia ataquen en Teruel y en el Alfambra y el frente republicano se desplome rápidamente, sin que su Ejército de Levante tenga tiempo de reaccionar.

Con la reestructuración del Ejército Popular, iniciada el 30 de abril de 1938, en la región catalana comienza a actuar el Grupo de Ejércitos de la Región Oriental (GERO), dirigido por Hernández Sarabia. A su cargo tendrá al Ejército del Este y al del Ebro, aparte de la Defensa de Costas. Al frente del GERO, encabeza el ataque que da origen a la Batalla del Ebro, el 25 de julio de 1938. Sarabia es el mando militar directo de las fuerzas de Perea y Modesto, jefes de los ejércitos del Este y del Ebro, y sobre él recaen algunas alabanzas en los momentos victoriosos de la ofensiva; y gran parte de las críticas por el desastre final.

Tras la Batalla del Ebro, organiza la defensa de Cataluña con los restos de su grupo de ejércitos. Pero con un armamento precario -el Ejército del Ebro sólo cuenta con 600 fusiles y cuatro ametralladoras- y unas tropas cada vez más desorganizadas, es incapaz de parar a los nacionales. Cuando se queja de la escasez de sus medios, es relevado del mando por sus superiores.

Tras la caída de Cataluña, marcha a Francia, acompañando a su amigo Manuel Azaña, Se establece con él en la embajada de España en París, y comparte con él el desánimo al pensar que todo había terminado.

El 25 de febrero de 1939, después de que Azaña se niegue a volver a la zona centro, por petición de Negrín, Hernández Sarabia sube a un tren con el presidente y su cuñado, Cipriano Rivas, abandonando París con destino a Montauban, donde acompañará a Azaña en sus últimos meses de vida. Después se traslada a México, donde se establece definitivamente hasta su fallecimiento en el año 1974. 

domingo, 12 de enero de 2014

Andrés Amado (1886-1964)

Ministro de Hacienda en el primer Gobierno franquista y pieza clave del sistema financiero nacional, dimite después de la Guerra tras imponer Franco una dictadura en vez de una monarquía, de la que siempre fue partidario

A pesar del desafortunado grito del general Millán Astray -fundador de la Legión- en la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936: "Muera la inteligencia, viva la muerte", el bando nacional cuenta entre sus filas con una serle de individuos que antes, durante y después de la Guerra ponen su esfuerzo y capacidad intelectual al servicio de la sublevación y del Régimen que saldrá fruto de su triunfo en la Guerra Civil. Dentro del ámbito de la economía, destaca, entre ellos, Andrés Amado, ministro de Hacienda en el primer Gobierno nacional y hombre clave en el sistema financiero de Franco durante el conflicto.

Andrés Amado y Reygondaud nace en Galicia en 1886. Estudia Derecho en la Universidad Central de Madrid y, una vez licenciado, aprueba las oposiciones del Cuerpo de Abogados del Estado. De tendencia monárquica, su actividad política está íntimamente ligada a su paisano y amigo José Calvo Sotelo, quien le designa director general del Timbre en 1925, en plena dictadura de Primo de Rivera. Con la dimisión de Calvo Sotelo como ministro de Hacienda en 1930, Amado abandona su cargo y vuelve a su puesto de funcionario del Estado, aunque continúa en contacto con el dirigente derechista y el entorno conservador, colaborando con Unión Monárquica Nacional.

En 1933, Amado se une al partido Renovación Española. A finales de 1934, es uno de los fundadores del Bloque Nacional, tras las negociaciones de la CEDA, los carlistas y los monárquicos para presentarse unidos a futuras elecciones. Cuando se celebran los comicios de 1936, Amado es elegido diputado del Bloque en las Cortes por la provincia de Orense.

Cinco meses más tarde, el asesinato de su jefe de filas, José Calvo Sotelo, prende la mecha de la rebelión militar. Desde el primer momento, Andrés Amado se une a los sublevados, poniendo su condición de experto en temas fiscales del bloque alfonsino al servicio de la rebelión militar.

Con la creación de la Junta Técnica del Estado -sucesora de la Junta de Defensa Nacional- el 3 de octubre de 1936, Andrés Amado es llamado para presidir la Comisión de Hacienda, formada mayoritariamente por militares, y cuya sede se encuentra en Burgos. Andrés Amado es uno de los representantes del sector monárquico en la Junta Técnica.

Desde su puesto, se dedica a normalizar las finanzas nacionales y a crear diferentes óganos de gestión de los asuntos económicos. Sus principales decisiones tienen que ver con el comercio exterior y la financiación de la Guerra, además de regular el control del oro, la circulación de las monetarias de plata y el estampillado de los billetes. Una de sus primeras actuaciones es la obtención del primer préstamo exterior de los nacionales, otorgado por el portugués Alfredo da Silva por un total de 175.000 libras. También abre una cuenta en el Banco de Portugal para centralizar los pagos del material de guerra adquirido en el país vecino.

Otras medidas de Amado son la reorganización de las sociedades anónimas y las Cámaras de Comercio, Industria y Navegación, y el decreto que suspende las normas de control estatal sobre la banca privada. Junto a ellas, también adopta disposiciones de menor trascendencia, que sólo dan respuesta a necesidades cotidianas, como los sueldos y jubilaciones de los funcionarios.

Amado es uno de los escasos -según Serrano Suñer, el único- de los componentes de la Junta Técnica con peso político y capacidad de gestión. Pero su independencia disgusta sobremanera a los militares, y en especial a Franco. Por ello, cuando se comienza a gestar el primer Gobierno ministerial de la zona nacional -en cuya organización participa Amado, a finales de 1937, junto a Ramón Serrano Suñer-, el propio Suñer tiene dificultades cuando le propone para ministro de Hacienda, ya que es demasiado independiente para los gustos del Caudillo.

Aun así, Andrés Amado aparece como el hombre más capaz para llevar una economía en proceso de reconstrucción. Por ello, ocupa la cartera de Hacienda, que había rechazado Serrano Suñer por considerar más lógico que lo asumiera alguien con mayor capacidad profesional. Y así, el 30 de enero de 1938, jura su cargo junto al resto de miembros del Gobierno, en el Monasterio de Las Huelgas Reales de Burgos.

Al igual que en la Junta Técnica, Amado representa a los conservadores monárquicos en el Gobierno, frente a los camaradas falangistas, aunque su nombramiento se debe más a su cualificación profesional y competencia técnica que a su militancia política. Como todos los ministros, representa las tendencias pactistas de su partido -en este caso los monárquicos alfonsinos- frente a los sectores menos afectos a Franco. Esta conveniencia le obliga a afiliarse a Falange, requisito imprescindible para formar parte del Gobierno.

Su nombramiento como ministro de Hacienda garantiza la continuidad de una línea de gestión basada en un fuerte intervencionismo estatal, de acuerdo con el sentido corporativo del nuevo Estado franquista. No obstante, Amado se opone a la aprobación del Fuero del Trabajo, el 10 de marzo de 1938, precisamente por su excesivo intervencionismo. Su trabajo es reconocido por el ministro de Justicia, el conde de Rodezno, que en su diario le define como "un excelente burócrata".

Pero Amado acaba enfrentándose a Serrano Suñer y al propio Franco. Desde luego, para un hombre como él, celoso de la eficacia y la profesionalidad en la gestión de las finanzas nacionales, los escasos conocimientos de Franco y, sobre todo, su afán de intervenir en todas las decisiones de los consejos de ministros tenían que crisparle necesariamente. El conde de Rodezno cuenta en su diario que en un consejo celebrado en octubre de 1938, Franco propone un procedimiento para el pago de las deudas. Ante la "simpleza" de sus ideas, Amado dice en privado: "Este hombre está en la luna; esto es de tertulia de café".

En cuanto a Serrano Suñer, Amado llega a confesar que no puede convivir con él bajo el mismo techo. Su protagonismo absoluto, y el ninguneo al que Franco y él someten a los ministros, le indigna, y hace causa común con Juan Antonio Suanzes y el conde de Rodezno en su deseo de apartarle del Gobierno.

Por otro lado, el fin de la Guerra saca a la luz la falta de claridad sobre el futuro institucional de España. La cuestión de la restauración de la Monarquía se pospone -para acabar diluida en la Ley de Sucesión de 1947-, con la consiguiente irritación de Amado, monárquico de toda la vida, que cesa como ministro en agosto de 1939. Desengañado de su labor en el Gobierno, dice: "[Franco] termina de utilizarlo a uno y es como si cayera un telón infranqueable que borra hasta el recuerdo. Yo salí de este Consejo convencido de que no volvería a verle ni a hablar con él, y así ha sido", y remacha: "¡Al carajo!".

A partir de entonces, Andrés Amado permanece apartado de la política activa, hasta su muerte, en Madrid, en el año 1964.

sábado, 11 de enero de 2014

Juan Vigón (1880-1955)

General nacional, será uno de los militares que conduzca la contraofensiva franquista en el Ebro, lo que le valdrá, junto a otras intervenciones, la admiración y el respeto de compañeros y superiores, incluido el propio Caudillo

La historia de Juan Vigón, general del Ejército de Franco y ministro del Aire con éste una vez acabada la Guerra Civil, es la del ascenso -en buena medida, similar al de su hermano Jorge-desde los estudios iniciales de la técnica aplicada a la guerra hasta la oportunidad de plasmar en el campo de batalla lo aprendido, que le valdrá el reconocimiento y la admiración de todos los que combaten con él, tanto sus compañeros como sus superiores, incluidos el general Mola y el mismo Francisco Franco.

Juan Vigón es uno de los conductores de los contraataques nacionales en la Batalla del Ebro. Como jefe de Estado Mayor del Ejército del Norte, y a las órdenes del general Fidel Dávila, dirige uno de los ataques más violentos contra las posiciones republicanas. En la ofensiva, lanzada un mes después del inicio de la batalla, pone en práctica su capacidad para planear y ejecutar minuciosamente las operaciones bélicas. Al mando de las divisiones 74ª, 82ª y 102ª, intenta romper la línea republicana del Frente de Villalba de los Arcos.

Después de tres días de lucha salvaje, avanzando palmo a palmo y con grandes bajas, Vigón logra desalojar a la 16ª División republicana del vértice de Gaeta. Pero allí queda detenido. Durante dos meses, sus tropas chocan contra la desesperada resistencia de los republicanos, sufriendo grandes bajas y logrando un avance mínimo. Sólo a principios de noviembre, con el apoyo de nuevos refuerzos, romperá Vigón el frente, empujando a un Ejército republicano extenuado por el esfuerzo y las bajas.

Su camino hasta la Jefatura del Estado Mayor del Ejército del Norte está cuajado de reconocimientos, debidos casi siempre a su afán perfeccionista y su inteligencia. Juan Vigón Suerodíaz nace en 1880 en la villa asturiana de Colunga y es hijo de una familia pudiente y destacada de la localidad.

Junto a su vocación militar, su capacidad para el estudio y sus inquietudes científicas le llevan a elegir el arma de Ingenieros, en la que ingresa con el grado de teniente tras pasar por la Academia de Guadalajara. A diferencia de muchos de sus colegas de la época, Vigón continúa formándose después de salir de la Academia. Así, ingresa en la Escuela Superior de Guerra, de la que sale diplomado en Estado Mayor en 1911, y hace un curso en la Escuela de Guerra de París.

Sus aptitudes son advertidas por el rey Alfonso XIII, que le nombra su ayudante a principios de la década de los 20. Posteriormente, pasa a encargarse de la educación del infante Juan de Borbón. Pero llega abril del 31, y con él la proclamación de la República. El entonces coronel Vigón no acata el nuevo régimen, por lo que aprovecha la ley de Azaña para solicitar el retiro.

A partir de entonces, se dedica a administrar las propiedades de su familia y a criar a sus hijos en Caravia, cerca de su pueblo natal. Su vida transcurre plácidamente entre el estudio y las charlas en el casino local, hasta que la Revolución asturiana del 34 le saca de su retiro para ponerse a las órdenes del Gobierno de Alejandro Lerroux. Vigón interviene en el sangriento aplastamiento de la rebelión minera, lo que le coloca en el punto de mira de los militantes de izquierda. Después del fin de la revuelta vuelve a su casa de Caravia, pero ya comprometido con la derecha, en una época en la que la neutralidad política es poco menos que imposible.

Cuando el Frente Popular sube al poder, abandona España, en previsión de posibles represalias, y se afinca en Buenos Aires, donde pasa a ocuparse de sus negocios. Pero en julio del 36, los ecos de la sublevación empiezan a llegar al río de la Plata y el coronel Vigón decide unirse a la misma. Emprende así el viaje hacia Lisboa, y de allí pasa a España, donde se pone a las órdenes del general Emilio Mola. Sus primeras intervenciones armadas tienen como escenario Guipúzcoa, provincia de la que es nombrado comandante militar en septiembre de 1936 y en la que combate junto al general José Solchaga.

Como oficial de Estado Mayor, Vigón forma parte del grupo de militares que componen el núcleo de poder de Franco en Salamanca. Allí, como representante del sector monárquico -y, en palabras de Hugh Thomas, germanófilo- de los sublevados, departe por las noches con Franco y otros oficiales sobre la marcha de la Guerra. Su prestigio es tal que se llega a decir que, a finales del invierno de 1937, convence a Franco de que abandone su obsesión por apoderarse de Madrid y se centre en la conquista de las provincias cantábricas.

En marzo de 1937 toma parte en la campaña del Norte, codo con codo con el general Mola, quien le nombra jefe de Estado Mayor de su Ejército. La admiración de Mola por Vigón le lleva a calificarle como "la luz de mis ojos, mis pies, mis manos, mi masa encefálica". Algunos historiadores, como Manuel Tuñón de Lara, defienden que es Vigón el inspirador del bombardeo aéreo de Guernica, aunque otros autores, como Thomas, lo consideran ideado por los alemanes. Sea como fuere, consigue varias victorias en las ofensivas sobre Vizcaya, Santander y Asturias, dirigiendo a la agrupación de Brigadas Navarras, que le valen el ascenso a general. Una vez liquidado el frente cantábrico, participa, siempre con el Ejército del Norte, en las batallas de Teruel y el Alfambra. Tras ellas, llega su mencionada intervención en la Batalla del Ebro, para, ya en la última fase de la Guerra, intervenir en la campaña de Cataluña, en la que concluyen sus acciones bélicas.

Después del final de la Guerra, es nombrado jefe del Alto Estado Mayor. En 1940, sustituye al general Juan Yagüe como ministro del Aire. Al frente de este Ministerio, inicia los estudios sobre energía nuclear en España y funda el Centro de Energía Nuclear en Madrid. Desde su posición de consejero permanente de Franco, se preocupa de impulsar la investigación científica en España. Llega a ser director de la Escuela Superior del Ejército, presidente de la Junta de Investigaciones Nucleares y vicepresidente del Consejo de Economía Nacional.

Juan Vigón es reconocido durante la posguerra como una de las figuras más sobresalientes del nuevo Régimen. Junto a su prestigio militar, es uno de los primeros dirigentes franquistas que destacan por su labor técnica y científica. El punto culminante de su reconocimiento llega cuando es elegido miembro numerario de la Real Academia Española de Ciencias. Muere en 1955, a los 75 años, y es enterrado en Asturias, en su villa natal de Colunga.

viernes, 10 de enero de 2014

Delgado Serrano (1887-1967)

Militar africanista, su nombre queda unido a la historia del alzamiento nacional al sublevarse, junto a la unidad que dirige, el 17 de julio de 1936 en Marruecos y por lograr importantes hazañas en la Batalla del Ebro

El 6 de agosto de 1938, cuando la resistencia republicana hace peligrar el avance nacional hacía el norte, las fuerzas comandadas por Delgado Serrano atacan y liquidan al contingente republicano situado entre los municipios de Mequinenza y Fayón (Zaragoza), rompiendo así el tapón a que está siendo sometido el Ejército nacional. Aquel éxito le lleva a ser felicitado personalmente por Franco.

Como muchos de sus compañeros de armas, desde muy joven el futuro teniente general nacional Francisco Delgado Serrano (1887) se sintió atraído por la vida castrense. Es por ello por lo que ingresa con el límite mínimo de edad en la Academia Militar destacando rápidamente por su rendimiento académico. Con tan sólo 18 años de edad se licencia, y con la estrella de alférez en el hombro comienza a prestar servicio en el Ejército, África es su primer destino, pasando a formar parte de las fuerzas de choque que participan en las distintas campañas de Marruecos. Allí, según han coincidido en señalar diversos autores, Francisco Delgado Serrano pronto da constancia de su arrojo, preparación técnica y capacidad de liderazgo -dotes que le acompañarán a lo largo de toda su carrera- siempre en primera línea de combate.

Precisamente, esas virtudes son las que le permiten ser distinguido y galardonado en numerosas ocasiones por el alto mando militar y, tras los ascensos reglamentarios, obtener el grado de comandante por méritos de guerra.

Cuando estalla el alzamiento, el 17 de julio de 1936, Delgado Serrano, destinado en Marruecos, ostenta el rango de teniente coronel, con antigüedad desde julio de 1934, y es el jefe del Grupo de Regulares de Alhucemas.

Su privilegiada posición en la colonia marroquí y su identificación con los preceptos que defienden los sublevados le sitúan como uno de los promotores secundarios del golpe de Estado. De acuerdo con esos principios, Delgado Serrano se alza como jefe del grupo al que pertenece, la primera unidad que se subleva durante la noche del 16 al 17 de julio de 1936.

Este movimiento de fuerza significa la cristalización de las numerosas reuniones conspiratorias, decisiones aisladas y tanteos que marcaron la agenda de los militares insatisfechos con la gestión del Gobierno republicano.

De este modo, Francisco Delgado Serrano queda unido para siempre a la historia del primer acto del alzamiento y al nombre de los militares que toman partido en el mismo, que son, el entonces comandante Ríos Capapé, cabecilla de la marcha sobre Villa Sanjurjo, del Batallón número 5 de los regulares de Alhucemas; el comandante marroquí Mohamed Ben Mizziam, responsable de la unidad de regulares de Alhucemas; el coronel Fernando Barrón, al frente de los regulares de Melilla, y el comandante Luis Carbonell, a cuyas órdenes se encontraban los legionarios de la 1ª Bandera.

Tras su papel protagonista jugado en el norte de África, Delgado Serrano salta a la Península y su participación es relevante en la marcha sobre Madrid tras ser nombrado jefe de la 3ª Agrupación de la Columna de Yagüe. Así, saliendo desde Sevilla, controlada desde los primeros días del conflicto por Queipo de Llano, avanza junto a sus tropas hasta situarse a pocos kilómetros de Madrid, en concreto, en las estribaciones de la Ciudad Universitaria.

Una vez generalizado el avance de las fuerzas del sur, y después de que las tropas nacionales consumaran la conquista de Talavera de la Reina (Ávila), Franco ordena a Delgado Serrano llevar a cabo, como parte de la estrategia de envolvimiento de Madrid, el enlace de su agrupación con las fuerzas de Mola, situadas en la provincia de Ávila.

Al mismo tiempo que la base de operaciones para atacar Madrid se establece en Talavera, el ya coronel Delgado Serrano, cumpliendo con la orden de Franco, se dirige al norte para entrar en contacto con las tropas de Mola, compuestas por una fuerza de Caballería que viene de Ávila y se encuentra a las órdenes del coronel Monasterio.

El 8 de septiembre de 1936, las tropas de regulares y los legionarios de Delgado Serrano consuman la misión en la villa abulense de Arenas de San Pedro, al pie de la sierra de Gredos, privando a la República de una importante porción de sus dominios occidentales. A continuación, según señala el historiador británico Hugh Thomas, se procede a la pacificación del área recién conquistada con la "crueldad habitual" del Ejército franquista.

En octubre de ese mismo año, Delgado Serrano comanda junto a los coroneles Carlos Asensio, Heli Rolando de Telia, Antonio Castejón y Fernando Barrón, el Ejército de África, que consta de unos 10.000 hombres. Junto a sus compañeros, se ordena a Delgado Serrano efectuar el asalto final a Madrid con la ayuda de 10.000 falangistas, requetés y soldados regulares, dirigidos todos ellos por el general Luis Valdés Cabanillas, que ocupará en noviembre de ese mismo año la Gobernación General de la Junta Técnica del Estado.

Es en esa acción donde, en uno de los combates que se suceden durante el avance hacia Madrid, el coronel es alcanzado por el enemigo al intentar cruzar el río Manzanares.

A finales de 1937, una vez restablecido de sus heridas y tras haber sido habilitado para general por méritos de guerra, Delgado Serrano es destinado al mando de la 82ª División. Como máximo responsable de la misma, toma partido en diversas operaciones en la zona de Aragón, encontrándose en el sector de Teruel cuando el Ejército Popular endurece su resistencia tras la llegada de las tropas nacionales al Mediterráneo, el 15 de abril de 1938.

Es entonces cuando Franco decide atacar a los republicanos por el Maestrazgo con las divisiones de Sánchez González, García Escámez y Delgado Serrano. Después, y a pesar de la dureza de aquel enfrentamiento, participará en la Batalla del Ebro. Es entonces donde, según reconocen varios autores, el militar vive el momento más brillante de su carrera. La hazaña tiene lugar el 6 de agosto de 1938, cuando logra romper el tapón a que está siendo sometido el Ejército nacional en el sector del Ebro.

Una vez finalizada la Guerra, Delgado Serrano continuará sirviendo en el Ejército, consiguiendo el rango de general de División en 1943. Siete años más tarde, promociona a teniente general.

En 1967, Francisco Delgado Serrano fallece en el hospital militar Generalísimo Franco de Madrid. Poseedor de la Cruz Laureada de San Fernando, durante su larga carrera obtuvo otros títulos al mérito militar, como el de Caballero de la Legión de Honor Francesa o el de Comendador de la Corona de Italia.

jueves, 9 de enero de 2014

Camilo Alonso Vega (1889-1971)

Artífice de la división que sufre la República -en abril de 1938- tras la llegada de los nacionales al Mediterráneo, a finales de julio su nombre vuelve a brillar al contener la ofensiva republicana en la localidad catalana de Gandesa

El 28 de julio de 1938, la 43 División de Navarra se apunta uno de los éxitos más sonados del Ejército nacional durante la Guerra Civil: a las órdenes del coronel Camilo Alonso Vega, logra detener la ofensiva republicana en la localidad catalana de Gandesa (Tarragona). La hazaña es, sin embargo, tan sólo un mérito más en la brillante hoja de servicios de don Camilo de cara a Franco, ganada a pulso en Álava, Bilbao, Santander y Brunete. Eso sin contar con una imagen que quedará para la posteridad: la de sus hombres -eufóricos- arrojándose al Mediterráneo en la localidad castellonense de Vinaroz; mientras él -solemne- se santigua con la mano mojada en agua salada. Aquel día, el 15 de abril de 1938, la 4ª División de Navarra acababa de dividir en dos a la zona republicana. El final de la Guerra era sólo cuestión de tiempo, o por lo menos, eso era lo que se pensaba. Sí su hoja de servicios ya anticipa las altas responsabilidades a las que está llamado don Camilo, su trayectoria personal y profesional hasta la fecha así lo confirman.

Natural de Ferrol (La Corura), como Franco, y apenas tres años mayor que él, Camilo Alonso Vega (1889) fue su compañero desde los tiempos de la Academia de Infantería de Toledo, cuando Franco era Franquito y a él nadie le llamaba Camulo todavía. Con notas sensiblemente más brillantes que las de su compañero, Alonso Vega alcanza el grado de subteniente en 1910. Como Franco, arde en deseos de entrar en combate en Marruecos, y junto a él marcha a África, donde acumula méritos para el ascenso a la vez que observa de reojo la vida política española.

Aunque sin alcanzar aún el generalato, el nombre de Alonso Vega comienza ya a resultar familiar pera los españoles; más aún cuando estalla la Revolución de Octubre de 1934 (Asturias) y don Camilo, desde el cuartel de Santa Clara, se une a la lucha para sofocarla. El premio le llega bajo la forma de dos estrellas, ascendiéndole a teniente coronel.

El día del alzamiento, Alonso Vega se encuentra en Vitoria, al frente del Batallón de Montaña Flandes. Convertir la ciudad en territorio sublevado no le resulta una tarea demasiado complicada; a partir de entonces, al frente de la 4ª División de Navarra, Alonso Vega se hace casi omnipresente en la Campaña del Norte, primero, y después en dos de las más importantes batallas, la de Brunete donde le servían como refuerzo- y la del Ebro. En la recta final de la Guerra, entra triunfante con sus hombres en Murcia, una vez demostrada su inquebrantable lealtad a Franco, sólo le queda esperar a que éste le asigne el papel que representará en el nuevo Régimen.

Miembro del Consejo Nacional de FET de las JONS desde diciembre de 1937, es designado por Franco para ponerse al frente de la Guardia Civil. Según diversos autores, fue el propio Alonso Vega quien hizo desistir al Generalísimo de la idea de disolver el cuerpo, debido a la adhesión de un buen porcentaje de miembros de la Benemérita al Gobierno republicano tras la sublevacón. Consciente de que posee cierta capacidad de influencia sobre Franco, Alonso Vega acepta de buena gana la nueva tarea que le encomiendan, durante los 12 años que permanece al frente de la Guardia Civil, de 1943 a 1955, toma una serie de iniciativas para militarizar el cuerpo de arriba a abajo.

La historiadora María Encarna Nicolás Marín apunta que "durante su mandato fueron expulsados 4.995 guardias, de los cuales 53 eran brigadas, 50 sargentos y 379 cabos". A esta purga se une la llegada de jefes y oficiales del Ejército de probada lealtad al Régimen, a quienes puso al frente de los tercios y de algunas brigadas inferiores.

La etapa de Alonso Vega en la Guardia Civil se recuerda también por la puesta en marcha de la Academia
Especial de Cuerpo, institución que ha permanecido hasta hoy, pero, sobre todo, por la contundencia con que organizó la represión del maquis, la guerrilla antifranquista.

El 25 de febrero de 1957, cuando Franco forma un nuevo Gobierno, elige a Camilo Alonso Vega para ocupar el Ministerio de la Gobernación. Según varias versiones, éste no sólo era "el único militar que se permitía tutear al Caudillo", sino que, en aquellas vísperas de revueltas sociales por el Plan de Estabilización Económica, su elección respondía a su "probada eficacia como represor". El propío Caudillo llega a decir de Alonso Vega que es "demasiado duro". Sus detractores le rebautizaron como Camulo y él, entre­tanto, aplicó su receta -"gobernar es cas­tigar"- preocupándose más de la posible publicidad de sus acciones que de los motes que le colgaran sus detractores. El gremio periodístico nunca gozó de su simpatía. El escritor José Luis Morales cuenta que "a él no le preocupaban las huelgas en las fábricas, las manifestaciones en la calle o la revuelta estudiantil, sino que saliera en los periódicos: para luego seguir señalando que cuando una información, por lo que fuera, no podía ser utilizada a favor del Régimen, la solución no era cerrar los periódicos, sino fusilar a los periodistas".

Su aversión a la prensa le valió, incluso, un encontronazo con Manuel Fraga Iribarne, poco después de que éste impulsara la Ley de Prensa de 1966. El propio Fraga cuenta en sus memorias una con­versación "molesta con el ministro de la Gobernación, que quiere parar el asunto de la prensa, porque hay amenazas de huelga médica. Le recuerdo que hay una ley de Prensa: el viejo general no puede contenerse y me grita: '¡Me cago en la ley!'".

Camilo Alonso Vega permanece al fren­te del Ministerio de la Gobernación duran­te 12 años, ocho meses y dos días. Tiene ocasión de utilizar, una vez más su ascendencia sobre Franco en una cuestión de capital importancia: la de la pervivencia del fran­quismo cuando desaparezca el Caudillo. Desde finales de los 50, Alonso Vega ha estado presionando al jefe del Estado para que concretara cuanto antes los términos en que debía de reali­zarse la sucesión. En 1961, cuando Franco sufre un accidente durante una jornada de caza -una escopeta le explotó en la mano-, y hubo de dejar en manos de Alonso Vega los asuntos internos mientras era intervenido, no se olvida de recordarle que debía anunciar a los españoles quién sería su sucesor. Y cuando cumple los 80 años, en 1969, Alonso Vega vuelve a la carga. Esta vez su persuasión tiene efecto y, pocos días después, Franco anuncia que Juán Carlos le sucedería al frente del Estado a título de rey.

Ese mismo año, coincidiendo con el fin de su carrera, es ascendido a capitán general, dignidad que sólo ha sido alcanzada en vida por el propio Franco y por Agustín Muñoz Grandes. La muerte le llegaría poco después, en Madrid, en 1971.

miércoles, 8 de enero de 2014

Domiciano Leal (¿? -1938)

Da nombre a un batallón del Quinto Regimiento y a un periódico miliciano del Frente de Madrid, pero es durante este mes cuando alcanza su máximo protagonismo tras sustituir a "el Campesino" al frente de la 46ª División

La muerte sorprendió a Domiciano Leal Sargentes el 23 de septiembre de 1938 en su momento de mayor gloria militar a orillas del Ebro, y en fechas de gran incertidumbre para el Gobierno de la República, más allá del devenir de la lucha en las peladas colinas tarraconenses. Mayor de milicias, combatiente voluntario y miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas, hacía dos meses exactos que sustituía en el mando de la 46ª División a Valentín González, el Campesino, de baja por enfermedad.

Aquel día, Leal había llegado al frente de su división hasta la Venta de Camposines, entre Corbera y Mora de Ebro, para relevar a la 35ª Brigada. La escena en que una bala alcanza a Leal está recogida en La Batalla del Ebro, de Javier Reverte, en una de las escasas referencias bibliográficas sobre su persona: "Juan Modesto, Merino, Leal y el teniente coronel Márquez se sientan en el ángulo de una zanja, en la contrapendiente de la cota 361 de la sierra de Lavall de la Torre -que una semana después caería en manos de las divisiones navarras del bando fascista- Leal está entre Merino y Modesto, las cabezas de los tres casi tocándose mientras analizan un mapa de la zona. Los aviones enemigos sueltan cargas sin descanso. Leal, sin un grito, cae sobre el mapa. Modesto y Merino se dan cuenta de que está muerto. Un casco de metralla le ha destrozado le espalda".

El fallecimiento de Domiciano Leal, que a lo largo de 1938 mandó a 10ª Brigada, marcó también la muerte militar de el Campesino, que no volvió a ejercer el mande de las tropas, tal y como relata el historiador Salas Larrazábal, quien duda de la veracidad de la enfermedad que llevó a Leal a relevarle. Hay constancia del recelo que el Campesino despertaba en Líster, a frente del 5º Cuerpo de Ejército al que pertenecía la 46ª División, a quien peso la muerte de Leal y quien, meses antes, durante la fallida defensa de Teruel, había tachado a el Campesino de cobarde y traidor. De hecho, desde caída de Lérida, de la que también tuvieron que retirarse, y hasta el episodio de la sierra de Lavall de la Torre, las fuerzas de Valentín González apenas tuvieron ocasión de entrar en combate.

Seguir a pista del mayor Dimiciano Leal es viajar en el tiempo desde las aguas del Ebro hasta las calles de Madrid en los primeros meses de la Guerra. El enemigo se abalanzaba sobre la capital y todos los partidos y sindicatos del Frente Popular se preparaban para repeler la agresión. Entre los barrios de La Guindalera y Prosperidad, las Juventudes Socialistas habían abierto una lista de reclutamiento de voluntarios. La milicia resultante, una de las 48 que se crearon en la zona centro, recibió el nombre de Batallón Leal, en honor a Domiciano Leal, que, según el historiador Michael Alpert, contó con 505 integrantes y se apostó en el frente de Guadarrama. A las pocas semanas de su formación, el 20 de noviembre de 1936, la milicia comenzó a editar el boletín Victoria, con el subtítulo "Boletín del Batallón Leal, Qinto Regimiento", una hoja mecanografiada que nace en el momento clave de la defensa de la capital en el número 99 de la calle de Cartagena con destino al Frente de la Sierra: "Nuestro boletín del batallón, que saldrá semanalmente, tiene que ser portavoz del pensamiento de todos los milicianos de nuestro glorioso Batallón Leal. (...) El boletín pide la colaboración de los mandos militares del batallón, que necesita que en sus páginas se vea el pensamiento técnico de nuestors jefes militares, para lo cual se les invita a que secunden nuestra petición y así se verá que el Batallón Leal existe, el frente único de pensamiento y una bondad entre jefe y milicianos". 

En diciembre, los batallones reciben la orden del presidente Francisco Largo Caballero de convertirse en unidades numeradas del Ejército Popular. Es posiblemente durante este mes, según Mirta Núñez, cuando aparece un nuevo boletín, Leal, con el subtitulo de "Boletín del Tercer Batallón, 29ª Brigada", donde quedó integrado el batallón liderado por Domiciano Leal, y en el que apenas hay referencias a adhesiones políticas. El boletín se publicó al menos hasta el verano de 1937 y en él colaboraron numerosos soldados y delegados políticos. Además, incluyó un consultorio en el que, como recoge Núñez, cuando el hambre apareció en el frente expuso dudas como: "¿Es peligroso comer las ratas que se puedan cazar? Peligrosísimo. Las ratas son vehículos de gran número de enfermedades contagiosas"; así como consignas del estilo de: "No juegues a las cartas: las cartas te hacen pensar, camarada. y tu inteligencia se malgasta inútilmente».

A raíz de la disolución del Quinto Regimiento en enero de 1937, Domiciano Leal no siguió los pasos de otros líderes milicianos como Líster, Modesto, Durán, Tagüeña y el mismo Campesino, ascendidos a jefes de división. Este reconocimiento sin duda hubiera llegado a finales de septiembre de ese mismo año, momento en que 13 mayores de milicias obtuvieron ese rango. A titulo póstuno, Leal fue propuesto para la placa laureada por sus méritos durante la Batalla del río Ebro.

Si Alpert esté en lo cierto, el Campesino y Leal coincidieron a partir de enero de 1938 en la 10ª Brigada Mixta, ya como mayor de milicias, posiblemente en sustitución del mayor cubano Policarpo Candón, muerto ese mes durante el asalto a Las Celadas, durante la Batalla de Alfambra. En dicha brigada, Leal compartió trinchera con el periodista también cubano Pablo de la Torriente Brau, que había viajado a Madrid en los primeros meses de la contienda como corresponsal de guerra y más tarde sería nombrado comisario político de las milicias.

A finales del invierno, el Campesino quedó encargado de la defensa de Teruel, siendo la 10ª Brigada una de las últimas fuerzas republicanas en abandonar la ciudad bajo el asedio del bando rebelde. En marzo participó en la inútil defensa de Lérida, guardando el frente pirenaico en torno a Balaguer hasta los preparativos de la Batalla del Ebro. Desde Pinell, la brigada avanzó en dirección Tortosa hacia Prat del Compte y el río Canaleta hasta la Venta de Camposines, donde Domiciano Leal es alcanzado por la aviación nacional.

En Barcelona, cuatro días después de su muerte, el diario Treball relata el entierro del miliciano "jefe interino de una división" el domingo anterior, 25 de septiembre, el mismo día que las Brigadas Internacionales se retiran del frente.

Encabezan la ceremonia fúnebre -que partió de la sede de UGT en la Avenida 14 de abril, número 430-muchísímos "militantes de la organización" y nada menos que el general Vicente Rojo y el presidente de la República, Juan Negrín. Esos días, el jefe del Gobierno de la República concentra su atención en Checoslovaquia, donde había estallado la crisis de los Sudetes, un suceso que pudo desencadenar el conflicto a escala europea y que terminó con el último pacto entre Berlín, Londres y París, el que para muchos fue la última oportunidad que tuvo la República para cambiar el rumbo de la Guerra Civil.