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martes, 2 de octubre de 2012

Alfonso (1880-1953)

El gran fotógrafo español del primer tercio del siglo XX supo retratar magistralmente la vida del Madrid sitiado, dejando un legado de imágenes que constituyen una apasionante memoria gráfica de su tiempo 

El 16 de septiembre de 1936, un Comité de Intervención nombrado por la llamada Sociedad Obrera de Fotógrafos y Similares de Madrid, depen­diente de la Casa del Pueblo de la calle Piamonte, procedía a la incautación de los estudios fotográficos Alfonso. Gravemente amenazado por el avance nacional, Madrid afronta el primer otoño de la gue­rra sometido a un estado de excepción que se siente en todos los órdenes de la vida de la capital y al que no escapa la firma del gran fotógrafo español del pri­mer tercio del siglo XX. 

En el número seis de la calle Fuencarral, a la vuelta de la esquina del edificio de la Telefónica, objetivo prioritario del bombar­deo periódico que a partir de noviembre sufrirá la Gran Vía madrileña, se encuentra la galería fotográfica de Alfonso Sánchez García, más conocido, en una capital que lleva 30 años reflejándose en el objetivo de su cámara, como Alfonso. 

Con aquella incautación, el estudio pasaba a depender orgánicamente de la Casa del Pueblo. Toda su actividad será sometida a las necesidades del Comité y supervisada por el comisa­rio político de turno. Desde octubre, la hasta entonces próspera empresa, sometida a las duras condiciones de la guerra y a los impagos de las organizaciones obre­ras, no deja de perder dinero. Además, la merma­da plantilla del estudio se ve obligada a abandonar la sede de Fuencarral por el peli­gro de los bombardeos, y a tra­bajar exclusivamente en la sucursal de la calle Santa Engracia. 

Pero para garantizar la leal­tad de Alfonso a la causa republicana no era nece­saria incautación algu­na. El fotógrafo cuenta con un pedigrí republicano que luce con orgullo siempre que tiene ocasión. Nacido un 21 de febrero de 1880 en Ciudad Real -su padre, un modesto empresario teatral, montaba espectáculos allí por aquellas fechas-, contaba que en su bautizo sona­ron los acordes del himno de Riego. Cierto o no, la prematura muerte de su padre obliga al joven Alfonso a abandonar sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid. Realiza todo tipo de trabajos para contribuir al sostenimiento de su casa, pero no renuncia a desarrollar su vocación artística. Inclinado primero hacia la escul­tura, en 1895 entra como aprendiz en el estudio de Amador, por entonces uno de los retratistas más prestigiosos de la ciu­dad. Comienza así, como el más humilde de los meritorios, a labrarse su carrera como fotógrafo. Con la firma de la casa Amador publica sus primeras informacio­nes gráficas en Nuevo Mundo, semanario gráfico de la época. En 1897 entra en la plantilla del estudio de Manuel Compañy, otro de los grandes nombres de la foto­grafía madrileña. Allí combina el trabajo de estudio, donde con sólo 18 años se convierte en primer operador, con los encargos para prensa, gracias a los cuales y a su extraordinario don de gentes Alfonso comienza a darse a conocer entre los círculos políticos y culturales de la ciudad. 

En 1904 es nombrado responsa­ble de fotografía del diario El Gráfico, efímera apuesta de El Imparcial por el periodismo ilustrado: la nueva publi­cación apenas se mantiene seis meses en la calle. Alfonso se apunta entonces al flo­reciente negocio de las postales, hasta que unos meses después logra hacerse un hueco en la redacción de El Imparcial

En 1907 firma un contrato con los periódicos del recién constituido trust, for­mado por El Heraldo de Madrid, El Liberal y El Imparcial. Allí desarrolla su vocación de reportero y las que serán algunas de sus mayores virtudes como fotógrafo: una prodigiosa capacidad para la captación del espíritu madrileño a través de sus tipos tradicionales y de la vida de sus calles y sobre todo un sorprendente y vivísimo estilo periodístico. 

Su relación con los medios del trust no le impide colaborar con otros periódicos como ABC y con casi todos los semanarios ilustrados del momento. “Su creciente protagonismo en los nuevos medios y sus habituales colaboraciones en los históricos semanarios de Prensa Gráfica” -relata Publio López Mondéjar en su estudio sobre el fotógrafo para el libro Alfonso- “incrementaron considerablemente el tra­bajo de su estudio, que acabaría convir­tiéndose en una verdadera agencia”. 

Alfonso ya es el más importante repor­tero gráfico del país. En 1909 se consagra con su trabajo sobre la campaña de Marruecos y el desastre del Barranco del Lobo, y seguirá consolidando su prestigio recogiendo con su cámara los acontecimientos clave de su tiempo. Pero no renuncia a una faceta que le diferencia del resto de compañeros de la prensa gráfica: la de retratista. Su popularidad entre la sociedad madrileña le permitirá fotogra­fiar a casi todas las personalidades políti­cas y culturales de la época. Será Alejandro Lerroux el primer modelo ilustre de los muchos que pasen por el estudio de la calle Fuencarral, inaugurado en 1910. 

Alfonso se convierte así en memoria gráfica de su tiempo, de lo que sucede en las calles, en los cafés y los salones de aquel Madrid de pavorosos contrastes; y de quienes como políticos o intelectuales protagonizan la vida española de aquellos años. Consciente y orgulloso de su éxito, Alfonso expone su trabajo periódicamente en la galería de Fuencarral. Los años de esplendor del periodismo gráfico en España se prolongan durante la dictadura de Primo de Rivera y la República, una época en la que, como afirma López Mondéjar, “sentó el fotógrafo acta gráfica de la Historia de España”. Alfonso cuenta ya con la colaboración de sus tres hijos, todos ellos discípulos de su padre: Pepe, Luis, y sobre todo Alfonso, popularmente conocido como Alfonsito

La guerra altera la vida del estudio y de la familia. Tanto Alfonso como sus hijos acuden como reporteros a cubrir los fren­tes de la Sierra, Andalucía, Teruel o Guadalajara; pero sobre todo recogen, con sus viejas cámaras de placas recuperadas ante la escasez de negativos, la vida del Madrid sitia­do, desde la constitución de la Junta de Defensa al anuncio de Besteiro de la rendición de la ciu­dad en marzo de 1939. 

La caída de Madrid acaba con los años de éxito de Alfonso y su saga. Durante algunos meses pueden todavía desarrollar su trabajo. De entonces data el famoso retrato de Moscardó entre las ruinas del Alcázar. Pero en septiembre de 1940 la Dirección General de Prensa del Movimiento les niega la licencia necesaria para ejercer como reporteros gráficos. 

Esta prohibición, al igual que la destruc­ción por las bombas de su galería de Fuencarral, pesa gravemente en el ánimo de Alfonso. Con los años, su nombre es poco a poco rehabilitado. En 1949 realiza para la portada de ABC un retrato de Franco con ocasión del aniversario de su proclamación como Jefe del Estado. Pero sólo en 1952 se levantó el veto adminis­trativo que pesaba sobre él y sus hijos. En el caso del patriarca fue un último acto de desagravio, casi a modo de homenaje: Alfonso moría en Madrid el 13 de febrero de 1953.

lunes, 1 de octubre de 2012

Ramiro de Maeztu (1874-1936)

Uno de los intelectuales más admirados y criticados de la época, evoluciona desde la defensa de una nueva España enfrentada a la de la Restauración hacia un pensamiento tradicionalista fundamentado en el catolicismo 

Maeztu, uno de los inte­lectuales más admira­dos, pero también más criticados de su época, pasa sus últimos días de vida en la cárcel de Las Ventas de Madrid, donde la casua­lidad quiere que se encuentre con otro Ramiro, Ledesma Ramos, con el que ha compartido algunos ideales pero del que le separan otros. Ledesma afirma en el pri­mer número de la revista teórica JONS que le considera “uno de los pocos españoles capaces de ofrecer los valores de España”, pero a la vez añade que “éste es el único aspecto de Maeztu que nos interesa. Ningún otro. La política de las JONS no es su política”. 

El mismo día en que comienza la gue­rra, Ramiro de Maeztu y Whitney, obsesio­nado con la idea de que lo van a matar -su compañero en la revista Acción Española, Vegas Latapié, afirma que un día llega a interrumpir un discurso de Prieto en el Parlamento gritándole: “Me doy por muerto”- se refugia en casa de su amigo José Luis Vázquez Dodero. Allí per­manece unos días, hasta que el 28 de ese mismo mes de julio entran en el domicilio unos milicianos, buscando a religiosos. 

Maeztu cree que están allí por él y se presenta espontáneamente dando a conocer su nombre, por lo que es llevado a la comisaría de Buenavista. Una vez en las dependencias, según cuenta César Vidal en su libro Checas en Madrid, un inspector lo pone en libertad al no encontrar causa para detenerlo. Pero son ya las once de la noche y a la puerta espera un coche de milicianos, por lo que el propio Maeztu solici­ta que lo vuelvan a de­tener. Entonces es envia­do a la cárcel de Las Ventas. 

En prisión pasa tres meses hasta que el 29 de octubre del 1936 es trasladado, junto con el líder fas­cista Ledesma Ramos, al cementerio de Aravaca, donde pese a los esfuerzos de la Embajada inglesa por salvarlo, muere ase­sinado. Tiene 62 años y ha pasado ya por muy diferentes etapas a lo largo de su vida: desde sus inicios como defensor e impulsor de una nueva España enfrentada a la tradicional, hasta su evolución hacia un pensamiento tradicionalista fundamen­tado en el catolicismo. 

Esta conversión le hace objeto de innu­merables críticas, tanto de la derecha como de la izquierda. Él mismo llega a decir en una autobiografía escrita en ter­cera persona y publicada en Alma Espa­ñola que “de Maeztu se ha dicho cuanto pueda decirse de un escritor [...]; aunque no es político, ni ha hecho libros ni obras de teatro, no hay periódico en España que no se haya ocupado de su nombre”. 

Según su amigo Juan Ignacio Luca de Tena, director de ABC, “a los 20 años era anarquista, a los 30 republicano y su firma veíase frecuentemente en El Sol. Yo no recuerdo exactamente cuándo empezó su evolución hacia la derecha”. 

Sus concepciones políticas y filo­sóficas se van modificando con los años. Nace en Vitoria el 4 de mayo de 1874 en una familia distinguida, hijo de padre vasco y madre ingle­sa. Cursa bachillerato y obtiene unas notas brillantes, pero la ban­carrota familiar no le permite acceder a la Universidad. 

Así, a los 16 años marcha a París, donde intenta aprender el oficio de comerciante, pero ante su falta de habilidad, tiene que volver a casa. Entonces decide ir a Cuba, donde pasa cuatro años trabajando en los más diversos oficios y viajando por América Central y del Norte, Tres años des­pués regresa a Vitoria y, tras la muerte de su padre, la familia se traslada a Bilbao. 

En esta ciudad empieza su carrera periodística que es en realidad la vocación de su vida; comienza en un pequeño periódico, El Porvenir Vascongado y se da a conocer con sus artículos sobre el pro­blema cubano, coincidiendo con los pri­meros intentos de insurrección en la que todavía era isla española. 

En 1897 se traslada a Madrid, donde entra de lleno en la vida literaria y forma, junto a Azorín y Baroja el Grupo de Los Tres, el primer núcleo de la célebre Generación del 98. Es precisamente en ese año cuando Maeztu publica su primer libro, con el título de Hacia otra España

En él se hace una dura crítica al sistema de la Restauración y se presenta el desas­tre del 98 como un punto de partida para derribar todos los obstáculos y crear una España distinta. Tan sólo unos años más tarde dice, en referencia a esta obra, que “todas sus páginas merecen ser quema­das, pero el título responde al ideal de entonces y de ahora”. 

Esta frase deja entrever que el objetivo siempre es el mismo: cambiar España, pero la idea de cómo llevar a cabo esta regeneración se modifica con los años. A principios de 1905 marcha a Londres como enviado de La Correspondencia de España, y los 15 años que reside allí le marcan para siempre y le hacen afianzar­se en su defensa de la autoridad. Las ideas presentes en este periodo de su vida que­dan reflejadas en su libro Authority, Liberty and Function in the Light of War, publicado en España como La crisis del Humanismo

En 1916 se casa con la inglesa Alice Mabel Hill y nace su único hijo. Para cuan­do regresa a España, en 1919, ya es una figura consagrada y se vincula a la redac­ción del El Sol. Pero la férrea defensa de Maeztu del general Primo de Rivera hace que pronto tenga que abandonar el perió­dico, que adopta una línea pro republica­na. Desde 1927 pertenece a la Unión Patriótica -único partido durante la Dictadura-y escribe en La Nación, órgano oficial del régimen. Al año siguiente es nombrado embajador de España en Argentina, de donde regresa el 19 de enero de 1930. 

Tras el advenimiento de la República, Maeztu comienza una etapa combativa y en diciembre empieza a colaborar con la revista Acción Española, publicación de la que luego llega a ser director. En esta últi­ma fase de su pensamiento recoge por un lado la línea tradicional española de Menéndez Pelayo y, por otro, algunas influencias del pensamien­to fascista que recorre toda Europa. 

En 1932 es nombrado académi­co de Ciencias Morales y Políticas y en 1933 es elegido diputado por Guipúzcoa de Renovación Española. Al año siguiente ingresa en la Academia de la Lengua Española y publica uno de sus libros más afamados, Defensa de la Hispanidad, que es en realidad una reco­pilación de artículos en la que Maeztu ofrece su definición de Hispanidad: “Hispánicos son, pues, todos los pueblos que deben la civilización o el ser a los pue­blos hispánicos de la Península”. 

Cuando edita este libro comunica a sus amigos que tiene el propósito de completar esta obra con otras dos más, llamadas Defensa del Espíritu y Defensa de la Monarquía de tal modo que corres­pondan sus libros a los términos del tra­dicional lema carlista: Dios, Patria y Rey. La primera de estas obras la intenta ter­minar en la cárcel, pero las cuartillas que­darán en poder de sus guardianes, y la segunda no llegará a pasar de un proyecto.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Walter Krivitsky (1899-1941)

Jefe de los espías soviéticos en territorio español y uno de los organizadores de la salida del oro republicano hacia Moscú, tras el comienzo de las purgas denuncia la política dictatorial de Stalin y colabora con el FBI 


“La historia de la intervención soviética sigue constituyendo el misterio más trascendental de la Guerra Civil. Hoy puedo decir que la URSS intervino por interés político, para incluir a España dentro de su sombra política”. La acusación es tajante. Sin embargo, su autor no es ningún miem­bro del Ejército nacional, ni tampoco nin­gún aliado del general Franco. 

Se trata de Walter Krivitsky, jefe del ser­vicio militar soviético y uno de los más destacados espías a las órdenes de Stalin que despliegan sus estrategias de actua­ción en la Península durante los años que dura la contienda. La duda surge de inme­diato. ¿Cómo puede un alto oficial del régimen comunista, fiel aliado de Stalin durante años, pronunciarse tan duramen­te contra su país? ¿Qué le ha hecho cam­biar tan radicalmente de opinión? 

El agente soviético que posteriormente será conocido como Walter Krivitsky nace en Ucrania en 1899. Su nombre real es Samuel Ginsberg, pero tiene que cambiár­selo por Krivitsky durante el periodo de la Revolución Rusa. De padre judío, un mer­cader de amplias influencias, el pequeño Walter crece en un ambiente cultural cosmopolita, pues a su dominio del hebreo se añade pronto el del alemán, polaco y ucraniano. A los 13 años ingresa en el movi­miento obrero ruso y a los 18 ya forma parte del entramado del Partido Marxista, integrán­dose dentro del Servicio de Inteligencia Estatal. 

A partir de 1923, Krivitsky comienza a participar en el espiona­je militar extranjero. Entre las muchas ventajas con las que cuenta para desempeñar este papel destaca su excelente conocimiento de Europa occidental, merced a los viajes realizados con su padre. En ese mismo año es enviado a Alemania, en una intentona de Stalin por prender allí la mecha de la revolución comunista, y posteriormente es trasladado a Austria, donde trabajará junto con otro destacado espía soviético, Ignace Reiss. En 1933, Krivitsky se esta­blece en Holanda como director de Inteligencia, y su área de influencia y actuación queda circunscrita a Europa occidental. Bajo su mando, desarrolla toda una infraestructura de agentes soviéticos que trabajan para el régimen de Stalin. 

El 18 de julio de 1936, Waltel Krivitsky se encuentra en su cuartel general de La Haya, ciudad en la que reside con su mujer y su hijo y dedicado en cuerpo y alma al espionaje en Alemania. Nada más conocer el levantamiento en España, Krivitsky envía a dos hombres (uno a Lisboa y otro a la frontera hispanofrancesa) para poder mantener informado a Stalin de cualquier suceso de relevancia. Pero la URSS no manifiesta interés por la República espa­ñola. Se queda al margen. 

Más adelante, el propio Krivitsky relata­rá que toda la intervención de la URSS en el conflicto español es otra estratagema de Stalin para “convertir España en un satélite más de su influencia”. España no es sino una ficha más en el tablero internacional que Stalin quiere componerse para sí mismo, afirma Krivitsky. 

Una ficha que debe ser movida bajo una premisa esencial: el sigilo. La gran potencia comunista ha firmado el Pacto de No Intervención, y Stalin no desea crisis diplomática alguna con Gran Bretaña o Francia. A finales de agosto de 1936, Krivitsky recibe en Holanda un tele­grama de Moscú con instrucciones claras: “Extienda inmediatamente sus operacio­nes para cubrir la Guerra Civil española. Movilice a todos los agentes y todas las instalaciones disponibles para la organiza­ción de un sistema para comprar armas y transportarlas a España” 

Krivitsky queda encargado de elaborar y preparar una red europea de casas comer­ciales “con apariencia de independencia” con objeto de importar y exportar material de guerra a España. A partir del 21 de septiembre, esta compleja cadena comien­za a funcionar, y en un plazo de 10 días, Krivitsky levanta un imperio ficticio de puertos mercantiles en ciudades como Londres, París, Copenhague, Amsterdam, Varsovia, Praga, Bruselas o Zurich, cada una de ellas controlada por un agente del servicio secreto ruso. Los contactos y la compraventa comienzan a desarrollarse con fluidez, y en 30 días, a mediados de octubre del 36, se envían los primeros car­gamentos de armas a la España republica­na. El abastecimiento de aviones para la defensa de Madrid también es una de las tareas de las que se encarga Krivitsky. “Los 140 millones de libras en oro que el Gobierno republicano estaba dispuesto a gastar en material bélico” son, como señala él mismo, la recompensa que espe­ra a Stalin y a toda la URSS por estos esfuerzos. 

Pese a que Krivitsky jamás admite res­ponsabilidad alguna, son muchos los autores que le señalan como el principal responsable de la salida del oro del Gobierno de la República hacia Moscú, entre otras razones porque era el jefe del espionaje ruso en España. 

Él, sin embargo, reparte culpas entre el comisario político Arthur Stashevsky, “encargado de manipular las riendas polí­ticas y financieras de la España republica­na” y Juan Negrín, entonces ministro de Hacienda y “el hombre que consigue con­vencer al Gobierno de Largo Caballero para cambiar el oro por las armas”. 

“El oro contabilizado era tal, que el últi­mo cargamento, llegado al puerto de Odessa en diciembre de 1937, si se colo­case a lo largo y ancho de la Plaza Roja de Moscú, la cubriría por completo”, señala Krivitsky. La Plaza Roja tiene una exten­sión superior a los 70.000 metros cuadra­dos. Sin embargo, la relativa prosperidad con la que Krivitsky elabora los planes para comerciar con el Gobierno republica­no salta por los aires con el inicio de las purgas stalinistas. Muchos de sus colabo­radores, aquellos que saben demasiado y que por tanto pueden poner en un aprie­to al dictador, van siendo fulminantemen­te asesinados o desparecen misteriosa­mente. En 1937, temiendo por su propia vida y la de su mujer e hijo, y tras conocer el asesinato de su viejo colaborador Reiss, Krivitsky huye a Canadá y cambia su nombre por el de Walter Thomas. 

En 1939, Walter Krivitsky toma dos decisiones que, muy posible­mente, le encaminan hacia su mortal des­tino. En respuesta a la gran purga de Stalin y también para ganarse la confianza y la protección de las autoridades esta­dounidenses, comienza a colaborar con el FBI sobre la red de espías soviéticos esta­blecida en Gran Bretaña. 

Al menos 61 agentes de la URSS son delatados. Además, Krivitsky escribe sus memorias para The Saturday Evening Post, en las que se posiciona como un comunista arrepentido y muy crítico con Stalin. La compilación de sus escritos darán lugar al año siguiente a su famosa autobiografía Yo, jefe del Servicio secreto militar soviético

El 10 de febrero de 1941, aparece muerto en su habitación del Bellevue Hotel, en Washington. Aunque su muerte se achaca a un suicidio, se especula con que alguien haya eliminado una molesta ficha que se había salido del tablero sovié­tico.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Simone Weil (1909-1943)

Conocida como “La santa roja” por abrazar a un tiempo el cristianismo y el comunismo, se enrola en la Columna Durruti para combatir en el Frente de Aragón, una experiencia que exacerbará su pacifismo 

Para unos fue una visionaria mística y una revoluciona­ria; para otros, una idealista utópica al borde de la locu­ra. La pensadora y escritora francesa Simone Weil, conocida por el apodo de La santa roja, es uno de los personajes más singulares del siglo XX. Nace en París el 3 de febrero de 1909, en el seno de una familia burguesa de origen judío. Su familia tiene una gran influencia a lo largo de su vida. Es educada en el agnosticismo, producto de la enseñanza laica francesa y de la voluntad de sus padres, que habían abandonado toda práctica religiosa. 

Desde pequeña destaca en los estu­dios. Gracias a la sensibilidad de los padres, Simone recibe una educación amplia y profunda. Se interesa muy pronto por la civilización griega y roma­na, así como por la poesía y la literatura. Esta atracción por la cultura se une a su preocupación por los más desfavoreci­dos, sentimiento que le brota al observar la miseria humana que produce la Primera Guerra Mundial. 

Esta sensibilidad hacia los más débiles la acompañará siempre. Su interés por la Filosofía la lleva rápida­mente a la actividad políti­ca. Alain, profesor de Filosofía en el Instituto Henri IV, es el encargado de instruirla entre los años 1925 y 1928. A partir de ese momento, Simone Weil comienza a formar su pensamiento a base de numerosos escritos. 

Durante su etapa como alumna en la Escuela Normal Superior (1928) mantiene com­promisos activos en aconteci­mientos sociales y políticos. Crítica con la administración educativa, Weil escribe afi­lados artículos sobre el poder y la función de los gobernantes. 

En 1931, con tan sólo 22 años, ya es catedrática de Filosofía en el Instituto de Le Puy, una localidad en el corazón de la Auvernia. Allí intensifica su vida política colaborando, sin llegar a afiliarse, con los movimientos sindicales y la revolución proletaria. Su implicación llega a tal ex­tremo que reparte su paga entre los para­dos, además de mezclarse entre los obre­ros como una más. Esta es una de las cla­ves que recorren la historia de Weil: llevar sus ideas teóricas a la práctica. Su activis­mo social y político no gusta en el Instituto donde trabaja y es desplazada a Auxerre primero y, después, en 1933, a Roanne. 

Aquí es mejor acogida por sus compa­ñeros de trabajo e incluso imparte un curso sobre el marxismo. Pero por otro lado, Weil empieza a desencantarse de un mundo sindical demasiado burocratizado donde hay mucha distancia entre pensamiento y hechos. 

Es en este momento cuando Weil ejemplifica lo que es llevar la teoría a la práctica. Primero publica un libro de re­flexiones sobre el marxismo. Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social (1934), y después deja la enseñanza para irse a tra­bajar como peón en la parisina Renault durante un año. 

Su experiencia en la fábrica queda recogida en su Journal d'usine, un diario en el que reco­ge sus vivencias como obrera. Según uno de sus biógrafos, “la prueba rebasó sus fuerzas. Su alma fue como aplasta­da por aquella conciencia de la desgra­cia que le marcó para toda la vida”. 

Ella misma da constancia de lo que vivió en la fábrica de automóviles: “Allí recibí para siempre la marca de la escla­vitud, como la marca a hierro candente que los romanos ponían en la frente de sus esclavos más despreciados. Después me he considerado siempre como una esclava”. Quizás para recuperarse, viaja con sus padres a Portugal y allí tiene su primer contacto con el cristianismo. Del abrazo entre comunismo y cristianismo le viene el apodo La santa roja

En 1936 estalla la Guerra Civil espa­ñola y Simone Weil quiere participar activamente en la defensa contra los sublevados. Durante unas vacaciones, contacta con libertarios catalanes y se alista como brigadista. Entra a formar parte de la Columna Durruti en el Frente de Aragón. 

“El único icono de la Historia en que un místico lleva un arma”, dice José Jiménez Lozano de una fotografía en la que Weil aparece con el mono y el gorro de los anarquistas y el fusil en bandole­ra. La guerra vuelve a marcarla negativa­mente. Las armas y la muerte provocan en ella un gran sufrimiento, llegando a pronunciarse en contra de cualquier enfrentamiento bélico por ser opuestos a la consecución de la justicia y la libertad humanas. Su pacifismo visceral se siente ultrajado al presenciar los fusilamientos de un sacerdote y de un falangista ado­lescente. Es evacuada del Frente de Aragón poco después de haber llegado tras abrasarse la pierna con una sartén. 

En los dos años posteriores a su abandono de la Guerra Civil española viaja a Asís (Italia) y a Solesmes (Francia), donde tiene sus primeras experiencias místicas. En libros como A la espera de Dios, Weil narra sus viven­cias en las que confiesa cómo sintió que Cristo la “tomaba”. 

En una carta al padre J.M. Perrin, con el que mantuvo una intensa correspon­dencia en los últimos años de su vida, Weil dice: “Usted no me ha transmitido la inspiración cristiana ni la figura de Cristo; cuando yo lo conocí, nada que­daba por hacer en ese aspecto. Todo se había llevado a cabo ya sin la interven­ción de ningún ser humano. Si no hubiera sido así, si no hubiera sido tomada anteriormente por Cristo [...] no lo habría aceptado”. 

Su familia se ve obligada a huir de Francia con la ocupación alemana en 1940. Primero se refugian en Marsella, donde Weil trabaja como jornalera agrí­cola, al mismo tiempo que traduce a Platón. Las autoridades franco-alemanas la acusan de resistente, pero la ponen inmediatamente en libertad “por loca”. En 1942, huye con su familia a Nueva York, donde pasa varios meses a regañadientes, ya que su deseo es trasladarse a Londres para participar en la resistencia que desde allí dirige el general De Gaulle y sacrificarse por la causa. En lugar de eso, se le encarga que escri­ba propuestas e informes sobre cómo podría encauzarse la reconstrucción de la sociedad francesa una vez se logre derrotar a los alemanes. Esos textos, desechados por utópicos, serían rescata­dos años después por Albert Camus, que los recopilaría en el libro Echar raíces

Finalmente, en noviembre del año 1942 consigue que la envíen a Londres, donde la admiten como funcionará de la Francia Libre que organiza la resisten­cia. “¡Está local”, exclamó De Gaulle cuando Weil le propuso que la manda­ran en paracaídas a la Francia ocupada. 

Su solidaridad con los franceses en el frente la lleva a no querer probar más alimento que el que la población comía, lo que termina de agravar una tubercu­losis que le acababa de ser diagnostica­da. Simone Weil muere en Londres el 24 de agosto de 1943, a los 34 años de edad.

Antonio Aranda Mata (1888-1979)

Protagonista de la resistencia a ultranza de los nacionales en Oviedo, el coronel Aranda proclama el estado de guerra en la capital asturiana tras haber engañado al bando republicano sobre su lealtad frente al alzamiento 

Tras 91 días de asedio, el coronel Aranda logra en octubre de 1936 abrir un pasillo que comunique Oviedo con la zona nacional. Hasta noviembre de 1937 no lograría romper definitivamente el cerco a la ciudad asturiana, acción que le brindará la Cruz Laureada de San Fernando. Lo que no había logrado por su brillante actuación en la Guerra de Marruecos lo obtendrá entonces, tras resistir 15 meses al asedio de las tropas de la República, unas fuerzas muy superiores a las suyas en número y en recursos bélicos. La orden señala su “heroica actuación (.,.), que merced a la previ­sión, serenidad, talento y valor perso­nal, ha enriquecido la Historia patria con hechos brillantes, pocas veces igualados”. 

En efecto, el talento es un atributo muy repetido en la fama que precede al coronel Antonio Aranda, nacido en Leganés (Madrid) en 1888. Ingeniero geógrafo y militar de carrera, el coro­nel, a sus 52 años, puede presumir de una brillante trayectoria en las filas del Ejército español, en el que Ingresó cuando apenas era un adolescente. 

Su estrategia militar es una de las más celebradas durante la Guerra de Marruecos y en 1925 le vale el ascenso a coronel, que logró con el número dos en el escalafón. Tras aplastar, junto a un grupo de generales, la rebelión asturia­na en 1934, Aranda obtie­ne un nuevo reconoci­miento y es destinado a esa provincia. 

Los historiadores definen a este hom­bre corpulento y de viva mirada como “estudioso, inteligente, de ideas claras y gran capacidad de trabajo”; un mili­tar que goza de “gran prestigio técnico y personal entre sus compañeros”, según Crónica de la guerra española. Un alto mando del Ejército carismático, en suma, que va a protagonizar uno de los episodios más controvertidos del Frente Norte durante la contienda civil. 

El 18 de julio, cuando estalla el alza­miento militar, presta sus servicios como comandante militar de la plaza de Oviedo, lugar donde había sido des­tinado después de sofocar la rebelión minera asturiana contra el Gobierno republicano en el año 1934. 

En Madrid nadie duda de su lealtad al Gobierno: el republicanismo del coronel es público y notorio desde mucho antes de la caída de la Monarquía. Nada más conocer la noti­cia del levantamiento, Antonio Aranda asume el mando. 

El Frente Popular se pone inmediata­mente a sus órdenes, seguro de contar con un fiel colaborador. Pero pasan las horas y empieza a cundir la preocupa­ción entre las filas republicanas: Aranda guarda silencio sobre su postura ante el levantamiento. El Gobierno le insta a que declare públicamente su lealtad a la República y le pide que envíe urgentemente refuerzos a la capital. 

Aranda obedece, pero sólo llegarán a su destino unos pocos hombres. Mientras tanto, anarquistas y comunis­tas asturianos le piden armas para poder sofocar la rebelión militar en la provincia. El coronel retrasa la entrega alegando cuestiones de procedimiento, asuntos protocolarios, artículos de reglamento: mientras está reunido con el Frente Popular, le llega un despacho telegráfico ordenándole entregar las armas. Aranda pone una excusa y abandona la reunión. 

Poco después, los jefes de Cuerpo son convocados al despacho de Antonio Aranda para escuchar, atóni­tos, su decisión de sumarse a los mili­tares levantados en armas contra el Gobierno. Aquella mañana del 19 de julio, así lo había convenido con el general Mola en una conversación telefónica. 

Se lo hará saber al Gobierno más tarde, con una nota escrita a mano sobre el mismo telegrama en el que ha recibido la orden de entregar las armas a las milicias populares: “No se cumple por ser contrario al honor militar y a los verdaderos intereses de la patria. Tómense las medidas oportunas para dominar Oviedo”. El grito de “¡Viva España!” que lanza Aranda a las diez de la noche por la radio disipa cual­quier duda que pudiera quedarle al pueblo asturiano sobre la postura del coronel ante el alzamiento. 

Se ha discutido mucho sobre si el coronel tenía planeado de antemano sumarse a la sublevación militar o si, por el contrario, lo decidió de súbito tras aquella conversación con el gene­ral Mola, que quizá logró convencerle de que apoyara su causa en un momento de duda. 

Se dice también que, antes de decla­rarse favorable a la sublevación, Aranda se había asegurado de que contaba con el apoyo de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto de Oviedo, pese a que el comandante de este último cuerpo, Ros, profesara conocidas simpatías por las izquierdas. Todavía hoy, la decisión de Aranda sigue siendo uno de los episodios más oscuros de la Guerra Civil española. 

Cuando Antonio Aranda proclama el estado de guerra en la capital asturia­na el 20 de julio de 1936, la decisión coge desprevenidos tanto a sus compa­ñeros del bando sublevado como a los republicanos, que no salen de su asom­bro ante lo que consideran una traición inaudita de un militar cuya fidelidad al Gobierno nadie puso nunca en duda. 

Una vez hecha pública su decisión, la tarea que tiene por delante el coronel no parece sencilla: por un lado, las mili­cias populares estrechan un cerco alre­dedor de Oviedo que lograrán mante­ner durante casi cuatro meses; por otro, apenas un puñado de hom­bres secundan la sublevación en Oviedo. Con todo, Aranda logra atraer a unos 800 jóvenes falangistas a las filas antigubernamentales. 

Aunque ha conseguido desha­cerse de numerosos efectivos republi­canos al enviarlos, tal y como le pidió el Gobierno, a defender Madrid en unos convoyes que serán interceptados por las fuerzas sublevadas, la tarea no va a resultar fácil. 

Las cosas se complican por momen­tos: al constante asedio de las milicias a las puertas de la ciudad se añade la resistencia de Gijón y del resto de la provincia ante el levantamiento. El director de la fábrica de cañones de Trubia pone sus valiosos recursos béli­cos, con los que contaba para llevar a cabo sus planes, a disposición de los mineros, a pesar de los repetidos requerimientos del coronel. 

A Aranda no le queda más remedio que recluirse en la única plaza que los sublevados han conseguido tomar, la capital asturiana, y defenderla con todas sus fuerzas hasta que llegue el momento de pasar a la ofensiva. 

Pese a verse obligado a adoptar esta estrategia defensiva ante la abrumado­ra presión de las milicias populares, Aranda sabe que aún queda esperanza para el bando nacional, y decide poner al servicio de esta causa su amplia experiencia en el arte de la guerra. Pero Asturias no es Marruecos, y la situación exigirá al coronel toda su habilidad para lograr su objetivo. 

Aranda no es hombre de improvisa­ciones y tiene a su favor un sóli­do conocimiento de la orografía asturiana, que le permitirá dise­ñar la estrategia defensiva más adecuada. Pasan los meses y el Frente de Oviedo no parece moverse: los republicanos no avanzan, pero Aranda consigue no retroceder ni un milímetro. 

Por fin, en el otoño del año 1937, el coronel lanza una ofensiva sobre las fuerzas apostadas a las puertas de la ciudad que le permite levantar el cerco y continuar avanzando por la provincia. 

Tras el triunfo de Aranda, Oviedo pasa a la Historia militar como la pri­mera ciudad que se defiende con éxito, y “la primera etapa de una nueva tác­tica militar urbana que conocería luego ejemplos como Madrid, Huesca o Stalingrado”, según Crónica de la Guerra española

Cerrado el Frente Norte, para Aranda todo será avanzar al frente de sus tro­pas conquistando territorio para los nacionales. El coronel interviene, hasta el final de la guerra, en las campañas de Teruel, Montalbán, Utrilla, Morella y Vinaroz, apuntándose aquí, ya laurea­do, un nuevo mérito: el de lograr dividir en dos partes el territorio republicano. 

La guerra terminará para el coronel con la entrada triunfal de sus tropas en Valencia, feudo del Gobierno de la República, ya a punto de claudicar ante los militares rebeldes. Tras su brillante actuación durante la contienda, Aranda tiene ante sí una paz llena de reconoci­mientos. Pero, de nuevo, el destino del coronel vuelve a burlarse de todos los pronósticos, aunque esta vez a su pesar. 

No habrá honores militares ni ascen­sos para Antonio Aranda; tampoco ter­minará sus días disfrutando del presti­gio que tan a pulso se había ganado en el frente. El nuevo régimen le enco­mienda la dirección de la Escuela Superior del Ejército; Aranda también presidirá, entre 1939 y 1943, la Real Sociedad Geográfica. Unos cargos que, a todas luces, resultaban por sí solos decepcionantes para alguien que se había destacado tanto durante una guerra que, por ende, se había decan­tado del lado de su bando. 

Pasa el tiempo, y Antonio Aranda continúa sin obtener ningún ascenso significativo. Más tarde se sabrá que ese olvido es el resultado del apoyo de Aranda al sucesor al trono de los Borbones, don Juan, que continúa en el exilio a la espera de nuevos aconteci­mientos. 

Pocos años después de terminar la guerra, el coronel Aranda y un puñado de generales monárquicos piden a Franco que abdique a favor de don Juan de Borbón; el dictador desoye su petición y ellos comienzan a conspirar contra él. Se ha llegado a decir de Aranda que fue “el hombre más odia­do por Franco y el hombre que más odió a Franco”. Su declarada simpatía por el bando aliado durante la Segunda Guerra Mundial levanta ampollas en el nuevo régimen. Su conocida pertenen­cia a la masonería tampoco le ayuda a despertar simpatías en el nuevo escenario de la dicta­dura franquista. 

Cuentan que en una ocasión, al ser acusado de masón por un falangista, Aranda replicó: “Decidle a vuestro amo que también lo era cuando resistí en Asturias”. El enfrentamiento con el dictador acaba empujándole a la reserva antes de cumplir la edad reglamentaria para ello. Franco, no satisfecho con esta medida, le destierra a las Islas Baleares; se dice que, además, el gene­ral dicta un curioso bando pensado exclusivamente para el coronel, dispo­niendo que todos los generales que tengan una edad determinada y se apelliden Aranda serán cesados. 

Poco más se sabrá de aquel coronel que protagonizó tantos episodios favo­rables para el bando vencedor durante la guerra. En las postrimetrías del fran­quismo, lleva una vida anónima en Madrid, como un ciudadano más. 

Sin embargo, muerto el dictador, con la llegada de la democracia y ya enca­rando el final de su vida, Aranda logra­rá finalmente el ascenso que le fue negado tantos años atrás, nada más terminar la contienda. Aunque, esta vez, su nueva condición de teniente general del Ejército no la obtendrá por sus méritos militares, sino por la defen­sa que realizó de la causa monárquica, y no le será concedido por sus compa­ñeros de guerra, sino que le vendrá de la mano del nuevo Rey de España, don Juan Carlos I, en el año 1976. Pocos meses después, Antonio Aranda Mata, muere en Madrid a la edad de 89 años.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Coronel Beorlegui (1888-1936)

Al mando de una columna de 2.000 hombres, logra conquistar Irún y San Sebastián en septiembre de 1936, impidiendo el aprovisionamiento extranjero al cortar la comunicación de la zona republicana con Francia 

A pesar de que, al hablar de los hechos de guerra del bando nacional, se suele recordar a los generales que lucharon en los frentes de Madrid, Teruel o el Ebro, existen también jefes militares que, sin alcanzar nunca la fama de estos, contribuyen a la formación de un territorio estable bajo domi­nio de los alzados en los primeros com­pases de la guerra. 

Uno de estos jefes es el coronel Beorlegui, que al mando de 2.000 hombres conquista Irún y San Sebastián en septiembre del 36, cor­tando el contacto de la zona republica­na del norte de España con Francia, lo que supone impedir el aprovisiona­miento extranjero y las comunicaciones con el resto de la República. 

Alfonso Beorlegui nace en 1888 en Estella, cuna del carlismo navarro. Los carlistas, precisamente, formarán el núcleo de su columna cuando estalle la guerra. A los 22 años ingresa en la Academia de Infantería, donde pasa tres años, para salir en 1913 con el grado de oficial. 

Siguiendo la ten­dencia de los milita­res de la época, se marcha poco después a Marruecos, donde para un oficial joven y recién salido de la Academia exis­ten grandes oportunidades de acumular méritos y hacer carrera. 

Y efectivamente, tras lo que Ernesto Ramírez llama “una brillante actuación” en las campañas africanas, a los 34 años es ascen­dido a comandante y tres años después a teniente coronel, ade­más de recibir la Medalla Militar de Marruecos. A finales del año 1930, con el Gobierno de Berenguer, le es conce­dido el empleo inmediato, y cuando en 1931, Azaña ofrece a los oficiales el pase a la reserva, Beorlegui renuncia a retirarse del servicio activo. 

Cuando el general Mola llega a Pamplona en marzo del 36, el coronel Beorlegui se encuentra en situación de disponibilidad. Es entonces cuando empieza su colaboración con el gene­ral, prestándose a ayudarle en la pre­paración del golpe. 

Así las cosas, el 18 de julio se halla en Pamplona y al producirse la suble­vación, se pone inmediatamente a las órdenes de Mola, que le encarga el mando de la Guardia Civil y la Guardia de Asalto, formadas por aproximada­mente 2,000 hombres, y le nombra delegado de Orden Público de la capi­tal navarra. 

En la madrugada del día 21, el coronel deja su cargo en manos del jefe de la Guardia Civil, Santiago Becerra, y siguiendo instrucciones de Mola, sale hacia Vera de Bidasoa al mando de una tropa formada por guardias civiles, carabineros y requetés de los tercios de Navarra, Lácar y Montejurra, que parten jaleados por la multitud de carlistas que han acudido a Pamplona para alistarse en las filas nacionales. 

Ese mismo día, sus tropas llegan a Vera y toma el mando del con­tingente que se concentra allí para marchar sobre Irún, al que se conocerá como Columna Beorlegui

El avance de Beorlegui y sus tropas es complicado, pero eficaz. Cuenta Gabriel Jackson que al aproximarse al pueblo guipuzcoano de Beasain, el coronel manda fusilar por rebelión a todos los guardias civiles que no han repelido los ataques republicanos y hace detener a multitud de individuos “sospechosos” que “desaparecen” poco a poco. 

A pesar de la resistencia, el progreso de Beorlegui es imparable, y progresi­vamente va ocupando Oyarzun, Picoqueta, el fuerte de Erláiz, San Marcial y Behobia, hasta que el 2 de septiembre llega a las colinas que dominan Irún. 

Allí utiliza un curioso sistema de comunicación entre sus tropas que recuerda a otras épocas y otras gue­rras, y que parece sacado de las epope­yas carlistas: el empleo de cuernos de caza. 

El coronel cuenta con cerca de 2,000 soldados y con el apoyo de bombarde­ros y carros de combate alemanes, ade­más de refuerzos de Artillería y una bandera de la Legión, pero se enfrenta con voluntarios franceses y belgas enviados por el Partido Comunista francés y un pequeño número de anar­quistas catalanes. En uno de los com­bates finales por la toma de la ciudad, librado en el puente internacional que une Irún con Hendaya, Beorlegui es herido en una pierna por disparos de las ametralladoras que manejan los comunistas franceses. Esta herida aca­bará siendo la causa de su muerte. 

Finalmente, el día 5 del mes de sep­tiembre, Beorlegui entra en una ciudad incendiada por los anarquistas en su huida y logra una victoria completa. A pesar de la herida recibida, su avance no se detiene en Irún, sino que, espo­leado por el triunfo y la superior orga­nización de sus tropas, continúa con la conquista de Fuenterrabía, Lezo y Pasajes, camino de San Sebastián. 

La toma de la capital guipuzcoana le resulta bastante más sencilla que la de Irún, ya que llega a un acuerdo con los dirigentes vascos, que no quieren que sufra la misma devastación que la ciu­dad fronteriza, para rendir la ciudad sin lucha. Así, la tarde del 13 de septiem­bre la Columna Beorlegui entra en San Sebastián, y de esta manera logra con­cluir la exitosa campaña del coronel en el Norte. 

Después de la caída de San Sebastián, los mandos de las columnas cambian, y el 16 de septiembre Beorlegui es sustituido por el teniente coronel Los Arcos, con lo que su colum­na pasa a llamarse Columna Los Arcos. El coronel, a pesar de encontrar­se herido, marcha al frente de Huesca, donde se le ha requeri­do para dirigir la columna que lucha en la defensa de la ciudad. 

Los combates -en los que le acompaña otro tercio de reque­tés navarros, el de Doña María de las Nieves-, tienen como objetivo principal levantar el cerco de Huesca y apoyar a las fuerzas sitiadas cerca de la capital. 

A pesar de las múltiples bajas sufri­das, Beorlegui y sus tropas no logran espectaculares avances antes del parón que sufren los combates a finales de septiembre. Sin embargo, la vida de Beorlegui poco más puede dar de sí: gravemente afectado por la herida que ha sufrido en Irún, muere el 29 de sep­tiembre. 

A pesar de que su labor en Irún y San Sebastián constituye el primer paso de la posterior caída del Frente del Norte, únicamente es recordado por su actua­ción en Navarra y nunca ha alcanzado la fama que logran otros militares como el general Dávila, el hombre que terminó con ese frente un año después de la muerte de Beorlegui.

Ramiro Ledesma Ramos (1905-1936)

Ideólogo del fascismo español, eclipsado por la figura de Primo de Rivera, es el artífice del corpus filosófico falangista, basado en la supremacía del Estado y el sindicalismo en la economía y la sociedad 

El 29 de octubre de 1936, coincidiendo con el tercer aniversario de la fundación de Falange, los republicanos fusilan a Ramiro Ledesma, el silenciado ideólogo del fascismo en España. A pesar de que en aquel momento se encuentra apartado de la política, y de que, años después, el régimen franquista le elimina­rá de su panteón de ilustres, Ledesma es una figura fundamental dentro de la arti­culación política del Movimiento Nacional, en calidad de fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS) y creador de los lemas “Una, gran­de y libre”, “¡Arriba!” o “Patria, pan y justicia”. 

Hombre de sólida formación literaria y filosófica, Ledesma no llega a ver mate­rializados los planteamientos teóricos que defiende con ardor a lo largo de un lustro de activismo. Sus ideas antimarxistas y ultranacionallstas no consiguen conven­cer más que a unas decenas de simpati­zantes. Ni siquiera la unión de sus acólitos con el grupo de Onésimo Redondo o con la Falange de Primo de Rivera consigue que sus postulados sigan la trayectoria del fascismo italiano o el nazis­mo alemán y lleguen a una parte importante de la pobla­ción. 

Ledesma, hijo y nieto de maestros rurales, había nacido en 1905 en la localidad zamorana de Alfaraz. A los 16 años ingresó por oposición en el cuer­po de Correos y estuvo destinado en Valencia, Barcelona y Madrid, donde acabó estableciéndose. Al mismo tiempo que trabajaba como funcionario, se licenció en la carre­ra de Filosofía y Letras, y tam­bién probó suerte con la de Ciencias Exactas. 

Sus inquietudes cultura­les le llevaron a estudiar de forma autodidacta a Hegel, Nietzsche y Heidegger (para lo cual aprendió alemán por su cuenta), así como a Bertrand Russell y Georges Sorel, entre otros. Con 19 años publica una novela, El sello de la muerte y un ensayo, El Quijote y nuestro tiempo, con abundancia de referencias nihilistas y a la teoría del superhombre. Con 25 ya frecuenta los círc­ulos intelectuales madrileños, como el Ateneo, y publica artículos en La Gaceta Literaria de Giménez Caballero y en la Revista de Occidente, de Ortega y Gasset. Es precisamente Ortega (y también Unamuno) el primer referente en la senda filosófica de Ledesma. Todo este influjo variopinto, unido a su profundo desprecio por la democracia, hacen que Ledesma mire con admiración el ascenso del fascis­mo en Italia y del nazismo en Alemania. A finales de 1930 decide dar el salto a la política y en febrero de 1931, al tiempo que caía la dictablanda de Berenguer, publica La Conquista del Estado. Manifiesto político. 

El documento presenta un corpus ideo­lógico como solución al estado de crisis que atraviesa España. Este modelo pre­tende ir más allá de la división derechas-izquierdas o monárquicos-republi­canos. Se basa en la “supremacía del Estado”, como ente todopode­roso, y en el sindicalismo en la eco­nomía y la sociedad. 

Además, incluye planteamientos ultranacionalistas, antimarxistas (aunque defiende la revolución) y contra­rios al separatismo, bañado todo de exal­tación de la juventud y la violencia. Gabriel Jackson califica también a Ledesma de anticlerical. Según el líder fascista, la Iglesia debe estar subordinada a la maquinaria totalitaria del Estado. 

A raíz de la publicación de La Conquista del Estado se crea una revista y se agrupa un reducidísimo grupo de partidarios, entre los que figura Giménez Caballero. Sin embargo, el afán provoca­dor y la personal interpretación de la “misión” política que tienen que cumplir los seguidores de La Conquista del Estado, hacen que Ledesma se quede prácticamente solo dentro del colectivo. No duda en alabar a Ramón Franco, her­mano del futuro dictador, ferviente anti­monárquico y próximo a los anarquistas catalanes. El propio Ledesma ve en los sindicalistas de la CNT a la posible “can­tera” con la cual llenar las filas de su movimiento. Una de las manifestaciones de este comportamiento provocador es la crítica sistemática del catalanismo, lo que lleva a Ledesma a la cárcel en reiteradas ocasiones. 

El grupo de La conquista del Estado se encuentra al borde de la desaparición a finales de 1931. Sin embargo, en octubre de ese año, Ledesma fusiona su agrupa­ción con las Juntas Castellanas de Onésimo Redondo en Valladolid, Ambos grupos, aunque separados y débiles, coin­ciden en su objetivo último: la instaura­ción de un Estado totalitario basado en el modelo fascista, o lo que es lo mismo, “un régimen económico antiliberal, sindi­calista o corporativo”. 

En los años siguientes Ledesma conti­núa predicando con abundante demago­gia y poca suerte su evangelio ultranaclonalista. Poco a poco intenta distanciarse y diferenciarse del fascismo, en busca de un movimiento netamente español. Para mantener su particular cruzada, Redondo y Ledesma cuentan con el apoyo económico de monárquicos millonarios, como el conde de los Andes. 

A principios de 1934 las JONS se encuentran de nuevo en una situación límite, Pero es, de nuevo, una fusión con otro grupo la que aporta una bocanada vital para el movimiento político-sindical. Se trata de Falange Española, de José Antonio Primo de Rivera. La capacidad de liderazgo del primero y la perspectiva intelectual del segundo se presentan jun­tas el 4 de marzo de 1934, en el mitin fundacional de FE de las JONS en el Teatro Calderón de Valladolid. Uno de los frutos de esta unión es la Central Obrera Nacional Sindicalista (CONS). Las diferen­cias entre ambos líderes son perceptibles en el terreno de la religión (Primo de Rivera es más próximo a la idea de un Estado confesional) y la participación en las instituciones republicanas (Ledesma tacha al falangista de “parlamentarista”). Sin embargo, es la lucha por el poder la que desata la fractura entre ambos. En octubre de 1934 Primo de Rivera es designado jefe nacional de FE de las JONS, un nombramiento que sustituye al triunvirato (formado por él mismo, Ledesma y Ruiz de Alda) que hasta enton­ces regía el partido. Además, Ledesma piensa que se pierde una oportunidad de oro en la Revolución de 1934, donde pro­pone levantarse contra el Gobierno de derechas, aprovechando la confusión. 

El jonsista, convencido de que el parti­do ha abandonado el carácter nacional-sindicalista revolucionario, intenta enton­ces hacerse con el poder, pero falla y es expulsado. Ledesma intenta entonces reconstruir las JONS fuera de Falange, pero casi todos sus colaboradores se que­dan con Primo de Rivera. 

Los dos últimos años de su vida los pasa Ledesma alejado de la política, aun­que no de la doctrina. Bajo el seudónimo de Roberto Lanzas, publica varios libros en los que analiza su experiencia política y deposita su confianza en los partidos que, sin ser fascistas, se presentan “fascistizados”, como el Bloque Nacional de Calvo Sotelo. 

José Asensio Torrado (1892 -1961)

Este general, apreciado por sus cualidades castrenses, es rápidamente designado por Largo Caballero para asumir un papel decisivo en la contienda, aunque acaba destituyéndolo por la presión del Partido Comunista

Los comunistas lo apodan “el general de las derro­tas”, entre otras por la frustrada toma del Alcázar de Toledo. Pese a ello, entre los repu­blicanos tiene fama de profesional organizador y buen conocedor de la técnica militar, características que le valen para escalar posiciones en el escalafón y participar en importantes escenarios bélicos, como Guadarrama, Toledo, Andújar y Málaga.

Nacido en La Coruña en el año 1892, José Asensio Torrado inicia muy joven su carrera militar y con sólo 34 años se convierte en coronel. Tras com­partir promoción de Infantería con el general Francisco Franco, se une a la causa del Gobierno republicano nada más producirse el alzamiento militar. Asensio, que se encuentra de veraneo en San Rafael (Segovia), se pone rápi­damente a disposición de la República.

Ya en los primeros días de la Guerra participa en el asalto al cuartel de la Montaña. Aunque su primera incursión destacable tiene como escenario el frente de la sierra madrileña. Allí susti­tuye al general Riquelme y protagoniza una eficaz resistencia ante la presión que las columnas del ge­neral Mola ejercen sobre la zona.

Las capacidades de este gallego impresionan a Largo Caballero, que le asciende a general el 5 de septiembre de 1936, justo después de su propio nombramiento como ministro de la Guerra y jefe del Gobierno, poniéndole al man­do de las operacio­nes que se desarrollan en la zona cen­tro. Después de su ac­tuación en el Frente de Guadarrama es enviado a Toledo, donde participa en e| definitivamente malogrado sitio del Alcázar.

Este episodio, así como las sucesivas derrotas en las batallas que tienen lugar en Illescas y Talavera de la Reina, contribuyen a su descrédito sobre todo entre los comunistas que no habían conseguido la adscripción incondicio­nal del general a su causa. Probablemente por esta razón, de esta ala de la izquierda -que le había nombrado comandante honorario del Quinto Re­gimiento resaltando las cualidades militares de este “héroe de la Repúbli­ca”- proceden las críticas más duras contra Asensio Torrado, convirtiéndose en el centro de sus ataques.

Disciplinado y riguroso en el acata­miento de la orden militar, adopta im­placables medidas contra los milicianos que, desobedeciendo sus órdenes, se baten en retirada en el campo de batalla.

A pesar de todo ello, sigue gozando de la buena consideración que tiene su persona en ambos bandos, que le reco­nocen como un buen profesional.

También Largo Caballero, que se ve forzado a relevarle del mando del Frente Central ante las presiones comunistas, reco­noce su valía nombrándole sub­secretario del Ministerio de Guerra el 22 octubre de 1936 en sustitución de Rodrigo Gil, partidario de la causa comunista y antiguo segui­dor político del propio Largo Caballero. Durante esta etapa Asensio Torrado contribuye a la creación de un Ejército republicano, que se convierte después en el Ejército Popular. Gracias a su influencia se crean también varias escuelas para oficiales, el centro de reclutamiento, instrucción y moviliza­ción, el centro de organización perma­nente de Artillería y el centro de orga­nización permanente de ingenieros.

Tras participar en las contiendas del Jarama y Brúñete, el “ojito derecho” de Largo Caballero en el Ministerio de Guerra vuelve a ser objeto de los ata­ques comunistas durante la Batalla de Málaga. En esta ocasión, culpan a Asensio de la pérdida de la ciudad en febrero de 1937 y le acusan además de acudir a un conocido cabaret valencia­no mientras las fuerzas nacionales arrasan la ciudad andaluza.

Según un relato comunista publica­do en Guerra y revolución en España, “Asensio no desconocía las dificulta­des que iba a encontrar el coronel Villalba (jefe militar del Frente de Málaga) en el mando de un sector como el de Málaga, que el general daba por perdido y al que no pensaba prestar la debida ayuda”.

La pérdida de esta posición causa indignación entre los republicanos, que incluso se manifiestan en Valencia con el objetivo de exigir responsabilidades. Tras este episodio, a pesar de las reti­cencias de Largo Caballero -que llega a enfrentarse con el embajador soviéti­co Marcel Rosenberg, entre otros, por este asunto- el subsecretario de Guerra es finalmente destituido y, acu­sado de negligencia y traición, es pro­cesado y condenado.

Según reconoce el propio Largo Caballero en sus memorias, Mis recuer­dos, el ataque contra Asensio Torrado “no tenía nombre”. Y añade “(...) Los ministros comunistas, en todos los Consejos, planteaban la misma cues­tión: tenía que echar al subsecretario, era un peligro en el Ministerio. Les pedía pruebas y ofrecían llevarlas pero nunca lo hacían. ¡Inocentes olvidos!... Cuando se convencieron de que acu­sándole de traidor no conseguirían nada le acusaron de borracho y muje­riego. Les contesté que nunca le había visto embriagado, y que me extrañaba que repudiasen a un general español porque le gustasen las mujeres, cuando me constaba que habían dado ingreso en su partido a invertidos”.

Su estancia en la cárcel no se pro­longa durante mucho tiempo y queda en libertad tras sobreseerse la causa instruida contra él por falta de pruebas. Uno de los motivos que propician su libertad es su famoso escrito El general Asensio: su lealtad a la Repú­blica, que redacta en prisión mientras espera que se investi­guen los hechos por los que se le acusa.

Aunque queda en libertad, Asensio no vuelve a ocupar un puesto militar hasta los últimos días de la guerra. Tras una etapa como asesor del Ministerio de Defensa, en enero de 1939 es nombrado agregado militar de la embajada española en Washington.

Desde Estados Unidos, se suma a las gestiones de paz que se están llevando a cabo por el Consejo Nacional de Defensa que crea Segismundo Casado y tiene, entre otras, la pretensión de que una vez finalizado el conflicto los oficiales leales a la República sean res­petados y reconocidos con la gradua­ción y honores alcanzados.

Al terminar la Guerra Civil española José Asensio Torrado se traslada a la ciudad de Nueva York donde, durante algún tiempo, se gana la vida impar­tiendo clases de español. En febrero de 1949, es nombrado ministro sin cartera del Gobierno republicano en el exilio hasta que fallece en esa misma ciudad en 1961.