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jueves, 15 de enero de 2015

Unos desconocido disparan sus pistolas ametralladoras contra un grupo de falangistas

Resultan dos muertos, uno de ellos a causa de la impresión. Varios heridos. 

A las diez menos diez de la noche llegó a la calle Torrijos, frente al número 41, en el que hay establecido un bar titulado Roig, un automóvil desde el que se hicieron varios disparos de pistola ametralladora. A consecuencia de los tiros resultó muerto Miguel Arriola, de 19 años, que vivía en la calle Duque de Sexto, 22, principal. 

 Detalles del atentado Madrid

Según testigos presenciales del atentado de la calle de Torrijos, a la indicada hora llegó a aquel lugar un aumtóvil del que descendieron unos individuos que se dirigieron a los grupos e hicieron varios disparos contra unos jóvenes fascistas que se hallaban sentados en la terraza del bar. Poco después cayeron al suelo heridas varias personas y los agresores huyeron en automóvil. Algunas autoridades pretendieron seguirles, pero el coche desapareció rápidamente. 

Varios transeúntes recogieron a los heridos. Uno de ellos fue trasladado en automóvil de la Dirección de Seguridad por el agente conductor Angel Santo Domingo, a la Casa de Socorro de la Fuente del Berro. Los médicos de guardia no llegaron a intervenir, pues el joven había fallecido cuando fue puesto en la mesa de operaciones. Se llama Aquilino Fuster Iglesias, de 28 años, electricista, natural de El Molar, domiciliado en Guzman el Bueno, 45. No presentaba herida alguna y falleció, según los médicos a causa de la impresión recibida. 

También en esta Casa de Socorro fueron asistidos Josefina Izaguirre González, de 26 años, domiciliada en Torrijos, 50, que presenta una herida profunda en el tercer dedo del pie izquierdo, pronóstico leve, y su novio, el antiguo futbolista Félix Quesada Más, de 34 años, procurador, domiciliado en Lope de Rueda, 10, que presentaba una herida leve en la cabeza producida por un trozo de vidrio de una botella. 

En una clínica particular de la avenida de la Plaza de Toros fue asistido uno de los parroquianos del bar Roig que presentaba una herida leve. Pasó a su domicilio.

A la Casa de Socorro de Buenavista, sita en la calle de Castellón, fueron trasladados tres heridos: uno que falleció a poco de ingresar, se llama Miguel Arriola Cruz, de 19 años, estudiante, domiciliado en Duque de Sexto, 22, Según noticias particulares el muerto estaba afiliado a Falange Española. Los otros dos heridos fueron trasladados inmediatamente al Equipo Quirúrgico, al que uno de ellos llegó en estado desesperado y el otro con muy graves heridas.

Actúa el Juzgado 

Inmediatamente de tener noticias del suceso comenzó a actuar el Juzgado de Guardia, que era el número 13, Según la versión que ha dado del suceso la Policía, los agresores no emplearon para cometer el hecho automóvil alguno. Tres sujetos llegaron a la hora indicada a la terraza del bar y a quemarropa hicieron varios disparos contra el grupo de fascistas que se encontraban allí reunidos. Mientras estos tres desconocidos disparaban contra el grupo, otro individuos, desde la calle, hicieron también disparos contra el bar con la intención, indudablemente, no de herir a nadie, sino con objeto de preparar la retirada a los agresores. Cometida la agresión huyeron todos.


En periodo agónico Madrid

A la una de la madrugada uno de los heridos a consecuencia del atentado de la calle de Torrijos, que estaba en el Equipo Quirúrgico, entró en período agónico. Representa tener unos 26 años y por su aspecto parece se trata de un estudiante. En una cartera se le ocuparon numerosas tarjetas, todas ellas distintas. La Policía trata de averiguar la personalidad de este herido. 

El otro, que se halla en grave estado, es un barquillero que se encontraba en la terraza del bar. Representa tener unos 18 años y carece de documentación. Tiene una herida de arma de fuego en un costado. 

Fallece el herido Madrid

Ha fallecido en el Equipo Quirúrgico el joven herido en la calle de Torrijos, que entró en un período agónico a la una de la madrugada. 

Con este son tres los fallecidos en el suceso. 

El Día : diario de información defensor de los intereses de Alicante y su provincia Año XXII Número 6205 - 1936 julio 3

Visita la cronología: 2 de julio 1936

miércoles, 14 de enero de 2015

José Moscardó Ituarte (1878-1956)

Con 58 años y ostentando el cargo de Director de la Escuela de Educación Física de Toledo, se convierte en el héroe del asedio del Alcázar lo que le vale el ascenso a general y el paso a la historia de las epopeyas bélicas

Es el general Esquívias, marido de la única hija del general Moscardó, quien halla entre los papeles de su esposa unas cartas manuscritas dirigidas a su mujer, María Guzmán, entre el 25 de julio y el 21 de septiembre de 1936, Misivas que constituyen un relato apasionante de el asedio narradas por la pluma de su principal protagonista. En ellos se cuenta cómo tiene que hacerse fuerte el 22 de julio con sus tropas dentro del Alcázar de Toledo (entonces albergaba la Academia de Infantería) con numerosos miembros de la Guardia Civil, militares, falangistas, civiles y sus familias (en total 1900 personas de las que sólo 1100 eran combatientes). Este asedio dura 70 días (julio a septiembre de 1936) y resiste el asalto de aproximadamente 15000 milicianos, mucha hambre, dos grandes minas y continuos bombardeos desde el aire, todo ello hasta que el Alcázar es prácticamente demolido.

Los primeros días del sitio, el general escribe a su esposa: "Ya oiréis el bombardeo del Alcázar, con piezas de artillería de todos los calibres, aviación y además los carros blindados y tanques que han venido de Madrid: pues a pesar de todo eso, no pueden ni podrán tomar el Alcázar a viva fuerza; hace falta mucho corazón para asaltarlo con la clase de gente que hay dentro. Hay destrozos enormes, pero no han abierto más brecha que en la puerta principal, que después se ha tapado perfectamente. Pretenden que nos rindamos por hambre y desmoralización y no lo conseguirán, pues sacaremos víveres de debajo de las piedras y la moral está muy bien incluso entre las mujeres, pues saben si se rindieren la muerte que les cabría".

La vida de José Moscardó Ituarte (Madrid, 1878-1956) queda marcada por aquella experiencia en la fortaleza toledana y por el fusilamiento de su hijo Luis, amenazado de muerte durante el histórico asedio. A lo largo de la guerra y durante muchos años, se aceptó la historia de su asedio en la versión difundida por la historiografía franquista. Ésta afirma que, el 23 de julio, el jefe de las milicias republicanas encargado de comandar el asedio y el asalto a la fortaleza, había llamado por teléfono al coronel Moscardó, responsable de la plaza para decirle que, en caso de no rendirse, su hijo sería ejecutado.

Según se cuenta en ese relato, Moscardó le pidió entonces a su hijo que encomendara su alma a Dios y que muriera con valor. Y supuestamente, el coronel oyó por teléfono el disparo que acabo con la vida de su hijo. La historia puede resultar apócrifa por varias razones. En realidad, el hijo de Moscardó murió el 23 de agosto, y no por la supuesta amenaza hecha a su padre, ya que fue ejecutado junto a otros presos como represalia por un bombardeo de la aviación franquista.

Tras los combates por la defensa del Alcázar, el 28 de septiembre de 1936, las tropas franquistas del general Varela rompen el cerco del Ejército republicano sobre la periferia de Toledo y entran en la ciudad. A su paso, encuentran un panorama dantesco: los periodistas y otros testigos aseguran que había montones de cadáveres de milicianos y soldados franquistas apilados o flotando por el río.

"Sin novedad en el Alcázar", son sus primeras palabras a las tropas que en ese momento liberan la fortaleza. Al día siguiente aparece Franco, que es saludado por el coronel con estas palabras: "Mi general, le entrego el Alcázar destruido, pero el honor queda intacto".

Por la resistencia de sus soldados, recibe la Cruz Laureada de San Fernando en el Alcázar y es ascendido a general. Manda durante el resto de la contienda la división de Soria y en 1938 el Cuerpo del Ejército de Aragón.

Su existencia está ligada a las armas. Ingresa muy joven en la carrera militar, dentro del cuerpo de Infantería (1896). 

Concluidos sus estudios, presta alternativamente servicios en África y en la Península, que le sirven para ascender rápido en el escalafón jerárquico del Ejército. En 1897 se traslada a Filipinas, donde participa en las operaciones que se llevan a cabo en aquellas posiciones coloniales. Finalizadas las mismas, regresa a España.

En 1909 se produce la sublevación de las cabilas (tribus) del Rif, en Marruecos, que actúa como espoleta para el inicio de un nuevo conflicto bélico con el país vecino. Moscardó, junto a otros jóvenes oficiales que luego tendrán un protagonismo destacado en la Guerra Civil, se traslada hasta allí para participar con su unidad en varios enfrentamientos. La contienda termina con el convenio franco-español, firmado el 13 de junio de 1926, sobre el protectorado. Durante el conflicto, comanda con éxito el Regimiento de Voluntarlos del Serrallo.

El mando militar recompensa su trabajo en el cuerpo de Infantería ascendiéndolo a coronel en 1929 y nombrándolo director del Colegio de Huérfanos de Toledo. Sin embargo, se ve afectado negativamente por los decretos de reforma militar de Manuel Azaña al inicio de la Segunda República -en 1931- por lo que es degradado a su antiguo cargo de teniente coronel.

Con el triunfo de la derecha en las elecciones generales de 1933, la situación de los militares conocidos como "africanistas" mejora considerablemente. José Moscardó Ituarte, uno de los beneficiados de aquella victoria en las urnas, es nombrado en 1934 comandante militar de Toledo y repuesto, por antigüedad, en el cargo de coronel que ya había ostentado antes de la llegada de Azaña al poder.

En febrero de 1936, tras la mayoría del Frente Popular en las elecciones, se le nombra director de la Escuela de Educación Física de Toledo. Su misión es preparar al equipo olímpíco que representará a España en los Juegos de Berlín de 1936. Al proclamarse el estado de guerra (19 de julio) se encuentra ante la imposibilidad de controlar las calles de la ciudad en su totalidad y decide acuartelarse en el Alcázar tres días después con todo el material de guerra que puede reunir y todos los hombres disponibles.

El 29 de julio, describe la penosa situación de los defensores en su Diario: "De víveres y agua estamos bien, aunque el pan no puede hacerse porque se ha acabado la harina. Se sustituye por trigo tostado pues hay una gran cantidad, muchos miles de kilos para pienso del ganado. En vez de carne de vaca se come de caballo, que está magnífica y tenemos provisión por tiempo. No tomamos más que un solo plato y es bastante para sostenernos. Yo duermo en un colchón y me desnudo por las noches y tengo mi residencia en el despacho del coronel de la Academia, con Carvajal y Moreno Garrido, mis ayudantes y el Rubio, mi ordenanza de la escuela. Claro que no me he bañado desde el día que vinimos, ni tampoco afeitado"

Es ascendido a general por su resistencia durante el asedio, aunque, tras la contienda, alcanza el grado de general de división. En 1939, Francisco Franco, que confía ciegamente en él, le nombra también jefe de su casa militar. Más tarde, en 1941 sería nombrado jefe de milicias de FET y de las JONS. Ostenta, además, las capitanías generales de la 2ª y 4ª Regiones Militares españolas.

Durante el sitio crea un diario llamado El Alcázar que comienza a publicarse en ciclostyl dentro de la propia fortaleza sirviendo de improvisado boletín de noticias. Posteriormente se convertiría en un periódico madrileño que se publicó hasta la década de los ochenta.

Franco, además, decide que sea José Moscardó el representante del Ejército en una visita en 1941 al frente ruso, donde combate la División de Voluntarios Españoles (más conocida como División Azul) encuadrada en las tropas del III Reich que pretenden conquistar la Unión Soviética.

Su ideología política podría definirse como claramente afín a la de Franco, pero el 8 de septiembre de 1943, poniendo de manifiesto sus firmes convicciones monárquicas pide, en una carta remitida al dictador, la restauración de la casa de Borbón. Desde su puesto de mando como capitán general de la 4ª Región Militar tiene que hacer frente a los intentos de resistencia que lleva a cabo la guerrilla antifranquista en todo el Valle de Arán en 1944. El 9 de octubre, cerca de 12000 hombres armados, más conocidos como "maquis", cruzan la frontera francesa y se enfrentan a las tropas del general Moscardó, que vence a los milicianos y logra reducir la rebelión antes del mes de noviembre.

El seis de abril de 1946 se le confía la Región Militar de Andalucía, de la que es teniente general hasta el 26 de octubre del mismo año en que pasa a la situación de reserva. En 1948, Franco le concede el título de conde del Alcázar de Toledo.

En el momento de su muerte, Moscardó preside de la Delegación Nacional de Deportes junto con la del Comité Olímpico Español. Fallece en Madrid a los 78 años. Postumamente es ascendido a capitán general. 

miércoles, 7 de enero de 2015

El Conde Ciano (1903-1944)

Ministro de Asuntos Exteriores italiano durante la Guerra Civil española, su acérrima defensa del movimiento fascista e convierte en una de las figuras más relevantes del régimen instaurado por Mussolini en Italia

"Había en él algo repulsivo y algo atractivo. Eso le aseguraba detractores y admiradores convencidos", apunta el político e intelectual italiano Giuseppe Bottai en su diario, refiriéndose a Galeazzo Ciano. La opinión de Bottai, ministro de Cultura del régimen de Mussolini, resume perfectamente la naturaleza contradictoria del conde Ciano, titular de la cartera de Exteriores durante la Guerra Civil española. Con una alta confianza en sí mismo, el conde Ciano es una persona "arrogante e implacable" en la acción política. Fascista entusiasta y con un sentido político incierto, y a veces ingenuo, Ciano creyó ser el natural sucesor de Mussolini, quien siempre demostró sentir una cierta debilidad hacia él.

El conde de Cortellazzo (Livorno, 1903) título nobiliario que regenta, conduce la política exterior del régimen de Mussolini durante siete años, de 1936 a 1944, y deja en sus diarios un rico relato de aquel periodo, que si no ayudan demasiado en la interpretación histórica del mismo, seguramente son esenciales a la hora de comprender su personalidad e ideas.

La rápida y brillante carrera de Ciano en el Partido Fascista italiano no se debe sólo a su matrimonio con Edda Mussolini, hija del Duce. El yerno de Mussolini es un fascista de primera hora y siempre apoyó al movimiento, hasta el extremo de intentar salvarlo votando, en 1943, en favor de la orden Grandi, que proponía la destitución de Mussolini, para evitar el derrumbamiento del régimen fascista. Pero por su apoyo a Dino Grandi (presidente de la cámara de los fasci) un tribunal de la República de Saló -el Gobierno títere creado por tos alemanes en el norte de Italia tras la caída del régimen fascista- somete a Ciano a un juicio sumarísimo que termina con la condena a la pena de muerte.

Tras la ejecución del conde Ciano, su mujer logra pasar a Suiza y salvar parte de sus cuadernos, sobre todo los relativos al periodo 1939-1943, Los diarios desvelan la personalidad compleja y contradictoria que posee.

En los años en los que es ministro de Exteriores italiano, Ciano intenta mantener a Italia en la tradicional política de equilibrio entre Hitler y las democracias occidentales. El resultado es una política conducida por los acontecimientos, que lleva a Italia hacia las democracias hasta que Hitler no demuestra su fuerza y, viceversa, intentándola alejar de Alemania cuando la Segunda Guerra Mundial parece decidida en favor de los aliados.

Las muchas contradicciones de Ciano le llevan a criticar, por un lado, el intento de expansión alemana hacia el este y, por otro, a inspirar la invasión italiana de Grecia y Albania, a apoyar la intervención de su país en la Guerra Civil española, mientras en su diario escribe que Franco no puede ganar la Guerra porque "los verdaderos combatientes son los rojos", y a buscar la amistad de Hitler en público, mientras que, en privado, lo considera un "vulgar cabo prusiano".

En los años de la Guerra Civil, manifiesta más de una vez la voluntad de pedir al Duce la vuelta de los voluntarios italianos del Corpo Truppe Volontarie (CTV) -Cuerpo de Tropas Voluntarias-, porque "Franco no tiene el concepto sintético de la guerra. Conduce las operaciones como un magnífico comandante de batallón. Su objetivo es siempre el terreno, nunca los enemigos", dice. Respecto a la retirada de soldados, el 16 de abril de 1938, firma un pacto anglo-italiano con Lord Perth, embajador británico ante Mussolini, en el que garantiza la "evacuación proporcional de España de los voluntarios italianos". 

Pese a ello, cuando los nacionales logran un gran éxito en el campo de batalla, Ciano se muestra entusiasta por la intervención italiana en España, y no duda en afirmar que las victorias del bando franquista están marcadas por la presencia italiana. "La victoria en España lleva solamente el nombre de Mussolini, que ha dirigido la operación con valor, seguridad y fineza, hasta cuando los que ahora aplauden estaban en gran parte en contra suya", escribe el 26 de enero de 1939.

En 1943, cuando los ejércitos aliados desembarcan en el sur de Italia, ocupan la isla de Sicilia y la derrota italiana parece ya sólo una cuestión de tiempo, Ciano intenta junto con otros jerarcas desvincular el destino de su país y el régimen fascista del de la Alemania nazi. Es por ello criticado duramente por algunos compañeros de partido y por los alemanes, "Nadie puede acusarme de hostilidad hacia la política filo-alemana. La inauguré yo. Pero, me pregunto, ¿tenemos que considerar a Alemania una meta, o más bien un terreno de maniobra?", escribirá más tarde.

En febrero de 1943, Mussolini retoma las riendas del Ministerio de Exteriores y Ciano pide encargarse de la embajada Italiana en el Vaticano, "un lugar para descansar, pero que puede abrir muchas posibilidades para el futuro".

El 25 de julio, el Gran Consejo fascista, máximo órgano del Partido, vota el orden del día presentado por Dino Grandi destinado a restituir al rey Víctor Manuel III sus poderes políticos y militares. La propuesta de Grandi, escrita en colaboración con el mismo Ciano, es aprobada y significa la retirada de la confianza al Duce.

Tras intentar inútilmente viajar a España, Ciano y su familia se refugian en Alemania con la ayuda del servicio secreto nazi. Cuando en septiembre de 1943, Mussolini crea en el norte de Italia la efímera República Social de Saló, el conde Ciano es transferido a Verona y entregado a la policía fascista. Los alemanes y los jerarcas fieles a este Gobierno convencen a Mussolini de la necesidad de fusilar a su yerno y no aparentar debilidad contra ninguno de los traidores del 23 de julio.

Ni siquiera los intentos de Edda Ciano por rescatar a su marido, ofreciendo a cambio los diarios del conde que los alemanes buscaban por la posible repercusión propagandística que pudiera tener su publicación, tuvieron éxito. Tras un juicio sumarísimo, el yerno del Duce es condenado a muerte por traición y fusilado, sentado en una silla y de espaldas, el 11 de enero de 1944.

El primer ministro inglés, Winston Churchill, apuntó que el "desventurado" conde tuvo una muerte valiente que "contuvo todos los elementos de una tragedia del Renacimiento".

Las valoraciones de los políticos que se relacionaron con el ministro italiano son distintas, pero nunca positivas. Si el entonces embajador estadounidense en Londres, Joseph Kennedy, apuntó: "Nunca he conocido a un imbécil tan vano y pomposo", la opinión de Giuseppe Bottai es diferente. El responsable de cultura de Mussolini escribe que en Galeazzo Ciano sobresalía "una inteligencia rápida e intuitiva (...); una memoria sorprendente para los detalles, minucias y frivolidades, y una no menos sorprendente falta de memoria para lo esencial, las ideas y los sentimientos".

lunes, 29 de diciembre de 2014

Julián Zugazagoitia (1899-1940)

Titular de Gobernación en el primer Ejecutivo de Juan Negrín, su vida transcurre eclipsada por la figura de Indalecio Prieto, cesando en su cargo ministerial tras la destitución de éste en Defensa Nacional, en abril de 1938

El 6 de abril de 1938, en el Ministerio de Gobernación, el ex titular de la cartera, el vizcaíno Julián Zugazagoitia Mendieta, presenta al personal funcionario a su sucesor, Paulino Gómez, al que él mismo ha recomendado. Días antes, dimite de su cargo para salir del Gobierno junto a su amigo Indalecio Prieto, hasta entonces ministro de Defensa, a quien el presidente del Gobierno, Juan Negrín, ha incitado, a dimitir. Zugazagoitia intenta mediar entre ambos, pero la crisis en el Gobierno ya no tiene marcha atrás. Piensa que con su dimisión en la política podrá retomar su trabajo periodístico; sin embargo, en plena conversión con Gómez recibe una llamada de Negrín. El presidente le informa de que tiene pensado ocupar personalmente el puesto de Prieto, pero que el Ministerio de Defensa es de tales dimensiones que ha decidido contar con él, pidiéndole que acepte la Subsecretaría General de tal Ministerio.

En un principio, Zugazagoitia renuncia al cargo. Es un hombre fiel a la República dispuesto a aceptar cualquier otro cargo para el que estuviese capacitado, pero no se ve apto para afrontar tan alto mando rodeado de militares. "La obligación de dar órdenes me intimida" llega a comentar. A pesar de ello, y ante la insistencia de Negrín y Prieto, acepta.

Durante escasos meses, es el número dos del Ministerio, trabajando codo con codo junto al general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor Central del Ejército republicano. En ese periodo de tiempo aporta su punto de vista, dialogante y moderado, pero eso no es bien visto por numerosos compañeros del Partido Socialista.

A lo largo de toda su vida es un hombre comprometido con sus ideas, pero cuando comprueba que no puede aportar más, dimite, centrándose en su puesto en la Diputación Permanente de las Cortes.

Julián Zugazagoitia Mendieta nace en Bilbao, el 5 de febrero de 1899, en el seno de una familia obrera. Su padre, Fermín, metalúrgico de profesión, es uno de los miembros más destacados y concienciados dentro del recién creado Partido Socialista Obrero Español (1880). Con apenas 15 años, Zugazagoitia Ingresa en las Juventudes Socialistas de Bilbao, de las cuales en 1920 ya es su presidente. Allí tiene la ocasión de conocer a Tomás Meabe -fundador de las Juventudes Socialistas de España (JSE) en 1903- y Emilio Beni -director del semanario La lucha de clases-, dos de las personas que más le influencian en sus primeros pasos dentro de la política.

Zugazagoitia participa en la gran huelga de 1917, tras cuyos incidentes es detenido e ingresa varios días en prisión.

Gracias a Beni comienza a colaborar en su semanario, donde tiene su primer contacto con la que va a ser su profesión: el periodismo. Dotado de gran vocación intelectual, en 1920 comienza a trabajar en El Liberal, revista propiedad de Indalecio Prieto, amigo y mentor dentro de la política y el periodismo. Ya en 1921, pasa a dirigir La lucha de clases. Tres años después, escribe un artículo contra un médico bilbaíno en El Liberal por el cual es condenado a tres años de destierro. Esos años los aprovecha para escribir, viajar a Madrid y Barcelona y conocer el funcionamiento de las organizaciones obreras.

En 1925, conoce a Pablo Iglesias -fundador del PSOE-, del que termina escribiendo una biografía, titulada Una vida heroica. Un año antes, hace lo propio con su amigo Tomás Meabe, publicando Una vida anónima. En esos años, también escribe algunos libros de carácter social a los que imprime un fuerte componente humanista. Desde niño es un lector compulsivo y un gran conocedor de la literatura rusa. Todas estas influencias aparecen claramente reflejadas en dos de sus obras: El Botín (1929) y El Asalto (1930).

Antes del estallido de la Guerra Civil, Zugazagoitia vive su época dorada en el periodismo, que compagina con su actividad política. Durante estos años inicia colaboraciones en numerosas publicaciones, como Nueva España, Gaceta literaria y El Socialista, periódico de Madrid y órgano de expresión del PSOE unido históricamente al sector de Prieto -director interino del diario desde abril de 1932-, y en octubre, ya dentro del Congreso Nacional del PSOE, Zugazagoitia es nombrado oficialmente director del diario, puesto que ocupa hasta bien avanzada la Guerra Civil. En él se encarga de renovar todo el aparato mediático del partido, convirtiéndolo en una referencia dentro de la clase obrera y aumentando enormemente su tirada.

En las elecciones municipales de abril de 1931, que dan lugar a la proclamación de la República, es elegido concejal en Bilbao, y nombrado teniente de alcalde. Poco después, en las elecciones de junio, obtiene un acta de diputado por Badajoz. Sin embargo, su carrera política se ve frenada en 1933, ya que se presenta a las elecciones por Vizcaya y las listas del PSOE salen derrotadas. No obtiene lugar en el Parlamento durante el bienio radical cedista.

En esta etapa, sus editoriales reflejan fielmente la evolución del partido. Inicialmente la postura de defensa de la República es firme, para luego pasar a una desconfianza en el sistema y en el parlamentarismo, lo cual hace que se una a aquellos que tienen una visión más revolucionaria del socialismo. De este modo, en 1934, llama desde las páginas de El Socialista a la "revolución" en los días previos a la revuelta asturiana. Es detenido y procesado en un consejo de guerra por el delito de auxilio a la rebelión. Curiosamente, su auto de procesamiento desaparecería años después, pues algunos historiadores indicaron que el juez instructor al mando del caso fue el mismo que años después volvería a juzgarle.

Tras permanecer casi dos años en prisión, es liberado y vuelve a ser elegido diputado en las elecciones en las que el Frente Popular consigue la victoria, en febrero del 36. Son meses de gran tensión dentro del socialismo por las luchas internas que existen por el poder, reflejadas en sus medios impresos. Zugazagoitia también destaca en su denuncia contra los militares conspiradores y las tentaciones golpistas, con nombres incluidos, lo cual le hace ganarse más enemigos si cabe. Ese será otro de los factores que no le ayudarán en el juicio tras el conflicto, pues su nombre aparece en la lista negra de numerosos militares.

En su novela, Guerra y vicisitudes de los españoles, en la que narra los acontecimientos que se suceden entre 1936 y 1939 en España de una forma autobiográfica e imparcial pese a ser escrita a los pocos meses del fin de la contienda, escribe cómo tuvo noticia del alzamiento. Se encontraba en la redacción de El Socialista cuando Prieto llegó con las primeras noticias. Todos se miraron sabiendo que el momento que sospechaban había llegado "porque Prieto no podía mentir en algo así". Al día siguiente, redactó las octavillas que fueron lanzadas por encima de las tapias del cuartel de la Montaña, indicando a los que allí se habían rebelado las normas a seguir si se rendían. La promesa que hace a los sublevados, de que sí se rinden contarán con un juicio justo, hace que varios de sus camaradas lo acusen de blando.

En esos días, Zugazagoitia pasa por momentos personales duros al comprobar el clima de represión indiscriminada que se vive en Madrid. Así lo refleja en los editoriales. En sus escritos de agosto aboga por no imitar a los fascistas. "La conducta de los rebeldes no puede servirnos de ejemplo ni de disculpa. ¿Acaso no estamos en el deber de probar que somos distintos? El derecho a la victoria tenemos que conquistarlo no con palabras, sino con actos, y ninguno tan eficaz como el respeto de las vidas de nuestros rehenes y prisioneros", llega a manifestar.

En todo momento intenta imponer una actitud de concordia, pero se ve solo en muchos momentos, como en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, celebrado en Valencia en julio de 1937 y del que es uno de los promotores.

La crisis gubernamental de mayo, dos meses antes, le sorprende recorriendo el Frente del Norte, y a su llegada se entera de que Negrín ha sido el elegido para dirigir el nuevo Ejecutivo en vez de Prieto. Pero aún queda más sorprendido cuando descubre que él ha sido nombrado ministro de Gobernación. Según algunos autores, tiene que leerlo en varios periódicos para comprobar que no es una broma.

Dentro del Ministerio, centra su actividad en dos premisas básicas: por un lado, seguir las directrices que Prieto le marcó, lo cual le llevaría sólo a crearse problemas y enemigos; y por otra parte, intentar hacer política con sus valores de humanidad y sentido de la justicia. Para ello, durante sus 11 meses en el cargo se dedica a hacer centenares de intercambios de presos políticos. Su planteamiento es que, antes de que ambos bandos maten a cientos de encarcelados en una espiral de sangre y venganza, lo mejor es el cambio para evitar en la medida de lo posible el sufrimiento. Además, facilita a muchos personajes del franquismo salvoconductos para pasar a la zona sublevada, y negocia con diferente suerte el intercambio de presos como Fernández Cuesta, Sánchez Mazas y Wenceslao Fernández Flórez.

Su momento de mayor tensión es la destitución del director general de seguridad, Antonio Ortega Gutiérrez, alto cargo del PCE, que desempeña un importante papel en la detención y desaparición de Andreu Nin. Zugazagoitia ha estudiado los métodos de trabajo de la Gestapo, y sabe que sí la idea aireada por los comunistas de que Nin era un agente secreto hubiera sido real, la Gestapo, una vez detenido, en lugar de ayudarle a escapar habría acabado directamente con su vida para que no hablara. Ante la presión de los comunistas, Negrín no acepta el cese, por lo cual Zugazagoitia amenaza con dimitir. El presidente termina destituyendo a Ortega Gutiérrez.

Siguiendo las directrices de Indalecio Prieto, Zugazagoitia toma algunas decisiones polémicas que le hacen ganarse la enemistad de muchos socialistas, sobre todo de Largo Caballero y Julián Besteiro. Eso llevará a que su memoria sea ignorada en su partido durante varias décadas, pues desde 1943 a 1972 el PSOE está guiado por seguidores de ese sector al que él se ha enfrentado. En la lucha contra el grupo de Largo Caballero, al que los prietistas llaman los anarcosindicalistas, se pone del lado de su amigo y protector. En octubre de 1937, destituye a la dirección del sector caballerista de la Federación Socialista valenciana, además de cerrar sus periódicos, La correspondencia y Adelante. Asimismo, reconoce a la dirección de la UGT puesta por el partido, y prohibe el congreso extraordinario que Largo Caballero convoca para renovar la cúpula del sindicato. Sin embargo, su error más inexplicable es el de ordenar un férreo control policial contra el propio Largo Caballero. Todo esto, propagado por la prensa comunista, hace que los pocos apoyos que tiene se reduzcan y, ante la salida de Prieto del Gobierno en la crisis de la primavera del 38, termina dimitiendo de su puesto.

Pese a ello, y por sorpresa, es nombrado secretarlo general de Defensa, ya que sigue siendo un hombre de total confianza para el presidente Negrín. Tras unos meses en ese puesto, es elegido, junto a Prieto de nuevo, para formar parte de la Diputación Permanente de las Cortes. De esta forma, en los últimos meses del conflicto acompañará al resto de miembros del Gobierno y del Parlamento en su huida hasta Figueras, desde donde pasan a Francia una vez que son conscientes de que la Guerra Civil está perdida.

Durante pocos meses, continúa siendo parlamentario en el exilio hasta que decide trasladarse a París. Allí, es muy crítico con la actitud de los republicanos que residen en el país vecino, pues denuncia que nadie quiere ayudar al prójimo y que todos se limitan a pensar en sí mismos.

Estando en París, escribe su visión de la Guerra Civil, que en un principio se edita en Buenos Aires (1940) con el título Historia de la Guerra de España para ser reeditado años más tarde como Guerra y vicisitudes de los españoles. En su prefacio, Zugazagoitia escribe que "descuento que nadie me agradecerá la ausencia de recuerdos polémicos en sus páginas, aunque éste me parece su mérito, pero será su desgracia. No gustará a nadie. Es todavía temprano para permitirse el lujo de la imparcialidad".

Tras la ocupación nazi de París, es detenido por la Gestapo -el 27 de julio de 1940- y todos sus papeles son confiscados. Luego, es encarcelado y devuelto a España junto a otros líderes de izquierda en una campaña puesta en marcha por Falange Exterior Española.

Después de unos meses encerrado en una cárcel madrileña, es juzgado en un consejo sumarísimo, el 21 de octubre de 1940. Algunos autores indican que quienes le juzgan en 1940 habían formado parte del tribunal que hizo lo propio en 1934, y que su nombre estaba subrayado en la lista de numerosos militares por sus denuncias hechas en los meses previos a la Guerra, por lo que su muerte tiene un alto componente de venganza personal.

Julián Zugazagoitia es fusilado en la madrugada del 5 de noviembre de 1940, en la tapia de un cementerio de Madrid. Se termina así con la vida de, según lo han denominado muchos, una de las mejores plumas del periodismo español del siglo XX. 

viernes, 26 de diciembre de 2014

Kati Horna (1912-2000)

Reportera gráfica húngara, próxima al ideario republicano, pasa a engrosar la lista de fotógrafos que cubren el conflicto tras recibir un encargo de la CNT para realizar un álbum de instantáneas sobre la Guerra

"Con la Guerra de España nace la comunicación visual de los sucesos". Esta frase del periodista italiano Furio Colombo y otras similares se repiten, frecuentemente, para indicar que la Guerra Civil española fue el primer conflicto que conoció una amplia y moderna cobertura fotográfica. Ya habían sido fotografiadas diferentes guerras, desde las de Crimea y Secesión estadounidense a la Primera Guerra Mundial, pero en el conflicto del 36 se unieron diversos factores: el desarrollo de las cámaras ligeras, del fotoperiodismo de los años 20, y de las grandes revistas ilustradas, Todo esto permitió la configuración de una estructura de comunicación visual sin precedentes, de modo que se ha podido afirmar que, así como la de Vietnam fue la primera guerra televisiva, la Guerra Civil española fue la primera guerra fotográfica de la Historia,

Por otra parte, son muchos los fotógrafos nacionales y extranjeros que estuvieron presentes en el conflicto: desde Robert Capa y Gerda Taro, a David Seymour o Walter Reuter, entre otros muchos. En 1937, se suma un nombre más ala lista de reporteros gráficos: el de Kati Horna,

Esta fotógrafa de origen húngaro aterriza en España tras recibir un encargo del Comité de Propaganda exterior de la CNT para realizar un álbum fotográfico, Con este propósito y con su cámara bajo el brazo, se traslada a la Península y viaja por Aragón, Valencia y Cataluña. Sus instantáneas de la Guerra se centran en ofrecer información de lo que sucede en la vida cotidiana, tanto en el frente de batalla corno lo que ocurre en la retaguardia, Sus imágenes sirven de testimonio para conocer la vida de la población civil: el día a día de las mujeres en.los pueblos, la reconversión de las iglesias en improvisados almacenes, las ruinas que asolan las ciudades tras los bombardeos... Su objetivo se centra en la mirada humana, en su contacto con el desamparo y la miseria provocada por una guerra que está fraccionando un país ajeno, pero que ella siente como propio.

Katia Horna nace en 1912, en Hungría. A los 19 años se traslada a Alemanía, donde entra en contacto con la intelectualidad de izquierdas, a través del grupo del dramaturgo y poeta Bertolt Brecht. Su trabajo como fotógrafa viene marcado por el conocimienio de la obra de su compatriota el pintor Moholy-Nagy, que por entonces reside en Alemania, donde es profesor de la escuela Bauhaus; y sobre todo por el fotógrafo Jósef Pécsi, en cuyo taller de Budapest Horna trabaja en 1932. Pronto comienza su carrera como reportera gráfica: primero como ayudante de la agencia alemana Dephot (Deutsche Photodienst) y, tras su traslado a París, en 1933, colaborando para la agencia francesa Agence Photo. Allí publica dos de sus primeros trabajos: El mercado de las pulgas (1933) y Los cafés de París (1934). Precisamente, es en París donde Horna entra en contacto con un grupo surrealista francés, asistiendo a las reuniones que este gremio solía celebrar en el Café des fleurs.

Aunque nunca fue una militante política, su estancia en España se desarrolla próxima al ideario republicano, manteniendo un especial contacto con la CNT-FAI, De hecho, trabaja como reportera para diversas publicaciones anarquistas: Umbral y Tierra y libertad, fundamentalmente, además de otras como Libre Studio, Mujeres libres y Los paraguas, esta última registrada en la sede de la CNT en Barcelona.

A diferencia de-otros fotógrafos que trabajan en la Guerra Civil, Horna no da difusión internacional a sus imágenes, ni las integra en ninguna agencia. Sencillamente, al finalizar el conflicto reúne sus negativos -unos 270- en una caja de metal, que lleva consigo a Francia. Esta colección se dará a conocer en 1979, cuando se la vende al Ministerio de Cultura español, que la adquiere con fines de investigación. Actualmente se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Salamanca.

A través de su colaboración con la revista Umbral, en 1938 Horna conoce al que sería su marido, el pintor andaluz José Horna, que por entonces trabaja como dibujante del Estado Mayor de la República, para más tarde ingresar en el Ejército del Ebro y cubrir la retirada de civiles catalanes a tierras francesas a través de los Pirineos.

Finalizada ya la contienda, Kati y José Horna huyen a París y, desde allí, en octubre de 1939, emigran definitivamente al país que va a suponer su cenit como fotógrafa: México. Allí, mientras entra en contacto con surrealistas mexicanos, como Remedios Varo o Leonora Carrington, Horna continúa desarrollando su trabajo fotográfico como colaboradora de la revista Todo. Es en esta publicación donde expone su último trabajo realizado en París, en julio de 1939: Lo que va al cesto. El proyecto es una especie de premonición de lo que su autora piensa que pronto ocurrirá en Europa: todo tipo de objetos -libros, fotos, mapas, monedas, símbolos...- terminarán siendo barridos y alojados en el cesto de la basura, como pasará con la humanidad por el enfrentamiento bélico mundial. A partir de aquí, Horna desarrolla su carrera profesional rodeada de la cultura mexicana. Desde 1944 trabaja corno fotógrafa de la revista Nosotros, aunque sigue realizando reportajes, como Títeres en la penitenciaría o La Castañeda, ambos de 1945. En la revista de la Universidad de México, para la que colaborará de 1958 a 1964, realiza varios trabajos, entre los que destaca Los dulces de de la ciudad (1963). En 1958 pasa a dirigir el departamento de fotografía de la publicación Revista Mujeres. Desde 1962, colabora con los escritores mexicanos Salvador Elizondo y Juan García Ponce en la revista S.nob, donde publica varios cuentos visuales, como Oda a la necrofilia, Impromtu con arpa o Paraísos artificiales. También en esos años hace teatro, fundamentalmente como fotógrafa de las obras dirigidas por el director chileno de origen ruso Alejandro Jodorowsky: La sonata de los espectros (Strindberg, 1961), Penélope (Leonora Carrington, 1961) o La ópera del orden (Jodorowsky, 1962).

Gracias a su amistad con el polifacético Mathias Goeritz, director de la Escuela de Diseño en la Universidad Iberoamericana, Kati Horna pasa a impartir clases de fotografía (1958-1964), labor que continuará en la Escuela de Diseño y Artesanías (1965-1968) y más tarde en el Taller de Fotografía de la Antigua Academia de San Carlos, desde 1973 hasta su muerte. Kati Horna fallece en México en el año 2000.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Sagardía Ramos (1880-1962)

Militar retirado, acogido a la "Ley Azaña", vuelve a enrolarse en el Ejército tras una llamada del general Mola para sumarse al alzamiento al frente de una columna que más tarde sería acusada de la ejecución de 67 civiles

La figura del general Antonio Sagardía Ramos, no sería especialmente destacada si no fuera porque durante su trayectoria militar se dan cita dos hechos históricos relevantes: la supuesta represión que en abril de 1938 ejerció la columna que él capitaneaba -la 62ª División- en la localidad catalana de Sort (Pallars Sobirà), y su asistencia a la reunión celebrada en Berlín entre Ramón Serrano Suñer y miembros del Gobierno del Tercer Reich, en septiembre de 1940.

Antonio Sagardía Ramos nace el 5 de enero de 1880 en Zaragoza, en el seno de una familia de origen vasco-navarro. Comienza la carrera militar desde muy temprana edad, hasta que en febrero de 1921, a punto de cumplir los 42 años, es ascendido a coronel e irá promocionando en la escala de oficiales hasta llegar a general, aunque termina por acogerse a la Ley Azaña. Esta disposición legislativa admite el retiro, con el sueldo íntegro de todos los generales y oficiales que no quisiesen prestar juramento de fidelidad a la  Segunda República. De esta: forma, Sagardía Ramos se retira de la vida militar, trasladándose a tierras, francesas para disfrutar de su condición de civil. Estando en Francia, gozando de un periodo vacacional le sorprende la sublevación del 18 de julio de 1936, Allí recibe un aviso del general Mola para trasladarse a San Sebastián, con la misión de ponerse personalmente en contacto con las guarniciones que están a punto de sumarse al alzamiento nacional. 

"Inmediatamente, se hace cargo de un grupo de voluntarios y soldados para tomar parte en las operaciones de Tolosa y comenzar a organizar la columna, que pasearía su nombre por los frentes castellanos», se relata en el manual Crónica de la Guerra española.

Precisamente, es en los primeros meses del conflicto; cuando proliferan este tipo de columnas o unidades castrenses encabezadas por un alto mando del Ejército, en este caso por Sagardía Ramos: "Un hombre excepcional, con prestigio, se alza y reclama en torno a sí a un puñado de valientes (...). Abundan los adolescentes y hasta los ancianos. El grupo crece pero aún no alcanza dimensiones para formar una unidad compacta; por otra parte, la ausencia de material bélico adecuado impide estructurar en el terreno de la realidad a estos soldados como elementos de combate autónomos", describe el manual.

Sin embargo, tal como explica el profesor de Literatura Peninsular Contemporánea de la Universidad de Edimburgo, José Salval, las razones que motivan la aparición de las columnas militares en la zona republicana son muy distintas a las del lado nacional: "Los civiles se unían a las columnas militares semidesarmadas, no en busca de protección sino simplemente porque aquella era la única ruta para huir. Hostigados por aviones de caza enemigos a los que los soldados sin munición intentaban hacer frente, millares de personas huían del avance franquista, muchos de ellos para no volver más".

Sagardía Ramos se hace cargo de la 62ª División. Al frente de esta unidad, y al poco de comenzar la contienda, el veterano militar despliega todo un ejemplo dé valentía y constancia como la protagonizada en la localidad burgalesa de Lora; donde defiende una: extensión de unos 800 kilómetros con tan sólo 750 hombres a su cargo.

Otra localidad, Alcolea del Pinar, esta vez en Guadalajara, se cruza en el camino de las tropas capitaneadas por Sagardía Ramos, puesto que la denominada como Casa de Piedra sirve para albergar a la columna nacional en su avance hacia los Pirineos.

La Columna Sagardía, que es como se la conoce, "fue dejando de ser yunque para convertirse en martillo. Así pasó a conquistar Fuentes de Ebro y a lanzarse sobre Aragón", como se explica en la colección Crónica de la Guerra española. Desde allí, su ruta continuaría hasta el Pirineo catalán, concretamente hasta la comarca del Pallars Sobirà, situada al norte de Cataluña,

Según un artículo de M. Altamira, recogido por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica el 7 de agosto de 2005, "la represión que las tropas franquistas llevaron a cabo en 1938, bajo las órdenes del general Antonio Sagardía Ramos, fue muy dura. Se tiene conocimiento de la muerte sin  juicio de 67 personas. Son conocidos como los santos inocentes del 38. La mayoría de los fusilados no tenían ningún tipo de vinculación política. Entre ellos había mujeres, niños y ancianos".

Según la autora, "nada indicaba que la represión sería tan cruenta. En esta zona, las represalias ejercidas por la izquierda durante el período revolucionario (1936-37) fueron prácticamente inexistentes. Además, la 62ª División, comandada por Sagardía, no encontró apenas resistencia en su avance por el Pallars". Y concluye: "Los sublevados iban a buscar casa por casa a los que, según sus vecinos, habían apoyado al Gobierno republicano. En la mayoría de los casos, los denunciados eran padres de familia. Las envidias y los litigios entre los vecinos desempeñaron un papel capital en la revelación de los nombres; de los supuestos traidores. Se confeccionaron listas de rojos". 

Los éxitos logrados por Sagardía Ramos durante el conflicto son tales que Franco le asciende a general en plena Guerra Civil, y el 18 de julio de 1956 será condecorado con la Palma de Plata. Sin embargo, algunos autores afirman que hasta 1936 Antonio Sagardía Ramos "sólo se habla destacado en el Ejército como un militar teórico (...). Era un profesor enamorado de las Matemáticas y la Física, como correspondía a su condición de artillero".

Dionisio Ridruejo, en su libro Casi unas memorias, amplía la imagen del general más allá de su dimensión militar: "El general es un soldado de raza gruñón, ásperamente afectuoso, amante de su oficio y nada inclinado al de policía que, de momento, le ha tocado de refilón (en 1940, Antonio Sagardía es nombrado inspector general de la Policía Nacional). No es muy diplomático y su franqueza es, a veces, divertidamente abrupta". Ridruejo y el general se conocieron al coincidir en la visita que realiza Serrano Suñér a Berlín (1940) una vez comenzada la Segunda Guerra Mundial.

En esta reunión queda fijada la política exterior española de neutralidad en el conflicto mundial. La misión del militar fue, según relata Ridruejo, "tomar contacto con las organizaciones de prensa, propaganda y cine del Reich y con sus servicios militares y policíacos".

La expedición que se traslada a Berlín junto a Suñer vuelve a Madrid con la conciencia tranquila de que España no tomará parte de manera oficial en la Segunda Guerra Mundial.

El general de Artillería Antonio Sagardía Ramos fallece en 1962 a la edad de 82 años. 

lunes, 22 de diciembre de 2014

Miguel Hernández (1910-1942)

El entorno campesino y humilde de que procede y la experiencia de la Guerra marcarán toda la obra de este poeta autodidacta que se convierte en uno de los iconos intelectuales de la izquierda española

Acumula en treinta y un años de experiencia vital los sinsabores del trabajo en el campo, la impotencia de una economía exigua que le impide desarrollar a tiempo completo su ambición literaria, el desaliento ante la dureza de la vida que le arrebata de los brazos al hijo primogénito por desnutrición y un périplo de traslados carcelarios que desembocan en una muerte temprana.

Por encima de su obra poética y la faceta propagandística de su prosa miliciana, destaca el hombre que se forja a sí mismo. Un niño pastor, nacido el 30 de octubre de 1910, que quiere escapar a la ignorancia de su entorno humilde cuando comienza a aficionarse a la lectura a su paso por el Colegio de Santo Domingo, donde destaca, según algunos autores, por su extraordinaria receptividad y viveza. Las andanzas de don Quijote, los versos de Garcilaso y los héroes de Virgilio se entremezclan con los obligados paseos por los montes de su tierra natal de Orihuela en busca de pastos para un rebaño de cabras, único sustento familiar. Aunque los jesuítas - ante su talento y afán de superación- quieren financiarle una carrera superior, su padre le reclama para las tareas de labranza. Este freno a su formación académica define mucho mejor su lucha interna que el aparente desfase ideológico entre el catolicismo inicial, heredado de su paso por los jesuítas y reflejado en sus primeras publicaciones de teatro sacro y poesía religiosa en las revistas Voluntad (1930) y Gallo Crisis (1933) de la mano de su alter ego Ramón Sijé, y su posterior; militancia en el Partido Comunista, influido por las amistades, en plena madurez, de Alberti, Pablo Neruda y Vicente Aleixandre, cuando fija  residencia en Madrid.

La quemazón que le desgarra por dentro es la propia de cualquier autodidacta. La inseguridad subyacente de quien se adentra en la esfera intelectual con la ambición permanente de un neófito, pero con la continua sospecha de no merecer el acceso a ese universo culto por carecer de títulos o mentores. Ávido de conocimientos, no quiere renunciar a sus raíces campesinas. Es un poeta que padece el sufrimiento de la gente llana, describiendo carencias y necesidades que comparte, alejado -como diría Michel Foucault- de la posición del intelectual teórico que cae en la "indigna tarea de hablar por otros" sin darse cuenta de que "sólo quien acepta arriesgar su vida por hacer la revolución, merece hablar sobre ella". Cuando Hernández dice: "Me duele este niño hambriento como uno grandiosa espina, y su vivir ceniciento revuelve mi alma de encina./Le veo arar los rastrojos, y devorar un mendrugo, y preguntar con los ojos que por qué es carne de yugo", no sólo describe la explotación de los niños yunteros, sino que habla de su propia infancia, acortada bajo la responsabilidad adulta que conlleva la faena en el campos.

Conocer las penurias de la clase trabajadora en primera persona dota, a sus versos de un tono franco y sincero. En cambio, su prosa propagandística es de menor calado emocional y literario. El lenguaje de su discurso político está puesto al servicio de la divulgación de lemas asequibles a las masas para prevenirlas del fascismo y los "elementos extranjerizantes -Hitler y Mussolini- que quieren invadir España". Alguna de las cabeceras de prensa republicana donde colabora son: Al Ataque, Milicia Popular, Ayuda, La Voz del Combatiente, Acero, Frente Sur, Nuestra Bandera y Pasaremos.

Se alista voluntariamente en el Quinto Regimiento para cavar trincheras y enseguida pasa a ejercer la función de comisario de Cultura en el Batallón El Campesino. Un puesto, más de pensador que de soldado. Transmite conocimientos a los combatientes, los alfabetiza, proporciona consignas de guerra, charlas y recitales de intelectuales antifascistas. Cometido que le llevó a traspasar las fronteras y ver mundo, al emprender un viaje a Moscú, Leningrado y Kiev para asistir al 5º Festival de Teatro Ruso invitado por el Ministerio de Instrucción Pública en 1937. A la vuelta de ese viaje se encuentra con la grata noticia de la publicación de Viento del Pueblo y Teatro de Guerra. Rosario Sánchez Mora, una miliciana conocida con el sobrenombre de Chacha dice respecto a Miguel Hernández -en una entrevista concedida a María Gómez Patiño- que era un hombre de mucha integridad. "Trataba bien a todo el mundo. Era amable, cordial, sosegado, dulce y serio a la vez". En la época que le conoció era comisario de Cultura. "Divulgaba, era un gran divulgador. También iba al frente, pero como era comisario no tenía que ir a disparar. Daba mítines de cultura. Arengaba mucho a los soldados. Luego iba a las trincheras. Le inspiraba para escribir. No sé si por la proximidad de la muerte". Y añade: "Miguel no se manifestaba mucho como político. Nunca supe si perteneció al PCE", A pesar de la incógnita que abre el testimonio de Sánchez Mora respecto a la vinculación del lírico alicantino al Partido Comunista, con el tiempo, la tesis más aceptada es que su mujer, Josefina Manresa, destruyó su carné de afiliación, cuando Ramón Pérez Álvarez, viejo amigo oriolano y compañero de celda, se lo entrega a ella en 1946 en presencia de Elvira Hernández, cuatro años después de su muerte. El dramaturgo y dibujante Buero Vallejo, cuyo retrato de Miguel en la estancia compartida en el penal de Conde de Toreno se ha convertido en icono del poeta por encima de todo documento gráfico, nunca llega a hablar con él de su mllitancia, pero le parece "evidente" que Miguel pertenecía al PCE. Compromiso que, a la hora de definirse tras el alzamiento, le hace apostar por el bando republicano, en gran  medida, tras conocer la muerte de García Lorca a manos de la inquina en los primeros días de la Guerra. Aquello le conmociona hondamente: "Desde la ruina de sus huesos me empuja el crimen con él cometido por los que no han sido ni serán pueblo jamás, y es su sangre el llamamiento más imperioso y emocionante que siento y que me arrastra hacia la guerra".

Seis años más tarde compartirá la misma desdicha que su gran valedor, pues fue Lorca quien le promociona tras la publicación de su primer libro Perito en lunas, en enero de 1933. Cuando El rayo que no cesa impulsa su carrera definitivamente, se instaura el régimen franquista. Intenta huir a Portugal desde Sevilla en la primavera de 1939. Atraviesa el rio Chanza con la maleta en la cabeza y llega a Vila Verde de Ficalho. Allí las autoridades lusas lo interceptan y devuelven al indocumentado a la jurisdicción española, a Rosal de la Frontera, su primera cárcel. Le sueltan y decide regresar a casa. Decisión fatídica, pues una vez en Orihuela lo apresan en el Seminario y lo trasladan a Madrid.

En marzo de 1940 lo condenan a muerte, aunque luego le conmutan la pena por 30 años de prisión. Nerudá intenta ayudarle pero el trasiego de calabozos le provoca una tuberculosis que apaga su voz. No así su palabra: "Cierra las puertas / Echa la aldaba, carcelero. / Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma. / Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias: no le atarás el alma".

viernes, 19 de diciembre de 2014

Carrasco i Formiguera (1890-1938)

Político catalán con una dilatada carrera, participa en el Pacto de San Sebastían, en el Gobierno de la Generalitat presidido por Macià y en la defensa del Estatuto de Nuria, y acabará siendo fusilado por orden de Franco

Al grito de “¡Viva Cataluña libre!”  Manuel Carrasco i  Formiguera es ejecutado el 9 de abril de 1938, como respuesta de Franco a una noticia publica­da en L'Osservatore Romano donde el político catalán condena los bombardeos nacionales sobre la ciudad de Barcelona que, según el diario del Vaticano, han cau­sado la muerte a cientos de inocentes.

Un año antes, el 5 de marzo de 1937, cuando emprende su viaje de vuelta con su familia desde Francia en el vapor Galdanes, es apresado por el buque Canarias. Carrasco i Formiguera es enviado al penal de Burgos, mientras que su mujer y seis de sus ocho hijos que viajaban con él son trasladados a otras prisiones.

Doctor en Filosofía y Letras, nace en Barcelona en 1890. Es en la Ciudad Condal donde se especializa en Derecho Mercantil y llega, incluso, a impartir clase de esta materia en la Alta Escuela de Estudios Comerciales de la Mancomuni­dad de Cataluña. Tras unos años dedicado a la docencia, en 1928 publica una obra de divulgación llamada Normas del comerciante.

Ya como director del periódico L´estevet, semanario nacionalista con gran éxito entre la juventud catalana, se decreta su ingreso en la prisión de Burgos durante seis meses, tras el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera -13 de septiembre de 1923-. El motivo no es otro que la publicación de unas caricaturas contra la actuación militar española en Marruecos.

Posteriormente, Carrasco i Formiguera es confinado a una prisión en Tamarit de Llitera (Aragón), al negarse tanto él como sus compañeros de la Junta Jurídica catalana a dejar de editar la Guía Jurídica de Cataluña, para la que colabora.

Tras este periodo, sigue ejerciendo su lucha contra la Dictadura desde la clandestinidad, colaborando con publicaciones como Cataluña comercial, La Rambla de Cataluña y El Temps.

Pero si por algo destaca Carrasco i Formiguera es por su dilatada carrera política.

A los 30 años es elegido concejal del Ayuntamiento de Barcelona por la lista de la Lliga Regionalista. Militante desde su juventud en los movimientos catalanistas, se incorpora al partido Acción Catalana (1922), fundado por los políticos Rovira i Virgili y Nicolau d'Olwer, con una doctrina más progresista y radical que las Juventu­des de la Lliga, grupo del que se escinden.

Como portavoz de este partido, participa en agosto de 1930 en el Pacto de San Sebastián -acuerdo por el cual se consti­tuye un Comité revolucionario, presidido por Niceto Alcalá Zamora, que funcionaría como Gobierno provisional de la Segunda República-.

Cuando el 14 de abril de 1931 se pro­clama la República, pasa a formar parte del recién creado Gobierno catalán, cons­tituido por Francesc Macià, primero como consejero de Comunicaciones, y luego en Sanidad y Beneficencia.

Posteriormente, en julio de ese mismo año, es elegido diputado por la provincia de Gerona. Ya en Madrid, destaca por su defensa del Estatuto de Nuria (1931) -aprobado un año después por referéndum y donde se reconocía el derecho a la auto­determinación y al catalán como lengua oficial- así como por la especial atención que presta a la Iglesia católica y a distintas congregaciones religiosas.

Las diferencias con su partido, a raíz de la cuestión religiosa, le hacen abandonarlo e incorporarse a Unión Democrática de Cataluña, partido del que llega a ser uno de sus más relevantes dirigentes.

Tras el alzamiento nacional del 18 de julio de 1936, y el consiguiente golpe falli­do de Manuel Goded en Barcelona, Carrasco i Formiguera se mantiene fiel a la República y a la Generalitat. Consigue el cargo de asesor jurídico de la Consejería de Finanzas del Gobierno de Cataluña, y con el nombramiento de Tarradellas como coriseller en cap (septiembre de 1936), su actividad se intensifica. Según Josep M. Bricall, su papel como asesor es muy significativo, llegando incluso a acompañar a Tarradellas a París para redactar el contrato de compra de una fábrica que se instala en Cataluña,
Al considerar que su condición de cató­lico practicante puede llegar a ponerle en peligro, decide trasladarse a Bilbao como delegado del Gobierno catalán en el País Vasco, ya que es amenazado de muerte por los anarquistas desde el periódico Solidaridad Obrera.

Tras una primera estancia en Bilbao, de diciembre de 1936 a febrero del año si­guiente, regresa a Barcelona para dar al Gobierno cuenta de su misión, recibir nue­vas instrucciones y preparar el viaje con su familia.  Al llegar al aeropuerto del Prat, unos milicianos le reconocen y tiene que huir a Francia, donde días después se reúne con su mujer e hijos. Tras emprender el viaje de vuelta desde Bayona, son cap­turados por el buque Canarias, apostado en: las costas guipuzcoanas. Reconsideraron la opción de establecerle en Francia: Tarradellas, incapaz de garanti­zar su seguridad en España, le propuso instalarse en Perpignan o Toulouse para seguir trabajando para la Consejería, pero Carrasco declinó la oferta argumentando que “no quería vivir como tantos otros, entregado a la buena vida bajo el pretex­to de estar realizando importantes misio­nes para la República”. Su admiración por el pueblo vasco, sobre todo por su capaci­dad para impedir la persecución religiosa que tanto se sufría en Cataluña, fue lo que le llevó finalmente a aceptar la misión.

La importancia que Manuel Carrasco i Formiguera tiene para el bando sublevado, y en: especial para Franco, llega a enten­derse cuando se conoce que su familia es canjeada por la del general nacional López Pinto. Su sentencia de muerte se firma el día 28 de agosto de 1937, y la orden de cumplimiento el 8 de abril de 1938, y el sábado de Pascua, 9 de abril, es fusilado.

De nada le sirvió su catolicismo y su defensa de la Iglesia en las Cortes durante la II República Tampoco causaron el más mínimo efecto las peticiones de perdón por parte de numerosos eclesiásticos próximos al régimen de Franco.

Anteriormente se ha negociado con Mariano Ruiz Funes, embajador de la República en Bruselas, el canje de Carrasco i Formiguera por 10 ofi­ciales nacionales apresados. Pero cuando el ministro de Estado por entonces, el ex presidente José Giral, recibe esta propuesta por vía del embajador, Carrasco i Formiguera ya ha sido fusilado. Durante su estancia en prisión, tanto el Vaticano como una serie de grupos católicos luchan por impedir su ejecu­ción, pero es inevitable. Acompañado en sus últimos momentos por el jesuíta Ignacio Romaña, éste da cuenta de que Carrasco i Formiguera escribe a Lluís Companys para pedirle que bajo ningu­na circunstancia se tomen represalias por su muerte.