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domingo, 9 de diciembre de 2018

Parte de Guerra Nacional (9 de diciembre de 1938)


Estabilización.

Sin novedades dignas de mención.

Actividad de la aviación.—Los rojos, siguiendo su criminal táctica de bombardear poblaciones civiles, han volado sobre Córdoba arrojando varias bombas, que cayeron en un barrio popular, ocasionando ocho muertos y diez heridos, todos paisanos.

Capitulo de ineptos: los gobernadores

Uno de los capítulos más vergonzosos que podrán escribirse cuando se haga la historia de la sublevación militar en agonía, será el correspondiente a la gestión de los gobernadores. No de todos, claro; pero sí de muchos, cuya conducta será menester juzgar con extremada dureza el día de mañana. Una de las grandes desdichas de la República, desde que advino y sin interrupción, han sido los gobernadores, divorciados en su mayoría del espíritu popular y, por añadidura, incapaces de suplir con tacto lo que les faltaba de temperamento. Durante el primer bienio padecimos ya, bien crudamente, las consecuencias de la ineptitud, cuando no la deslealtad, de los gobernadores civiles. A esa circunstancia debe atribuirse en gran parte el fracaso de la política del bienio. Cabía, sin embargo, consolarse del pasado si el presente nos hubiera ofrecido mejores perspectivas. No ha sido así. Cuando se examinen en detalle los antecedentes de la tremenda convulsión que está sufriendo España, y se determinen las responsabilidades que de ellos se derivan, se verá hasta qué punto una porción abrumadora de esas responsabilidades se vincula en la actuación incalificable de muchos gobernadores que parecían colocados en sus puestos, no para servir, sino para ayudar a morir a la República. Saldrá a flote más de una complicidad directa con los sublevados y se pondrán de manifiesto, sobre todo, muchas complicidades indirectas nacidas de una pasividad inexplicable y de una total insensibilidad para estimar los peligros gravísimos que se cernían sobre el régimen.

Gobernadores hubo que desdeñaron burlonamente toda suerte de advertencias que los Partidos y hombres del Frente popular se creyeron obligados a hacerles. «¡Bah, cuentos de miedo!», solían responder, como tantos otros inconscientes que se reían de nuestras alarmas o las echaban a mala parte. Alguno de esos gobernadores ni siquiera se creyó en el caso de poner atención en cierta confidencia, rigurosamente auténtica — los hechos lo han probado después —, según la cual acababa de celebrarse una reunión de militares en la que cierto jefe, sin embozos de ninguna índole, había solicitado de las clases de la guarnición que se sumaran a la sublevación ya inminente. Ese mismo gobernador esperó pacientemente, como si viviera en el mejor de los mundos, a que la sublevación se le viniera encima, sin tomar ninguna medida preventiva, sin poner a recaudo, como pudo hacerlo, una partida crecidísima de fusiles almacenados, sin dar órdenes a la Guardia Civil y de Asalto. Las negligencias y apocamientos de ese gobernador han sido causa principal de que en la provincia regentada por él se esté tiñendo una de las luchas más duras de la sublevación.

Otros gobernadores alegres y confiados han estado rechazando sistemáticamente la ayuda que les ofrecían el Frente popular y las organizaciones obreras — va conocida la sublevación de otras guarniciones — y ofreciendo plenas seguridades al Gobierno hasta el instante mismo de sentir sobre las espaldas el golpe de los espadones. Por donde se viene a caer en la sospecha de que la sublevación la presentían todos los españoles, menos unos cuantos, que, por casualidad, eran gobernadores de provincia. Hay, repetimos, excepciones honrosas que en su día convendrá destacar. Aunque no sea más que por la circunstancia de que, subrayando las excepciones, se pone de relieve también la ineptitud de los demás.

El Socialista (26/7/36)art

sábado, 8 de diciembre de 2018

Parte de Guerra Nacional (8 de diciembre de 1938)


Estabilización.

Sin novedades dignas de mención.

Actividad de la aviación.—Ayer fueron bombardeados con éxito los objetivos militares del puerto de Alicante.

EL BANQUERO Y SUS GENERALES

Era fatal. Necesariamente había de proyectarse la sombra siniestra de Juan March sobre el cuerpo sangrante y lacerado de España. El judío mallorquín ha resultado ser, como no podía por menos, el banquero de los sublevados. Llegúele, dondequiera que se halle, el aviso colectivo de los españoles de que en esta ocasión no escapará con bien de sus, trágicos manejos, cualquiera que sea el refugio que busque para su, persona. El dinero que ha dedicado a posibilitar esta intentona criminal acabará por destruir su vida, castigo blando para la enormidad de su delito. Su soberbia y la confianza en su estrella le han perdido irremisiblemente. En la medida que España, por sus fuerzas armadas, arrolla y pulveriza a los sublevados, se echa encima de March la sentencia implacable que él mismo se ha buscado y a la que no escapará, porque contra las sentencias de esa naturaleza carecen de pólizas de seguro los Bancos. March, habituado a darse rumbo y altura por el olfato, no lo ha tenido en esta ocasión y se ha embarcado, embarcando a todos los suyos, en una empresa derrotada. El siniestro banquero mallorquín ha tropezado con el pueblo en armas. Despídase de sus malas artes. No espere blanduras. El destino le va a presentar, en una sola, todas las traiciones, todos los robos, todos los crímenes que no había pagado. Contra ese destino las fronteras nada pueden, nada garantizan. El destino opera, sin misericordia, en toda la rosa de los vientos. Tiene servidores leales que jamás se han permitido desacatar sus órdenes. March sería el primero en ponerse a cubierto de lo ineluctable que ha comenzado a asediarle.

Puede disponerse a correr la suerte de los traidores que se han beneficiado con su dinero. De estos generales traidores que, descontando su derrota, van poniendo a buen resguardo sus alectos. «La esposa del general Mola—dice la noticia de hoy—ha llegado a Biarritz.» El propio general debe confiar en poder reunirse pronto con ella en ese elegante rincón de la costa vascofrancesa. Falsa confianza. Quizá la raya francesa esté abierta por Navarra. Pero no tardará en quedar cefrada. La voluntad nacional tiene interés en asistir al juicio y acabamiento de los traidores. ¿A qué menos podría aspirar después de la prueba trágica a que se le ha sometido? La reata de los traidores no escapará, como tampoco escapará su banquero. La convulsión tiene tal magnitud, representa tal montaña de dolores y de -duelos, que la sentencia, inmodificable, está dictada desde el primer día, habiéndose empezado a cumplir en dos generales contumaces: Sanjurjo y García de la Herrán. La Junta de Defensa o Directorio militar con que sueñan los sublevados tendrá que reunirse en el infierno. Allí es donde están convocados para fecha perentoria. Allí se reunirán.

El Socialista (26/7/1936)

viernes, 7 de diciembre de 2018

Parte de Guerra Nacional (7 de diciembre de 1938)


Estabilización.

Sin novedades dignas de mención.

Sólo tiene, para divulgar por la radio, mentiras de gran calibre

Haciendo juego con las victorias del pueblo, las derrotas del fascismo. ¡Qué abyección la suya! Una gran parte del ejército, traicionando sus propios compromisos, simulando una lealtad que se habían propuesto desgarrar, ha necesitado, para hacer armas contra la nación, equivocar primero, emborrachar después, a los soldados confiados a su mando. Los vapores alcohólicos y la anestesia del engaño han pasado o están a punto de pasar. Estamos seguros de que se producirá, no tardando, una tremenda fisura en los cuarteles. La lealtad pasiva de algunas guarniciones no puede prolongarse. La lealtad precisa ser activa, o no es lealtad, sino cuquería y cálculo. Los que se digan leales tienen la obligación de probarlo, o nos quedará el derecho a dudar. Leales como esos milicianos populares, que dan su vida con una generosidad que supera todo elogio; como esos soldados de la Guardia civil, que entran en fuego con serena arrogancia; como esos batallones de Carabineros, que se inmolan corajudamente; como esas compañías de Asalto, que desafían todo riesgo. La lealtad consiste en estos días en algo más efectivo que una declaración día civil, que entran en fuego con serena arrogancia; como esas compañías de Asalto, que desafían todo riesgo. La lealtad consiste en estos días es algo más efectivo que en una declaración pasiva. Cuando llegue el momento de los homenajes, de sobra sabemos que abundarán los leales que se pongan en fila para recibirlos. La prueba de la lealtad hay que hacerla ahora, en estos momentos, con el fusil en la mano y el ánimo resuelto a quedar triunfadores. No se olvide que nos corre prisa, mucha prisa, por poner término a la criminal intentona que ha desencadenado el fascismo.

Tenemos prisa porque necesitamos acabar rápidamente con los estragos que el crimen de los desleales está produciendo, en ningún caso porque nos ofrezca duda la victoria. Pero por lo mismo que la victoria está segura, nos importa disponer de ella, para la reedificación del país, en el plazo más corto posible. A las derrotas que se les han ocasionado a los rebeldes hay que añadir otras nuevas y más sonadas. Ya que aspiran al aniquilamiento de todo y de todos, necesitamos darnos prisa para impedirlo. Prisa, mucha prisa. Toda es poca para economizar sacrificios, dolores y quebrantos. Derrotas, más derrotas para el fascismo. Sabemos que quedará extenuado para siempre; pero debe buscarse que su total fallecimiento sea rápido. Tan rápido como lo demanda el prestigio de España y la conveniencia de los españoles.

Como el día de ayer, fecundo en derrotas de los sublevados, necesitan ser todos los días. Allí donde el fascismo ha acumulado efectivos necesitamos batirlo, si es que voluntariamente no renuncia a presentar batalla y se entrega sin condiciones, no para salvarse, sino para salvar lo que con su sola presencia ha comprometido. Que es mucho, no lo olviden los insurgentes. Ellos, poseidos de un odio ancestral, han colocado la lucha en un plano le inclemencia desconocido en los anales de las guerras civiles, incluso, en las religiosas. Allá donde han asentado su campamento han podrido el aire. Confiaron al horror y a la servicia el triunfo, y se han encontrado con que esa confianza es la que los ha perdido. El horror y la sevicia han sublevado toda la conciencia nacional y la universal, que los va reduciendo a la impotencia. Su último ataque lo hacen por conducto de la radio, que difunde embustes de un calibre inconmensurable. Citemos uno por vía dé ejemplo: En la frontera portuguesa ha sido detenido por la Guardia civil, al intentar pasarla, Casares Quiroga. Bien se ve que marcha mal el fascismo cuando precisa apelar a esas mentiras para sostener la moral de sus aliados.

El Socialista (25/7/1936)

jueves, 6 de diciembre de 2018

Parte de Guerra Nacional (6 de diciembre de 1938)


Estabilización.

Sin novedades dignas de mención.

Actividad de la aviación.—Ayer fueron bombardeados los objetivos militares de Altura y Gátova y los del puerto de Barcelona, ocasionando grandes incendios y derribando dos aviones de caza enemigos que, con otros varios, pretendieron inútilmente impedir nuestro bombardeo. Todos nuestros aviones regresaron a sus bases.

La Sierra es un gran monumento al heroísmo de Madrid

La gesta que está escribiendo Madrid necesitará de plumas menos secas que las de los periodistas para ser relatada. Hay más de una razón para el asombro. Millares de ellas para la admiración. Si la Sierra está totalmente dominada y expurgada de adversarios, ello es obra del coraje arrollador, del ímpetu extraordinario de las columnas mixtas que la capital ha puesto en pie de guerra. Ese coraje y ese ímpetu, bañado de sangre y jalonado de sacrificios, han derrotado a los facciosos, que se han desbandado en una huida vergonzosa. Este, heroísmo del pueblo de Madrid no está a falta de antecedentes. Tiene una tradición bien gloriosa: a ella hacen honor los milicianos y las fuerzas leales. Esas fuerzas asumen hoy la total representación del pueblo madrileño, al que brindan sus victorias. España está segura de su capital. Puede confiar en-'ella. En la misma medida que el país ¡entero confía en Madrid, este confía en la resistencia de España, que ya está organizada y en camino tic rendir triunfos arrolladores. Se comprende el desmoronamiento de los sediciosos. Desdeñaron, al formalizar sus planes de ataque, factor tan decisivo como es el del heroísmo popular. Proyectaron un paseo victorioso a lo ancho y largo de la nación, sin resistencias ni tropiezos, y se han encontrado con la infranqueable barrera del pueblo, que, puesto a hacer la guerra, la sabe hacer, no sólo heroicamente, sino también eficazmente. El instinto vital le dicta lecciones de estrategia, y del lejano abuelo que se paseó por el mundo rindiendo adversarios, le sube un valor frío, seguro, inagotable, que está superando todas las marcas conocidas. Ni dificultad que le arredre ni enemigo que le amilane. No sabe este pueblo de Madrid de adversidad más implacable queda que le impone la pérdida de la libertad y la independencia. Con esa desgracia infamante, el pueblo de Madrid no pacta, y acepta, para eludir aquel castigo, todos los sacrificios imaginables.

La Sierra es hoy, toda ella, un grandioso y macizo monumento al heroísmo del pueblo madrileño. Cada una de sus arrugas, de sus piedras, de sus terrones, ha asistido a un grave episodio, jugado a vida o muerte, embebiendo, las más de las veces, sangre de héroes. Grandioso monumento que ninguna fantasía creadora logrará superar. En lo sucesivo, a nadie le será dado acercarse a. ella sin que una muy viva emoción le lleve a recordar estos días de heroísmo multitudinario en que se han ventilado tantas, cosas sagradas. Varios días de reñidísimos combates han conocido ayer gloriosa culminación. Las crestas de la Sierra han quedado absolutamente dominadas. El adversario ha sido batido, dejando en poder de los victoriosos toda clase de pertrechos de guerra, trofeos con que subrayar, una gesta por tantas razones consignada a la Historia. Marca la victoria un nuevo hito en lo que toca a la total liberación de España. Los facciosos pueden ir preparando a los suyos para la entrega definitiva, que deberá ser hecha sin condiciones. Necesitan rendirse al pueblo y a la ley. Persistir en el crimen que han cometido no puede servir para otra cosa que para empeorar su propia situación y la de cuantos los rodean. Procedan como quieran, una cosa es clara : que están virtualmente derrotados. La efectividad de esa derrota será cosa de muy poco tiempo. La garantía de que decimos verdad está en el heroísmo de Madrid, que se ha contagiado a todo el pueblo español. Un heroísmo de epopeya que está iluminando al mundo y encendiendo de fe a todos los españoles, estimulados en sus decisiones por el motor de la victoria segura.

El Socialista (25/7/1936)