Adsense

lunes, 2 de enero de 2023

Juan Negrín y su desesperado intento por pactar con Franco

El presidente del Gobierno y ministro de Defensa clamó por la firmeza de la República y por alcanzar un acuerdo con los sublevados en la sesión de las Cortes que se celebró en el monasterio de Sant Cugat del Vallès en septiembre de 1938


El 30 de septiembre de 1938, mientras la República se hundía, ante el avance de las tropas franquistas que ya habían lanzado su contraofensiva en el frente del Ebro, Juan Negrín, presidente del Gobierno y ministro de Defensa de la España republicana, comparecía ante las Cortes en una sesión celebrada en el monasterio de Sant Cugat del Vallès, entonces Pins del Vallès. 

La apuesta de la República por retirar las Brigadas Internacionales para mostrar al mundo que las injerencias internacionales estaban exclusivamente del lado franquista resultaba también en vano después de que Inglaterra y Francia cediesen en su política de apaciguamiento ante la Alemania nazi.

Aun así, a Negrín no le quedaba más remedio que defender lo poco que le quedaba por defender a su Gobierno pidiendo la confianza de las Cortes. La estrategia por tanto, no era otra que volver a ofrecer a los sublevados la oferta de los Trece Puntos que el propio Negrín había presentado en abril de ese mismo año, en una situación mucho más ventajosa, para acabar con la guerra a través de un armisticio y de asegurar que su Gobierno no se rendiría en ningún caso ni capitularía ante el enemigo.

Los Trece Puntos no eran sino unas condiciones de mínimos que apelaban a la independencia del país frente a las potencias extranjeras que colaboraban con los sublevados, exigían un plebiscito para determinar la estructuración jurídica y social del Estado, siendo la República el único modelo de gobierno contemplado y trataban de blindar de alguna manera la reforma agraria, el autogobierno de Catalunya y Euskadi y los avances sociales de los bienios progresistas, además de una amplia e indefinida amnistía. Unas condiciones que Franco no podía aceptar, y mucho menos en una clara situación de superioridad militar, pese al elevado coste que todavía suponía tomar Madrid, Barcelona y Valencia. 

Nadie podía creer que las palabras de Juan Negrín asegurando que la guerra se podía y se debía ganar pese a la derrota militar,  era una absoluta contradicción. Y menos cuando iniciada ya la sesión en una nave central de la iglesia del monasterio transformada para la ocasión, el motor de un avión acalló las primeras intervenciones. El desenlace de la guerra estaba marcado y las palabras de Negrín no sirvieron más que para que el Ejecutivo obtuviese la confianza por aclamación de unas Cortes que se reunieron por penúltima vez. La última sería ya en Figueres para ratificar la derrota.

El discurso:

“Señores diputados, la única ocasión en mi vida en que he demandado, en que con mi autoridad de jefe de Gobierno he exigido asumir la responsabilidad de la dirección de la guerra desde el Ministerio de Defensa fue la noche del 29 al 30 de marzo en que en mí se produjo una crisis íntima. ¿Para qué evocar el recuerdo de aquellos lúgubres instantes?

”Deshecho el frente, sin frente, en desbandada y presa de pánico gran parte de nuestro ejército, desmoronada la moral de nuestra retaguardia, creí yo entonces, señores diputados, que a quien incumbió la responsabilidad de la política del país no podía rehuir en esos instantes de asumir la máxima responsabilidad, cual era la dirección de la guerra; no se podría gritar y exigir una política de resistencia si al mismo tiempo en el terreno de las realidades, en el terreno de las luchas no se asumía también la responsabilidad de la dirección.

Por eso, señores diputados, se produjo el cambio con las modificaciones de Gobierno que entonces introduje. He tenido yo siempre la convicción, la sigo teniendo, de que el factor dominante en la lucha es la fe y que sin fe en la victoria no puede haber triunfo, no puede haber decisión.

Simplemente, en estas palabras: en fe, en seguridad, en convicción, que había de llevarse al ánimo de todo el mundo, quería yo cifrar y basar en aquellos instantes una política de resistencia que había de ser una política de resistencia constructiva. Y ahora, señores diputados, vamos a llegar al fin de la guerra.

¿Puede ganarse la guerra? ¿Ha de ganarse la guerra? Claro que puede y ha de ganarse la guerra. Lo podemos decir nosotros que hemos sobrevivido los tristes meses que hay de mayo a octubre. ¡Qué duda cabe! ¿Se ganará militarmente la guerra, que es la pregunta que hacen muchos? Ante la superioridad en material del enemigo, ante la superioridad en medios y recursos del enemigo, ¿podremos nosotros triunfar militarmente?

Señores diputados, ¿quieren ustedes decirme qué guerra se ha ganado militarmente? Yo quiero recordar con otras palabras lo que ya dije en Madrid. La guerra se pierde cuando da uno la guerra por perdida. El vencedor lo proclama el vencido; no es él quien se erige en vencedor. Y mientras haya espíritu de resistencia, hay posibilidad de triunfo. Y no es el triunfo exclusivamente militar: muchas veces se ha producido el fracaso militar por un desmoronamiento en el espíritu de resistencia y en la moral del enemigo.

¿Dónde está hoy la moral, señores diputados? ¿De parte de nuestros enemigos o de parte nuestra? ¿Por qué está de nuestra parte? Porque sabemos que no tenemos más remedio; defendemos nuestra vida, defendemos nuestros intereses y defendemos algo que yo quiero creer que para nosotros está por encima de todo eso: defendemos a nuestra España.

Por eso triunfaremos, y podremos triunfar; con los éxitos militares y sin ellos, pero con un aumento de nuestro espíritu de resistencia y de nuestra moral y con un decaimiento, que ya se ha iniciado hace mucho tiempo que cada vez se acentúa más por parte de nuestros enemigos y que, a medida que su ficción y su cegamiento se borren y se den cuenta de que luchan en contra de los intereses permanentes de España, será mayor y les llevará al hundimiento pleno y total.

La guerra se puede ganar y se ha de ganar. Y, ¿cómo vamos a ganar la guerra? ¿Pactos, componendas, arreglos? Sí; podría terminarse con pactos, arreglos o componendas. Pero con este Gobierno, no. Este Gobierno no va a pactos, ni componendas, ni arreglos, porque los enormes sacrificios que ha hecho nuestro país serían estériles si nosotros fuéramos a algo que nos habría de llevar irremediablemente al nuevo sistema de dirección del país, al mismo sistema de dirección que se instauró en España después de la Restauración. Para eso no valía la pena ninguna de las vidas que se han sacrificado ni ninguna de las gotas de sangre que se han derramado en nuestro suelo.

¿Mediación? La hemos pedido siempre. La única mediación que cabe: la mediación con esos países que han invadido a España; mediación que hemos reclamado porque tenemos derecho a que medien, a que intervengan, a que les obliguen a que salgan, o si no que se pongan de nuestro lado los países que están ligados a este compromiso en virtud de un pacto. Pero, ¿mediación con los españoles? ¡Ah! Pero, ¿es que vamos a convertirnos nosotros en un país de capitulaciones? Eso es completamente inaceptable. Liquídese el problema de los extranjeros en España, y entonces nuestro problema se resolverá como tiene que resolverse, como debe resolverse.

Yo, midiendo perfectamente el alcance de mis palabras y la responsabilidad de lo que digo, me dirijo desde aquí a los españoles del otro lado e invoco su patriotismo; no a nuestros amigos perseguidos, ocultos o enmascarados, que hay muchos amigos nuestros, ni a los indiferentes, materia deleznable e inerte que a nosotros políticamente y desde el punto de vista de Gobierno, ni aquí allí nos interesan; yo me dirijo a nuestros enemigos y les digo: ‘¿Hasta cuándo y hasta dónde tiene que durar esto? ¿No os dais cuenta de que estáis sacrificando y estáis destrozando completamente a España? Pactos, arreglos, componendas, no. Pero os ofrecemos una legalidad que está definida en los trece puntos de fines de guerra del Gobierno’.

¿Es que hay aquí algún punto que no puedan suscribir los españoles que se sientan españoles por encima de todo y que quieran convivir con los demás aunque piensen de distinta manera y discrepen de ellos? ¿Es que no estamos todos conformes en que hay que asegurar la independencia de España, librarla de la invasión extranjera?

¿Es que, señores diputados, somos opuestos a una España vigorosa, con la forma republicana, que es la legal y que nosotros pedimos, pues la monarquía fracasó en España? No voy a discutir el principio monárquico; admito que teóricamente se pueda sostener el principio monárquico como conveniente, pero la monarquía fracasó y no hay sentimiento monárquico en España como en otros países.

Nosotros hemos aprendido mucho de la guerra y hemos querido corregir y corregimos nuestros errores, y yo les digo a esos españoles de enfrente si es que ellos no han aprendido nada y su obcecación, su vanidad, su soberbia puede consentir que llegue al exterminio de nuestra patria y a la división de zonas de influencia.

Porque eso sí quiero advertirlo. El Gobierno, la España leal no consentirá eso nunca y bajo ningún pretexto; antes lo que sea, antes lo que sea que España pueda dividirse en zonas o repartirse entre tendencias políticas diferentes; antes lo que sea, con todas sus consecuencias. Creo en el porvenir de España. Lo he dicho siempre. Quizá si no creyera en el porvenir de España no tendría fuerzas para representar la República y ocupar el cargo que ocupo.

Estoy plenamente convencido de ello. España es rica, España tiene la labor de sus hijos, tiene para sostener a todos sus hijos, cosa que ya es bastante riqueza; militarmente, geográficamente, una posición sin par en Europa. En cuanto a riqueza natural, no es comparable con ningún país. Dentro de un régimen de autarquía, quizá sea España el único país de Europa que pueda llevarlo sin quebranto de sus economía y bienestar.

España tiene y puede tener un gran porvenir. Tengo fe absoluta en la reparación económica de España. Es precisamente para eso que los gobiernos a quienes esto incumba puedan gobernar y se les deje gobernar, y se sientan apoyados y sostenidos en su función de gobierno; pero sólo así, en estas condiciones, se podrá hacer una España a base de una reconciliación que es necesaria; una España; la de los españoles, después de este bautismo de sangre que nos ha depurado y redimido de todas las faltas y errores que podamos haber cometido; una España a la que tenemos derecho.

Yo aseguro, señores diputados, que las perspectivas son halagüeñas aun después de tantas tristezas. Es más; que si se llega a que los españoles se den cuenta de cuáles son sus obligaciones como tales españoles, prescindiendo de discrepancias y de posiciones políticas, y cumplen con su deber como tales españoles, todos los sacrificios que se han hecho, todas las pérdidas en vidas y las pérdidas materiales no habrán sido inútiles ni estériles, y España resurgirá y estará como no ha estado nunca; eso es lo que yo anhelo, y con nuestros esfuerzos hemos de lograrlo todos.”


Arín Prado, Ernesto (1875-1937)

Antes dela guerra alcanzó el rango de coronel del Arma de Infantería, y durante la Segunda República se afilió a la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA).​ A pesar de que estaba retirado, con el estallido de la Guerra Civil apoyó al bando republicano y presidió el Comité Ejecutivo Popular de Valencia conjunto entre la Unión General de Trabajadores (UGT) y Confederación Nacional del Trabajo (CNT) que, con independencia del poder central, se hizo cargo del gobierno de la provincia. En lo militar, tres militares dirigían las actividades del Frente Popular, el citado Arín Prado, que era jefe del Centro de Movilización y Reclutamiento de Valencia, el teniente de Artillería José Benedito Lleó, nombrado delegado de guerra y en el que recaía el mando militar y, el capitán de la Guardia Civil Manuel Uribarry Barutell; todo ello según el general Salas Larrazabal en su libro Historia del Ejército Popular de la república

Arín organizó la resistencia contra los nacionalistas en Valencia, al tiempo que se encargaba de organizar las primeras columnas militares que se dirigieron a la defensa de Madrid.​ 

Entre agosto y septiembre de 1936 fue gobernador civil interino de la provincia de Valencia​ y en abril de 1937 fue destinado a la IV División Orgánica del Ejército Popular de la República.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Arín Oyarzábal, José Joaquín (1875-1936)

Sacerdote vasco nacido en Villabona (Guipuzcoa), tras su formación en el seminario de Vitoria fue nombrado párroco de Arechavaleta y, posteriormente, párroco  de San Juan de Mondragón durante 25 años.

Asesor del obispo de Vitoria, Mateo Múgica, apoyó la preservación y difusión de la cultura vasca (gracias a su ayuda, se creó la primera ikastola de Mondragón) junto a la labor de los padres Guridi y Markiegi, en la investigación filológica del euskera y su docencia. 

Antes de su detención Arín sufrió un incidente protagonizado por la líder tradicionalista María Rosa Urraca Pastor, que había llegado a Mondragón para dar un mitín. Urraca Pastor reconoció al párroco en la calle y le increpó para que gritara tres veces "¡Viva España!". La humillación fue rematada con una amenaza de muerte. 

Tras la ocupación de Guipúzcoa por las tropas que mandaba el general Mola fue hecho prisionero por éstas, siendo entonces acusado de separatista, por lo que fue recluido en la prisión de Ondarreta (San Sebastián), de donde fue sacado poco tiempo después y fusilado sin formación de causa, en unión de otros sacerdotes y seglares (José Markiegi Olazabal vicario de Mondragón, Leonardo Guridi y del seglar Joseba Ceciaga, miembro del PNV). Los cuatro fueron fusilados la noche del 24 al 25 de octubre de 1936 a la entrada del cementerio de Oyarzun. 

En opinión del obispo de Vitoria, Mateo Múgica, «mejor habrían hecho Franco y sus soldados besando los pies de este venerable sacerdote que fusilándolo».



miércoles, 21 de diciembre de 2022

Arias Paz, Manuel (1898-1965)

Comandante del Arma de Ingenieros que durante la Guerra Civil se alineó en el bando nacionalista y desempeñó la jefatura del Departamento de Prensa del Cuartel General del Generalísimo, , catedrático de la Universidad de Valladolid.

Nacido en La Coruña en 1899, ingresó en 1915 en la Academia de Ingenieros de Guadalajara, de la que salió como teniente, después de completar sus estudios. Su primer destino fue al batallón de Radiotelegrafía de Campaña, con base en Melilla, haciéndose cargo de una sección de radio.  En junio de ese crítico año de 1921 (desastre de Annual) organizada una columna de socorro para Igueriben, donde empleó por primera vez en el ejército español las estaciones de radio.

En 1923 fue nombrado ayudante de profesor de la Academia de Ingenieros, y más tarde, nombrado jefe de una compañía expedicionaria del 5ª Regimiento de Zapadores-Minadores, con destino a Ceuta. En 1927 volvía a la Península con destino al Regimiento de Radiotelegrafía y Automovilismo. Colaboró en el diario Ya, en el Memorial de Ingenieros, en la revista Ejército y fue director de la revista especializada Marconi.

Al inicio de la Guerra Civil, en julio de 1936, se adhirió al bando “nacional”, trabajando inicialmente en La Coruña, donde realizó diversos proyectos de construcción de baterías de costa. En abril de 1937, y durante siete meses, fue delegado del Estado para Prensa y Propaganda, agregado al Cuartel General del general Franco, cargo en el que sucedió a Vicente Gay Forner. En este puesto gozó de amplios poderes, pues podía definir lo que podía salir en los medios de comunicación, ejercer la censura, y, en definitiva, establecer las líneas maestras de lo que debía ser la propaganda del nuevo régimen. Su nombramiento no fue bien recibido por el grupo de monárquicos que participaban en tareas de propaganda, puesto que Arias había estado vinculado a la CEDA.

Impulsó la “guerra psicológica”, a través de los altavoces en los frentes, consiguiendo unidades móviles que recorrían todas las líneas, y potenció la fabricación de los cohetes lanza-mensajes, o lanza-proclamas, con las que sembró a diario las trincheras enemigas con miles de octavillas de propaganda. Posteriormente tomó parte en operaciones de la importancia de las ofensivas de Teruel, Madrid y apertura de brecha en el Mediterráneo como Jefe de Transmisiones de Cuerpos de Ejércitos. Llegó incluso a realizar una misión en la zona Republicana, pasando a Cataluña, con un falso pasaporte extranjero.

Terminada la guerra, en 1940, proyectaba y dirigía la construcción de la Escuela de Automovilismo del Ejército, siendo designado, una vez terminada, como director de la misma. Al ser promovido a coronel, en 1950, se le nombraba Inspector General de Escuelas de Automovilismo y de Formación Profesional del Ejército, y en 1953 pasaba destinado, como jefe, al Regimiento de Zapadores de Cuerpo de Ejército III, en Valencia. En ese mismo año, debido a sus numerosos compromisos técnicos (como autor de textos relacionados con los automóviles) solicitaba y obtenía pasar a la reserva con carácter voluntario. 

Como director de la Escuela de Automóviles sentó precedentes en la modernización de los movimientos del automóvil en el campo táctico y logístico, definiendo de forma práctica, los planes de mantenimiento del material automóvil en los diferentes escalones, especialmente en los primeros y segundos, correspondientes al conductor y a las pequeñas unidades.


lunes, 19 de diciembre de 2022

Arías Navarro, Carlos (1908-1989)

Nacido en Madrid, fue Doctor en Derecho por la Universidad Central de Madrid, funcionario del Ministerio de Justicia de España, fiscal en Málaga y Madrid y notario. 

Al estallar la Guerra Civil Tomó apoyó al bando nacionalista, desempeñó el cargo de fiscal militar en los consejo de guerra contra los partidarios significativos de la República, distinguiéndose en el ejercicio de tal cargo por la dureza con que actuó en la represión nacionalista de Málaga, le valió el apodo de «El carnicero de Málaga». Por ello se le atribuye haber participado en la muerte de más de 4300 leales al Gobierno de la República.

Terminada la contienda hizo una meteórica carrera política: gobernador civil de León, Santa Cruz de Tenerife y Navarra; director general de Seguridad; alcalde de Madrid; ministro de la Gobernación y presidente del Gobierno. 

Al acceder al trono el rey Juan Carlos I prosiguió en el ejercicio de sus funciones como tal jefe de Gobierno, hasta que en julio de 1976 presentó la dimisión de su cargo, siéndole concedido entonces el título de marqués de Arias Navarro.

sábado, 17 de diciembre de 2022

Arias Esperanza, Carlos (1915-1984)

Nacido en Lugo el 13 de junio de 1915, se licenció en Filosofía y Letras y fue un político gallego, cofundador, junto con Lorenzo Varela y Ángel Fole, de un movimiento político representativo de la izquierda de su región natal. 

Durante la Guerra Civil prestó apoyo a la causa republicana y participó en numerosas operaciones militares de la contienda —entre ellas, la defensa de Madrid y combatió en el frente aragonés— como oficial del ejército republicano. 

Ya en la postguerra actuó en la clandestinidad contra el régimen franquista, siendo detenido en numerosas ocasiones.


jueves, 15 de diciembre de 2022

Argentina, República (su actitud frente a la Guerra Civil Española)

La República Argentina observó oficialmente una actitud de estricta neutralidad respecto al conflicto español. No obstante, trató de ayudar en la medida de sus posibilidades a paliar las penalidades que sufría la población civil española, especialmente en los primeros meses de la contienda. Así, en agosto de 1836, solo un mes después, se creó la Agrupación de Amigos de la República Españlola (ARE) organizado por el Centro Republicano Español en Buenos Aires; en 1937 se creó FOARE, vinculada al Partido Comunista en Argentina (PCA); en 1938 se creó la Comisión Coordinadora de Ayuda a España en Argentina, vinculada a grupos anarquistas y sindicalistas.  Así, por ejemplo, entre los meses de agosto de 1936 y junio de 1937, el crucero 25 de Mayo y el torpedero Tucumán realizaron quince viajes entre los puertos del Levante español, en poder de los republicanos, y Francia, transportando cerca de dos mil personas, la mayor parte de ellas perseguidos políticos, muchos de los cuales es más que probable que hubieran perecido de no haber encontrado este medio de evasión. 

Por otra parte, y con carácter personal, Soledad Alonso de Drysdale fundó en Buenos Aires, en abril de 1937, una institución denominada «Legionarios Civiles de Franco» —lo cual le valió que el 1 de octubre de 1938 el general Franco le concediese la Orden de Isabel la Católica—, cuya principal finalidad era la ayuda a la causa nacionalista mediante la recogida de donativos y la organización de actos propagandísticos y benéficos. La organización, que llegó a contar con 10.000 socios, surgió con el propósito de construir orfanatos en España y educar a los niños víctimas de la guerra. Además, contaron con la publicación Por Ellos y la emisora Radio Excelsior, para difundir el ideario nacionalista. Al igual que en el bando republicano, hubo muchas organizaciones defensoras del bando nacional como: Organización Monárquica Española de Beneficiencia, el Centro de Acción Española, el Socorro Argentino pro reconstrucción de España, la Falange Española Tradicionalista, con numerosas filiales en el interior del país, etc. 

Al finalizar la contienda, Argentina acogió a gran número de españoles procedentes de la zona republicana, algunos de ellos muy conocidos desde el punto de vista político e intelectual: el penalista Luis Jiménez de Asúa, el historiador Claudio Sánchez Albornoz, el escritor Francisco Ayala, el abogado Ángel Ossorio y Gallardo, el dramaturgo Alejandro Casona, el poeta Rafael Alberti, el dibujante y escritor Alfonso Rodríguez Castelao, etc.

martes, 13 de diciembre de 2022

Argelés-sur-Mer (campo de concentración)

Municipio francés de los Pirineos Orientales situado en el Rosellón, a 2 km aproximadamente de la costa mediterránea. 

A principios de 1939 el Gobierno francés instaló en unas dunas próximas a la playa de dicha localidad un campo destinado a parte de los 550.000 refugiados que traspasaron la frontera, huyendo de España tras el fin de la Guerra Civil Española. . El mencionado campo permaneció abierto hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, habiendo albergado en sus casi seis años de existencia a unas 
100.000 personas. 

Con la caída de Barcelona, último reducto importante republicano en la zona norte de España, en enero de 1939, se produjo un éxodo de medio millón de refugiados buscaron la huida a Francia como única salvación ante el avance nacionalista. Ante la presión de la opinión pública internacional, el jefe del gobierno francés, Édouard Daladier, autorizó el 5 de febrero el paso a territorio francés de los refugiados. La huida se realizó principalmente a través de los pasos fronterizos de La Junquera y Portbou, por donde salieron cientos de miles de refugiados, los restos del gobierno republicano y de la 130ª Brigada Mixta del Ejército Popular Español. Hasta el 15 de febrero de 1939 ingresaron oficialmente en el departamento francés de Pirineos Orientales (que entonces contaba con unos 230.000 habitantes), un total de 353.107 personas, sobre todo a pie: familias enteras, soldados republicanos que habían combatido en el Frente del Ebro y miembros de las Brigadas Internacionales que, por motivos políticos, no podían volver a su país de origen. Cuando las autoridades francesas comprobaron la magnitud del éxodo, la catástrofe humanitaria era ya inevitable; pocas semanas antes del fin de la guerra, el "informe Valière", realizado a petición del Gobierno francés, estimaba, a 9 de marzo de 1939, la presencia de unos 440.000 refugiados en Francia, de los cuales 170.000 eran mujeres, niños y ancianos, 220.000 soldados y milicianos, 40.000 inválidos y 10.000 heridos.

Los primeros meses en Argèles fueron los más duros para los exiliados españoles; el frío del invierno  aún duraba y enfermedades como la disentería y el tifus comenzaron a hacer mella en unos contingentes ya debilitados por el hambre y la sed. El Vaticano, por su parte, se había pronunciado calificando a los republicanos españoles como "demoníacos", negando la sepultura en los cementerios franceses a los exiliados fallecidos. Finalmente un vecino de Argèles donó desinteresadamente un terreno para este fin.

Seis meses  después de abrirse, estalló la Segunda Guerra Mundial, y en junio de 1940, cuando los alemanes invadieron Francia, los refugiados españoles abandonaron el campo de Argelès, cuyo destino fue diverso; algunos se alistaron en el Ejército francés para luchar contra la invasión nazi, otros se trasladaron al continente americano, especialmente a México y Puerto Rico, donde las condiciones eran más favorables y los menos se establecieron en Francia de manera permanente. 

Tras el desalojo, el campo fue reutilizado como campo de concentración de prisioneros de guerra por el gobierno pro-nazi de la Francia de Vichy. Se desmanteló al finalizar la II Guerra Mundial. En las cercanías de la playa Norte del Campo de Argèles, se erigió un monolito en homenaje a los españoles internados allí con la siguiente inscripción: "A la memoria de los 100.000 republicanos españoles, internados en el campo de Argelès, tras la RETIRADA de febrero de 1939. Su desgracia: haber luchado para defender la Democracia y la República contra el fascismo en España de 1936 a 1939. Hombre libre, acuérdate."

V. campos de concentración.