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viernes, 21 de septiembre de 2012

Julio Ruiz de Alda (1897-1936)

Cofundador junto con José Antonio Primo de Rivera y Alfonso García Valdecasas de Falange Española, participa en el vuelo transatlántico que realiza el "Plus Ultra", hito en la historia aeronáutica de la época

"Cada día hemos de alcanzar una meta. Tenemos que ir hacia adelante. No podemos discutir, hay que obrar, y si así lo hacemos no habrá fuerza capaz que nos impida llegar hasta el final, o sea, crear una España fuerte y generosa con sus hijos, para legar a los nuestros un país en que, en vez de la desilusión, reine la esperanza; y en vez del egoísmo, abunde la generosidad. Adelante, españoles. ¡Todo para España!".

Así termina la intervención de Ruiz de Alda en el Teatro de la Comedia de Madrid, el 29 de octubre de 1933. Intervención que, junto con la de Alfonso García Valdecasas y José Antonio Primo de Rivera, supone la fundación de un nuevo partido político: Falange Española.

Julio Ruiz de Alda nace en Estella (Navarra) en 1897. Cuando cumple los 15 años se traslada a Madrid para llevar a cabo uno de sus mayores sueños: ser militar. Ingresa en la Academia Preparatoria Militar Iriarte para un año después formar parte de la Academia de Artillería de Segovia, donde termina número uno de su promoción.

En 1919 participa, ya como teniente, en el Regimiento Mixto deTetuán, durante la Guerra de Marruecos. Tras terminar el conflicto marroquí, y siendo ya capitán con tan sólo 24 años, Ruiz de Alda permanece en Tetuán.

Dos años después, ingresa en aviación y obtiene el título de Observador de Vuelo en la Escuela de los Alcázares, y es destinado a los talleres del aeródromo de Tetuán. Pronto, su pasión por los aviones hace que abandone este trabajo, y consigue el título de piloto en la escuela de Getafe, creando la Compañía Española de Trabajos Fotogramétricos Aéreos (CETFA).

Su popularidad se multiplica con el vuelo del hidroavión Dornler Wall, Plus Ultra, que realiza junto con el comandante Ramón Franco, el alférez de navio Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada, entre Huelva y Buenos Aires del 22 de enero al 1 de febrero de 1925. Todo un hito en la historia de la aviación puesto que es la primera travesía del Atlántico Sur en un sólo avión. De este viaje queda constancia en el libro De Palos a Plata, que Ruiz de Alda escribe| ese mismo año junto a Ramón Franco. 

Después de esta hazaña, es nombrado miembro del Consejo Superior de la Aviación y del Automóvil. También es nombrado delegado del Gobierno de Primo de Rivera. En 1928 asciende, como comandante, a Jefe de Grupo y se produce su nombramiento como presidente de la Federación Internacional Aeronáutica de España, Ruiz de Alda recibe la Encomienda de San Gregorio el Magno de manos del dictador italiano Benito Mussolini. 

Durante este tiempo prepara junto a Ramón Franco la vuelta al mundo en un Dornier 16, un proyecto que fracasa y que le lleva a pedir la baja del Ejército en junio de 1928. 

Sin embargo, no es hasta la de la dictadura de Primo de Rivera, en 1930, cuando Ruiz de Alda inicia su carrera política. Ingresa en Centro Constitucional, el partido del duque de Maura y de Cambó, y se presenta como candidato a diputado de las Cortes Constituyentes por Estella,su tierra natal.

Meses después abandona la militancia, y a mediados de mayo de 1931 conoce a Ramiro Ledesma Ramos. El 16 de marzo de 1933 , la recién creada revista El Fascio publica una entrevista que le realiza Giménez Caballero, donde, entre otras cosas, Ruiz de Alda hace referencia a la necesidad de recuperar la conciencia nacional "a base de un movimiento exaltado y violento, dirigido a las nuevas generaciones; un movimiento conducido por espíritus convencidos y dispuestos al sacrificio, algo que provoca un escándalo en las instancias gubernamentales republicanas, que dictan una orden de detención hacia su persona. 

Ruiz de Alda se marcha entonces a Sebastián y a Francia. Durante ese periodo contacta con José Antonio Primo de Rivera y juntos deciden crear el Movimiento Español Sindicalista (MES), que más tarde se convierte, ya junto a García Valdecasas, en Falange Española.

Tras el partido, Ruiz de Alda juzga necesario crear un sindicato estudiantil. A finales de 1933, nace el Sindicato Español Universitario (SEU) como órgano encargado de la formación y de la organización de todos los miembros.

En marzo de 1934, Falange decide unir fuerzas con las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS). Según el periodista Andrés M. Kramer, las JONS "tienen los rasgos característicos de todos los grupos ultra. El partido está organizado en células de 10 miembros y la dirección corre a cargo de un triunvirato ejecutivo central".

Tras la fusión, Ruiz de Alda ocupa, junto con Ledesma Ramos y Primo de Rivera, la dirección del partido. "Lo primero es creer en España y en nosotros mismos. Será España lo que queramos que sea y tenemos el deber de hacer de ella una nación de verdad, una nación centro, una nación para fuera. (...) ¡Ayudadnos a ser rebeldes! Tened ambición. Vivimos una lucha de clases en la que está pereciendo España y en la que rige un Estado inútil e ineficaz", manifiesta en el Teatro Calderón de Valladolid ante los miembros, ya, de Falange Española de las JONS.

Tras el primer Consejo Nacional de Falange, que tiene lugar durante los días 5, 6 y 7 de octubre de 1934, deja el triunvirato y ocupa la Presidencia de la Junta Política.

El 2 de febrero de 1936, Ruiz de Alda pronuncia uno de sus últimos mítines: "La Revolución Nacional Sindicalista se hará, y dentro de uno, dos, tres, cuatro o cinco años, puesto que no importa que pase el tiempo. (...) Se realizará por etapas, cada día tendrá una meta a conseguir, pero, desde luego, es fundamental que las escuadras formadas con los hombres de camisas azules empiecen a marchar en Madrid al mismo tiempo que los miles de escuadras de todas las regiones de España; y todos unidos, al compás de nuestros himnos, lograremos que España sea nuestra y que haya en ella Patria, Pan y Justicia".

El 14 de marzo de 1936 el director general de Seguridad del Gobierno del Frente Popular, Manuel Muñoz, ordena la detención de la Junta Política de Falange y la clausura de todos sus locales. Ruiz de Alda es detenido en el despacho de su casa, en calidad de presidente de la Junta Política de FE de las JONS. Uno a uno, los demás miembros de la formación son apresados. Detenidos en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, son conducidos a declarar a Las Salesas y, en la noche del día 15, enviados a la cárcel Modelo de Madrid.

El 22 de agosto de 1936, Julio Ruiz de Alda es fusilado junto con otras personalidades políticas como Melquíades Álvarez, José Martínez Velasco, Fernando Primo de Rivera, Manuel Rico o Ramón Álvarez.

Alvaro Fernández Burriel (1879-1936)


Fiel seguidor de la República hasta 1936, es el encargado de encabezar la fallida sublevación rebelde en Barcelona bajo las órdenes de Goded, muriendo en Montjuïc a manos de un pelotón de fusilamiento

Hasta el año 1936, Alvaro Fernández Burriel sigue una discreta carrera militar. Su trayectoria intachable y su lealtad a la República le permiten obtener el grado de general de la 5ª brigada de Caballería y desempeñar eficazmente este cargo en Barcelona.  Por esa razón, el 19 de julio de 1936, cuando las tropas rebeldes se disponen a tomar Cataluña, ninguno de sus superiores sospecha de su implicación en el golpe. No en vano, Burriel ha asegurado varias veces al general de su División, bajo palabra de honor, que nunca se sublevaría. Pero la realidad es otra, ya  que es el elegido para capitanear el pronunciamiento en Barcelona, tras el triunfo de la rebelión en Marruecos, Canarias y Sevilla. Sin embargo, esta vez la suerte no va a estar de su lado. 

El día 19, Fernández Burriel se hace cargo de la jefatura de la sublevación bajo las órdenes del general Goded, que llega procedente de las islas Baleares. El plan de los rebeldes consiste en que Burriel capitanee el alzamiento, apoyado por el general Legorburu desde el cuartel de San Andrés. Sólo le preocupa un detalle crucial del ataque, y es que la victoria depende, en gran medida, de que las fuerzas del orden público decidan no intervenir y apoyen el pronunciamiento, como ha ocurrido en otras zonas de la Península.

A pesar de este punto débil, ya es demasiado tarde para echarse atrás y, a las cinco de la madrugada, Burriel da orden para que una parte de las tropas acantonadas en Barcelona abandonen los acuartelamientos, con el fin de ocupar los puntos estratégicos de la ciudad. Casi de inmediato, en la zona del Paseo de Gracia y la Diagonal, se produce un enfrentamiento entre las tropas rebeldes y varios escuadrones de las fuerzas de seguridad, a las que se han sumado grupos obreros enviados por la CNT.

El choque resulta nefasto para los rebeldes, que no esperan una resistencia tan fuerte en las primeras horas del alzamiento. A pesar de todo, Fernández Burriel decide seguir adelante con el grueso de la operación. Sin embargo, los acontecimientos se precipitan hasta el punto de que no le es posible alertar de la situación a su superior Manuel Goded.

A las dos de la tarde, los peores temores de Burriel se confirman cuando la Guardia Civil decide mantenerse leal a la República. En las horas siguientes, Burriel y Goded telefonean al consejero de Gobernación para rendirse sin condiciones. Poco después de las siete, son detenidos por la Guardia Civil.

Alvaro Fernández Burriel es encarcelado, a espera de juicio. Días después es condenado a muerte por un Consejo de Guerra, y la madrugada del 12 de agosto es fusilado en Montjuïc. Antes de morir es informado del fracaso total del alzamiento militar en Barcelona, donde los últimos reductos rebeldes han sucumbido el día 20 de julio.

Noticias: 

Han sido condenados a muerte los ex generales Goded y Burriel por alzarse en armas contra el Gobierno republicano (La Libertad, 12/8/1936)
. El Consejo de Guerra contra Goded y Fernández Burriel (El Dia, 12/8/1936)

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Emilio Mola (1887-1937)

Ni la Guerra de África, ni las dificultades en la República ni la cárcel pueden con él. Un accidente de avión será lo que acabe con la vida del 'Director' del alzamiento y rival directo de Franco por la Jefatura del Estado

¿Qué hubiera ocurrido si el general Emilio Mola no se hubiera estrellado a bordo del AirSpeed Envoy el 3 de junio de 1937? Las especulaciones sobre la inminente rivalidad política entre Mola y el general Franco no han sido escasas y se han convertido en uno de los grandes debates de los estudiosos de la Guerra Civil.

Puede que gran parte de ese interés resida en el carácter personal que, durante muchos años, se le ha atribuido a Mola, antagónico, en alguna medida, al de Franco. Impulsivo, atormentado, brillante, irascible, lector de Valle-Inclán, laico... El general nacido en Cuba (Placetas, 1887) ha sido recordado, a menudo, como un personaje relativamente ajeno al libro de estilo de la rebelión que él mismo desencadenó. Sin embargo, tampoco han faltado los autores que enfatizan los rasgos comunes que unieron a Mola con el grupo de militares africanistas que iniciaron la lucha fratricida.

La historia de Mola arranca en el seno de la familia de un capitán de la Guardia Civil establecido en Cuba y casado con una isleña que, después de algunos cambios de destino, termina por asentarse en Gerona. La vida adusta de la familia Mola, cuentan los propios biógrafos afines al general, cala en su hijo, quien ingresa en 1904 en la Academia de Infantería de Toledo (tres años antes de que lo hiciera Francisco Franco).

A diferencia de lo que ocurriera con el propio Franco, Mola destaca en Toledo como un estudiante entusiasta que se hizo acuñar (en la realidad o en el terreno de las hagiografías) el significativo apodo de El prusiano entre sus compañeros. Una referencia a su voluntad de excelencia militar o a su tendencia al autoritarismo, según la interpretación que prefiera cada autor.

Como ocurrió con todos los alumnos de la Academia (incluido, de nuevo, Francisco Franco), Mola empieza a dar forma a su pensamiento político en aquellos primeros años del reinado de Alfonso XIII bajo la influencia del militarismo. En un contexto en el que el divorcio entre la sociedad civil y el Ejército español no hace más que crecer, Mola recibe de la Academia la idea decimonónica de que los militares constituyen la vanguardia de la nación, la guardia que debe velar por su honor y -en último término- por el bien común. No es de extrañar, por tanto, que Mola, al licenciarse en la Academia, busque su destino en la Guerra de África, allí donde el Ejército siente que se justifica su superioridad moral... y donde la sociedad civil no ve otra cosa más que una guerra costosa, improductiva e imposible de ganar.

Por esta razón, los primeros años de la carrera de Mola transcurren sin más sobresaltos que los propios de un conflicto enquistado, casi crónico. El oficial alcanza en junio de 1921 el empleo de teniente coronel, rango que conservará hasta 1926.

Es entonces cuando la recién instaurada dictadura de Miguel Primo de Rivera, en su afán por congraciarse con el poderoso clan africanista, recupera el sistema de ascensos por méritos en el frente. Mola es premiado por su labor durante la llamada retirada estratégica (julio de 1924-enero de 1925) con el empleo de coronel (ascenso decretado el 3 de "febrero de 1926, el mismo día en el que Franco estrena su puesto de general). Un año y medio después, el 2 de octubre de 1927, el propio Mola accede al generalato gracias a la defensa de la atalaya de Beni-Hassan. Desde entonces, Mola se hace cargo del mando de la plaza de Larache.

Aquellos años de ascensos y éxitos son relatados por el propio general en Dar Akkoba, una réplica al exitoso Diario de una bandera que Franco escribe en 1922 y con el que da notoriedad a sus nazañas bélicas. Dar Akkoba sirve para dibujar algunos de los rasgos de aquel Mola, un militar estricto, carente del extraño carisma que Francisco Franco se gana entre sus tropas pero no menos ambicioso que él.

Su ambición, de hecho, le lleva a embarcarse en una carrera de macabros méritos militares. "Deseo que vengas, porque, como quiera que en esto de las matanzas morunas siempre se fantasea mucho, tengo especial interés en que tú mismo veas los fiambres", escribe Mola, tras una escaramuza, a un oficial del Estado Mayor que había de certificar sus triunfos en el frente.

África, como afirma el historiador Carlos Blanco Escolá, hace de Mola un miembro de la camarilla de militares beneficiados por la Dictadura y la vocación de rey soldado de Alfonso XIII. Y es por eso que el monarca recurre a Mola cuando el régimen de Primo de Rivera se colapsa.

La dictablanda de Berenguer (otro africanista) trae a Mola de vuelta a la Península con el encargo de ocupar la Dirección General de Seguridad. El general abandona Marruecos el 12 de febrero de 1930, dispuesto a asumir una misión imposible. Mantener el orden público en medio de la presión política (manifestaciones, huelgas, atentados...) que habría de terminar en el exilio del rey un año y un mes después.

Si la misión es de por sí delicadísima, su éxito se hace aún más improbable si se tienen en cuenta los recursos que Mola estaba dispuesto a aplicar: la lógica de la guerra africana. El incidente más grave se produce el 25 de marzo de 1931, cuando Mola consiente la represión policial de una manifestación de estudiantes de Medicina ante el Hospital de San Carlos de Madrid.

Los sucesos de aquel día convierten a Mola en uno de los símbolos más odiados por la marea que condujo a la proclamación de la Segunda República, apenas un par de semanas después. El primer Gobierno republicano relega a Mola a la condición de disponible (sin función asignada pero con sueldo) mientras las autoridades judiciales inician un proceso contra él por su responsabilidad en los sucesos de marzo y que terminará por llevarle a la cárcel.

En este punto, muchos historiadores han sostenido que Mola es, en realidad, un militar receptivo a las ideas liberales que solamente gira hasta las posiciones de la ultraderecha por culpa de la persecución a la que le someten los primeros gobiernos republicanos. Su tesis queda avalada por algunos de los textos escritos por el militar y por testimonios como el del político conservador Gil Robles, quien dijo que Mola era visto con desconfianza en el Palacio Real "por considerársele hombre de ideas liberales". "Su evolución antidemocrática se inicia en una celda", sentencia Gil Robles.

Otros autores dudan de ese presunto liberalismo de Mola y ahondan en su actuación a cargo de la Dirección General de Segundad. Es en esa época cuando Mola empieza a relacionarse con grupos de presión de vocación autoritaria como la Entente Internationale Anticommuniste, radicada en Suiza o el Gobierno fascista italiano. El propio Mola deja escritos textos sobre esa época: "Cuando, por imperiosa obligación de mi cargo, estudié la intervención de las logias [masónicas] en la vida política de España, me di cuenta de la enorme fuerza que representaban, no por ellas en sí, sino por los poderosos elementos que las movían: los judíos". El general, de hecho, puso en marcha una red de colaboradores dentro de la Dirección dedicados a investigar la actividad del Partido Comunista en España. Esta red mantendrá siempre su fidelidad personal a Mola y le será de gran utilidad en momentos posteriores de su vida.

En cualquier caso, Mola, que ya se siente agraviado (como todos los africanistas) por la política de Azaña, asiste estupefacto al proceso judicial que se abre contra él (y que asocia como un castigo por el golpe de Estado de 1932, en cuya conjura no participó directamente). Cuando el general da con sus huesos en prisión, emplea todas sus energías a escribir hasta tres libros, dedicados, a menudo, en expresar su repulsa hacia Manuel Azaña.

La caída del propio Azaña y de los gobiernos de izquierdas del primer bienio reformista de la República, abre la puerta a la coalición radical-cedista que decreta una amnistía en una de sus primeras medidas, Mola vuelve a la calle y recupera -recomendado por Ramón Serrano Suñer- su responsabilidad (a partir de 1935) con un destino que colma sus aspiraciones: el mando de las fuerzas de Marruecos, en el que sustituye a Francisco Franco (reclamado para dirigir el Estado Mayor). Poco tiempo, sin embargo, pudo permanecer Mola en África, ya que el triunfo del Frente Popular en las elecciones de 1936 vuelve a frustrar sus aspiraciones. El Gobierno dirigido por el odiado Azaña quiere apartar a Mola (al que ya percibe como una amenaza) del estratégico mando de Marruecos sin incidir más de lo necesario en su sensación de agravio.

Es por eso que elige para el general un nuevo destino en la Jefatura de la 12ª Brigada de Infantería, con sede en Pamplona. Durante el viaje de Mola a su nueva plaza, ya en la primavera de 1936, comienza a erigirse en el líder de la conspiración que habría de desencadenar la Guerra Civil. Inicia sus contactos con otros militares descontentos y con grupos de ultraderecha como los carlistas (con los que mantiene una difícil convivencia en Navarra).

Mola adquiere prestigio entre las distintas conspiraciones abiertas a partir de la victoria del Frente Popular gracias a su capacidad para suministrarles alimento ideológico. Su conexión personal con la Entente Internationale Anti-communiste y con algunos agentes de la Dirección General de Seguridad sirve para que los conspiradores se convenzan de que sus intrigas están dirigidas a evitar "que la bandera roja de la Unión Soviética se ice en Madrid". Este hecho, junto a la inhibición de otros militares de más influencia como el propio Franco, convierte a Mola en el Director de la conspiración. Desde Pamplona, Mola empieza entonces a concebir un levantamiento a la manera de los pronunciamientos del siglo XIX basado en el alzamiento de varios mandos militares en sus emplazamientos, que presionarán hasta acabar estrangulando al Gobierne de Madrid. El general no había sido capaz aún de entender la complejidad de la sociedad de masas del siglo XX en la que un pronunciamiento estaba condenado al fracaso.

Es por eso que durante los meses de la primavera de 1936 acumula frustraciones en sus intrigas, además de sentir la presión del Gobierno republicano, que vigila su actividad. Algunos autores señalan, incluso, que la presión lleva a Emilio Mola, ciclotímico y atormentado, a rondar el suicidio en más de una ocasión.

"No te subleves, Emilio, por lo que más quieras, no te subleves, que vamos al fracaso" le ruega su hermano Ramón en las vísperas del 18 de julio. Días después, Ramón, destinado en Barcelona, acaba con su vida.

El tiempo, en cualquier caso, corre en favor de los conspiradores. La violencia agitada por milicianos de ultraizquierda y ultraderecha va decantando a militares y grupos políticos conservadores hacia las filas conspiradoras. El golpe definitivo se produce tras los asesinatos del teniente Castillo y de José Calvo Sotelo a mediados de julio, que propician la entrada de Francisco Franco en la trama golpista. Es el impulso necesario para poner en marcha el pronunciamiento.


Sin embargo, el golpe rápido y efectivo diseñado por Mola se torna en fracaso. El general había previsto que las tropas de todas las ciudades se adhirieran a su causa, a excepción de las de Madrid y Barcelona, a donde se llegaría a través del rápido movimiento de las se columnas. La realidad es que el alzamiento fracasa en la mayoría de las provincias. Las tropas rebeldes tienen que establecer una línea de frentes para defender sus posiciones.

La guerra, por tanto, obliga a Mola a resignarse con ser el jefe de uno de esos frentes en los que se combate, el del norte de España, zona en la que su Ejército avanza lentamente.

Mientras, la ambición política de Franco, quien a partir de la muerte del general Sanjurjo se procura una posición de liderazgo en la causa rebelde, relega a Mola a la figura de un segundón ante los aliados fascistas. La estrategia del militar gallego, dedicado a apuntarse éxitos simbólicos como las tomas de Toledo y Badajoz, mientras que encomendaba a Mola el acoso imposible de Madrid desde el norte, termina de marginar al general cubano en la jerarquía de los rebeldes.

Ante esta perspectiva, Emilio Mola acepta que sea Franco quien asuma la Jefatura del Estado en el otoño de 1936, como una solución temporal, un liderazgo nominal de un primus ínter pares, mientras él se dedica a organizar la represión en la retaguardia y lucha, con más fracasos que éxitos, en la Batalla de Vizcaya, a la espera de que termine la guerra. Mola, sin embargo, nunca llegará a ver esa paz rebelde.

El accidente del Air Speed Envoy mientras sobrevuela la provincia de Burgos pone fin a sus aspiraciones. Emilio Mola fallece el 3 de junio de 1937, casi dos años antes de que la República se rinda, al estrellarse su avión contra la sierra de la Brújula durante un viaje en el que supervisa el desarrollo de las batallas en el frente.

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Joaquín Fanjul (1880-1936)

Ardoroso defensor de lo militar, será vestido de paisano como el general se introduzca en el cuartel de la Montaña para iniciar el golpe en Madrid. Apresado por las milicias republicanas, es juzgado y condenado a morir fusilado

Conocido por sus ideas monárquicas y su apasionado apego a la tradición militar, el general Joaquín Fanjul Goñi es uno de los primeros y más destacados conspiradores contra la República. Su actuación durante las horas siguientes al levantamiento militar le conducen, el 19 de julio, al cuartel de la Montaña, un enclave que no conseguirá retener y del que saldrá hecho preso con destino a un pelotón de fusilamiento.

De no haber fracasado, Fanjul podría haberse convertido en uno de los candidatos a dirigir el posterior régimen. De hecho, y según recuerda el historiador Paul Preston, "tenía un prestigio equiparable al de Franco".

Nacido en Vitoria en el año 1880, ingresa en la Academia de Infantería a los 16 años. Paralelamente a su carrera en el Ejército, estudia Derecho, y se especializa en Sociología Militar, un área a la que dedicará varias monografías a lo largo de su vida.

En 1898 es destinado a Cuba y participa en la guerra contra Estados Unidos. En 1905 se diploma como capitán del Estado Mayor, aunque compagina su profesión militar con el ejercicio de la abogacía. Tras combatir en Marruecos, asciende al puesto de general en el año 1926.

Miembro del partido maurista, es diputado y senador durante el reinado de Alfonso XIII, y enseguida destaca en las Cortes por su entusiasta oratoria, especialmente en lo concerniente a la defensa del Ejército. "Todos los parlamentos del mundo no valen lo que un soldado español", comenta en una ocasión en el propio Congreso.

Con la llegada de la República, que nunca acepta, se inscribe en el Partido Agrario y consigue el acta de diputado por Cuenca en 1931. Al año siguiente, su condición de general le lleva a encabezar el debate parlamentario en contra de una ley que establece que los militares jubilados que difamen a la República dejarán de recibir sus pensiones.

Su impetuosa defensa del Ejército da un paso adelante en 1933, cuando llega a agredir en los pasillos del Congreso al diputado socialista Tomás Álvarez Angulo, tras acusarle de haber "injuriado" a los militares.

Dos años después, Gil Robles obtiere el puesto de ministro de la Guerra y le ofrece la Subsecretaría del departamento, al mismo tiempo que Francisco Franco obtiene el puesto de jefe del Estado Mayor Central y Manuel Goded, otro conocido adversario de la República, es nombrado inspector general en la misma institución.

Los tres son destacados generales, sobre todo por sus campañas en África, y los tres tendrán un papel decisivo en el posterior levantamiento militar. De heecho, ya en 1935, meses antes de las elecciones que darían el poder al Frente Popular, el propio Gil Robles se plantea un golpe de Estado. Sin embargo, tanto Fanjul como el resto de militares consulados consideran que el Ejército aún no está preparado para asumir el mando por la fuerza. Tras los trágicos sucesos de Asturias en octubre de 1934, temen que la reacción de los obreros pueda ser incontenible.

Cuando su partido acepta formalmente a República, Fanjul se siente indignado y se une al Bloque Nacional de José Calvo Sotelo, desde donde se convertirá en uno de los impulsores del golpe de Estado. En realidad, nunca ve del todo despejadas incertidumbres respecto al éxito de la sublevación militar, ya que es consiente de que ni todas las tropas ni todos oficiales apoyarán tal acción. Como miembro de la Unión Militar Española (UME), formada en su mayor parte por monárquicos, encuentra a sus adversarios naturales en la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA). Los miembros de esta asociación, creada como réplica a la UME, sospechan de Fanjul e informan al Gobierno de todas las actividades, algo que no pasa inadvertido para el general vasco.

Sin embargo, tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, Fanjul se convierte en uno de los defensores más activos y concienciados de la sublevación y se ofrece abiertamente para dirigirla bajo cualquier circunstancia. "Cualquier puesto me parecerá bueno para servir a España contra esta tiranía insufrible", asegura.

El historiador Gabriel Jackson define así la actitud de los integrantes de la UME: "Como los militares de todos los países, pensaban que, en tiempos de agitación, sobre ellos caía la última responsabilidad de la nación como tal. En su modo simplista de ver los acontecimientos, el Ejército había salvado a España del comunismo en 1917, y era su deber patriótico volver a salvarla".

Con esta mentalidad, Fanjul viaja a Pamplona pocos días antes del levantamiento para coordinarse con el general Mola, poniendo la excusa de que va a acudir a las fiestas de San Fermín. De regreso a Madrid, continúa en contacto con el resto de conspiradores. Sin embargo, ni durante las horas previas al levantamiento ni tras dar éste sus primeros coletazos el 18 de julio le es asignado puesto alguno y permanece refugiado en casa de unos parientes.


La mañana del 19 de julio, mientras hace la maleta para irse a Burgos y colaborar desde allí en el golpe, recibe la orden de hacerse cargo de la sublevación en Madrid. El plan original consistía en dirigir a las tropas desde la División de Madrid, tal y como le comunica personalmente el sobrino del general Villegas.

Sin embargo, durante el tiempo que pasa encerrado, y sospechando que el levantamiento no está teniendo éxito en la capital española, Fanjul propone establecerse en el cuartel de la Montaña, a lo que Villegas accede. Vestido de paisano, entra en el cuartel, toma el mando y redacta de su puño y letra un bando en el que declara el estado de guerra "para salvar de la ignominia a España" y se nombra a sí mismo "autoridad" sobre "todas las Fuerzas Armadas y todos los organismos políticos y administrativos del Estado". Fanjul arenga a sus tropas, confiado en la pronta llegada de auxilio de las columnas de Burgos, Valladolid y Andalucía, que ya habían partido en dirección a la capital.

Sin embargo, los refuerzos nunca llegan, y la división interna que existe entre sus propios colegas y el sitio al que poco a poco van sometiendo ciudadanos armados y guardias de asalto al cuartel van minando paulatinamente la moral de los allí atrincherados.

Cuando las fuerzas del Gobierno toman el cuartel, hacia el mediodía del 20 de julio, algunos militares sublevados se suicidan, otros son asesinados y varios son detenidos, entre ellos Fanjul. Acusado de rebelión militar, es juzgado en juicio sumarísimo (él mismo ejerce su propia defensa) y condenado a muerte. Al alba del 18 de agosto de 1936, Joaquín Fanjul es ejecutado por un pelotón de fusilamiento.

martes, 18 de septiembre de 2012

Los hermanos Miralles

La historia convertida en leyenda. Tres jóvenes 'aristócratas' madrileños, Luis, Manuel y el capitán Carlos Miralles, que luchan junto a los golpistas en el puerto de Somosierra y cuyo trágico destino les convierte en mitos

El 22 de julio de 1936, cuatro días después de producirse el levantamiento militar, el capitán Carlos Miralles, al mando de un grupo de voluntarios de Renovación Española, cae en la sierra de Madrid. Su temprana muerte le convierte en un mito entre los golpistas. Sus hermanos, Luis y Manuel, también desempeñarán un papel protagonista en estos primeros días.

Activistas alfonsinos militantes de Renovación Española, el trío Miralles decide ponerse al servicio de los rebeldes cuando el Frente Popular gana los comicios de 1936 y empieza a perfilarse el golpe. Pertenecientes a la aristocracia madrileña, su papel consiste en efectuar labores de enlace.

La personalidad de Carlos impresiona al general Mola, que le nombra capitán honorario. "La mano de este muchacho quema. Es toda una hoguera patriótica", cuenta el historiador Joaquín Arrarás que afirmó Mola del mayor de los Miralles.

El 17 de julio, Carlos regresa de Pamplona con instrucciones del general, y pone rumbo a la sierra madrileña. El capitán y algunos voluntarios salen desde Burgos mientras otros, más impacientes, avanzan desde Madrid hacia las montañas. El grupo, formado por 50 combatientes, está compuesto por amigos íntimos de los Miralles, apellidos ilustres pertenecientes a la aristocracia política y financiera. Su objetivo es ocupar el puerto de Somosierra y facilitar la entrada de las columnas rebeldes.

La. batalla contra los republicanos se inicia el día 22. Esa misma tarde, Carlos cae abatido mientras lucha cuerpo a cuerpo con el comunista Ángel Tarado Manso, que también muere.

Tras el enfrentamiento, sus hermanos acuden en su auxilio y le meten en una camioneta con destino Cerezos de Abajo (Segovia). Muere de camino. Al día siguiente es enterrado en Burgos, en uno de los primeros funerales oficiales que se realizan al desatarse la guerra. Incluso se le otorga la Cruz Laureada de San Fernando. El destino de sus hermanos no será muy distinto. Luís muere dos meses después, el 22 de septiembre, también en Somosierra. Manuel luchará casi hasta el final, falleciendo el 26 de mayo de 1938 mientras combate en el Frente de Teruel.

Onésimo Redondo (1905-1936)


El impulsor del nacionalsindicalismo en Castilla La Vieja tiene 31 años cuando fallece. Sin embargo, en su corta vida se acumulan destacados logros como político y escritor, además de ser cofundador de las JONS

Es un día de verano y en el pueblo segoviano de Labajos hace un calor agobiante. A pocos kilómetros de allí, republicanos y falangistas pelean encarnizadamente desde hace días por el control del puerto de montaña conocido como el Alto del León. Pese al elevado número de bajas, los nacionales han logrado mantener su posición y ese día, 24 de julio de 1936, esperan la visita de Onésimo Redondo, destacado falangista y cofundador de las JONS, que se dirige hacia allí con la intención de insuflar ánimos a las tropas. Nunca llegará a su destino.

A poca distancia del puerto, el automóvil donde viaja Redondo en compañía de su hermano y dos compañeros se cruza en Labajos con un camión cargado de soldados, a los que toman por nacionales. Sin embargo, al aproximarse ambos vehículos, uno de los milicianos les encañona con su fusil y les obliga a bajar del coche. La sorpresa les impide reaccionar con claridad. El hermano de Redondo, Andrés, grita que no disparen, pero su amigo Agustín Sastre es abatido. Todos huyen aterrorizados, excepto Redondo. El primer disparo le alcanza en la rodilla y cae junto al coche. La segunda descarga acaba con su vida. Tiene 31 años.

Cinco días antes de su muerte, el pronunciamiento del 18 de julio le sorprende en la prisión provincial de Ávila. Redondo había sido detenido en Valladolid el 19 de marzo. Semanas antes de la victoria del Frente Popular, había afirmado: "Si triunfan, iremos todos a la cárcel al día siguiente". La profecía resultó cierta, pues el nuevo Gobierno comienza a perseguir a su partido tras las elecciones.

En esa época, Onésimo Redondo es ya un destacado miembro de Falange Española y de las JONS. Su carrera política había comenzado a perfilarse durante su época de estudiante de Derecho en Salamanca, cuando entra en contacto con varias agrupaciones católicas. Tras licenciarse, obtiene en 1927 una beca como lector de español en la Universidad de Mannheim, Alemania.  Durante su estancia, Redondo queda impresionado por el creciente avance del nacionalsocialismo alemán, sobre el que escribe numerosos artículos.

De vuelta en España, comienza a trabajar como abogado y secretario del Sindicato Remolachero de Castilla, al que "reorganiza de arriba abajo", según su sucesor Tomás Bulnes, y "dota impulso y carácter". En 1931, se une al movimiento de Acción Nacional, movido por el enérgico apoyo a la Monarquía que le habían inculcado sus padres, campesinos profundamente religiosos. Ese mismo año, crea el semanario Libertad, situado en una línea nacionalista y beligerante con el régimen republicano. También participa en la creación de las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, germen de las futuras Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS), que funda junto a Ramiro Ledesma Ramos.

En su manifiesto, las JONS se declaran beligerantes con el marxismo y se definen por su nacionalismo o "nacionalsindicalismo", como bautiza Ledesma al ideario jonsista. "Ni la república nos cautiva ni la monarquía nos preocupa, (....) El pueblo creador y unido por la fe común de la patria, sabrá en cada momento histórico darse su régimen apropiado", aclara Redondo en el semanario Libertad al referirse a la forma del Estado. Sin embargo, acepta la propiedad privada y proclama la superación de la lucha de clases a través de un estado coorporativo, basado en el sindicalismo vertical. La justicia social se proclama como uno de los pilares del movimiento.

En 1932, la sublevación frustrada del general Sanjurjo provoca una oleada de represalías contra los grupos desafectos al régimen. Redondo huye a Portugal y su regreso, en 1933, coincide con el surgimiento en Madrid de Falange Española (FE), liderada por José Antonio Primo de Rivera y cuya similitud ideológica con las JONS va eclipsándolas progresivamente. En 1934, se acuerda la unión de ambos movimientos y los tres líderes, Primo de Rivera, Redondo y Ledesma Ramos, inician una intensiva labor política que continúa tras el abandono de este último en 1935.

Hasta 1936, el número de afiliados a FE de las JONS crece al mismo ritmo que la desconfianza de los partidos de izquierdas. La victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero va seguida de una persecución contra los miembros de Falange. El 19 de marzo, Onésimo Redondo es arrestado durante una redada en el café Cantábrico de Valladolid. En junio, le trasladan a la prisión provincial de Ávila.

La madrugada del 19 de julio, un día después del levantamiento, los falangistas encarcelados en Ávila son liberados, no sin dificultades. Cuando el director de la prisión les invita a salir de sus celdas, Redondo y sus compañeros se niegan, creyendo que su verdadera intención es fusilarles. Finalmente, un destacamento de guardias civiles llega a la cárcel y, tras hablar con el oficial al mando, los falangistas acceden a salir de sus calabozos.

Por la tarde llegan a Valladolid y Redondo se presenta ante el general Saliquet y otros jefes militares. Inmediatamente se reúne con los dirigentes falangistas y organiza los primeros contingentes de FE de las JONS. El 20 de julio desarrolla una actividad febril. Comienza por enviar grupos de falangistas a Tudela de Duero y otros pueblos vallisoletanos para sofocar la resistencia. También traslada su cuartel general a la Academia de Caballería, desde donde dirigirá a las milicias falangistas, organizando la intendencia y el reclutamiento.

El 22 de julio, Redondo y el resto de los generales inician el movimiento de tropas con destino a la capital. La primera columna llega al mediodía a San Rafael para tomar por sorpresa el Alto del León, en Somosierra. Las tropas republicanas, percatadas de la importancia estratégica del puerto, oponen una fuerte resistencia, pero son derrotadas. El enfrentamiento prosigue el 23 con varias tandas de asaltos. Según el falangista Carlos Sanz, Redondo visita ese día a los soldados en el Alto del León. Por la tarde regresa a Valladolid, pero decide volver al día siguiente para elevar la moral de las tropas.

El 24 de julio, una columna de soldados republicanos, comandada por el teniente coronel Julio Mangada, sale de Madrid en dirección al Alto del León. Su objetivo es sorprender por la espalda a las tropas nacionalistas que controlan el puerto. Al llegar a Labajos, uno de estos camiones se desvía de la columna para repostar en el pueblo. En su camino se cruza un automóvil y varios milicianos sublevados reconocen entre sus ocupantes el rostro del falangista Onésimo Redondo.

José Giral (1879-1962)


Licenciado en Farmacia y Químicas, su labor política destaca en los primeros compases de la Guerra primero en el Ministerio de Marina y posteriormente como presidente del Gobierno, entre julio y septiembre de 1936

Transcurridas pocas horas después del golpe militar, y ante el fracaso que supone el Gobierno nonato de Diego Martínez Barrio, el presidente de la República, Manuel Azaña, ordena al ministro José Giral que constituya un nuevo Gabinete. Éste acepta y el 19 de julio elabora un nuevo Gobierno formado en exclusiva por republicanos moderados, en el que él, además de la Presidencia, se reserva su antigua cartera en el Ministerio de Marina. Estos dos cargos representan para Giral el escalón más alto de su trayectoria política, una trayectoria que poco o nada tiene que ver con la que el Giral estudiante pensaba para sí mismo en sus años de facultad. 

José Giral Pereira nace en Santiago de Cuba el 22 de octubre de 1879, hijo de un emigrante soriano casado con una nativa de la isla. Tal y como relata José Esteban, historiador y biógrafo del político, no está claro en qué momento el joven Giral regresa a la península Ibérica, aunque se sospecha que su vuelta se produce poco después de la pérdida de las colonias españolas en 1898. Lo que sí se sabe es que una vez aquí es matriculado para que continúe su formación en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid. Concluido el bachiller, la curiosidad que en él despierta todo lo relacionado con el mundo de las Ciencias le conduce a dos carreras universitarias muy alejadas de las artes retóricas de la política: Farmacia y Químícas.

Durante esta etapa de estudiante conoce a destacados personajes novencentistas, como Giner de los Ríos o Miguel de Unamuno, y se incorpora a uno de los sindicatos universitarios, Unión Escolar, cuya finalidad principal es lograr una regeneración de la enseñanza superior. Su primer logro académico destacado llega en septiembre de 1902, cuando obtiene el doctorado cum laude de Químícas.

Sus primeros trabajos remunerados transcurren por diversos laboratorios químicos de la capital, a la par que dedica su tiempo de ocio en fundar, junto con otros colegas del ramo, la Sociedad Española de Física y Química (1903), Sus éxitos como estudiante se le van acumulando, y al año siguiente, 1904, consigue también el doctorado de Farmacia. El esfuerzo se ve recompensados en 1905 cuando obtiene la cátedra de Químicas Orgánicas en la Universidad de Salamanca. De su periplo salmantino cabe destacar la fundación de la Sociedad Química de la ciudad, así como la redacción de su libro Análisis orgánico funcional.

En 1920 retorna a Madrid para abrir una farmacia en el número 35 de la calle de Atocha. En la trastienda de esta rebotica será donde empiece a fraguarse el Giral político.

Junto a Manuel Azaña, con quien mantiene una estrecha amistad, funda Acción Republicana, una organización política apoyada por intelectuales como Ortega y Gasset, Carles Esplá o el mismo Unamuno. El interés de Giral por la política nace tras su paso, una vez en 1917 y tres veces más durante la dictadura de Primo de Rivera, por las celdas de diversas prisiones. En la primera ocasión, es encarcelado por manifestarse a favor del derecho a la huelga de los trabajadores, y en las restantes, por expresar sus ideas republicanas.

En 1926, Acción Republicana se fusiona con otros partidos de similar ideología y nace Alianza Republicana. Pese a esta nueva situación, Giral sigue completamente volcado en su gran pasión: la docencia y la investigación científica. Así, en 1928 logra su segunda cátedra, esta vez en la Universidad Central de Madrid (actual Complutense) como profesor de Químicas Biológicas. La demostración de que Químicas y Política han quedado entrelazadas para siempre en la vida de José Giral tiene lugar en la cena homenaje que sus compañeros de partido le brindan para celebrar su nuevo triunfo académico. Un apagón en mitad del banquete es utilizado como excusa para que los comensales manifiesten, en la seguridad que proporciona el anonimato de la oscuridad, sus vítores a la República y su desprecio hacia Miguel Primo de Rivera y la Dictadura.

El Boticario, como es conocido Giral entre las fuerzas conservadoras, comienza a desempeñar su primera ocupación política con la llegada del nuevo régimen republicano, sobre todo dentro de periodo que comprende el bienio reformista. Inicialmente, el presidente Manuel Azaña lo elige consejero de Estado y rector de la Universidad Central de Madrid. No será un cargo definitivo. Su gran puesto no se encuentra en los pasillos de las facultades de la Ciudad Universitaria, sino que le aguarda tras la mesa de un despacho ministerial.

En octubre de 1931 es nombrado ministro de Marina. Este nuevo cargo no le entusiasma especialmente, pero por disciplina interna al partido y, sobre todo, por fidelidad a su gran amigo y ahora presidente, decide aceptarlo. Durante esta su primera etapa dentro del Ministerio, no hay apenas grandes dificultades a las que hacer frente y Giral aprovecha esta relativa calma para ejecutar varias medidas de corte social destinadas a mejorar las condiciones de los soldados (un aumento de sueldo, entre otras cuestiones). La crisis de Gobierno de 1933 termina con su labor como ministro, aunque se mantiene como parlamentario. La fundación en 1934 de Izquierda Republicana concede a José Giral una nueva oportunidad en el mundo de la política, cuando, tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, regresa a su antiguo puesto en el Ministerio de Marina. Su labor se mantendrá tanto en los gobiernos presididos por Manuel Azaña como en el de Santiago Casares Quiroga.


La confianza de Giral en su nuevo equipo resulta decisiva en las inciertas horas que se avecinan para los republicanos. Conocedor de la conjura militar que se está fraguando con el fin de derribar la República, reestructura rápidamente los puestos de radiocontrol telegráfico, cancela las maniobras navales previstas en Canarias y en la costa marroquí, y determina una serie de acciones y protocolos de intervención (por ejemplo, dejar de cifrar los movimientos de las embarcaciones) a fin de detectar cualquier actuación sospechosa que indique que la maquinaria del golpe se ha puesto en marcha. Pese al efectivo control de la situación que demuestra Giral y la fidelidad al ministro de gran parte de su equipo militar y civil durante el 18 de julio de 1936 y en los sucesivos días, también hay sombríos episodios en la gestión de la crisis por parte del Ministerio de Marina.

Junto a maniobras estratégicas y de defensa, el 18 de julio la Jefatura de Madrid manda una intervención armada que los altos oficiales de las diferentes embarcaciones implicadas nunca llegan a ejecutar. Como relata José Esteban, a través de un despacho radiotelegráfico, el ministro ordena a los comandantes de los destructores Lepanto, Churruca, Sánchez Barcáiztegui y Almirante Valdés, así como al cañonero Dato, desplazados todos ellos en las costas de Ceuta y Melilla, abrir fuego sobre los campamentos y cuarteles de Regulares, centros militares y agrupaciones de fuerzas localizadas en tierra. Sus órdenes son claras: "La República española espera que la lealtad y disciplina de esas dotaciones sabrán hacer honor a la tradición brillante de la Marina. Continuarán el fuego hasta producirse una solicitud de tregua o hasta haberse consumido la mitad de los cargos".

La orden, sin embargo, no es obedecida por ninguno de los citados navios. La posibilidad de causar cientos de bajas civiles ajenas a la sublevación militar, así como el miedo de los soldados a disparar contra sus propios compañeros y amigos son algunas de las razones que impiden su cumplimiento. La crisis de Ceuta no impide, sin embargo, que Manuel Azaña deposite en su viejo amigo la confianza suficiente en estos difíciles momentos para que organice un nuevo Ejecutivo.

Entre las primeras decisiones que Giral toma estando ya al cargo del Gobierno para frenar la rebelión militar destaca, por un lado, la entrega de armas a las milicias populares, y por otro, la disolución del Ejército sublevado, una medida que a la postre se demuestra ineficaz. Otra de las más conocidas actuaciones del nuevo presidente es acudir en busca de ayuda de los gobiernos extranjeros. Giral tiene una fe ciega en la intervención extranjera europea a favor de la República. Los gobiernos francés y ruso son los primeros destinatarios de sus demandas de auxilio.

Sobrepasado por el devenir de los acontecimientos, el Gobierno de Giral pone en marcha una serie de medidas y soluciones para intervenir en la realidad que los primeros compases del conflicto bélico va dejando a lo largo y ancho del país. Así, destituye a todos los funcionarios públicos de los que tiene constancia que han colaborado en el alzamiento militar, así como a aquellos que no se muestran suficientemente afines a la República. La Guardia Civil por ejemplo, es reemplazada por la Guardia Nacional Republicana, a la par que se fomenta el desarrollo de los batallones populares, esqueleto que sustentará el inminente Ejército popular. Las organizaciones civiles contrarias a la República también quedan clausuradas.

Entre algunas de estas medidas adoptadas para mantener una situación de legalidad en España por el presidente Giral, los historiadores Alfredo y Gabriel Pérez señalan la creación, a finales de agosto de 1936, de los tribunales populares, en los que, con una base judicial militar, se juzgan delitos de rebelión y que poco a poco van sofocando la acción de los grupos de incontrolados. En el ámbito laboral, destaca la incautación para el Estado de las fábricas e industrias abandonadas por sus propietarios.

El Gabinete de José Giral da sus últimos pasos políticos con la derrota republicana en Talavera de la Reina y con Madrid técnicamente al alcance del Ejército nacional. El 4 de septiembre de 1936, Giral presenta su dimisión como jefe del Gobierno y es sustituido por Francisco Largo Caballero. Durante esta nueva etapa, el ex presidente ejerce de ministro sin cartera en los dos gabinetes presididos por el socialista, y pese a que no cuenta con ningún campo en concreto sobre el que poder actuar, sus intervenciones son siempre tenidas especialmente en cuenta por los demás miembros del Ejecutivo.

En agosto de 1937 asiste y participa en el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura (que por celebrarse en Valencia, zona republicana, recibe el nombre de Congreso Internacional de Escritores Antifascistas). Es en este foro cultural donde manifiesta su radical oposición a que Largo Caballero forme un Gabinete de guerra sin contar con los comunistas.

Posteriormente, ya con Juan Negrín en la Jefatura de Gobierno, el 17 de mayo de 1937 es nombrado ministro de Estado, aunque poco antes de cumplir un año en el cargo será destituido y volverá a quedarse como ministro sin cartera. Tenaz en sus pretensiones, sus esfuerzos siguen encaminados en el plano internacional en conseguir la ayuda de las potencias extranjeras.


En cuanto a sus ocupaciones en el terreno nacional, sobresale su labor como representante del Gobierno republicano en las negociaciones mantenidas cara alcanzar un intercambio de prisioneros de guerra con el gobierno rebelde establecido en Burgos, unas negociaciones que resultan infructuosas por la negativa de los sublevados a efectuar el trueque entre detenidos.

Los años de Guerra Civil empiezan a pesar en España, y José Giral vuelve a coincidir con su viejo amigo Manuel Azaña en una idea: hay que lograr la paz a toda costa. Sus planteamientos políticos, que incluyen incluso la capitulación frente a los rebeldes, chocan frontalmente con Negrín, quien se opone a cualquier insinuación de rendición. Destituido como ministro de Estado en abril del 38, su asiento lo ocupa Álvarez del Vayo.

Terminada la guerra, en 1939 Giral se exilia a Francia, acompañado por Azaña, donde pasan unos días alojados en la embajada española localizada en París. Giral intenta ganar todo el tiempo posible para sacar a su familia de la Península y reunirse con ella en el exilio. Una vez que los ha juntado a todos, el grupo emprende la huida hacía México.

En el país centroamericano, José Giral vuelve a dedicarse a su gran pasión, la enseñanza, y desempeña labores de maestro en diversas instituciones educativas, entre ellas el Colegio de México, el Instituto Politécnico y la Universidad Nacional Autónoma Mexicana.

El 18 de septiembre de 1945 es elegido presidente de la República española en el exilio, un Gobierno que las propias autoridades mexicanas reconocen como legitimo. Las divisiones y enfrentamientos dentro del propio Gabinete acaban por forzar su dimisión en febrero de 1947. Desde ese momento, la única ocupación de José Giral vuelve a ser la de profesor en la Universidad de México, un trabajo que desempeñará hasta su muerte, en 1962.

Gregorio Marañón (1887-1960)


Reputado médico y científico, sobresale como uno de los políticos más independientes de la época. Monárquico constitucionalista, se manifiesta crítico con la República y cambiará su liberalismo por el apoyo a los sublevados

El doctor Marañón inventa la expresión "ojo clínico" para referirse a esa intuición especial que debe tener un buen médico y que se forja a base de experiencia y entusiasmo. El neologismo terminará extrapolándose a todos los ámbitos de la vida y, de igual forma, su inventor trasciende la Medicina convirtiéndose, gracias a su carisma y a sus magníficas relaciones sociales, en testigo privilegiado de dos décadas turbulentas de la Historia de España.

Marañón, sin militar nunca en ningún partido, está siempre en el centro de la política madrileña, y desde allí la disecciona con su bisturí exquisito e independiente para tratar de extirpar los males de la nación. Cuando en 1936 ya no puede seguir inmune a la vorágine que le cerca, reniega de la República que ayudó a alumbrar, se exilia y sólo regresa para abrazar el régimen de Franco.

Natural de Madrid (1887), hijo de un conocido juez y diputado conservador y talento precoz de la Medicina, entre sus innumerables publicaciones destacan los trabajos sobre Endocrinología, disciplina en la que es pionero y referente mundial por su estudio de la relación entre las emociones y las secreciones hormonales. También se interesa por la sexologia y la psicología, cuyos principios aplica al estudio de personajes históricos o literarios. Aunque esta faceta suya ha envejecido peor, esta versatilidad humanista le abre las puertas de las reales academias españolas, de la Historia y de Bellas Artes, aparte de la de Medicina.

Su protagonismo social se cimienta en el temprano éxito de su consulta privada, la preferida de las elites de Madrid, a la que acuden, entre otros, la reina María Cristina, Eugenia de Montijo, Pablo Iglesias, Prat de la Riba, Pérez Galdós y Juan Belmonte. Y lo consolidan los artículos que, desde comienzos de los años 20, publica en El Liberal, el periódico que dirige Miguel Moya, amigo suyo desde la infancia y hermano de su mujer.

En 1922, en un banquete, relata un viaje que ha hecho a Las Hurdes. A Alfonso XIII le entran ganas de conocer la región y se lo lleva consigo. El rey disfruta tanto que hasta se hace una foto desnudo apoyado en su hombro. Ese año, Marañón compra su casa del Cigarral de Menores toledano, desde entones escala insoslayable para políticos, literatos, artistas e incluso representantes de gobiernos extranjeros. Aun diez años después de muerto Marañón, De Gaulle iría a visitarla tras almorzar en El Pardo.

Marañón enarboló siempre la bandera liberal. Pero "el ser liberal no es una política, sino un modo de ser", y "no puede ser político quien tenga el compromiso de ser a toda costa leal con su propia conciencia". Ese talante le permite adscribirse, con total honestidad, a diferentes programas según la coyuntura.

Se define como "hombre del anterior régimen", esto es, monárquico constitucionalista, en sus críticas constantes a Primo de Rivera, quien inicialmente responde con las mismas armas publicando las peculiares Notas oficiosas y al final le mete un mes en la cárcel con la excusa de la Sanjuanada de 1926.

En cambio, a la caída del dictador, Marañón percibe que la Monarquía está agotada y funda, junto a Ortega y Pérez de Ayala, la Agrupación al Servicio de la República, dejando claro que no pretende ser un partido político sino un intento de concienciar a los españoles, y que si la renovación hubiera sido posible en una monarquía, él no habría luchado contra ella.

Para Marañón, la República no es un fin en sí misma, y de hecho desconfía más de los republicanos que de los socialistas. La sinceridad de su compromiso cívico apolítico se refleja en que ni siquiera había asistido al Pacto de San Sebastián, al que fue convocado. Tan estimadas son su independencia y su autoridad que, tras las elecciones de 1931, Romanones y Alcalá Zamora acuerdan el hecho insólito de reunirse en casa de una persona como Marañón para organizar el cambio de régimen y la salida del monarca. Más aún, le piden que sea él quien acompañe a la familia real a la frontera, oferta que declina con humildad.

Durante el primer bienio, dice que no a la embajada de París porque es en la investigación y la divulgación donde mejor puede servir a su patria. Acepta por cumplir un acta de diputado, pero apenas interviene en las Cortes y en 1933 las abandona. El mismo año rechaza formar Gobierno tras la dimisión de Azaña. Cuando llegue la hora del exilio, Marañón se preguntará si aquel día perdió la oportunidad de enderezar España.

Por entonces, ya empieza a desconfiar de la radicalización de las masas. Al fin y al cabo, él siempre ha sido un burgués acomodado, ilustrado y católico. Más tarde recordaría "el vago sentimiento de temor que me han producido siempre los movimientos populares, porque conozco la carga de inconsciencia que en ellos se esconde".

El viraje de Marañón se produce lentamente. Todavía en enero de 1936 ignora una nueva oferta política, esta vez de Minoría Agraria, en una carta recuperada por su biógrafo Marino Gómez Santos y en la que dice: "La izquierda es discutible, pero es, por ahora, y con todos sus inconvenientes, una esperanza. (...) Ya no he de cambiar mi izquierdismo, tan poco exaltado si usted quiere, pero tan firme". Acaba cambiándolo, en gran parte por la indignación que le produce el que jóvenes izquierdistas le obliguen tras el golpe a firmar el manifiesto de la Alianza de los Intelectuales Antifascistas y a hablar por la radio del PCE. Estos primeros días, Marañón aparece también en las listas negras de intelectuales republicanos que maneja el otro bando. No sabían que se hizo amigo de José Antonio Primo de Rivera y que ayudó a salir de España a Serrano Suñer.

En su exilio francés, Marañón anhela la victoria de los sublevados, porque "ya no hay liberalismo ni republicanismo" y con Franco "España permanecerá fuerte y unida para marchar hacia un futuro mejor". Los republicanos le abren expediente en rebeldía y expropian y saquean su casa. Regresa en 1942 y, aunque la Diputación de Madrid le retira la cátedra por "entusiasta republicano" y "neomalthusiano", pronto se la devuelve y Marañón vive integrado en el franquismo hasta su muerte en 1960.

Cuando un ex correligionario le reprocha su transfuguismo, él niega haberse derechizado. Dice que está "donde siempre, pero esta posición no justifica que esté al lado de aquella caterva de asesinos. Yo he estado cinco meses en Madrid, en contacto con ellos, y le aseguro que toda la intransigencia y la pequeñez de espíritu de todos los obispos y todos los inquisidores del mundo es poca cosa comparada con la suya".