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miércoles, 10 de octubre de 2012

Alfonso XIII (1886-1941)

Rey desde los 16 años, fue acusado de ser incapaz de aglutinar a las "dos Españas". El hijo de Alfonso XII se exilia al considerar que pierde el favor del pueblo tras los resultados de las elecciones de abril de 1931

En los inicios de su reinado, Alfonso XIII parece irradiar una cierta aureola de monarca anticipado a su época. Toma posesión efectiva de su cargo en 1902, al cumplir los 16 años -el fallecimiento de su padre meses antes de su nacimiento le hace venir al mundo con la corona puesta-, y su juventud despierta curiosidad y asombro en los circulos cortesanos de Europa. Él se encarga de corroborar su novedosa imagen cultivando un estilo amable y cercano. Con esta nueva actitud hace una gira de visitas por las distintas regiones de España, habla con las autoridades locales, se deja ver por el pueblo, bromea, se columpia en el lenguaje castizo, hace deporte y aparece en la prensa, que le describe como "simpático y expansivo con todo el mundo".

Al parecer esta voluntad de aproximación a sus súbditos había sido idea de su madre, la reina María Cristina, pero Alfonso XIII en seguida se hace consciente del poder propagandístico de la Iniciativa. Javier Tusell, autor de su biografía más actual y ambiciosa, cita una carta de 1908 en la que el monarca aconseja a Manuel II de Portugal: "Veo que te mueves y que vas de un lado a otro; bien hecho (...). Verás cómo te metes en el bolsillo a todos los portugueses (...), En nuestros reinos no se reina por la tradición, sino por la simpatía y actos personales del soberano".

Ideológicamente Alfonso XIII también muestra una modernidad muy lejana de la mentalidad autoritaria e imperialista que exhiben sus homólogos centroeuropeos. La atmósfera regeneracionista que domina la España del cambio de siglo alimenta su formación, por lo que experimenta una mayor simpatía hacia los políticos liberales, en especial el conde de Romanones. "Yo he deseado desde el primer momento muy sinceramente que se desenvuelva la política liberal", le confiesa en 1911 al entonces presidente del Gobierno, José Canalejas. Tres años después, un catalanista como Cambó define a Alfonso XIII como "el primer ciudadano del Estado" y un republicano como Unamuno dice que el Estado es lo más internacional que tiene España y que el rey lo encarna y representa.


Durante la Primera Guerra Mundial, Alfonso XIII demuestra su atípica personalidad y alcanza el prestigio que le niega la irrelevancia internacional de España abriendo un eficaz departamento de gestión humanitaria. Pero después de 1918 su liberalismo se ve desbordado por los acontecimientos. Tanto la izquierda como la derecha consideran simétricamente insuficiente la posición del rey. Se le critica tanto su intervencionismo como su lenidad, su militarismo patriótico como su deslealtad, su impermeabilidad como su permisibilidad hacia los movimientos sociales, su aquiescencia con la Dictadura de Primo de Rivera como su inmovilidad ante la proclamación de la Segunda República. En definitiva, y como apunta Javier Tusell, el monarca "era odiado por la derecha, que le consideraba blando", y por la izquierda, que le acusa de ser autoritario y clerical.

En noviembre de 1931, la Comisión de Responsabilidades de las Cortes Constituyentes emite un dictamen que condena al rey por "apartarse de las normas constitucionales [de 1876]", padecer "una irrefrenable inclinación hacia el poder absoluto" y ser "el esencial y el primer responsable del triunfo de la sublevación [de Primo]". Cinco años después, cuando los sublevados todavía se plantean como una alternativa factible la vuelta de la monarquía, Alfonso XIII es una "persona que repele a todos", de la que "todo el mundo desconfía" y que "encarna la idea de reacción", según palabras del tradicionalista conde de Rodezno, quien no tendría reparos en dar la bienvenida a su hijo Juan. El sistema de la Restauración es denostado por ambos bandos y el rey, la personificación de aquel régimen.

Las tres misiones esenciales que desempeña el rey constitucional español en ese sistema son: el encargo de formar gobierno a alguno de los dirigentes de los dos partidos -el líder designado será luego oportunamente elegido en las urnas-, el mando del Ejército y la mediación entre el poder civil y el militar. Por desgracia para Alfonso XIII, los grandes fracasos de la época son el caos del turno parlamentario y la guerra de Marruecos, que le salpican oblicuamente. Además ambos estamentos responsables se los reprochan el uno al otro en una espiral de antagonismo con la que al rey cada vez le es más difícil lidiar.

A pesar de que la fugacidad de los gabinetes es una constante de todo su reinado, la inestabilidad no afecta a la figura del monarca hasta 1918. La disgregación de los partidos del turno obliga a Alfonso XIII a intervenir para tratar de formar gobiernos de concentración nacional. Su hastío y su desgaste quedan patentes en un polémico discurso improvisado en Córdoba en 1921 en el que, sobrepasando sus atribuciones constitucionales, protesta por el obstruccionismo parlamentarlo que bloquea el país y menciona "las responsabilidades que le fueron quitadas a la corona para entregarlas al Parlamento".

No obstante, el rey no pretende concentrar el poder. Desde su entronización, se implica sólo en los asuntos militares, en los que su entusiasmo le lleva a veces a saltarse la cadena de mando. El horizonte militar es la guerra de Marruecos, que Alfonso XIII concibe como el terreno en que España debe demostrar que aún es capaz de desempeñar la labor civilizadora que Europa tiene encomendada. El rey no diseña las estrategias, pero se interesa por la parte logística y deposita su confianza en el general Silvestre, que acaba siendo uno de los culpables del desastre de Annual. El rey calificará esta derrota como "el gran dolor de mi vida", pero hace recaer toda responsabilidad sobre los diputados que no concedieron al Ejército más presupuesto. "Si hubiera dejado de ser rey constitucional para ser rey a secas, es posible que hubiera evitado el desastre de Annual", añadirá, mimetizando el pleito que se agudiza entre la clase política y el Ejército.

A partir de Annual se inician las críticas de la izquierda contra el monarca -Unamuno, Indalecio Prieto- y, desde el otro extremo, la Junta Militar de Barcelona empieza a concretar su animadversión contra el anarcosindicalismo, el catalanismo y el parlamentarismo. El talante liberal del rey empieza a resultar extemporáneo ante la crisis. Todavía en 1922, Alfonso XIII visita la capital catalana, recuerda que "el oficial no puede ni debe meterse en politica" y pide a la Junta que se mantenga "dentro de los límites que marcan vuestros juramentos y la promesa hecha a vuestro rey". Pero en agosto de 1923, un mes antes del golpe de Primo de Rivera y ante el fracaso del último intento de Concentración Liberal, le cuenta a Gabriel Maura, hijo del dirigente conservador, que se plantea gobernar con la Junta Militar del Reino.

Se ha especulado si Alfonso XIII tuvo conocimiento previo de la insurrección, que en cualquier caso era un rumor creciente. Según el historiador Carlos Seco Serrano, el rey "ni estimuló ni organizó" el golpe. Los sublevados tenían previsto culminar su acción dando "cuenta a Su Majestad", lo que sugiere que el monarca no estaba al tanto, y Primo de Rivera hasta le ruega que no demore su posicionamiento para saber a qué atenerse. Alfonso XIII, ante la ausencia de oposición al pronunciamiento, nombra a Primo de Rivera ministro único dentro de la legalidad constitucional, aunque a Alba le dice en su despedida que la mayor tortura para él será despachar todas las mañanas con un pavo real como el capitán general de Barcelona,

Alfonso XIII confía en que la Dictadura sea un breve paréntesis para regresar al sistema parlamentarlo. No interviene en las decisiones gubernamentales, pero se muestra satisfecho con el giro de los acontecimientos. También es Primo de Rivera quien combate en la prensa las críticas de Unamuno, Machado, Marañón y Azaña, lo cual, unido a los homenajes que le prodiga el régimen, inicia el proceso de asimilación del rey que resultará funesto para la institución monárquica.

El éxito del desembarco de Alhucemas y la desunión de sus enemigos prolongan la licencia del dictador, y Alfonso XIII tampoco da un paso hacia su destitución. Parece que tiene miedo al comunismo. Hay testimonios que revelan que el rey despreciaba la Unión Patriótica, pero, incluso cuando Primo presenta su dimisión ante los prolegómenos de la Sanjuanada, le dice: "Si como parece atribuyes a este Gobierno alguna gravedad, no me parece éste el momento más oportuno para que dimitas. Espera cuanto menos a ver si la cosa tiene importancia". Los opositores monárquicos -Romanones, Alba o Maura- se sienten decepcionados ante la pasividad del rey, quien acaba aprobando la Asamblea Nacional corporativa con la que Primo intenta prolongar su régimen y en 1927 Romanones ya barrunta un "porvenir republicano".

A partir de 1929 es Primo quien le dice que quiere dejar el poder, pero el rey le reprocha que quiera "volver demasiado bruscamente al orden de cosas normal" y le pide otros dos años de transición. El cuerpo de artilleros, que había tenido litigios con Primo intenta un golpe de Estado, y en sus cuarteles sustituye la imagen de Alfonso XIII por la de uno de sus mártires en el pulso. Los estudiantes protestan contra la Monarquía, publican panfletos, decapitan estatuas del rey y ponen carteles de "se alquila" en las ventanas de Palacio.

Cuando Primo dimite, el monarca le dice que al abandonar está "salvando por segunda vez España", y a continuación comete el llamado error Berenguer al creerse que después de la dictadura se puede regresar fácilmente a la monarquía constitucional. Ésta ha quedado atrás porque ya no parece ni suficientemente progresista ni suficientemente autoritaria. Los republicanos llevan la iniciativa en las ciudades y, al otro lado, la Unión Monárquica Nacional primorriverista echa en cara a Alfonso XIII su escaso compromiso con el régimen y se desliza hacia la derecha radical.

Aun después de conocerse los resultados de las elecciones de abril de 1931, Alfonso XIII piensa que hay que esperar a los resultados de las legislativas. Pero, tras escuchar a sus ministros, decide marcharse de España sin abdicar. Romanones prepara una "ordenada transmisión de poderes" y Gabriel Maura redacta el famoso manifiesto de despedida, en el que el rey admite que ha cometido errores pero asegura que siempre fue intentando servir a España. Reconoce a ésta como "única señora de sus destinos" y se exilia en Marsella para dejar que la nación se pronuncie. Podría tratar ventajosamente de mantener sus "regias prerrogativas", pero, aunque no renuncia a sus derechos, tampoco quiere provocar una Guerra Civil. Con este gesto heroico para sus partidarios e inevitable para sus detractores, Alfonso XIII, según contará más tarde, se estremece al despedirse de la foto de su madre en palacio y al perder de vista la costa española. Viaja en un buque llamado Príncipe Alfonso en el que ve bordar una bandera republicana.

Repudiado durante el nuevo régimen, que le expedienta y se incauta de sus bienes, su vida familiar tampoco puede reconfortarle, ya que se separa de Victoria Eugenia con quien, una vez abandonado el trono, no tiene sentido guardar las apariencias. Pese a ésto, se ocupa desde el exilio del estado de salud de sus hijos, pues dos de ellos son hemofílicos (los infantes Alfonso y Gonzalo) y de Don Jaime, sordomudo de nacimiento.

Alfonso XIII decía que renunciar era "incompatible con la justicia que se me debe (...). Lo haría, en todo caso, cuando de nuevo en el Palacio de Oriente comprendiera que la nueva Historia debía comenzarla mi sucesor". No tuvo oportunidad. Franco desmiente sus expectativas.

Por el contrario Alfonso XIII sí tiene tiempo de renegar del liberalismo y llega a decir que los primeros falangistas fueron Miguel Primo de Rivera y él. Comparte la misma retórica falangista de que la República había sido una conspiración de masones, marxistas y separatistas. Si algo quiso reivindicar Alfonso XIII mientras España se partía en dos es que él había sido "el rey de los españoles, no de un grupo de españoles".

Aunque sus derechos sucesorios pasan a Don Juan, el monarca no abdica hasta enero del año 1941. Un mes después muere en Roma a los 54 años y deberán transcurrir otros 40 hasta que sus restos mortales se trasladen al Panteón de los Reyes en el monasterio de El Escorial, en la provincia de Madrid.

martes, 9 de octubre de 2012

Menéndez Pidal (1869-1968)

Uno de los más importantes historiadores españoles, al comienzo de la Guerra se adhiere al Manifiesto de Escritores Antifascistas y el día 23 de noviembre de 1936 es evacuado de Madrid junto con otros intelectuales 

En noviembre de 1936, el maestro de historiadores, Ramón Menéndez Pidal, se ve obligado a abando­nar Madrid y emprender, quizás, la más desagradable marcha de cuantas realiza durante sus constantes viajes. 

El año anterior había comenzado la publicación de Historia de España, obra concebida como empresa colectiva, en la que a lo largo de los años colabora­rían historiadores como Claudio Sánchez Albornoz, Carlos Seco Serrano, Manuel Tuñón de Lara, John J. Elliot y Antonio García Bellido, entre otros. 

En los meses previos a su exilio y en los primeros compases de la Guerra Civil, Menéndez Pidal no se convierte en un militante activo: su posición, según varios autores, es la de dolorido espec­tador. Don Ramón no alcanza a com­prender y menos a aprobar las razones que habían llevado a una lucha fratrici­da, en la que se moría España. 

A pesar de ello, el 30 de julio, cuando todavía se encuentra en Madrid, firma, junto a otros intelectuales, el Manifiesto de la Alianza de Escritores Antifascistas para la Defensa de la Cultura, en el que declaran su “identificación plena y activa con el pueblo, que ahora lucha gloriosamente al lado del Gobierno del Frente Popular”. 

Unos meses después de empezada la contienda, sale de Madrid con el grupo de inte­lectuales que, por orden del Go­bierno, son evacuados a últi­mos de noviembre de 1936, cuando ya se hace muy fuer­te la presión del Ejército nacional sobre la capital. 

Tras dejar Madrid, Menéndez Pidal mar­cha a Francia, y más tarde a Cuba y Estados Unidos hasta su vuelta a España en julio de 1939; durante ese tiempo, sigue desa­rrollando su actividad en medios universi­tarios e imparte clases en las universida­des de Toulouse, La Habana y Nueva York. 

Nacido en La Coruña el 14 de marzo de 1869, la profesión de su padre, Juan Menéndez Cordero, magistrado, le lleva a residir en varias ciudades españolas. 

Hombre menudo, de mirada penetran­te y una salud de hierro que le acompa­ñaría hasta los últimos días en sus inter­minables jornadas de trabajo, todavía con más de 90 años participa activa­mente en charlas y foros. Menéndez Pidal estudia Bachillerato en los institu­tos de Albacete, Burgos, Oviedo y Madrid y es en esta última ciudad donde lleva a cabo su formación universitaria, alcanzando el grado de doctor en Filosofía y Letras. 

Ese mismo año emprende la redac­ción de su estudio sobre el Poema del Cid, premiado por la Real Academia Española en 1895. Posteriormente pu­blica otras obras fundamentales de su carrera como son La leyenda de los Infantes de Lara; el estudio sobre las Crónicas generales de España, y el manual de Gramática histórica española

En 1899 obtiene por oposición la cátedra de Filología Románica de la Universidad de Madrid, que con­servaría hasta su jubilación. Unos meses después contrae matrimonio con María Goyri, la primera mujer que cursa estu­dios oficiales en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. Su viaje de bodas lo aprovechan para recorrer Castilla y obtener material para su estudio sobre el Poema del Cid

Son estos trabajos los que en 1901 le abren las puertas de la Real Academia Española de la Lengua. Su discurso de ingreso -leído al año siguiente- versa sobre el Condenado por Desconfiado de Tirso de Molina. 

En 1904, por encargo del Gobierno, emprende don Ramón un viaje a América para mediar en el conflicto de fronteras entre Ecuador y Perú. Gracias a su intervención y tras varias reuniones con diferentes ministros, ambos países se comprometen a retirar sus tropas del Amazonas. 

Ya de vuelta, en 1907, Menéndez Pidal entra a formar parte de la Junta pa­ra la Ampliación de Estudios e Investi­gaciones Científicas, entonces presidi­da por el premio Nobel Santiago Ra­món y Cajal. Entre los organismos que funda la Junta se halla el Centro de Estudios Históricos, cuyo trabajo goza de un importante reconocimiento. Una de las secciones más activas de dicha institución es la de Filología Románica, capitaneada por Menéndez Pidal y con profesores tan destacados como Américo Castro, Navarro Tomás y Federico de Onís, entre otros. Este elenco de profesores forma la base de la Revista de Filología Española, publicación que por la gran calidad de sus textos goza de un importante prestigio en toda Europa y América. 

Esta labor investigadora es reconoci­da primero por el Ateneo de Madrid, que lo designa presidente en 1919, y por la Real Academia de Historia, de la cual también pasa a ser el máximo diri­gente en 1925, cargo que desempeña ininterrumpidamente hasta 1936. 

En los años siguientes ven la luz varias de sus obras más importantes: en 1926, los Orígenes del español, en 1928 Antología del Romancero y, en 1929 La España del Cid. Este mismo año publica su conocida Carta al Dictador General Primo de Rivera, en la que defiende el fuero de la Universidad. 

Tras la Guerra Civil, cuando vuelve a Madrid, Menéndez Pidal reanuda su actividad en la Real Academia de la Historia, cuyos miembros le vuelven a elegir presidente en 1947, cargo que desempeña hasta su muerte, en noviem­bre de 1968. 

Esta es una de las etapas más impor­tantes de su carrera. Reliquias de la poesía épica española, Romancero his­pánico y Los godos y el origen de la epo­peya, son algunas de las publicaciones que ven la luz tras la vuelta de don Ramón a España. 

Esta importante labor investi­gadora se ve acompañada por un sinfín de viajes. Así, en 1953, pre­side el Congreso Internacional de Lingüística románica de Barce­lona; en 1958, participa en Colonia en un coloquio sobre Carlos V y en este viaje, el presidente alemán le impone una de las condecoraciones más altas de su país. Posteriormente inaugura la Sala Menéndez Pidal en la Biblioteca de Oporto y asiste a la reunión fundacional de la Asociación Internacional de Hispanistas, en la que es nombrado pre­sidente de honor. 

Durante toda su vida, Menéndez Pidal va acumulando reconocimientos. En 1951 la Universidad de Madrid le rinde un gran homenaje, y de similar tamaño es el que le tributa el Consejo Superior de Investigaciones Científicas que, en honor a sus 80 años, publica siete tomos de los Estudios dedicados a Menéndez Pidal

Hombre de incansable actividad, todavía en 1964, ya con 95 años, sigue participando en las reuniones y trabajos de la Real Academia. El 15 de noviem­bre de 1968, a punto de cumplir la cen­tena, fallece.

lunes, 8 de octubre de 2012

Ricardo Sanz (1898-1986)

Anarquista y revolucionario valenciano, el 20 de noviembre de 1936 recibe el encargo más importante de su vida: sustituir al fallecido Durruti a la cabeza de las columnas catalanas que luchan en el Frente de Madrid

"Por el presente escrito se nombra jefe de todas las fuerzas catalanas que operan en el Frente de Madrid al compañero Ricardo Sanz, el cual se hará cargo de dichas fuerzas en el tiempo más breve posible, por exigirlo así las actuales circunstancias". Barcelona, 20 de noviembre de 1936, firmado por el teniente coronel Díaz Sandino. Esas "actuales circunstancias" se refieren, ni más ni menos, a la muerte de Buenaventura Durruti.

Además de este comunicado, la misma noche de la muerte del anarquista, el ministro de Justicia, Juan García Oliver, llama a Ricardo Sanz para informarle y para ordenarle que se trasladara desde Figueras a Barcelona y que desde allí marchara inmediatamente a Madrid. Al amanecer del día 21, Sanz emprende la marcha hacia la capital.

Según cuenta el historiador Joan Llarch, en el camino se cruzó con el séquito que acompañaba al cadáver de su gran amigo: "Ricardo Sanz hizo detener el fúnebre cortejo y, reconocida su personalidad y jefatura, requirió pormenores respecto a las circunstancias en que había ocurrido aquella muerte violenta e inesperada. Manzana (sargento de Artillería y asesor militar del fallecido líder anarquista) le dijo, levantando la vista para mirar el furgón que llevaba el cadáver de Durruti: "Ya sé que te han nombrado a ti para sustituirlo. No vayas a Madrid. Te van a matar como a él". Sanz no le contestó nada, no le preguntó nada. Continuó su camino".

Tanto el ministro García Oliver como Manzana o la propia Federica Montseny, saben que, por encima de todo, Ricardo Sanz es un luchador tenaz y consecuente. A media tarde del día 21 de noviembre Sanz llega a Madrid. Abel Paz recoge sus palabras al llegar a la capital: "Un gran desorden reinaba en todas partes. Nadie quería creer que Durruti hubiera muerto. Todo el mundo creía que Durruti no podía morir. Lo han matado los comunistas -decían unos-, lo han matado desde un balcón -añadían otros- (...). Tenía necesidad de saber con todo detalle lo ocurrido para saber la forma en que yo tenía que proceder desde mi nuevo destino como jefe de la unidad que hasta entonces había mandado Durruti".

Federica Montseny y García Oliver acompañan a Sanz para que se presente ante las milicias que ahora tendrá bajo sus órdenes. La mayoría de los milicianos quieren, a toda costa, abandonar el Frente de Madrid y volver a Aragón, afirman que la muerte en Madrid es segura, ya que las bajas sufridas en la Columna Durruti en aquellos días han sido muy cuantiosas. Así que Sanz deja que cuantos quieran vuelvan al Frente de Aragón. Unos 300 milicianos se quedarían en Madrid hasta que en el 37 la Columna, ya militarizada, regresa a Aragón. Por su parte, las tropas que quedan al frente de la capital cambian su denominación anterior -Columna Durruti-, y pasan a ser conocidas como la 26 División.

Ricardo Sanz nace en Canals, Valencia, en 1898, en una familia de obreros y agricultores. Sus dos hermanos, Eusebio y Carlos, son también miembros de la CNT. Ricardo es obrero de la industria textil y participa en el ramo del Agua de la organización.

Con 18 años se traslada a Barcelona, donde comienza a trabajar como ayudante en una tintorería y es entonces cuando comienza a destacar como activista anarcosindicalista. Su militancia se va acentuando con los años y llegó a formar parte de Los Solidarios, que más tarde se transformaría en Nosotros, un grupo anarquista y terrorista creado en Barcelona en 1922. En 1930 llega a ser el presidente del Sindicato de la Construcción de la CNT.

Hasta 1931 su vida transcurre entre detenciones (la primera vez que ingresa en prisión tiene 22 años), asambleas, y acciones anarquistas. Con la República se convierte en uno de los mitineros oficiales de la CNT.

El 19 de julio del 36, cuando se produce la sublevación militar en Cataluña, participa junto a García Oliver, Ascaso y Durruti en la dirección de las masas obreras sindicalistas que logran acabar con los rebeldes y organiza las primeras columnas que parten hacia Aragón.

Además es el encargado del suministro de armas y avituallamiento de sus fuerzas desde los cuarteles de Pedralbes, los llamados Bakunin. Una vez estabilizada la situación, es nombrado agregado a la comisión de armamento anexa a la embajada rusa en Barcelona.

Allí, acompañado de una intérprete y de un técnico ruso, es el encargado de inspeccionar los barcos soviéticos que llegan a Valencia, Alicante o Cartagena con armamento para los republicanos. Sanz se encarga de verificar la clasificación del material de guerra recibido. Como agregado de esta comisión de armamento, su último servicio lo realiza en Cartagena. A esta ciudad llega un barco de México con un cargamento de 30.000 fusiles y sus correspondientes municiones, una remesa muy esperada por la República. Es el transatlántico Magallanes.

Más tarde, la consejería de Defensa de Cataluña crea la Inspección General de Fortificaciones de los frentes de Aragón y las costas catalanas, y Sanz es el elegido para encargarse del nuevo organismo.

Es en este momento cuando es llamado a sustituir a Durruti al mando de las tropas desplazadas a Madrid.

Sanz, un hombre interesado por las letras y la cultura, es de la opinión de que la verdadera emancipación llegaría de mano de la instrucción de las masas; de hecho él mismo colabora en periódicos anarquistas como CNT del Norte y Solidaridad Obrera de Galicia. Además, ya desde los años 30 comienza su trabajo de escritor y publica algunos libros como Ruta de titanes y Los treinta judas, ambos editados en 1933.

Acabada la guerra, marcha al exilio, que le lleva al campo de concentración de Vernet (Francia), lugar en el que permanece hasta 1942 y luego al de Djelfa, en Argelia, desde donde consigue por fin salir libre. En este país trabaja como panadero durante un tiempo, hasta el año 1945, cuando marcha a Marsella, en Francia. En los años 80, tras la fractura de la CNT, acude al Congreso de los Escindidos en Madrid.

Durante los años en el exilio sigue con su labor creadora, escribiendo sobre todo ensayos políticos entre los que destacan El sindicalismo y la política. Los Solidarios y Nosotros (1966); Los que fuimos a Madrid. Columna Durruti (1969), ambos publicados en Toulouse y Figuras de la Revolución Española, editado en Barcelona en 1972. Ricardo Sanz muere el 25 de noviembre de 1986 en Toulouse a los 88 años.

domingo, 7 de octubre de 2012

José Bardasano (1910-1979)

Pintor y cartelista madrileño, vinculado ideológicamente al periódico “El Socialista”, pone su saber artístico a disposición de la República para convertir sus obras en un instrumento propagandístico y revolucionario 

Uno de los creadores que han hecho del cartelismo un arte a la vez que un instrumento revoluciona­rio y de propaganda que cobra extraordi­nario impulso en la zona republicana al comienzo de la Guerra Civil. A José Bardasano se le recuerda como “el carte­lista que supo imprimir un carácter más bélico y heroico al cartel”, según señalan Jordi y Arnau Carulla, autores del libro Cataluña en mil imágenes. Como el pro­pio artista llega a señalar en 1937 “el cartel es algo efímero, pero hay que tender a que quede como una obra de arte”. 

El diario El Socialista, con el que se vincula ideológicamente, será el principal encargado de difundir la obra de Bardasano, cuyas ilus­traciones también hallan eco en publica­ciones menos conocidas como el Boletín del Subcomisariado de Propaganda. Comisariado de Guerra; El Miliciano Rojo (de las milicias del Cuartel Carlos Marx, UGT-PSUC, en Barcelona); Nuevo Ejército (órgano de la 47a División), etc. Algunos de sus carteles más conocidos los realiza en 1936, como el ¡Alerta!, que elabora para la coalición CNT-UGT de Valencia; o los cinco carteles que idea para el Frente Popular de Cataluña, en los que reclama 100.000 voluntarios para defenderla y donde, en palabras del profesor de Historia del Arte, Valeriano Bozal, “el juego de la composición permite alcanzar un clímax dramático”. 

En este cartel introduce una compara­ción entre el soldado y el esclavo en el momento de la muerte y escribe: “Val més morir dem peus que viure agenollats! (Vale más morir de pie que vivir arrodillados)”, con letra de carácter pro­pio y no tipográfica, con lo que consigue “acentuar el carácter personal de todo el cartel”, dice Bozal. 

Su inconfundible estilo realista, según Jordi y Arnau Carulla, se adecúa bien a las circunstancias bélicas. Como señala el propio Bordasano, “Dalí y Picasso son pintores modernos pero contrarrevolucio­narios, porque su forma no es para la masa popular, sino que está dirigida a un sector limitado del público". 

Bardasano, nacido en Madrid en 1910, es un pintor fundamentalmente figurati­vo que evoluciona desde un estilo más academicista a uno más libre con el paso del tiempo. Sus carteles, cargados muchas veces de contenido naturalista, cuentan con una composición muy estu­diada que les confiere gran expre­sividad. En su última etapa, el pai­saje urbano es el protagonista de sus obras, en las que además pres­ta una especial atención a los cam­bios de la luz. 

Aparte de su labor como cartelis­ta, Bardasano crea el taller artístico La Gallofa, junto a otros artistas como Juana Francisca, Moisés Rojas y Orbegozo. Se trata de un taller de propaganda integra­do como sección de Artes Plásticas en las Juventudes Socialistas Unificadas, y en él se realiza una gran actividad, no sólo enfocada a la creación de carteles, sino también de dibujos satíricos. 

Son numerosas las revistas de la época que contienen este tipo de dibujos; entre ellas destaca No veas, dirigida por el pro­pio Bardasano y en la que participan muchos humoristas famosos del momen­to, como Ufano, Rojo, Aníbal Tejada, Erre, García Cuevas, Echea o Cantos. En plena Guerra, José Bardasano publica un álbum que titula Mi patria sangra, repleto de dibujos que, según Madrigal Pascual, autor del libro Arte y compromiso, están “cargados de odio, de muerte, de sole­dad y rabia”. 

Al finalizar la contienda, el artista deci­de exiliarse a México, donde trabaja como profesor de dibujo y pintura. En 1945 crea en este país, junto a otros artistas españoles como Gerardo Lizarra o Ruano Llopis, el Círculo de Bellas Artes, del que es nombrado presidente. Ese mismo año es invitado por el Gobierno de Guatemala, donde realiza varias expo­siciones. No regresará a España hasta 1960, muriendo en Madrid 19 años des­pués, de un infarto. 

La formación artística de Bardasano, que crece en una familia de obreros revo­lucionarios, comienza de la mano de Marcelino Santamaría, que viéndole dibujar en la calle cuando sólo cuenta con 11 años, lo toma como su discípulo y le ayuda en su formación. 

En 1922 ingresa en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, en la que gana los premios más importantes que concede esta institución. Con sólo 19 años es nombrado director artístico de la Agencia Rex de publicidad. 

En 1934, realiza su primera exposición individual en la galería Los Amigos del Arte, en Madrid y se casa con la pintora y dibujante Juana Francisca Rubio. Un año más tarde recibe la beca del Conde de Cartagena, que le permite completar su formación como pintor a través de unos viajes que le llevan a Francia, Bélgica, Holanda e Inglaterra. 

Su mayor logro, según su propio testi­monio, es el premio que le otorga la exposición pública de carteles de guerra de la Plaza Mayor de Madrid, convocada por la Cámara Oficial del Libro en el pri­mer aniversario de la guerra, en julio de 1937.

sábado, 6 de octubre de 2012

Vicente Aleixandre (1898-1984)

Poeta sevillano, miembro de la Generación del 27 y premio Nobel de Literatura, apoya la causa republicana y, tras la guerra, decide quedarse en España y dedicarse a la escritura desde su “exilio interior” en la sierra madrileña 

Cuando estalla la guerra, aunque el poeta Vicente Aleixandre no milita en ningún partido político, decide prestar su apoyo a la causa repu­blicana y el 20 de noviembre de 1936 suscribe, junto con otros escritores, his­toriadores y gente de letras, un manifies­to dirigido a los “antifascistas de todo el mundo”. En él se puede leer: “Nuestros combatientes, con los dientes apretados, resisten en silencio, y con su gesto son ya una exigencia de responsabilidades his­tóricas para todos aquellos que, estando obligados a mantener una conducta, la eluden ahora cobardemente... Pero queremos haceros saber, para que vues­tra palabra, a su vez, lo proclame por todos los rincones del mundo, la calidad humana que lucha a cada uno de los lados que hoy se enfrentan en España”. 

El año en que comienza el conflicto, Aleixandre paraliza su actividad literaria, aunque colabora ocasionalmente, junto con otros miembros de la Generación del 27, a la que pertenece el poeta, en las revistas literarias patrocinadas por las autoridades republicanas, como Hora de España y El Mono Azul, donde escribe entre otros artículos, el Romance del fusilado y El miliciano desconocido

Durante el tiempo que dura la contienda, Aleixandre, a pesar de su identificación con la izquierda, decide no exiliarse, sino que se retira a su casa de Miraflores, en la sierra de Madrid. 

Vicente Aleixandre nace el 26 de abril de 1898 en Sevilla. En 1900, su padre, ingeniero de ferrocarriles, es trasladado a Málaga, y es en esta ciu­dad donde transcurre toda su infancia. A los trece años se va ya defi­nitivamente a Madrid y allí se lleva el recuerdo imborrable del mar Mediterráneo. En esta ciudad escri­be casi toda su obra, aunque algunos de sus libros deben mucho al paisaje de Miraflores de la Sierra, donde el poeta, desde su juventud, pasa los veranos. 

En 1914 entra en la Facultad de Derecho, donde se licencia en 1919. Durante esos años no abandona su pasión por la lectura, hábito que adquie­re gracias a la biblioteca de su abuelo, y además comienza a escribir. Aleixandre se había iniciado ya en la poesía, a par­tir de su amistad con Dámaso Alonso y su descubrimiento de Rubén Darío, Gustavo Adolfo Bécquer y los simbolistas franceses. Sin embargo, en principio pre­firió mantener en secreto su espíritu creador. Entre 1919 y 1920 es nombrado profesor de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio, aunque por inter­cesión de su padre acaba trabajando en las oficinas de los ferrocarriles. 

En 1926, la Revista de Occidente da a conocer sus primeros versos y en 1927 se publican otros de sus textos inéditos en la revista Verso y prosa. Así, por pri­mera vez, su verdadera vocación se hace pública. En estos años entra en contacto con otros autores, aque­llos que más adelante serán cono­cidos, junto al propio Aleixandre, como la Generación del 27: Federico García Lorca, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. 

Este grupo adquiere dicho nombre por celebrar ese año, 1927, el tercer cente­nario de la muerte de Góngora, enfren­tándose públicamente, por primera vez, con la crítica oficial y académica que había menospreciado a este poeta barroco. En 1928 escribe su primer libro, Ámbito, una recopilación de poemas en torno al amor y la naturaleza. 

En 1933, Aleixandre publica La des­trucción o el amor. Con esta obra se lleva a cabo su confirmación poética y es galardonado con el Premio Nacional de Literatura. El año anterior y como consecuencia de la enfermedad que padece le es extirpado un riñón. Y es que la vida de este poeta está marcada por su frágil salud. 

El dolor ante la situación que se vive en España, la pérdida de muchos de sus amigos, unos muertos y otros que se ven forzados al exilio, le provoca una recaída de su enfermedad. Una enfermedad que ya viene arrastrando desde 1925, cuan­do sufre una nefritis tuberculosa que le obliga a abandonar su trabajo en los Ferrocarriles Andaluces, pero que le abre el camino para poder escribir, una pasión que Aleixandre mantuvo oculta durante muchos años. 

Una vez acabada la Guerra Civil, Aleixandre permanece en su “exilio inte­rior”, como él mismo lo llama, de la sie­rra madrileña. Durante los primeros años del franquismo, como consecuencia de su postura durante la contienda, sus libros son prohibidos y su nombre, veta­do por la censura. 

Sólo a partir de la publicación de su libro Sombra del Paraíso, en 1944, comienzan a difundirse sus obras y se convierte en un referente para las nue­vas promociones de escritores. Así, el 30 de junio de 1949, la Real Academia Española decide elegirle académico de número, donde ocupa el sillón 0. En 1950 Aleixandre lee su discurso de ingreso titulado En la vida del poeta, el amor y la poesía

En esta década Aleixandre es un poeta ya reconocido, recorre numerosas ciuda­des de España y del extranjero pronun­ciando conferencias, asistiendo a varia­dos actos públicos y recibiendo numero­sos reconocimientos. Debido a esta etapa en la que entra en contacto direc­to con gente diversa, retoma el tema de la condición humana como algo funda­mental. El hombre es el centro de sus poemas y, como escribe el filólogo Sergio Arlandis, su objetivo es “llegar a la gran masa haciendo de lo cotidiano materia poética, reconocible para el hombre común”. Se convierte en un personaje muy popular no sólo en España, sino también en el ámbito internacional, dán­dose el caso, por ejemplo, de colaborar con una emisora de radio che­coeslovaca, donde pide abierta­mente el desarme militar de las potencias, en 1958, justo en el momento de mayor crispación de la Guerra Fría. 

En 1977 recibe el Premio Nobel de Literatura. El poeta no puede ya acu­dir a la ceremonia de entrega y en su lugar, el también poeta Justo Jorge Padrón, recoge el premio. El evento tiene lugar el 6 de octubre de 1977, el mismo año en el que se ponía fin a un largo exi­lio de los opositores de la dictadura, entre ellos, algunos de sus compañeros de generación, a quienes dedica este premio: “Nos interesó vivamente todo cuanto tenía valor, sin importarnos donde éste se hallase. Y si fuimos revo­lucionarios, si lo pudimos ser, fue porque antes habíamos amado y absorbido incluso aquellos valores contra los que ahora íbamos a reaccionar”. 

En ese mismo año se publica su defi­nitiva obra completa. Es un año cumbre en su carrera poética, sin embargo, su vida, se va apagando (pérdida de visión agudización de sus molestias renales...), y el 14 de diciembre de 1984 muere en Madrid.

viernes, 5 de octubre de 2012

Buenaventura Durruti (1896-1936)

Legendario líder anarquista, aboga por el golpe de fuerza y la guerra de guerrillas como formas de instaurar el régimen proletario al que aspira, convirtiéndose en héroe para sus admiradores y “bandolero” para sus detractores 

El 20 de noviembre de 1936 muere de un disparo en Madrid José Buenaventura Durruti. Las extrañas circunstancias que rodean este hecho afian­zan el aura legendaria que tuvo en vida la figura de este anarquista. Prototipo del hombre de acción, Durruti se encomien­da a la causa revolucionaria con tanto ardor como disciplina. Desde sus inicios en los talleres de León, su ciudad natal, la biografía de este hombre está marcada por la lucha y la huida, lo que le lleva a vivir numerosas peripecias por España, y también fuera de sus fronteras. Asaltos a bancos, organización de huelgas y aten­tados terroristas contribuyen a mitificar a Durruti entre buena parte del proletaria­do y los intelectuales, así como a demonizarlo por parte de gente de derechas y contrarrevolucionarios. 

José Buenaventura Durruti Domínguez nace el 14 de noviembre de 1896 en León, hijo de Santiago Durruti y Anastasia Dumange, que tuvo que caste­llanizar su apellido por Domínguez. Su padre era un curtidor que participó acti­vamente en la huelga de 1903, el primer conflicto social de impor­tancia en la ciudad. La represión a la que fue sometida su familia hizo aflorar en el futu­ro anarquista el primer sen­timiento revolucionario. Así lo confiesa más tarde a su hermana Rosa en una carta: “Desde mi más tierna edad, lo primero que vi a mi alrededor fue el sufrimiento, no sólo de nuestra familia sino también de la de nuestros vecinos. Por intui­ción, yo ya era un rebel­de. Creo que enton­ces se decidió mi destino”. 

El primer ofi­cio de Buena­ventura es el de aprendiz en un taller. Más tarde entra a trabajar de mecánico. El joven obrero llamaba la atención entre sus compañe­ros por su “impaciencia revolucionaria”, según recoge el historiador anarquista Abel Paz. En el transcurso de una visita laboral a Asturias, Durruti conoce de pri­mera mano las huelgas mineras. 

Al poco, su padre le encuentra trabajo como ferroviario. Apenas lleva unos meses cuando estalla la huelga general del 13 de agosto de 1917. Durruti parti­cipa activamente en ella y, una vez termi­nada, se une junto con otros compañeros a los mineros asturianos, que habían decidido prolongarla una semana más. 

Los jóvenes ferroviarios colaboran en acciones de sabotaje que son desautori­zadas por el sindicato Unión Ferroviaria. Esta agrupación expulsa a Durruti y al resto de los indisciplinados, lo cual allana el trabajo de la policía. Ante esta circuns­tancia, el joven agitador se ve obligado a poner tierra de por medio e iniciar un periplo de viajes y huidas que durará casi dos décadas. 

De 1917 a 1920 pasa Durruti su pri­mer exilio en Francia. Allí profundiza en las teorías ácratas y el anarcosin­dicalismo. El fervor anarquista que vive España, hace que Durruti se afilie a la CNT, que se afianza como una asociación fuerte para hacer frente a las bandas de pisto­leros contratadas por los patronos. 

De vuelta a España, la primera parada de Durruti es San Sebastián. Allí conoce a Manuel Buenacasa, que le consigue tra­bajo en un taller y le anima a que se tras­lade a Zaragoza o Barcelona. 

Poco después de la llegada del leonés a la capital aragonesa, sale de la cárcel Francisco Ascaso, otro anarquista que ha participado en varios conflictos sindica­les en la ciudad. Se conocen y, al instan­te, nace una profunda amistad. Ambos parten hacia Barcelona, donde fundan el grupo de acción Los solidarios, del que también forman parte Juan García Oliver, Liberto Callejas, Aureliano Fernández y Ricardo Sanz. Los solidarlos nace en octubre de 1922 para luchar contra el pistolerismo patronal y extender la causa libertaria. En la práctica, Ascaso, Durruti y el resto de los componentes se dedican a acciones de represalia y a asaltar ban­cos para conseguir fondos. Así, partici­pan en el asesinato del gobernador de Vizcaya, el teniente coronel José Regueral, y del cardenal arzobispo de Zaragoza, Juan Soldevilla, en junio de 1923. Otra de las acciones previstas es el asesinato del general Martínez Anido, gobernador de Barcelona; sin embargo, Ascaso es detenido en La Coruña cuan­do prepara el atentado. 

Durruti aboga por el golpe de fuerza y la guerra de guerrillas, la acción directa, como forma de instaurar el régimen proletario, lo que le distingue de algunos de sus compañeros, menos radicales. 

Aunque todo esto no significa que Durruti deje de ser, además de un hom­bre de acción, un excelente orador y un hábil líder. Su capacidad para mover las conciencias de los obreros queda paten­te durante la Segunda República y la Guerra Civil, a través de los mítines. 

Uno de los golpes más espectaculares que realiza el grupo de Los solidarios es el robo al banco de Gijón en septiembre de 1923. De este atraco, Durruti y los suyos se llevan un botín de 675,000 pesetas. La prensa empieza a hacerse eco de estas acciones, lo que contribuye a labrar la leyenda del anarquista leonés. 

Justo en el momento en que comienza la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, en 1923, Ascaso consigue escapar de la cárcel. Estos son años duros para la CNT, ya que pasa a la ilegalidad. Durruti y Ascaso optan por exiliarse en Francia. Desde allí embarcan en un viaje por 

Iberoamérica que tiene su primera para­da en Cuba. La idea de esta travesía es poner en práctica las nuevas formas de recaudar fondos que tan buenos resulta­dos les habían dado en España. El dinero conseguido a través de esos golpes es utilizado en ocasiones para la construc­ción de bibliotecas o escuelas, práctica que se inscribe dentro del afán educador del anarquismo. 

En Cuba trabajan como estibadores del puerto de La Habana y como mache­teros en una plantación de caña de azúcar. De allí pasan en barco (secuestrado a punta de pistola) a México, donde se les une Gregorio Jóver, también, anarquista, y Alejandro, hermano de Ascaso. Continúan viajando por el conti­nente americano, entre atracos y reunio­nes con los anarquistas locales, hasta lle­gar a Perú. De allí pasan a Chile y Argentina, donde cometen un gran número de robos a bancos y realizan varias colectivizaciones, lo que le vale a Durruti una condena de muerte en cada país. Sus acciones aparecen en la prensa y llegan hasta España. 

Su aventura americana acaba en febrero de 1926 y a la vuelta se instalan en París, donde deciden preparar un atentado contra Alfonso XIII, aprove­chando la visita del monarca a Francia. No llegan a materializar su plan, porque son descubiertos y detenidos. Durante los 13 meses que están en prisión, los anar­quistas son objeto de un tira y afloja por parte de las autoridades españolas y argentinas, que piden su extradición, y la izquierda francesa, que se moviliza para reclamar su libertad. Al poco de conse­guirla, en julio de 1927, Durruti conoce a la que será su compañera durante el resto de su vida, Emilienne Morin, cono­cida como Mimi. La contribución de Morin a la causa anarquista es notable, aunque siempre permanece en un segun­do plano con respecto a su amante. 

Durante el tiempo que Durruti y Ascaso pasan en la cárcel, tiene lugar la funda­ción de la FAI, que quiere responder a la crisis en que se encuentra sumida la CNT mediante una política de acción directa. 

Pero los dos jóvenes anarquis­tas están absorbidos por otros problemas. En 1928 son expulsa­dos de Francia, por lo que se instalan en Bélgica, primero, y más tarde en Alemania. El exilio dura hasta 1931, momento en que empieza la etapa final -y más activa- del movimiento anarquista en España. 

Nada más instaurarse la República lle­gan a Barcelona Durruti, Ascaso y García Oliver. Ellos son los encargados de dirigir la nueva etapa de la CNT y de la FAI. Es también en estos días cuando Mimi da a luz a Colette, única hija de Buenaventura. 

La FAI intenta hacerse con el control de la CNT, a la que acusa de excesiva moderación. Como respuesta, dirigentes históricos del sindicato como Ángel Pestaña y Juan Peyró encabezan una escisión, conocida como los treintistas -opuestos a la violencia de la FAI-. Después de esto, Durruti pasa a ser la figura más carismática y representativa de CNT-FAI. 

La instauración de la democracia par­lamentaria no convence al líder leonés y a los anarquistas, que ven cómo los par­tidos burgueses se hacen con el control del país. Por este motivo, empiezan a pre­parar insurrecciones como la del Alto Llobregat, donde los obreros y mineros de Figols, Manresa y Berga proclaman el comunismo libertario en enero de 1932. Tras la represión del Gobierno, diversos cargos de CNT-FAI son apresados. El cas­tigo que imprime la República a Durruti y Ascaso es, cuanto menos, curioso: son deportados a Guinea Ecuatorial, pero el gobernador no acepta a los anarquistas en su jurisdicción, por lo que inmediata­mente emprenden el viaje de vuelta hasta que llegan a Fuerteventura. 

Al recobrar la libertad, los dos, junto a García Oliver, continúan con su campaña revolucionaria, en la que se incluye la insurrección de diciembre de 1933 y diversas huelgas generales. Buenaventura pasa varias veces por la cárcel durante el periodo republicano, lo cual no le priva de diseñar varias acciones de gran repercu­sión social, como la caravana que organi­za para salvar del hambre a los niños durante la huelga general de Zaragoza. 

El fracaso de la Revolución de Octubre de 1934 y la posterior represión ayudan a que el revolucionario leonés termine por aceptar al Frente Popular y decida no boicotear las elecciones. No se sabe hasta qué punto esa decisión contribuye a la victoria de la izquierda en febrero del 36. Lo que sí es cierto es que la CNT sale beneficiada con el resultado. La amnistía del Gobierno del Frente Popular a los pre­sos condenados por los sucesos de octu­bre reintegra a las filas de la organización a numerosos anarquistas y, en mayo de ese año, el IV congreso de la CNT ve cómo regresan a su disciplina los diri­gentes Pestaña y Peyró. 

La sublevación de los militares en julio de 1936 no sorprende a Durruti, que ya esperaba un levantamiento del Ejército. Su implicación en el aplastamiento de la rebelión en Barcelona durante el 19 de julio le hace ganar un respeto aún mayor entre la población. Ascaso muere en las luchas callejeras contra los suble­vados pero, al final, la CNT y la FAI se alzan victoriosas. Se puede decir que, durante los primeros meses de la Guerra Civil, Barcelona está en manos de los anarquistas. 

El siguiente paso es la constitución de un Comité de Milicias para luchar contra los militares, formado por las fuerzas políticas y sindicales de Cataluña. Durruti no está de acuerdo con este Comité, pero lo acata. El 24 de julio sale de Barcelona la Columna Durruti, -formada, según el historiador Abad de Santillán por 6.000 hombres, aunque otros como Ral Ferrer apuntan que son 3.000- con la intención de arrebatar a los sublevados la ciudad de Zaragoza. La columna toma las locali­dades de Caspe y Pina, pero no consigue su objetivo de llegar a la Pilanca. Sin embargo, la importancia de la columna está en su implicación en el proceso de colectivizaciones agrarias que tiene lugar en Aragón en los meses anteriores a la llegada de las tropas de Franco. Durruti impulsa estas comunas y las visita para conocer de primera mano los avances revolucionarios del pueblo. Como apunta Abel Paz, el anarquismo se encontraba de capa caída en todo el mundo... salvo en España. La Guerra Civil da lugar, pues, a una revolución única en Europa. 

La otra cara de la moneda la presentan la progresiva burocratización del Comité de Milicias, incluidos los compañeros de la CNT, y la falta de ayuda por parte del Gobierno de Largo Caballero. A pesar de ello, el dirigente socialista pide la ayuda de los anarquistas ante el avance de los sublevados sobre Madrid. La Columna Durruti se ha mostrado efectiva y discipli­nada y Largo cree que su presencia pro­vocará un levantamiento de la moral entre los madrileños. 

Durruti, aunque en un primer momen­to se niega y recibe a los representantes de la CNT con un “¡Yo no conozco otra disciplina que la Revolución!”, finalmen­te es convencido por la dirigente anar­quista Federica Montseny y pone a sus hombres en marcha hacia la capital. Tras pasar por Barcelona y Valencia, el diri­gente leonés llega a Madrid el 15 de noviembre por la tarde. 

Los cerca de 2.000 hombres que van con él se posicionan en la Ciudad Universitaria. Pero al mismo tiempo, una ofensiva de los sublevados cruza el Manzanares y consiguen hacerse fuertes en el Hospital Clínico, a pocos metros de allí. Durruti, irritado, exige a sus hombres que recuperen el terreno perdido. 

A partir de este momento, los hechos se vuelven confusos. El día 19 de noviem­bre, mientras se dirige en coche hacia la zona de combates, el líder anarquista recibe un disparo en el pecho y muere al día siguiente. Las hipótesis que circulan en torno al origen de la bala son, aún hoy, de lo más variopinto. Se habla de un disparo accidental del naranjero (subfusil) de Durruti, de un anarquista rebelde, de un ataque de los comunistas... 

Su muerte causa una profunda con­moción en la zona republicana, espe­cialmente en Barcelona, donde acude medio millón de personas para despedir a su ídolo.

. Buenaventura Durruti, otro empecinado (El Luchador 21/11/1936)
. Buenaventura Durruti ha muerto ( Milicia Popular, 22/11/1936)
. Entierro de Buenaventura Durruti (Hoja provincial Barcelona, 23/11/1936)

jueves, 4 de octubre de 2012

Pedro Muñoz Seca (1879-1936)

Gran dramaturgo e inventor del género cómico conocido como el “astracán”, es detenido en Barcelona por escribir “obras antirrepublicanas” y, tras ser trasladado a Madrid, es fusilado el 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos 

“Me podéis quitar todo, menos el miedo”. Esa frase, a modo de epitafio, la pronuncia Muñoz Seca delante de sus captores, justo antes de ser fusilado por sus ideas políticas y religiosas, el 28 de noviembre en Paracuellos del Jarama, en uno de los episodios más siniestros de los primeros meses de una Guerra Civil en la que inte­lectuales de los dos bandos son elimina­dos sin juicio previo, a veces en matan­zas masivas, por simpatizar con un parti­do o una ideología. Su nombre ilustra, junto al de Federico García Lorca, el trá­gico destino que la Guerra Civil tenía reservado a muchos de los mejores escri­tores de la época. 

El escritor, profundamente religioso y devoto de La Virgen de los Milagros, patraña de El Puerto de Santa María, sostiene ideas tradicionales y conserva­doras y, según la biografía que hace de él la Fundación Pedro Muñoz Seca, es un monárquico convencido, amigo de Alfonso XIII, y que no oculta su contra­riedad ante el advenimiento de la Segunda República en 1931. 

Cuando comienza la Gue­rra Civil se encuentra en la ciudad de Barcelona, donde el día 17 ha estrenado su obra La tonta del rizo

A los pocos días del alza­miento es detenido por las milicias republicanas que, según el historiador Manuel Rubio Cabeza, “le recriminan haber escrito obras antirrepubli­canas como La Oca”, en la que ridiculiza a obreros republicanos y cuyo título parece ser que corresponde a las siglas de Libre Asociación de Obreros Cansados y Aburridos. Más tarde es trasladado a Madrid. Según cuenta el historiador César Vidal, Pedro Muñoz Seca se encuentra en la cárcel de San Antón, donde las sacas se inician el 7 de noviembre. El día 28 moriría. 

Pedro Muñoz Seca, uno de los drama­turgos más conocidos y aplaudidos de su generación, nace en El Puerto de Santa María (Cádiz) el 20 de Febrero de 1879, aunque le gusta afirmar que el año de su nacimiento fue 1881, debido a su afición por los números capicúa. Hijo de José Muñoz Cesari, procurador muy famoso en dicha ciudad, y de María Seca Miranda, es el cuarto de 10 hermanos de una familia acomodada y muy religiosa. 

Estudia en el colegio San Cayetano hasta 1894 y cursa enseñanza secunda­ria en el tradicional centro jesuita de San Luis Gonzaga, donde coincide con el que será otro ilustre escritor de la época, Juan Ramón Jiménez. Para desgracia de sus padres, no resulta ser un buen estu­diante, pero pasa sus exámenes de revá­lida en el instituto de Jerez de la Frontera. 

Finalizado el Bachillerato, hace las maletas y viaja con su hermano Francisco a Sevilla para matricularse en la Universidad. Aquí, cursa, a la vez, las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, entre 1896 y 1901. 

Pedro Muñoz Seca tuvo, desde muy pequeño, inquietudes litera­rias y gran afición por el teatro y la poesía. Además, su talento le sirve para comenzar a colaborar desde joven en revistas de El puerto con poemas, artículos literarios, obras teatra­les y cuentos 

Sus primeras obras juveniles son La república estudiantil, Un perfecto de pasivas o El Señor Pilili, aunque su pri­mer éxito es Las Guerreras, escrita en colaboración con el autor José Luis Montoro, que se representa por primera vez en Sevilla, en el teatro del Duque, el 20 de Marzo de 1901. 

En este ambiente bohemio e intelec­tual de principios del siglo XX, Muñoz Seca gusta de participar en tertulias y actos culturales. Pronto le llegan los pre­mios: en 1904 obtiene el galardón Rosa de Oro a la mejor poesía en el concurso floral celebrado en el colegio San Luis Gonzaga, en su ciudad natal. 

Ese mismo año viaja a Madrid a buscar trabajo. Con unas monedas en el bolsillo y 100 pesetas que su madre le cose en el interior del chaleco, sus comienzos en la capital no son nada fáciles. A la vez que intenta ganarse la vida, se va introducien­do como puede en el ambiente teatral. 

Después de unos meses de penurias, en la tertulia del café Nueva España conoce al dramaturgo Sebastián Alonso, que decide darle una oportunidad. Juntos ponen en escena El Contrabando, su primer estreno en Madrid, en 1904, con un notable éxito de crítica y público. Animado por este pequeño triunfo, representa varias obras en colaboración con Alonso o en solitario. También consi­gue hacerse un hueco como columnista en importantes revistas de la época, como Blanco y Negro, La Ilustración Española y Americana y Nuevo Mundo

Gracias a la influencia del político An­tonio Maura, ex presidente del Gobierno durante la etapa de la Restauración, que lo contrata como pasante de abogado en su bufete, se hace cada vez más conocido entre el público y los círculos gubernamentales. En 1908, ocupa el puesto de jefe de negociado en la Comisaría General de Seguros del Minis­terio de Fomento, un empleo que nunca dejará y que le permite poseer la sufi­ciente estabilidad económica para dedi­carse a escribir obras teatrales en sus ratos libres. 

Dos años más tarde, se casa con Asunción Ariza, con la cual va a tener nueve hijos. En 1948 nacerá su nieto, el periodista Alfonso Ussía, al que Muñoz Seca no llega a conocer. La jornada de trabajo para él comienza muy temprano en estos años. Con disciplina metódica, tiene tiempo para llevar a cabo su labor creativa, los ensayos, asistir a estrenos y representaciones y, por supuesto, aten­der las obligaciones de la vida familiar. Por las tardes asiste cuando puede a ter­tulias, óperas, pases de cine y, en tempo­rada, a corridas de toros. Los veranos los disfruta en la playa y las terrazas de San Sebastián. 

En una época en la que la esce­na española goza de gran presti­gio, Muñoz Seca se da a conocer pronto como autor cómico. Su nombre se identifica pronto con el de un género teatral nuevo, el astracán. Se trata de obras cómi­cas que sólo pretenden hacer reír al público con un humor sencillo y accesi­ble. Se convierte, gracias a su astracán, en el autor teatral más aplaudido y respetado durante 10 años seguidos. 

Con dominio de la técnica y una pluma prodigiosa, en 1912 escribe la famosa Trampa y cartón antes de llegar al apo­geo con El verdugo de Sevilla, La ven­ganza de Don Mendo, la más conocida de sus obras, y Los extremeños se tocan

Con otras piezas como El último peca­do y El conflicto de Mercedes, se introdu­ce en la alta comedia y consigue repre­sentar sus obras en todos los teatros importantes de la época. 

Su carácter abierto le convierte en una persona carismática y accesible a todos en Madrid. Los periódicos de la capital lo describen como pulcro y elegante, a veces un poco extravagante en la vesti­menta, pero siempre amable con los que le rodean.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Juan García Oliver (1902-1980)

Líder anarquista catalán, partidario de la línea dura de la CNT, dirige la resistencia contra la sublevación militar en Barcelona y en noviembre de 1936 acepta, después de muchas dudas, asumir la cartera de Justicia 

Son las nueve y media de la noche del 2 de noviembre de 1936. Han transcurrido más de tres meses desde el fracaso del pronunciamiento en Barcelona y sólo un día desde que Juan García Oliver, uno de los miembros más destacados de la CNT, ha aceptado el cargo de ministro de Justicia en el Gobierno de Largo Caba­llero. Con un pie ya puesto en el automó­vil que debe llevarle a Madrid, García Oliver siente muchas dudas sobre la deci­sión que le conducirá a los despachos ministeriales. 

Apenas unas horas antes, se había negado insistentemente a consentir lo que consideraba una baja maniobra polí­tica: la entrada -por conveniencia- de la CNT en el nuevo Ejecutivo republicano. Para un hombre de acción como había demostrado ser desde el inicio de la gue­rra, este gesto supone una traición a los ideales anarquistas y a los cientos de mi­litantes muertos durante la contienda. Sin embargo, la insistencia de sus com­pañeros le hace transigir y Oliver acaba sometiéndose a la voluntad de una orga­nización que, tras una etapa revoluciona­ria pasa de la noche a la ma­ñana a desempeñar una ges­tión gubernamental, colabo­rando con sus enemigos del pasado. Hijo de familia humilde, Juan García Oliver trabaja desde los ocho años en una fábrica de papel de Reus, Tarragona. A los 15 emigra a Barcelona durante la huelga general de 1917, e inicia los primeros contactos con las aso­ciaciones sindicales. En la capital catalana comienza a trabajar en el hotel Moderno, donde impulsa la fu­sión de las sociedades de camareros la Alianza y la Concordia, de la que na­cerá el sindicato de industrias ho­teleras, restaurantes y cafés afi­liados a la CNT. 

En 1920 inicia su militancia en la Confederación Nacio­nal del Trabajo, a la vez que se une al colectivo anarquista Regeneración. A los 20 años crea junto a sus com­pañeros Durruti, Ascaso y Jover el grupo Los Solidarios, del que será secretarlo hasta 1931. Desde el comienzo de su militancia en la CNT, Oliver se integra en los núcleos más radicalizados del anarco­sindicalismo catalán y durante la Dictadura propone la agrupación de jóve­nes militantes en formaciones paramilitares. En 1927 colabora en la fundación de la FAI y en el 31, se manifiesta como uno de los más decididos oponentes al treintismo, movimiento liderado por Ángel Pestaña que se escinde políticamente de la CNT. Durante la sublevación de julio del 36 participa en los combates callejeros que hacen fracasar a los rebeldes en Barcelona, forma una columna de volun­tarios y la conduce al Frente de Aragón. Al constituirse el Comité de Milicias Antifascistas, se le confía la Sección de Operaciones, desde la que organiza la pri­mera Escuela Popular de Guerra. 

Durante este periodo, crece su intolerancia hacia los componentes de la “política pequeño burguesa de la Esquerra Republicana”, como él mismo denomina a compañeros como Martín Barrera, Sebastián Ciará o Simón Plera que, “abusan­do de su preparación personal, abando­nan la CNT y se incorporan a la Esquerra para representarla como diputados al Parlamento de Cataluña”. Para Oliver, estos políticos son “simples traidores, tránsfugas del anarcosindicalismo”. No es de extrañar que, cuando él mismo se tras­lada a Madrid para ocupar el cargo de ministro, se sienta en parte un traidor a sus ideales. 

Al tomar posesión de la cartera de Justicia sus proyectos libertarios son numerosos y planea ordenar la puesta en libertad de todos los presos y eliminar los archivos de antecedentes penales. 

Sin embargo, ya durante el primer Consejo de Ministros, se produce un enfrentamiento entre el Ejecutivo de Largo Caballero y los recién incorporados miembros de la CNT. El nuevo presidente propone la evacuación del Gobierno a Valencia ante la caótica situación de Madrid, a lo que los cuatro ministros anarquistas, Oliver, Juan Peiró, Federica Montseny y Juan López, se oponen. 

El 7 de noviembre, Largo Caballero vuelve a plantear en el Consejo la misma iniciativa y propone dejar una Junta de Defensa en la capital presidida por el general Miaja. Esta vez los ministros de la CNT aceptan, pero a los dos días Oliver se arrepiente de su decisión. Aprovechando la vuelta de Largo Caballero a Madrid para solucionar asun­tos pendientes, Oliver regresa con él, a fin de demostrar que los ministros de la CNT no han participado en la huida. 

Al llegar a Madrid le anuncian que dos obuses han causado graves destrozos en el Registro de Antecedentes penales. Según algunos autores, esta noticia le anima en su proyecto de destruir dicho archivo y quema todas las fichas utilizan­do las estufas del Ministerio. Otros, como Manuel Rubio Cabeza, afirman que esta idea nunca la llevó a cabo, aunque sí ordenó la cancelación de todos los ante­cedentes penales por delitos cometidos antes del 15 de julio de 1936. 

El 13 de noviembre, Oliver propone al Consejo de Ministros la creación de un Consejo Superior de Guerra. Largo Caballero accede y le pide que se encar­gue de la Sección de Organización, lo que implica la creación de Escuelas populares de Guerra y Brigadas Mixtas. Oliver se vuelca en este proyecto, que comienza a funcionar en el primer tri­mestre de 1937. Según escribe el histo­riador Burnett Bolloten, “como jefe de la organización y la administración de las escuelas se ganó la admiración incluso de sus adversarios ideológicos”. 

Además, según explica la Crónica de la Guerra Civil Española, “es con la llegada de García Oliver al Ministerio de Justicia, cuando los presos de la zona guberna­mental empiezan a disfrutar de ciertas garantías y seguridad”. 

El 31 de enero de 1937 pronuncia el que, en palabras de Hugh Thomas, es el “discurso más extraordinario que jamás ha pronunciado ningún ministro de Justicia”. “La Justicia ha de ser caliente, la Justicia ha de ser vida, la Justicia no puede estar encerrada dentro de los estrechos límites de una profesión. [...] Cuando las relaciones entre los hombres sean las debidas, no habrá necesidad de robar ni de matar”, afirma García Oliver. 

En mayo, una serie de revueltas popu­lares en Barcelona provoca una crisis de Gobierno que culmina el día 15 con la dimisión de Largo Caballero y sus minis­tros. A pesar de ello, García Oliver juega un papel muy importante al conseguir que los anarcosindicalistas depongan las armas. A partir de ese momento, su figu­ra comienza a declinar hasta casi desa­parecer de la vida política. 

Tras la caída de Cataluña a finales de enero de 1939, García Oliver se exilia a Francia, de donde consigue huir a Suecia meses después. En el invierno de 1940 se marcha a México, de donde ya no volverá y en donde trata de crear un nuevo parti­do político, lo que le hace ser expulsado del movimiento libertario en el exilio. Muere en 1980.