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martes, 7 de octubre de 2014

El camarada Raimundo Fernández Cuesta habla ante el cadáver de Gacía Morato

Pronto se verificó la desinfección del que fue teatro de tantas monstruosidades como fueron cometidas en el Palacio de Bellas Artes durante el dominio rojo. Ironía de las cosas. Todo, en ésta gran desgracia nacional de la muerte de García Morato es paradógico, todo se desarrolla con caracteres trágicamente irónicos. En el lugar que fue Cheka hoy yacían los restos de nuestra primera gloria del aire. Aquel que se jugó la vida en mil días trescientas mil veces, luchando contra el enemigo viene a caer para siempre en jornada de paz. Morato, que nunca sufrió accidente en el aire y siempre dominó su caballo de acero, remontándose al más alto de los planos atmosféricos., descendiendo a pocos palmos de la tierra, viene a estrellarse contra el suelo ante las mira das atónitas de sus subordinados, que se restregan los ojos no queriendo creer lo que ellos con templaban, que era sumamente alto imposible, y en su corazón algo insoportable. Ironía del destino. A media mañana, cuando las condiciones atmosféricas eran menos propicias Morato con su escuadrilla, voló sobre Madrid rozando los tejados, no midiendo el peligro, porque se sabía con fuerza para sortearlo, y a mediodía, cuando, ya en el campo carecía de objeto su estancia en el aire, eocontró la sorpresa de la fuerza bruta, el incidente imprevisible de un pistón que falla, un contacto que sé rompe, una palanca que no funciona a tiempo, y de allí pasó a los píes de Jesús crucificado, envuelto en la bandera de España, y en el banderín dé su escuadrilla heroica. 

Le veló tarde, noche y mañana impasible guardia de corte sus oficiales, los que por supremo honor en la vida tendrán siempre el haber sido mandados por el héroe que en el aire alcanzó la máxima gloria. Dos monjitas ponían con la albura de sus tocas la nota de luz que rompía él tono tétrico del cuadro. La maravilla del acero duerme, tranquilo, contrastando la palidez de su rostro con los vivos colores de los ramos; las monumentales coronas y las flores con que el pueblo que desfiló ante él le ha homenajeado. Hay en la frente del héroe algo simbólico. Una banda roja se destaca: un hilillo de sangre.

Mediada la mañana, un Prelado reza un responso. Luego desfilaron ante su cadáver los camaradas de la Legión Cóndor, híeráticos, pero con la emoción del dolor en los ojos. Y más tarde los aviadores legionarios, con flores de honor para el Caído, el Gobierno, representado por sus ministros Fernández Cuesta y Sainz Roedriguez. La.representación de Madrid con el Alcaide, luego con toda la oficialidad de la armada aérea que reencuentra en Madrid, con Kíndelán y Moreu, Abella y Galarza, Pepe Ribas, el que todos y el héroe llamábamos Satanás no puede contener sus sollozos. Sus amigos íntimos lloran en un rincón. Tocan su marcha las taimas de los Regulares Marroquíes. 

— Presenten, ¡Armas!

 Diez cachorros del león le llevan a hombros, sus piernas tiemblan, porque dentro del pecho se rompe su corazón -que nunca tembló- ante el enemigo y ahora son casi exhombres, traspasados de dolor al saber muerto al maestro amado. La voz de Raimundo Fernández Cuesta se alza solemne, vibrante: 

«En el cuerpo sangriento de la Patria queda abierta una nueva herida" que nos hace estremecernos de dolor. Las alas victoriosas de nuestra Aviación han perdido el más glorioso dé sus conductores. ¡Joaquín García Morato ya no existe!  Te fuiste para siempre, tú victorioso en cien combates, luchando contra los enemigos de la Patria, saliendo a su encuentro con valentía y con arrojo, sin flaquear nunca. Todo el cielo de España ha sido escenario de tus prodigiosas hazañas, tan prodigiosas que parecía, imposible tengamos delante de nosotros tu cuerpo roto y maltrecho. Es quizá para esto porfío que Dios te protegió durante la guerra y ha querido llevarte a su lado una vez terminada. Ante tu cadáver, con la frente inclinada por la pesadumbre del dolor, te expreso en nombre del Caudillo de España, de quien eras uno de sus mejores colaboradores, el homenaje de admiración y gratitud. Te traigo también la gratitud de España entera, reconocida por tus innumerables servicios, y él dolor de la Falange Española Tradicionalista y de las Jons como Consejero Nacional, cuyo Consejo Nacional tenía el orgullo de. contarte entre sus miembros. Caballero del aire, Caballero sin tacha y sin reproche, bravo entre los bravos, bueno entre los buenos, modesto y abnegado. ¡Camarada Joaquín García Morato! Por siempre y para, siempre: ¡Presente!

Y fue un rugido la respuesta ¡Presente! Por España luchaste y por España; supiste ser héroe, exclamó el que representaba al Caudillo. Píensen todos, sientan todos y se serenen los pechos y no irrumpan las lágrimas de dentro de los parpados y se aprieten los labios con coraje para ahogar suspiros de, condolencia. Y con el gesto rudo, forzado, erguida la frente, solemne la apostura, desfilan todos por última, vez ante él. Y todos le envidian porque vivió y murió por España. 

Camino de Málaga va su cuerpo. Camino del cielo su espíritu para gozar ahora en aquella otra gloria con que también soñó porqué era ejemplo, de virtudes cristianas, y su alma partirá en raudo vuelo y desde el cielo de España debe sonreír satisfecho porqué los legaba las enseñanzas de su ejemplo. ¡Qué bien sabrá volar desde hoy como un ángel en el lugar de los elegídos!

lunes, 6 de octubre de 2014

García Morato muere en un accidente de aviación

A mediodía del martes en el campo de aviación de Griñón, varios cineastas alemanes tomaban vistas de ejercicios realizados por nuestros aviadores, entre los cuales volaba el «as» de la aviación española, García Morato. Había ejecutado éste varios vuelos con su acostumbrada pericia, y después tomó el mando de un «rata». Al intentar despegar, el aparato dio una vuelta de campana, y el glorioso aviador quedó destrozado. 

El cadáver de García Morato fue trasladado a Madrid y ha quedado depositado en uno de los salones de la planta baja del Círculo de Bellas Artes, donde ha sido instalada la capilla ardiente. 

Inmediatamente, acudieron personas de la familia de García Morato, el general Kindelán y numerosos compañeros del insigne aviador. 

La noticia en Roma 

Ha producido general consternación en los círculos militares la muerte del famosísimo aviador español, señor García Morato, muy conocido por su extraordinaria experiencia, conocimiento y valor en los combates aéreos.

Han empezado a recibir se telegramas de pésame por la muerte del glorioso aviador comandante García Morato, que, de manera tan destacada, se distinguió en la guerra de liberación de España, figurando entre los firmantes altos dignatarios del Estado, del Ejército y del Movimiento. 

A última hora de la noche se autorizó el desfile del vecindario madrileño por la capilla ardiente, siendo enorme el número de personas que acudieron al «hall» de Bellas Artes para rendir el último homenaje al glorioso héroe do la Cruzada.

Los familiares de García Morato y el General Kindelán, que acudió a Madrid en el momento en que tuvo noticia del trágico accidente, recibieron los testimonios de pésame de toda España y, en particular del pueblo madrileño. 

Durante la mañana del miércoles, el desfile de los madrileños por la capilla ardiente ha constituido una imponente e ininterrumpida demostración de duelo de la capital de España por la muerte de su héroe predilecto. Despidió el cadáver, en nombre del Caudillo, el Secretario General del Movimiento y Ministro de Agricultura Raimundo Fernández Cuesta. Asistieron todas las autoridades madrileñas y un gentío enorme.

jueves, 2 de octubre de 2014

Profecía del Imperio Azul (Diario: Imperio, diario de la Falange de Zamora)

HABLARE POR EL 

Mi gran amigo, mi admirado amigo Tomás Borràs, una de las más valiosas plumas con que cuenta el 
«ABC». Hoy con solo su voz legítima de Sevilla, me dibujaba en el curso de 1934, en conversación sobre el papel que difundí por mis colaboraciones en América española, un precioso esquema de la España que empieza a amanecer.

Hablo por él, porque mi entrañable amigo no se halla entre nosotros. Confío que la providencia habrá custodiado su preciosa vida. 

España, como la palmera, renace entre sus cenizas 

En mi reciente artículo «España rota», pero España viva» lo he afirmado. Confío abierta y rotundamente en las reservas de España, que harán posible, pese a las pérdidas sufridas, la iniciación y seguridad de un nuevo Imperio. 

De sus mismas cenizas surge la palmera; y así España. El caso no será nuevo. Lo define Tomás Borrás, con su prosa, llena de valor y sustancia. 

¿Qué intelectual de 1800, sostendría que en España había energías raciales inéditas para arrancarse la 
decadencia, sostener una guerra como la de la Independencia y rehacerse entre los escombros de la mayor catástrofe imperial que se registra? Quien conozca la historia de los primeros Borbones en España y examine la situación del semicadáver denominado España al terminar el reinado de Carlos II, quedará estupefacto de que el territorio no haya sido repartido entre las potencias circundantes. 
Y, sin embargo, los tres millones de habitantes de Felipe V, son los veinticinco millones de nuestros 
días, además de los cinco millones que habitaban en América; la ruina total y quiebra de las finanzas 
españolas en aquel año -hasta el punto de no existir en realidad Hacienda- son los cinco millones del presupuesto actual, mas dos millones para Ayuntamientos y Diputaciones, y es el valor de la renta actual de la producción española, cifrado en más de doce mil millones de pesetas; cuando todo lo perdimos en América, en ese largo proceso que va de la sublevación de Riego a la firma del tratado de Paris, cuando sostenemos la dicha guerra con Napoleón, las guerras civiles, las americanas y coloniales y las de Marruecos; y ese destrozo hace exclamar a Salisbury que «España es una nación moribunda». A los pocos años adquirimos, por conquista, todo el Norte del África marroquí, y liquidado el proceso de descomposición de la monarquía, empezamos una etapa nueva. Esta es España a la muerte de Enrique IV, e inmediatamente después, (quizás en el mismo instante, por el poderoso genio de don Alvaro de Luna), prototipo de Estados, que hace aquellas cosas estupendas que nutren el reinado de los Reyes Católicos. Son tres épocas muy semejantes: la que precede a Isabel y a Fernando. La que precede a Felipe V, y la actual. Si las leyes históricas se cumplen, ahora debe seguir España, lógicamente, la misma trayectoria. 

Y esa trayectoria es, para lo que queda de siglo, ascensional. España, la de 1935, está en el primer peldaño de una escala gloriosa. 

España Una, Grande, Libre y Centro 

Imperio Azul surge con necesidad y justificación de vida. No sólo en virtud del esfuerzo heroico de una España que pugna por la conquista de unidad, de su grandeza y su libertad, sino también porque el destino la sitúa hoy como centro del mundo y no puede evitar el grandioso deber. 

Entonces, en 1934, Tomás Borràs me escribía: 

Por dicha el empalamiento de España ha quedado en la encrucijada del mundo. Antes, en el mismo siglo XIX, España era el «rabo de Europa», el «finístérras» de los romanos. De pronto, América cobra impulso gigantesco; Oriente y toda la cuenca del Mediterráneo acrecientan su tráfico; África se pone en explotación y se anuncia como el continente del porvenir; la aviación y aerostación se hacen prácticas, y España queda en el centro geográfico de la vida universal. Pasa a ser lo que ha sido Francia en el mundo del siglo XV al XIX. De ahí que España, como territorio, haya subido de tal modo de valor, que es, ahora mismo ya, indispensable sitio d e tránsito para todas partes. Ello es la mejor riqueza que puede tener un país. 

Qué coincidencias más íntimas del pensamiento de Borràs con la realidad que estamos tocando. Como Italia, España ha de sacrificarse en la organización de un Ejército y una Marina y una Aviación que jueguen el gran papel en el mundo que nuestro destino marca. Como en Italia en la conquista de Abisinia, las camisas azules colaboran, en todos los grandes empeños, al lado del buen ejército, de una bien reorganizada Marina, de una eficaz Aviación. Entonces, logrado esto, sí que podremos decir: España una, grande, libre y... Centro del mundo. 

A la sombre del yugo y las flechas 

Era en 1934 y ya Tomás Borràs percibía con aguda mirada, el alborear de la Nueva Era. Vea el lector 
sus alusiones al movimiento de Falange, que había conseguido ya, de hecho, incorporar a la atención por la vida del Estado, a lo mejor de la juventud española. Cuando dice que hay primeros síntomas de un estilo español en todo, y que cuando hay estilo, hay revelación de algo nuevo, no puede dudar que ese alumbramiento de nuevo estilo es el Estilo de Falange. 

Asi me escribía: 

«De ser el centro del mundo, se deduce, naturalmente, que ha crecido la potencialidad militar de España. Dominamos todos los caminos. Por lo tanto, somos elementos indispensables para la vida internacional. La cotización de España con costas artilladas, con un Ejército dotado de elementos modernos y con la marina precisa, será en un plazo de pocos años la más alta. Sin España no se 
puede ganar una guerra en Europa, España decide. 

«España se ha rejuvenecido. Observamos los síntomas: entrada de toda la población en la política de 
modo briosamente polémico, lo que significa despertar de energías y anhelos que quieren emplease de modo constructivo; predominio de los valores: catolicismo y nacionalidad sobre los gérmenes disolventes: separatismo y marxismo internacionalista, que son aplastados en circunstancias en que su triunfo se favorecía desde el Poder; minorías intelectuales selectísimas se han puesto a vanguardia de un movimiento virilmente español, integralmente español, totalitariamente español; espíritu de perfección y de creación de la juventud que sabe, en sus especialidades, muchísimo más que en las precedentes y puede resistir la competencia con la juventud universal en ciencias y artes; entrada 
de la mujer en el examen y decisión de los asuntos generales, porque la mujer en España ha demostrado que posee inapreciables prendas de sagacidad, prudencia y un amor entrañable a la Patria; vuelta al estudio de la España clásica y revalorización de tantos hechos, símbolos y doctrinas que el liberalismo francés había desconceptuado; anuncio, primeros síntomas de un estilo español en todo, que cuando hay estilo hay revelación de algo nuevo. España, en suma, ha encontrado su alma, perdida desde el final del siglo XVII y se dispone a actuar y ha decir otra vez su palabra». 

Concluía con esta frase a la que sólo hemos de oponer un leve reparo, a nuestro juicio no hemos de aguardar al año 2000 porque os ya España protagonista. 

«Estos son -termina Borràs- a mi juicio los datos favorables a una predicción sobre España de sentido positivo. Con tierra, raza y paz, con fe en esa frase de San Agustín «En el interior de España esta la verdad», el año 2000 España volverá a ser protagonista». 

Imperio : Diario de Zamora de Falange Española de las J.O.N.S. Año I Número 11 - 1936 Noviembre 10

miércoles, 1 de octubre de 2014

Menosprecio del oro y elogio a la pobreza (Diario: Imperio, diario de la Falange de Zamora)

Publicamos a continuación el «Servicio de Prensa y Propaganda» de F.E. de las JONS, radiado, que desarrolla el tema del título «Con el único fin de servir la España y a su Tesoro Nacional». 

Oís a diario la voz de España, que por el micrófono y la prensa, os dice reiteradamente, con insistente llamada a vuestro patriotismo, que entreguéis el oro. Muchos son, en verdad, los que ya atendieron, con loable diligencia, este requerimiento y bastantes los pueblos en que se juramentaron sus humildes vecinos para ofrendar a España, todo, absolutamente todo el oro que guardaban. Pero este ejemplo contrasta con la actitud, egoísta o tibia, de los rezagados, que no cumplieron o que lo hicieron a medias. 

Queda mucha riqueza por purificar y es forzoso dirigir un nuevo llamamiento a toda la España liberada, instándola a entregar todo su oro al caudillo para consumar la redención de la Patria. 

El general Franco ordenó en los primeros días del movimiento, la entrega de todo nuestro oro, por estimarlo preciso para el éxito de la causa. Esta decisión es razón bastante para que nos apresuremos a cumplirla, ya que la virtud de la disciplina, la voluntaria dependencia a jerarquías reconocidas como indiscutibles, será elemento de coordinación indispensable a la prosperidad de la Patria en la España Nueva, que hará de la vida saludable milicia. 

Pero si el Dictador pidió para la Junta Nacional oro, fue por imperiosa necesidad. La Aviación y la Marina no pudieron servir a la causa nacional. Era indispensable ponernos en iguales condiciones de lucha que los traidores, conseguir semejantes medios de combate, que, aun siendo idénticos, la pericia de los mandos y el valor de nuestros soldados hacen muy superiores. 

De aquí que una moneda retenida o una joya escatimada, puede significar, en el momento decisivo del combate, una inferioridad en el ataque o en la defensa, que cueste la vida de muchos hermanos. Por eso quien niegue su oro a España, mientras otros le dan su sangre, no es español; y quien teniendo a sus deudos en la lucha, guarda su oro, piense que su avaricia o su encogimiento puede dejar indefenso a quien más quiere. Por eso, el destello del oro sobre tu cuerpo en el fondo de tus armarios, es testimonio vivo del más cobarde y tibio patriotismo; y por negárselo a España cuando lo reclamaba para liberarse de la barbarie rusa, pesará sobre tu estirpe como baldón de ignominia, porqué será despreciable y despreciado todo el que luzca o posea el oro que conservó a costa de un pecado de avaricia y un delito de traición. 

Y si razones de disciplina y necesidad no son bastantes para vencer vuestras vacilaciones, pensad en el deber de asistencia a que estamos obligados con nuestra Junta Nacional y su glorioso jefe; pensad en cómo han de sentirse confortados esos hombres cuando, al final de la jornada, pasaron decidiendo los más graves y vitales asuntos, de que se hicieron plenos responsables, por buenos patriotas, reciban la jubilosa noticia de que cada rincón de España pugna por responder, con mayor largueza al llamamiento de Burgos y por contribuir, con mayor entusiasmo a la obra regeneradora. 

Y además de por sencilla disciplina y por imperiosa necesidad, y por indeclinables deberes de asistencia, entregad vuestro oro para, en el ya cercano día del triunfo, sentir el legitimo orgullo de menospreciar a los españoles indignos que siguieron entregados al afán simplista y plebeyo de alhajarse, reos del crimen de lesa patria; para sentir el orgullo de haber contribuido a la victoria con todos los medios a vuestro alcance y de ser dignos compatriotas de los soldados y voluntarios que vuelvan curtidos por las fatigas y el peligro, y de los elegidos que cayeron cara al sol, dando su vida a la España justa e imperial de nuestro afán. 

Muchos sois los que teniendo ya la firme decisión de donar todo el oro de vuestras joyas y monedas, vais, por inexplicable pereza, aplazando de un día para otro, que nunca llega, la realidad de vuestra entrega. Esta negligencia es tan punible como la avaricia más premeditada; ¡Ha de cesar mañana mismo! Tomad en este instante la firme decisión de que así sea. No podemos demorar la entrega del oro que se nos pide para la defensa de España. El Ejército y las milicias nacionales no vacilaron ni un momento, pues en otro caso los rojos serían dueños de España y nada valdrían vuestras haciendas y vuestras vidas. Corresponded a su decisión con vuestra diligencia. 

Algunos; bien se que niegan a España parte de sus joyas, porque consideran intangible el oro legado de sus antepasados. ¡Que superficial prejuicio! De modo que estamos viviendo una guerra que dejará en la Grande Historia de España huella indeleble y ¡queréis que la pobre tradición de vuestras familias no tenga repercusión y que vuestros descendientes sigan casándose con las mismas monedas y llevando idénticas sortijas que los abuelos, como si nada hubiese pasado, cuando tantas estirpes se vieron truncadas por la muerte del unigénito o de todos sus retoños. 

Por otra parte esa afección a las joyas de los muertos no la inspira un vigoroso sentimiento sino una feble sensiblería. Tus mayores, que gozan ya de la eternidad con sus espíritus perdurables, sólo se sentirán honrados si cuanto fue suyo lo consagras a los conceptos inmortales de la Patria y la Religión. Y, pues, que en esta epopeya luchamos por Dios y por la Patria, contribuye a su triunfo, donando a España el oro que heredaste. 

Tampoco quedáis disculpados de vuestro sagrado deber los que os reserváis, o solo tenéis, una sencilla joyita y que, mostrándola, decís lastimosamente: «esto y nada»... Pues eso y nada, no es lo mismo. Eso ya es algo y junto a muchos pocos, harán bastante, más aún cuando las joyas sencillas son lo corriente. Donad, pues, vuestras causas, por mínimas que sean y con mayor esfuerzo tendréis la mayor honra. El sacrificio ha de ser sin reservas. Así lo exigen la libertad y la grandeza de España y mientras conservéis un gramo de oro estáis en deuda con la Patria. 

Y no esperéis para hacerlo a que se consumen acontecimientos esperados. Desechad la esperanza de que acaso el saqueo de Madrid no sea tan grande y haga innecesario vuestro donativo. Madrid quedará exhausto y no sólo en sus Bancos -¡pobres museos y bibliotecas de inestimables tesoros!- No hay espera. Cuanto antes cumpláis vuestro deber tendréis la satisfacción de haber forjado más victorias y evitaréis el deshonor de que vuestra donación figure entre las postreras. 

Y vosotras, novias, mujeres y madres; vosotras que todo lo podéis en vuestros novios, en vuestros maridos y en vuestros hijos, y que de todos los sacrificios sois capaces pensando en ellos, donad el oro de vuestras joyas aun cuando sea el tan preciado de vuestros amorosos recuerdos, pulseras y alianzas. Pensad que esas riquezas no harán mayor vuestra dicha. 

Tal vez las conservéis porque no os haya alcanzado el soplo trágico de la revolución en vuestros familiares o en vuestros amigos, que entonces detestaríais esas galas, por inútiles, en la hora dramática, cuando sólo servirán para que luzcan sobre la mugre de una zafia miliciana. 

Conservando vuestras joyas tal vez no evitáis que lleguen a muchos hermanos la humillación, el ultraje, la viudez, la orfandad o la muerte. Entregadlas y vuestros hijos sentirán el orgullo de una España justa y libre. 

Cuando se está escribiendo la página más sangrienta y costosa de la Historia de España, es forzoso, como ha dicho la Falange, que cada español cumpla sus deberes con rigor, sin tibieza, porque cada ciudadano tendrá una hoja de servicios en la que se calibrarán méritos y contrastarán actitudes, y el oro que conservéis en los escondrijos de vuestra casa es fruto maldito y estéril de falso patriotismo y vuestros hijos, crecidos en la Nueva Era y plenos de virtud, rechazarán avergonzados unos bienes que la Patria reclamó y que le fueron negados por unos españoles indignos de la austera tierra castellana. 

El mundo entero tiene su atención pendiente de nuestros actos. Tenemos la ocasión, que la providencia ofrece a los pueblos muy de tarde en tarde, de conseguir para España el dictado de nación ejemplar y que del mismo modo que los países, más que amigos, ya hermanos, que nos estimularon con emoción en el doloroso nacimiento de nuestro glorioso amanecer, y aun los que le asistieron a nuestro resurgir indiferentes o recelosos, del mismo modo que estos pueblos reconocen absortos el arrojo de titanes que alienta en los conquistadores de Badajoz y San Marcial, de Irún, del Alto del León y del Naranco, y el heroísmo sobrehumano de los defensores laureados del Alcázar y de Oviedo, envidien la generosidad de unos hombres que supieron entregar a la Patria todas sus riquezas, todas sus alhajas, todos los recuerdos, todo el oro que guardaban, para que cuando en los caminos de la tierra se vea a un ciudadano enjoyado pueda afirmarse, sin temor a error, que no es español, porque durante muchos años se distinguirá a nuestros compatriotas de corazón por la dignidad severa de sus costumbres y su porte, parejo al de aquellos hidalgos del cortejo fúnebre del conde de Orgaz, que siendo España la nación más grande del mundo, vestían obscuros ropones, sin que sus nobles afanes se vieran enturbiados por el brillo inútil de las joyas. 

Y si alguna vacilación sentís todavía al desprenderos de vuestro oro, no olvidéis, que con reternerlo, no os procuráis un mayor bienestar, ni una mejor salud, ni aumenta vuestra cultura, ni mucho menos vuestra reputación y no haréis más que incumplir el más sagrado deber del presente y continuar sumidos en la relajación, causa de tantos males de nuestros días; sin que vuestras obras denoten un afán de perfección, que os guiará en todo momento si recordáis que el lujo y la comodidad no hicieron grandes a los pueblos ni a las instituciones. 

La Iglesia alcanzó el mayor grado de virtud y perfección cuando sus monjes vivían de la limosna y olvidados de su mísero cuerpo se consumían en ascéticas ansias espirituales: Ningún creyente se vio nimbado por la santidad, cubierto de alhajas, custodiando propios tesoros o pendiendo de su cuello valiosas medallas. Los bienaventurados que llegaron a los altares pisaron la rota sandalia torturados por los guijarros de todos los caminos y protegieron su pecho por tosca cruz de madera. Como cristianos, pues, seguid el ejemplo de los santos, oid la voz del Evangelio y apartaos de vuestro oro .

Y España lanzó la semilla de su Imperio con la empresa soberbia de Colón, de tal magnitud para la penuria de un Estado empobrecido por ocho siglos de reconquista, que la Reina Católica hubo de desprenderse con sagrado orgullo, de la arqueta de sus joyas, las que recibiera de sus reales ascendientes, las que le donara su esposo Fernando, labradas por la fantasía de sus orfebres levantinos. 

Y España quiso, en nuestros días libertarse y engrandecerse y se lanzó a la Guerra Santa de nueva Reconquista para descubrir la vena milenaria y heróica en los corazones españoles. El triunfo es cierto, pero también la empresa es magna y exige grandes sacrificios. Todos los españoles hemos de seguir el ejemplo de la Reina castellana y cada mujer debe donar todo el oro de sus estuches para la causa de España, con la emoción de igualarse, en virtudes, a Isabel de Castilla. 

Que los camaradas falangistas sean los más celosos cruzados en esta empresa de retaguardia y, tras desprenderse hasta del último alfiler de oro, exijan a sus familiares la entrega de sus joyas y repudien altivos, todo trato con los malos españoles que aún guardan su oro con avaricia o lo exhiben con la execrable vanidad de lo superfluo, anquilosando sus dedos con sortijas y vendiendo así a su Dios y a su Patria, olvidando, tal vez que en la España Nueva -que es la Eterna- no tendrá asiento ni sosiego la estirpe de Judas. 

Entregad, pues, vuestro oro, por rigurosa disciplina, por apremiante necesidad, por ineludible deber de asistencia y cooperación, para que nada más un orgullo os aliente: el noble orgullo de saber trabajar y de brindarlo todo, con sencillez y austeridad por él progreso de la Patria; el alto orgullo de que vuestras personas sean símbolo de la santa pobreza que aceptamos en acto de fe y de amor patrio. 

Sacudid vuestra pereza, huid de convencionalismos vanales, pensad en la tragedia bárbara de las familias destrozadas sin que las salvaran sus riquezas, suplantad sensiblerías, estériles por prolíficos y recios sentimientos, seguid el ejemplo de nuestra reina Isabel, de los santos, de los sabios, de los héroes, y entregad todo el oro de vuestras monedas y joyas, para que cada pueblo Sea un dorado manantial y afluyendo todos a Burgos, formen el primer río que, corriendo con gozoso dolor por el campo de España, que hizo escarlata la sangre de tanto mártir y tantos héroes, rediviva el mito secular de nuestra enseña: ¡Sangre y Oro de España! ¡Bien te habremos ganado entonces, Santa Bandera! Y a ti, Bandera Imperial de la Falange, con tu negra franja, símbolo de nuestro severo ascetismo. 

Y al veros ondear altivas, como airón glorioso de España Una, Grande y Libre, vuestros colores nos hablarán de la sangre de nuestros hermanos, de las virtudes austeras de la Falange, de las joyas y el oro de nuestros abuelos, que dimos a España cuando lo precisó, para ganar tranquilidad de conciencia, la bendición de los muertos, la admiración de nuestros hijos y la gratitud de la Patria y de Dios, que nos dio la guerra para hacernos pobres, duros, enérgicos, exactos e imperiales y darnos un sentido transcendental de la vida. 

¡Arriba España!

Imperio : Diario de Zamora de Falange Española de las J.O.N.S. Año I Número 10 - 1936 Noviembre 09

martes, 30 de septiembre de 2014

El S.E.U. y los deportes (Diario: Imperio, diario de la Falange de Zamora)

«Mens sana in corpore sano». 

Harto conocido es este aforismo, por cuya virtud, aquellos que nacían deformes o contrahechos, eran arrojados por espantosos precipicios, considerándolos la escoria de una sociedad, que se componía, en su esencia, de hombres fuertes y útiles. En aquellos tiempos en que el Imperio Romano se desmoronaba sin remisión alguna, los propios emperadores cuidaban aún de los juegos del circo y lanzaban con sus manos a la arena, unas cuantas monedas que servían de recompensa al gladiador más diestro o le ceñían en sus sienes la corona de laurel, que le proclamaba invicto y esforzado. En la Edad Media, eran deportes, con inusitada frecuencia practicados, aquellos torneos, donde los caballeros demostraban públicamente su pericia en el manejo de la lanza y del caballo. 

Hoy día, nos encontramos con millares de ejemplos, donde el efecto más simple, la más ligera impresión o el más sencillo movimiento, constituyen un fenómeno deportiva, que pocas veces nos detendremos a observarle y pasará sin percatarnos de su presencia. 

El niño, apenas ha tenido noción de lo que le rodea, aun no ha tenido tiempo de aprender a moverse ni a semi-comunicarse con sus semejantes, siente ya la imperiosa necesidad de jugar. El deporte, es, pues, en su forma más elemental de manifestarse, una necesidad fisiológica puramente instintiva, nacida en el nuevo ser de algo que le falta para completar el mecanismo de su existencia en el 
mundo de las personas y de las cosas. 

Si los escolares no alternasen los juegos con el estudio, pronto los veríamos decaer hastiados de la agotadora labor diaria, para entregarse a la ociosidad. 

En la sociedad civilizada, el que levanta de una manera periódica, una piedra u otro peso cualquiera; el que cava la tierra, levantando y dejando caer a intervalos regulares el azadón, observa, cómo al cabo de cierto tiempo, se han endurecido sus músculos y se ha ampliado su pecho, sintiéndose lleno de salud y de optimismo. 

He aquí de que manera, imperceptiblemente, se convierte el trabajo en deporte; y aun en aquellas tribus salvajes, que viven alejadas de toda civilización, el deporte halla su manifestación más inmediata en el indígena que lanza una flecha, trepa por un árbol, se sumerge bajo el agua o transporta bajo sus hombros los materiales que ha de emplear en la construcción de su albergue. 

Si en las modernas Universidades, no se construyesen al lado de amplísimas aulas, soberbios campos de deportes, no podrían formarse por entero, ni aprender a ser hombres, los jóvenes que a ellas asisten. 

Es también indudable que el deporte, como toda acción que se ejecuta perfecta, lleva anejo un sentido de belleza, que su contemplación provoca en los demás; de aquí el enorme auge alcanzado en la época actual por aquellos, en que la consecución de lo bello, estriba en una competición humana. 

Sentado queda así, que el deporte lo necesita el ser humano como al aire que respira, y que si por un momento faltase de la tierra, los pueblos se hundirían automáticamente, los hombres, endebles, serían arrastrados por el soplo del viento y todo lo precipitaría para siempre en el abismo la relajación de las costumbres. 

Las grandes naciones de la época actual, Alemania, Italia, se preocupan de la educación física de sus habitantes, convencidas de la extraordinaria importancia que posee para alcanzar sus voluntades de Imperios libres. 

En España, para formar el nuevo Estado, se necesitan hombres fuertes de cuerpo y espíritu. Hay que conseguirlo. ¿Cómo? Intensificando en sumo grado los deportes entre los universitarios, sometiéndolos a normas fijas e imponiendo la instrucción premilitar. 

¿Quién lo ha de conseguir? El S.E.U., que ha colocado este problema tan interesante entre sus postulados esenciales, con la unión y la disciplina de todos. 

¡Estudiantes, nutriendo las filas del Sindicato Español Universitario, contribuiréis a forjar la España nueva, en la que han de imperar, la unidad, la grandeza y la libertad de sus destinos! 

¡ARRIBA ESPAÑA!

Imperio : Diario de Zamora de Falange Española de las J.O.N.S. Año I Número 10 - 1936 Noviembre 09

lunes, 29 de septiembre de 2014

El camarada Manuel Hedilla (Diario: Imperio, diario de la Falange de Zamora)


Corrían aquellos tiempos, en que llevar una camisa azul, era ir llamando a la Muerte decididamente y en voz alta. 

La voz fuerte de José Antonio, iba llenando todo de promesas y consignas. Castilla -madre vieja de España- fue la primera que oyó su verbo fácil y su promesa anunciadora, estremecida desde la altura parda de la meseta, hasta el borde cántabro. Y fue allí, en la ventana castellana asomada al azul de horizontes rizados, donde el nombre de la Falange, voló por vez primera sobre un mar español. 

Siempre Castilla. 

¡Hasta en el mar! 

Un marino montañés, lanzó el ¡arriba España! de su azul rebeldía, y toda la juventud de la Montaña, que sentía hambre de Patria y sed de Justicia, se agrupó a su alrededor. 

Era un hombre de pueblo. 

...Y todos creyeron en él. 

Este es el romance añejo de la Falange santanderina, que nos llegó desde el mar castellano, alborozamente tierra adentro. 

—o—o— 

Aquel marino, es hoy en la ausencia de José Antonio Primo de Rivera, el conductor sereno de los «camisas azules». Entre ellas, la «camisa vieja» de Manuel Hedilla, camarada nuestro, de Castilla y del Mar, es la unidad apretada de la Falange. 

Los camaradas que dan cara a la muerte en las encrucijadas de los frentes, saben de su risa eterna como estereotipada; los trabajadores de la segunda línea, confían en él, porque no ignoran que él sabe de faenas rudas y de ansias justicieras; aquéllos a quienes no llegó la luz de nuestra verdad, y viven fuera de la órbita de nuestro movimiento, le respetan porque saben que Manuel Hedilla, es ,un «camisa vieja» sin mancha alguna de pecados políticos, y el camarada que encontramos para ser conducidos a la victoria azul, en el momento solemne de la lucha, en que nos ha faltado la figura genial y precursora de nuestro José Antonio

Y así vamos todos tras él, tejiendo poemas de victoria y leyendas heroicas, sobre el cañamazo de la España que tiembla jubilosa, en el parto feliz de nuestro amanecer. 

Un día, quizás cercano, aparecerá José Antonio entre nosotros, como un héroe legendario y entonces Manuel Hedilla volverá al Mar y a la Montaña ya redimida, para volver a ser aquel camarada de romance santanderino que un día agrupara en torno suyo a toda la juventud montañesa, desde aquella ventana de Castilla, asomada al azul de horizontes rizados del Cantábrico. 

..,Entonces, empezaremos a comprender, y su nombre quedará siempre entre nosotros, unido en la Historia, al milagro de esta segunda Reconquista. 

Imperio : Diario de Zamora de Falange Española de las J.O.N.S. Año I Número 10 - 1936 Noviembre 09

domingo, 28 de septiembre de 2014

La nacionalización del proletariado (Diario: Imperio, diario de la Falange de Zamora)

Lamentable mentalidad antíhistórica, la de aquellos que nos gritan ahora, al vernos dedicados a la tarea de crear y robustecer nuestras organizaciones obreras nacionalsindicalistas. 

¡Dejen ustedes eso! ¡Van a ser iguales que los rojos! 

Y cuando les decimos que por aspiración programática y doctrinal, por un imperativo histórico que tenemos que servir e incluso por patriotismo, nuestra obligación consiste en encuadrar las masas proletarias, desintoxicadas del marxismo y del anarquismo, dentro de nuestros cuadros, nacionalizándolas y haciéndolas sentir de nuevo la fe en España, a la par que la seguridad de que sus reivindicaciones justicieras serán atendidas, esas pobres gentes no nos entienden. Es corno si les habláramos un lenguaje distinto, un volapük ingrato a sus oídos reaccionarios. Y de aquí, que aquellos que no han comprendido que la guerra civil es ya revolución nacional, y que ésta no podrá ni deberá hacerse en contra del proletariado, se indignen con la Falange y sienten un poco de pavor por nuestros avances, en terrenos que antes dominaba el adversario rojo, causando miedo irresoluto 
en estos bravoneles de la hora. 

Afortunadamente, las mentes claras que dirigen el movimiento nacional, saben interpretar la Historia y palpar las inquietudes del mando. En todas sus manifestaciones a la Prensa -sobre todo a la extranjera- interesada en desnaturalizar la insurrección patriótica contra el comunismo, el general Franco usa un lenguaje inequívoco, que deberían interpretar fielmente las mentes subalternas. El generalisimo dice bien; que no estamos luchando para conservar privilegios injustos e innaturales; que se atenderán los intereses y derechos de las clases media y obrera. Y cuando dice Franco con toda lealtad estas palabras, gana tantas batallas como con sus talentos de general victorioso. 

Hay que gritarlo a los cuatro vientos, con la intensidad precisa para que las duras molleras y los secos caletres de los elementos que, por incapacidad, pueden hacer más daño al movimiento nacional, que contra el proletariado no puede hacerse en la vida moderna, ni un Estado ni una reacción: Seria construir en la arena, forjar castillos de naipes, dejar al margen de la nueva organización de la vida española, a un sector obrero numeroso, resentido, amargado y sin poder restañar sus heridas con una alegre participación primordial en la forja de la España nueva. Con toda la responsabilidad personal que sea precisa, es menester estampar esta verdad palmaria, hacerla asequible a los pobres burgueses que tan solo hace cien días temblaban en pavor ante la virulencia del marxismo, al que estaban dispuestos a ceder todo cuanto la dignidad viril y civil debían defender y que ahora, tras las líneas de retaguardia, donde luchan cien mil fusiles nacionalsindicalistas, gallean estúpidamente como si fuera un ideal noble, convertir a España en un cementerio, tras cuyas tapias pudieran andar solas las fábricas y producirse el trigo autoctónamente. 

Las regiones de Alemania, de Italia, pueden persistir porque han logrado plenamente la magnifica aspiración que a nosotros nos guió siempre: nacionalizar el proletariado, hacerlo copartícipe de las comunes ambiciones propias de un Estado, digno de este nombre: Una España renaciente, jamás podrá alzarse sobre la esclavitud ni tampoco sobre el odio. Tras esta tempestad y cuando la victoria esté asegurada, habremos de recordar que los hijos de España somos hermanos, lo mismo en lo tiempos de prosperidad que en los de miseria. Así lo dijo José Antonio y así lo sentimos los que tenemos el deber claro y sencillo, de llevar a la Falange a metas de luz y de justicia.

Imperio : Diario de Zamora de Falange Española de las J.O.N.S. Año I Número 9 - 1936 Noviembre 07

sábado, 27 de septiembre de 2014

Sobre la marcha (Diario: Imperio, diario de la Falange de Zamora)

Soplaron vientos de indisciplina social. A su ciego impulso, el mar de fondo de todas las apetencias removió ese sedimento de bajas-pasiones enquistado en la conciencia pervertida de las masas incultas y en esos corazones abiertos siempre al regalo de la ambición sin medida. Y encrespada la codicia, desencadenada la galerna de todos los egoísmos, de todas las concupiscencias ocurrió lo que fatalmente, inexorablemente tenía que ocurrir: España, la España guardadora del tesoro espiritual de una raza, quedó convertida en informe montón de ruinas morales

La ola del desenfreno y del libertinaje tolerados, cuando no reglamentados, llegó a todas partes, envolviendo en su turbios espumarajos lo más rico de nuestras costumbres. Y la inmoralidad prendió en todos los aspectos, en todas las manifestaciones de la vida española: inmoralidad en muchos de los nervios vitales del Estado: inmoralidad en ciertos conglomerados políticos: brotes de inmoralidad en la Justicia, en la calle, en el hogar: en todas partes. El cuerpo social, roído por la lepra de tantas y tantas inmoralidades, ofrecía el aspecto de un organismo en plena descomposición.

Una de las manifestaciones externas más acusadas de esa prostitución de nuestras costumbres. sanas era -y continúa siéndolo- la existencia de esas vastas legiones de «blasfemos» que, en gesto jaque
y ademán de provocativa insolencia, campean por todos los lugares de España. Tan crecido es su número, tan extenso el campo de cultivo que ha ganado ese repugnante vicio, que hasta la pureza
de muchos labios infantiles se ve manchada por la frase soez y escarnecedora de las cosas más sagradas para el hombre.

Y esta faceta del relajamiento moral a que hemos llegado, y este matiz de incultura, en pugna hasta con la elegancia espiritual de un pueblo, digno de serlo, tiene que terminar, como sea; pero tiene que terminar. Es demasiado bochornoso y deprimente ese espectáculo, muy del agrado de los que fueron, pero incompatible con la decencia moral de los que aspiramos a ser.

La Falange, que viene a cerrar contra todas las inmoralidades, punto inicial de los males todos que pusieron a España en trance de muerte, va a emprender una intensa y ruda campaña contra la palabra «inculta». Y, claro está, que ha de emprenderla y seguirla reciamente, violentamente, si preciso fuera, en primer término, contra la blasfemia.

Ya sabemos nosotros que esas expresiones «cerriles» no pasan de ser un síntoma, que el daño es demasiado profundo para atacarlo en esas manifestaciones externas que, al fin, no son otra cosa que rizo de aguas en la superficie de un mar agitado en sus profundidades.

El mal es de incultura, de atroficia de la sensibilidad sentimental de ciertos espíritus, embotados, hasta el envilecimiento, por la labor sinuosa de los unos y el cobarde e interesado abandono de los
otros.

Y, en la infancia, sabemos, también, que esos retoños de materialismo y esas palabras, negación de la propia espiritualidad, no son otra cosas que el fruto, bien triste y bien amargo, por cierto, que maduraron aquellos maestros que, con alevosía y premeditación -gravantes de su delito de lesa Patria- convirtieron el sagrado de la Escuela en laboratorio forjador de hombres sin Dios y sin Patria.

Y era la blasfema manifestación de inmoralidad en la calle por incomprensible inhibición de la autoridad. Y lo es en muchos hogares porque, el contacto con una vida maculada por todos los vicios, degenera en esos excesos de lenguaje...

Todo eso lo sabemos; pero mientras es llegada la hora de la reconstruccióa moral y material de España, hay que llevar a cabo, como labor preparatoria de aquella, la poda implacable de esas ramas,
que en el tronco fecundo no desempeñan otra misión que la de elementos absorventes de su savia moral, sustento de aquél. Y una de las primeras ramas, entre las tantas que han de caer al golpe tajante e incontenible de la Falange, será de la blasfemia soez y canalla.

Por decoro, por dignidad, por decencia pública, no puede tolerarse ni un día más esa constante ofensa a los sentimientos de la mayoría del pueblo español. No puede tolerarse. Y no se tolerará.

Imperio : Diario de Zamora de Falange Española de las J.O.N.S. Año I Número 9 - 1936 Noviembre 07