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jueves, 27 de septiembre de 2012

Largo Caballero (1869-1946)

Artífice del viraje revolucionario del Partido Socialista modera después su discurso tratando de forjar un frente común contra los sublevados cuando accede al cargo de Presidente del Gobierno

El primero de mayo de 1936 una marea humana inunda las avenidas de las grandes ciudades españolas para conmemorar el Día del Trabajador. Por encima de las cabezas de miles de obre­ros que desfilan con el aire marcial de un poderoso ejército al compás de La Internacional, sobresalen tres rostros convertidos en estandartes de la izquier­da española: los de Lenin, Stalin y Francisco Largo Caballero.

Tres figuras erigidas en banderas de la España roja y cuya fusión en términos ideológicos resultaría tan compleja como el pacto que condensó en un solo frente el abanico en que se fragmentaba la coalición de izquierdas, vencedora de las elecciones de febrero de 1936 y a cuya cabeza se sitúa Largo Caballero el 4 de septiembre de ese año.

El pragmático vuelco de los mismos comunistas que años antes le tachaban de “jefe socialfascista” hacia la colabo­ración en el Frente Popular, que dirigía el líder socialista, forjó en 1936 una alian­za que no tardaría en romperse.

Al Lenin español, como le conocían partidarios y detractores, no le gustó nunca aquel apodo. La comparación causaba “una pro­funda incomodidad” a aquel tímido y modesto obrero hecho a sí mismo que había escalado las cumbres de un socialismo español aún imberbe, según Juan Francisco Fuentes, autor de una biografía suya de 2005.

Por ello trata de evitar el símil arengando a sus fieles en los míti­nes contra aquel apelativo inventado por sus “enemi­gos”. “Huid del mesianismo”, les pide. “Si hay algún Lenin español será todo el partido socialista, no un hom­bre solo”.

Sin embargo, no consiguió arrebatarle el mote a la Historia, que le recuerda en un papel revolucionario que sólo desempeñó durante poco más de tres años, de los 76 que vivió. “El personaje aclamado como el Lenin español (...) tiene muy poco que ver con el Largo Caballero anterior a aquella fecha, e incluso con la posición política que sostuvo a partir del 37”, dice Fuentes. La retórica marxista se cuela en su discurso a partir del año en que permanece encarcelado tras el fracaso de la Revolución de 1934, en el que bebe por primera vez de las fuentes de Marx y de Lenin. El dirigente socialista se convierte entonces en un preso de honor al que admiran “ardientes y jóvenes intelectuales que lamentaban su propio origen burgués y lo idolatraban como un auténtico proletario”, según el historiador Gabriel Jackson. De poco sir­ven las advertencias de Azaña contra el peligro de una rebelión obrera que abra las puertas a la represión militar. El Lenin español argumenta en sus mítines que “si la legalidad estorba nuestro avance, nos saltaremos la democracia burguesa y procederemos a la conquista revolucionaria del poder”.

El antiguo yesero y sindicalista que en 1925 había tomado el relevo a la cabeza del partido y de la UGT tras la muerte de Pablo Iglesias, apuesta por la senda radical en contra de la tradición reformista del partido que cuatro años antes optara por no adherirse a la III Internacional. Ahora acometía, al menos de palabra, la tarea de mudarlo en revolucionario. Durante la campaña electoral llega a asegurar que la izquierda socialista no se distingue del PCE “por ninguna diferencia”, según los historiadores Stanley G. Pane y Javier Tusell. Y se lamenta en diversas ocasiones de que “naya incluso socialistas” que no se den cuenta de la bondad de una dictadura social-comunista y que aún “hablan contra todas las dictaduras”.

Espoleado por la rivalidad de los anar­quistas en la conquista del apoyo de los trabajadores, quiso demostrar que el Partido Socialista podía ser la más radi­cal de las organizaciones proletarias, ale­jándose del constitucionalismo y de unos partidos republicanos de clase media que tacha de burgueses.

Sus tesis revolucionarias barren el reformismo de Indalecio Prieto, su mayor antagonista en el partido, abonando el terreno del levantamiento político en el Comité nacional del partido de 1934. “A partir de ese momento los socialistas empezaron a organizar el entrenamiento militar de sus juventudes, uniéndose así a las derechas partidarias de la insurrec­ción y a (otros partidos) en los extremos de la política española, como Falange y los comunistas, en su desafío a la República burguesa”, según recoge la obra del historiador Hugh Thomas.

Lejos quedaban los días en que la fe en la acción política y el uso de los méto­dos parlamentarios le habían llevado a colaborar con la dictadura de Primo de Rivera como consejero de Estado. Lejos también la imagen de moderación que no sólo le había garantizado la populari­dad entre los trabajadores, sino también el respeto de la burguesía.

Largo Caballero fue el referente de “miles de trabajadores que vieron refle­jadas en él sus luchas; era el hombre por excelencia de las casas del pueblo, que había prosperado gracias a su firmeza, persistencia y honradez”, señala Thomas. Aquel gurú de la clase obrera, por su parte, se miró siempre en el espe­jo del padre del socialismo español. La figura del Abuelo -como se apodaba a Pablo Iglesias “por su imagen venerable y su autoridad patriarcal, de hombre íntegro en su vida pública y privada”, según Fuentes- reveló a un sucesor veinte años más joven que en el socialis­mo “había también una dimensión ética, casi religiosa, de servicio a los demás, de lucha por la dignidad de las personas y de redención social y moral de los más desfavorecidos”.

Ambos líderes compartían la humil­dad de sus orígenes. Largo Caballero, que hizo el viaje de la escuela al tajo a los siete años en su Madrid natal, encarna el ideal de “obrero consciente”, moral y sobria que desde joven quiso paliar la falta de estudios de su infancia. “El poco tiempo que le dejaba su trabajo lo dedi­caba a cultivarse. Leía todo lo que encontraba en la biblioteca del sindicato: libros, folletos y toda la prensa socialista”, señala Fuentes.

Su férreo compromiso contra la corrupción en el Ayuntamiento de Madrid -para el que fue elegido cinco veces concejal, la primera en 1905- con­tribuye a reforzar esa imagen, que ya le había valido en 1899 su primer cargo de vicetesorero en la directiva de UGT, sin­dicato en el que militó durante 56 años.


Como ministro de Trabajo en el gabi­nete de Azaña que inaugura la República en 1931, Largo Caballero promulga un “alud de decretos” que incluyen “segu­ros de enfermedad, vacaciones pagadas, jornada de ocho horas y salarios míni­mos”, según Raymond Carr.

Una de sus medidas más destacadas es la creación de jurados mixtos de arbi­traje para resolver las disputas sobre salarios, que se duplican entre 1931 y 1933. La experiencia ministerial aumen­ta su radicalismo: “Entre los dirigentes obreros, era el que más se había desilusionado de la colaboración con la demo­cracia burguesa”, dice este historiador.

Su viraje revolucionario marca tam­bién el que sacude a su partido, que en mayo de 1936 asume como propios los objetivos de la conquista del poder por los trabajadores y la propiedad colectiva social. “Cuando el Frente Popular se derrumbe, como se derrumbará sin duda, el triunfo del proletariado será indiscutible”, profetiza en un discurso en Cádiz pocos días después. “Entonces, implantaremos la dic­tadura del proletariado, lo que no quiere decir la represión del prole­tariado, sino de las clases capita­listas y burguesas”.

Pronto se pone de manifiesto la brecha entre teoría y práctica en la actuación política de Largo Caballero, que se muestra mucho más moderado a la hora de gobernar que en sus encendi­dos discursos de los años previos. Que “ladraba más que mordía”, en palabras de Jackson, queda en evidencia en el vacilante llamamiento a la huelga gene­ral en Madrid que decreta en 1934 como reacción a la entrada de la CEDA en el Gobierno de Lerroux. Y también más tarde, en la huelga de la construcción de junio del 36, auténtica prueba de fuerza entre los sindicatos anarquista y socialis­ta en la que la UGT pierde el pulso.

Pero sobre todo se pone de relieve una vez en el cargo de presidente del Gobierno. Largo Caballero, que retiene para sí el Ministerio de la Guerra, mode­ra su discurso y dirige sus esfuerzos a crear un frente común que sume a la burguesía y las clases medias en la lucha contra el conservadurismo. “Áspero y reservado, era consciente de las contra­dicciones de su posición como dirigente de la clase obrera que había predicado la revolución que ahora había que frenar”, señala el historiador Raymond Carr.

El mismo hombre que pedía en la  tarde del 18 de julio “armas para el pue­blo”, trata de restablecer la autoridad del Estado republicano en cuanto accede al poder en septiembre. “El Gobierno español no está luchando por el socialis­mo, sino por la democracia y el orden constitucional”, cambia su discurso.

De hecho, una de sus primeras deci­siones es la de poner fin a la indepen­dencia de las milicias, que pasan a for­mar parte de brigadas mixtas que incluían batallones del antiguo Ejército. La necesidad de imponer disciplina en el caos reinante impulsa a Largo a crear la figura de los comisarios, -una red de delegados políticos a través de los cuales el Gobierno podía influir sobre los solda­dos- que ya existía en el Quinto Regimiento comunista. Aquello refuerza aún más el poder de ese partido.

Mientras el prestigio de la izquierda como organización de la ley y el orden crece a medida que se organiza la defen­sa de Madrid, en el invierno del 36, el de Largo Caballero se resquebraja. La des­confianza hacia el presidente del Consejo de ministros se incrementa cuando con­siente en enviar las reservas de oro del Banco de España a la URSS como contri­bución a la ayuda militar soviética y para llevarlas a lo que tanto él como su minis­tro de Hacienda, Juan Negrín, consideran un “territorio seguro”.

El ruido de sables a las puertas de Madrid acelera la salida del Gobierno republicano hacia una plaza más segura, Valencia. La exitosa defensa de la capital asesta un duro golpe al orgullo de Largo Caballero. “Se sentía profundamente celoso del general poco distinguido (Miaja) a quien él había dejado detrás para defender lo mejor que pudie­ra la ciudad que parecía perdida y que de la noche a la mañana se había convertido en el nombre que se citaba en los brindis de todos los antifascistas del mundo”, señala Jackson.

El jefe de Gobierno trata de contra­rrestar la pérdida de prestigio reforzando su autoridad. “Ni Felipe II (...) se preocu­paba más de que se le informase deta­lladamente de todo”, recoge el historia­dor, que califica a Largo Caballero de “inflexible y burocrático”.

Al tiempo que las Brigadas Inter­nacionales desfilan por la Gran Vía, la alianza entre Largo Caballero y los co­munistas, convertidos en los “héroes de Madrid”, hace aguas. La presión de los comunistas soviéticos, que a través del su embajador Marcel Rosenberg tratan de imponer una serie de cambios en el Ejército que incluían la destitución del general Asensio Torrado -subsecretario de la Guerra- acaba con la paciencia del presidente del Gobierno: “¡Fuera! Debe saber, señor embajador, que los españo­les podemos ser pobres y necesitar ayuda del exterior, pero tenemos orgullo suficiente para no aceptar que un extranjero trate de imponer su voluntad a un jefe de Gobierno español”.

La postura de Largo Caballero no cuenta, sin embargo, con el respaldo suficiente en el Gobierno ni en el parti­do. Tanto Azaña como Prieto y sus seguidores establecen una alianza temporal con los comunistas que acelera su caída. En la primavera de 1937 las “serpientes de la traición, la deslealtad y el espiona­je”, como Largo califica a los comunis­tas, estrechan el cerco a su alrededor.

Las maniobras para lograr su destitución se precipitan tras las “jornadas de mayo” en Barcelona, como se conoció a la represión de anarquistas y comunistas disidentes (del POUM) por parte del Gobierno de la Generalitat y los comu­nistas ortodoxos, que se salda con la muerte de al menos 500 personas y otras 1.000 heridas.

Largo Caballero se niega a disolver el POUM tal y como reclaman sus ministros comunistas, que acusan a los miembros de esa organización de “provocadores fascistas”. Con la balanza de su gabine­te en contra -de su lado únicamente quedan los anarquistas- se ve obligado a dimitir poco después, siendo sustituido por el también socialista Juan Negrín.
Su carrera de gobernante no acaba al tiempo que su actividad política, que continúa con una serie de mítines críticos que sus sucesores tratan de silenciar. El último acto para poner a Largo fuera de juego es la pérdida de su cargo de secre­tario general de la UGT.

Desterrado de la política, el veterano dirigente permanece prácticamente ais­lado el resto de la Guerra. La derrota le conduce a París, donde la policía france­sa le pone en manos de las SS y en cami­no hacia el campo de concentración de Oranienburg, en el que su nombre se diluyó en la identificación que le fue asignada: el número 69.040. Liberado por los soviéticos en abril de 1945, muere 11 meses después en la capital francesa.

Nicolás Franco (1891-1977)

Controvertida figura de la familia Franco, rápidamente se revela como un auténtico estratega desarrollando un papel clave en los decisivos primeros pasos de la andadura del Caudillo

Es curiosa la poca notoriedad del hermano mayor de Franco, Nicolás, protagonista de turbios escándalos de corrupción durante el franquismo y capaz de convencer a su hermano en plena Guerra Civil para que pusiera el laboratorio de química de la Universidad de Salamanca al servicio de un alquimista llamado Savapoldi Hammaralt, quien se había ofrecido a producir todo el oro que Franco necesitase para resultar victorioso.

En el verano del 36, Nicolás Franco es el primero en percatarse de las posibilidades que tiene su hermano Francisco de abrirse paso hasta la cumbre del poder civil, además de alcanzar la jefatura militar. Cuando los agentes de Hitler comunican a Franco el deseo de Berlín de que se proclame jefe de la España nacional, el general responde evasivo que su misión es exclusivamente militar y que su único objetivo es alcanzar la victoria final. Queda en manos de Nicolás Franco la misión de convencer, primero a su hermano Francisco y luego a los generales reunidos en Salamanca, de la conveniencia de unificar poder militar y civil en una sola persona. De allí sale la proclamación de Generalísimo y Caudillo. El general Kindelán, al hablar de la actuación de Nicolás, hace una referencia directa a Luden Bonaparte, hermano pequeño y factor principal en el ascenso de Napoleón. Nicolás Franco y Kindelán preparan el borrador del decreto cuyo texto se sometería a los generales para su aprobación. En su artículo tercero afirma: “La jerarquía de Generalísimo llevará anexa la función de jefe de Estado, mientras dure la guerra, dependiendo del mismo, como tal, todas las actividades nacionales: políticas, económicas, sociales, culturales, etcétera”. Este punto disgusta especialmente a los generales por entender que se trata de un ataque indirecto a las facultades que viene ejerciendo la Junta de Burgos. Para terminar de convencerles, Nicolás Franco pone en conocimiento de los reunidos que la nueva ayuda que se espera de Alemania depende del doble nombramiento de Franco como Generalísimo y jefe de Estado, ya que Hitler sólo quiere tratar con un general que represente a todos y se haga plenamente responsable de los compromisos que se contraigan con Berlín. Y ese hombre no puede ser otro que Francisco Franco. Durante los 18 primeros meses de Guerra Civil, su hermano actúa prácticamente como pri¬mer ministro del Generalísimo al frente de la Secretaría General de la Junta Técnica de Estado.

Gracias a su relación con Franco, y en un despacho contiguo al de su hermano, rápidamente acumula un enorme poder. Nicolás Franco, que en sus gustos y apetitos se parece mucho más a su padre que a su hermano, es un vividor reconocido por todos, cuyo estilo de vida bohemio y caótico es la desesperación de quienes tienen que despachar con él. Se levantaba a la una del mediodía y recibía visitas hasta las tres de la tarde, hora en la que desaparecía, para comer, hasta las siete. Reaparecía alrededor de la media noche y entonces trabajaba hasta las cuatro o las cinco de la madrugada, a menudo haciendo esperar durante siete u ocho horas a quienes acudían a visitarle. Hábitos que desquician especialmente a los alemanes. Tampoco cuenta con el aprecio de su cuñada Carmen Polo, que estuvo encantada de verle sustituido a principios de 1937 por Ramón Serrano Suñer, marido de su hermana.

Nicolás Franco, nace en Ferrol en 1891, es el mayor de los cuatro hermanos (Nicolás, Francisco, Pilar y Ramón), cuando al padre del dictador le preguntaban por su hijo siempre hablaba de Nicolás. Sólo cuando le presionaban hablaba de Francisco, al que llamaba “mi otro hijo”. Ingresa en la Escuela Naval Militar y en la Escuela de Ingenieros Navales obteniendo los títulos de oficial de la Armada y doctor Ingeniero naval. Durante la Segunda República ocupa los cargos de director de la Escuela Superior de Ingenieros Navales (1932-1934) y el de director general de la Marina Mercante en 1935. Como gran figura del régimen franquista, Nicolás Franco se pasea por Alemania e Italia. En septiembre de 1937 asiste al espectacular congreso nazi que se celebra en Nuremberg. Allí es presentado a Hitler y tiene oportunidad de conocer a todos los personajes principales del Reich. También viaja a Roma para suavizar las relaciones con Mussolini y garantizar su apoyo. Esta labor diplomática tiene su recompensa con el nombramiento de embajador en Lisboa en 1938, donde permanece 20 años. Desde Portugal defiende la imagen exterior del régimen tras la Segunda Guerra Mundial. En el English Bar de Estoril se reúne frecuentemente con don Juan de Borbón. A los que muestran su extrañeza por la camaradería que existe entre ambos personajes, Nicolás Franco replica con insolente ironía: “Me reúno con él por dos razones: la primera porque me gusta beber whisky y, la segunda, para evitar que otros lo hagan con miras conspiratorias”.

Si en Salamanca le falla la fórmula alquimista para fabricar oro -el químico hindú desaparece sin dejar pista tras saberse que ha sido expulsado de Alemania bajo sospecha de ser agente del Intelligence Service -en Lisboa pone en práctica el sistema de hacerse rico a base de prestar su nombre y apoyo en distintas empresas. Relacionado con negocios cuestionables en los que utiliza sus influencias, la suerte no le acompaña siempre en el campo comercial y sólo el afecto y la intervención de su poderoso hermano le ahorra tener que responder ante la Justicia por las responsabilidades contraídas.

El primo carnal del Caudillo, el teniente general Francisco Franco Salgado, escribe en octubre de 1954: “Creo firmemente que el marqués de Huétor, por razón de su cargo, no debió intervenir en asuntos comerciales, y lo mismo ocurre con Nicolás, el hermano de S.E., pues hacen con ello mucho daño al régimen, ya que para la opinión pública lo hacen aprovechándose de su influencia oficial. Para colmo son dos señores que están en una posición de lo más espléndida y no necesitan aumentarla a costa de su buen nom¬bre y situación”. Sus actividades van desde la simple venta de cartas de recomendación para los ministerios hasta la provechosa participación en compañías con vínculos oficiales. Empresario influyente, capaz de responder a una letra impagada diciendo que “al hermano del Caudillo no se le molesta por 4.800.000 miserables pesetas”, preside hasta siete grandes corporaciones.

Nicolás Franco asiste a los dos grandes acontecimientos que significaron el ocaso de la familia Franco: la muerte del Generalísimo y la transición del franquismo a una Monarquía democrática. Muere en Madrid en 1977 y recibe sepultura en el cementerio de la Almudena.

Robert Brasillach (1909-1945)

Escritor francés seducido por el falangismo, convierte la defensa del Alcázar de Toledo en una verdadera alegoría de la doctrina fascista. Acaba fusilado, años después, acusado de colaboracionismo con el régimen nazi 

La figura de Robert Brasillach es apenas nombrada en España. El conjunto de su obra, desconocido. Sin em­bargo, su libro Los cadetes del Alcázar, editado en 1936 en Francia, forma parte, como ningún otro, de la lírica fascista europea. Lo escribe con Henri Massis, autor de éxito para la extrema derecha francesa maurrasiana, desde que en 1927 publicara Defensa de Occidente
El libro de Brasillach y Massis es un canto a la heroicidad patriótica. La lírica de la muerte del soldado refleja, además, el ideario estético falangista. 

Nacido el 31 de marzo de 1909 en Perpignan, Brasillach viaja a Toledo en 1938, junto con otros dos incondicionales del movimiento intelectual fascista, el crítico Maurice Bardéche y Pierre-Antoine Cousteau (hermano mayor del famoso comandante). Estos tres jóvenes franceses se empaparán de iconos referenciales fascistas, incorporando al pre­sente heroico del Alcázar, la gesta del pasado de la España Imperial, muy al estilo del cartelista Saenz de Tejada. Existe una fotografía en la que se les ve posando a los tres frente al Al­cázar derruido. Vivirán juntos lo que Mussolini llamó “la ale­gría fascista”. 

La relación de Brasillach con España es de carácter político aunque se articula desde un prisma sentimental. Fascista convencido, se siente hechizado por el falangismo y por la mitifica­ción post mortem de José Antonio Primo de Rivera. Como muchos escritores franceses, Robert Brasillach, junto con Luden Rebatet, Maurice Bardéche, Jacques Chardonne, Maurice Sachs, Pierre Drieu La Rochelle, Henri Massis o Louis Ferdinand Céline, com­pone una pieza funda­mental dentro del ejército intelectual que colabora con el genocidio. Todos se ponen al servicio de Petáin, de Hitler y de la potente embajada alemana en el París ocupado de los primeros años 40. Cada uno tiene una forma personal de ver y vivir el fascismo literario, unos en su ver­tiente más italianizante del populismo mussoliniano, otros en su vertiente más elitista del nazismo. Todos escribieron libros, que llamaban al exterminio. Todos practicaron lo que Jean Pierre Faye ha denominado “L'écriture meurtriére», la escritura asesina. 

La fuerza teórica fascista para los intelectuales franceses se estructuró en torno a la revista Action francaise. Pero realmente, es con la manifestación de la extrema derecha el seis de febrero de 1934 en París cuando esta fuerza se convierte en movimiento político. En ella mueren varios de los asistentes, y esas víctimas serán, para la generación de Brasillach, los iconos sobre los que plas­mar una mitología totalitaria que dará paso a una “década de ilusión”, según su propia expresión. Las obras de Barrés y Maurras son los referentes teóricos más inmediatos para iniciar una violenta recomposi­ción de la política europea. La revolución falangista de 1936 confirma, para todos ellos, la efi­cacia del camino emprendido contra el comunismo. 

Para esta generación, el concepto de identidad nacional se configura en torno a varios aspectos, una estricta vertebración corporativa del trabajador, la defen­sa de los valores cristianos frente al bol­chevismo, el odio racial hacia el judío y la prioridad de la familia sobre cualquier otra institución: “La familia es la condi­ción indispensable de la reestructuración moral y material para el país”. 

Como expresó su maestro Maurras, Brasillach busca la reconciliación de las clases sociales a través del corporativismo. El fascismo será para él un sindica­lismo compacto y protector, al margen de toda estructura democrática. 

Teniendo en cuenta esos supuestos, leer a Brasillach hoy, tiene un interés sociológico. Analista riguroso y apasio­nado de su tiempo, como demuestra en su obra L'entre deux guerres, quiere ser testigo de la esperanza naclonalsindicalista y nacionalsocialista: viaja a Bélgica y conoce a Léon Degrelle, viaja a Italia y a Alemania, en 1937, con ocasión del Congreso de Nuremberg, a España en 1938 y otra vez en 1941 a Alemania. Primero, es un lobezno de la extrema dere­cha. Será, luego, un fascista convencido. 

Hay una instantánea de Roger-Viollet en la que Robert Brasillach y Drieu La Rochelle aparecen junto a Gerhard Héller y Abel Bonnard, de regreso tras el Congreso de Escritores Europeos, cele­brado en octubre de 1941 en Alemania. Otra fotografía de Tallandier, tomada en el Frente del Este, con el líder de la dere­cha fascista Jacques Doriot: "Cuenta la leyenda que ésta habría sido la imagen que impidió al general De Gaulle con­mutar la pena de muerte de Brasillach, Numerosos intelectuales, algunos resistentes, apelaron a la gracia. Él no tenía delitos de sangre. Pero no había salva­ción posible. No había eximente. La acu­sación basó sus argumentos aportando pruebas irrefutables. Concretamente el artículo que escribe en la revista Je suis partout, en septiembre de 1942, en el que demuestra su apoyo a la “solución final contra los judíos”, es decir su bene­plácito a la concentración en el velódro­mo de invierno de 3.031 hombres, 5.802 mujeres y 405 niños, para ser luego enviados a las cámaras de gas. 

Brasillach dice textualmente que “sería una crueldad separar a los niños de los padres. Sólo serviría para acrecen­tar su sufrimiento”. Sin decirlo explícita­mente, exterminar a la raza judía. No dejar a los niños vivos, en última instan­cia. Estaba escrito. Fue leído. La sala y el tribunal se estremecieron. La sentencia fue la muerte. La fecha juega también en su contra: en este enero de 1945, vuelven los trenes cargados de deporta­dos, supervivientes de piel transparente, de soldados exhaustos. 

Existe una última fotografía de Brasillach de AFP. Es la tomada el día 19 de enero de 1945, frente al Tribunal que le juzga. Tiene siempre ese aspecto de niño prematu­ramente crecido. Sus gafas redondas acentúan aún más su cara ovalada. Tiene 35 años. 

Es fusilado el seis de febrero de 1945, en Montrouge, a las afueras de París y está enterrado en esta ciu­dad. Sin duda, un seis de febrero, bien diferente del que vivió en 1934. 

Su peso literario ha sido olvidado injustamente, pero la criminalidad de sus artículos impedía toda cercanía con el lector. Tras la liberación de Francia, pudo haberse escapado como muchos, como Céline. Pero no. Se escondió y se entregó a la policía al saber que habían arrestado a su madre. Hoy, es un autor de culto, como lo es el poeta André Chenier, al que tanto amaba. Ambos, jóvenes escritores muertos prematuramente en el fulgor de unas fascinacio­nes letales. 

Robert Brasillach es el único escritor de prestigio del fascismo francés que fue fusilado en la inmediata posguerra, por su colaboración con los nazis. El general De Gaulle, como jefe militar, no le concedió el indulto.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Manuel Goded Llopis (1882-1936)

Protagonista de varios intentos de pronunciamiento contra la República, de la que fue jefe del Estado Mayor del Ejército durante los primeros meses, logra sublevar Mallorca y encabeza el alzamiento rebelde en Barcelona

Barcelona, 19 de julio de 1936. Aunque ya está todo perdido, el general Manuel Goded, atrapado en la capitanía de Barcelona, realiza un último y desesperado intento para evitar la rendición. Lleva demasiado tiempo preparando el golpe, conspirando y esperando el momento oportuno para asaltar el poder, como para poner fin tan pronto a sus sueños de gloria.

"La jornada me ha sido favorable", le espeta sin convicción al general Aranguren, que ya se siente triunfante al frente de la Guardia Civil. "Lo siento mucho, pero mis informes son opuestos a los suyos (...). Hemos resuelto darle a usted media hora para rendirse". No hay más palabras y, al ver que los militares sublevados siguen sin entregarse, son los propios efectivos de la Guardia Civil quienes, tras bombardear el edificio donde se encierran los mandos rebeldes, apresan al general Manuel Goded. Guardan buen cuidado de respetar su vida, pues Lluís Companys, presidente de la Generalitat, ha ordenado que lo lleven ante él. Así termina para Goded el sueño de convertirse en el héroe que colocara Barcelona del lado de los sublevados.
Aquel genera!, de mirada y bigote afilado, nacido en San Juan de Puerto Rico el 15 de octubre de 1882, presume a sus 53 años de una fulgurante carrera militar colmada de honores y ascensos meritorios. Pertenece a la generación de los africanistas, generales que tras batirse en la Guerra de Marruecos no aceptan la intervención del Gobierno en los asuntos del Ejército.

En 1896, con apenas 14 años, ingresa en la Academia de Infantería, consiguiendo el ascenso a capitán del Estado Mayor a la edad de 22 años. Durante la guerra ante Marruecos le espera una brillante trayectoria al otro lado del Estrecho, ya que forma parte del grupo que desembarca en Alhucemas, y pronto obtiene su recompensa por méritos de guerra, logrando el ascenso a coronel en 1924.

Dos años después, se convierte en general de Brigada, y un año más tajrde obtiene el generalato de división. Tras la pacificación, Sanjurjo le nombra jefe del Estado Mayor del Ejército de África.

El nombre de Manuel Goded Llopis figura también entre quienes asisten a las reuniones de Rabat con los franceses para decidir el futuro del guerrillero Abd e Krim. 

Cuando el general Miguel Primo de Rivera toma el poder en 1923, Goded forma ya parte del grupo de militares que le apoyan, aunque poco tiempo después dejará de hacerlo.

En 1929, Goded desembarca en Valencia para ponerse al frente de un levamiento militar, pero la operación fracasa y decide entregarse. Por ese hecho, se enfrenta a un juicio por traición y queda apartado de sus obligaciones militares, pasando a la reserva. Desde allí, en enero de 1930, prepara una nueva conspiración contra Primo de Rivera, pero no llega a consumar sus planes: dos días después, el dictador presenta su dimisión.

Con la llegada de la Segunda República, el Gobierno rescata a Manuel Goded de la reserva. Aunque Azaña no le profesa gran simpatía, decide reconocerle los méritos anteriores y concederle la Jefatura del Estado Mayor Central del Ejército. El nuevo régimen republicano tampoco es del agrado de Goded que, a pesar de su nuevo nombramiento, vuelve entablar contacto con otros militara para conspirar contra el Gobierno. No tarda en participar en un nuevo intento de golpe de Estado; la Sanjurjada del 10 de agosto de 1932, donde confabula junto a los generales Cabanellas, Queipo de Llano y Sanjurjo.

Años más tarde, Francisco Franco contará que Goded no obtuvo entre sus compañeros el consenso necesario para ponerse al frente del levantamiento. Pese a la insistencia de Mola en que así fuera, finalmente Franco desistió, ya que "Goded, por ser más antiguo, se resistiría a obedecerme, al igual que Queipo de Llano".

Este nuevo fracaso devuelve al general Goded al ostracismo militar, aunque permanece en activo. Durante la preparación del golpe de Estado, Goded y los partidarios de restaurar la Monarquía se ocupan de mantener el contacto con sectores republicanos conservadores que les ayuden en su empresa, aunque su propósito es, más bien, convertir a la República en un régimen de derechas más militarizado.

Poco antes de esta revuelta, en junio de 1932, Goded protagoniza un sonoro incidente durante unas maniobras militares en Carabanchel (Madrid). Al finalizar el acto, dirige una arenga a los cadetes y oficiales concentrados en el lugar, cerrando su discurso con un "¡Viva España y nada más!". El teniente coronel Mangada no secunda el grito y le insta, a su vez, a elogiar un "¡Viva la República!". Mangada es duramente increpado por Goded y, éste, furioso, lanza su guerrera al suelo y la pisotea, profiriendo insultos contra él.

Tras el incidente, el Gobierno republicano toma medidas drásticas contra ellos: arresta a Mangada por la rudeza de su actitud y lo lleva a los tribunales. El propio Goded presenta su dimisión, que es aceptada por el Gobierno.

Éste, técnicamente, no comete ninguna falta, pero el presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, Manuel Azaña, conoce los sentimientos antirrepublicanos del general y no confía en él, por lo que acepta su renuncia.

Mangada consigue la absolución poco después, en gran parte gracias al apoyo de sus compañeros, pero Goded logra volver a la actividad militar gracias a otros méritos. En 1934, el Gobierno tiene que hacer frente a la revuelta de Asturias. Manuel Goded ayuda al general Francisco Franco a sofocarla, y el Gobierno radical-cedista de Lerroux, agradecido por estos servicios, le devuelve a los cuarteles; esta vez como director general de Aeronáutica y de la 3ª Inspección del Ejército.

Sin embargo, Goded no dura mucho en este nuevo cargo. Sigue obstinado en levantarse contra el régimen republicano, temeroso ante la posibilidad de tener que obedecer algún día las órdenes de un gobierno de izquierdas.

En diciembre de 1935, la CEDA trata de hacer valer su mayoría parlamentaria y Gil Robles solicita al presidente de la República que le permita formar Gobierno, pero ante su negativa acude a los generales hostiles al régimen con el fin de tantear la posibilidad de propinar un nuevo golpe de Estado. En esta ocasión, Goded, impaciente, se muestra favorable a pasar a la acción inmediatamente, pero es Franco quien les convence, a él y al resto de los generales confabuladores, que todavía es demasiado pronto para conspirar.

Se acercan las elecciones del 16 de febrero de 1936. Los generales Fanjul y Goded procuran desplazarse a Madrid para seguir más de cerca el desarrollo de los comicios y prepararse para pasar a la acción. El primero se busca una excusa para viajar sin levantar sospechas, pero Goded no se molesta en disimular sus intenciones, y solicita permiso oficial para el viaje.

El Frente Popular se proclama ganador de las elecciones y, mientras sus partidarios celebran el triunfo electoral en la calle, Gil Robles maniobra para conseguir que se declare el estado de guerra. En la mañana del día 17, Goded y el resto de los militares hostiles al régimen republicano estudian la posibilidad de comenzar un pronunciamiento, pero muchos de los compromisarios con quienes contaban acogen con tibieza la propuesta, ya que saben que tendrán enfrente a la Guardia Civil y a los guardias de asalto, por lo que, nuevamente posponen el plan.

El nuevo Gobierno, conocedor de las maniobras sediciosas de los generales Goded, Mola y Franco, decide prudentemente alejarles de la capital. Goded es enviado a las Baleares como comandante general, pero a pesar de la dispersión, los conspiradores continúan manteniendo el contacto, preparando lo que, ahora sí, será el levantamiento del 18 de julio de 1936. Ese día, Goded suma las islas de Mallorca e Ibiza al bando rebelde, dejando el archipiélago balear en manos de personas de confianza, y se apresura a coger, junto a su hijo, un hidroavión rumbo a Barcelona.

Allí, los combates son iniciados por el general Burriel que, a primera hora de la mañana, y sin esperar ni un instante telefonea entusiasmado a Goded para contarle la marcha del levantamiento. Sin embargo, éste sospecha que las cosas no van tan bien como deberían: él mismo acaba de oír cómo Radio Barcelona proclama el fracaso del levantamiento en la ciudad catalana. Aún así, no desiste y, acostumbrado a desenvolverse en la vorágine de la guerra, decide seguir adelante con el plan.

El Savoia amarra en Barcelona, y Goded se encuentra con un recibimiento más frío del esperado: la sublevación, le informan, ha sido secundada por casi todas las fuerzas del Ejército, excepto Intendencia y Aviación, y el bando rebelde ya le espera para contar con él como cabeza visible: "Considero una obligación, mi general, decirle que sepa usted que se mete en la boca del lobo", le advierte un oficial nada más llegar. "Así lo creo yo también, pero prometí venir y aquí estoy", replica Goded.

El general emprende la marcha hacia el Cuartel General de la división de Barcelona y logra arrestar al general Llano de la Encomienda que, desde su despacho, trata de dominar por todos los medios a los militares sublevados. "¡Traidor!", le espeta nada más entrar en la estancia. "El traidor eres tú", replica, ya preso, el general republicano. Goded, sin prestarle más atención, se vuelca en la tarea de dirigir las maniobras militares, aunque poco después no puede evitar que le invada el desánimo.

El general Aranguren, que tiene bajo su mando a la Guardia Civil, está a las órdenes de Lluís Companys. Goded, nervioso, le telefonea para exigirle la rendición, pero Aranguren replica: "Yo sol: obedezco órdenes de la República".

La progresiva pérdida de posiciones y la certeza de que los rebeldes no ha logrado controlar ninguno de los puntos estratégicos de la ciudad hace que el desánimo cunda entre los sublevados. Goded se resiste a reconocer la derrota y ordena a sus tropas prolonguen la lucha.

El escritor Abel Paz, en Durruti durante la Revolución, cuenta que Goded se sintió abandonado por sus compañeros de sublevación. Llano de la Encomienda, retenido le recordó: "Derrotado, que no es lo mismo, Goded".

A estas alturas ya se declara partidario de la rendición, mientras que Goded sigue empeñado en proseguir la lucha. Pero, a primera hora de la tarde, cae la Capitanía general.

Según se recoge en la obra colectiva Crónica de la guerra española (Códex, 1966): "Goded monta su pistola y apoya el cañón en la sien. Aprieta el gatillo. La munición falla. Es detenido al momento". Poco después, le llevan ante la presencia del presidente  de la Generalitat.

Manuel Goded anuncia contra su voluntad el fracaso de la sublevación por radio, aunque se resiste a reconocerlo como propio: "Yo no me he rendido. Me han abandonado. Si usted lo cree conveniente Presidente, diré que he caído prisionero», le dice a Companys.

Más tarde, la radio difunde las abatidas las palabras del general Goded: "La suerte me ha sido adversa y he caído prisionero. Si queréis evitar el derramamiento de sangre, quedáifs desligados del compromiso que teníais  conmigo". Tras su entrevista con Companys, Goded es conducido al banco-prisión Uruguay, donde le someten a un Consejo de Guerra.

El 12 de julio, el Gobierno republicano, a través del Ministerio de Guerra, publica un decreto por el cual el general Goded, al igual que Franco, Cabanellas, Queipo de Llano, Fanjul y Saliquet, causa baja definitiva del Ejército

Condenado a muerte, Goded es fusilado, junto a Burriel, el 12 de agosto de 1936 en el Castillo de Montjuíc. Asu hijo le canjearán más tarde como prisionero.

Tras el triunfo del Ejército rebelde, la memoria de Goded cae en desgracia para el bando franquista, pues, a tenor de las declaraciones que hace por la radio -que fueron repetidas por el bando republicano una y otra vez durante las horas siguientes a la lucha por Barcelona, anunciando la victoria del frente republicano en la ciudad-, algunos lo consideran un cobarde y un traidor, mientras que, según recoge Gabriel Jackson en La República española y la guerra civil (1931-1939): "los veteranos republicanos creen que lamentó el alzamiento desde el momento en que se dio cuenta del escaso apoyo popular con el que contaba". Jackson también explica que el hijo del general, Manuel Goded, quiso recuperar el buen nombre de su padre con la publicación en 1938 del libro Un faccioso cien por cien (Ediciones El Heraldo, Zaragoza). Explica que su padre fue abandonado a su suerte y no tuvo más salida que rendirse ante los defensores del régimen republicano.

Según sostiene su hijo, el general no tuvo más opción que dirigir aquellas palabras por radio para evitar que desde Palma de Mallorca salieran más fuerzas rebeldes rumbo a Barcelona, ya que habrían sido capturadas una vez llegadas a la ciudad.

Noticias:

Han sido condenados a muerte los ex generales Goded y Burriel por alzarse en armas contra el Gobierno republicano (La Libertad, 12/8/1936)
El Consejo de Guerra contra Goded y Fernández Burriel (El Dia, 12/8/1936)

Juan Yagüe Blanco (1891-1952)

Falangista de primer orden, amigo de José Antonio Primo de Rivera y compañero de Franco en la Academia de Toledo, encabeza la sublevación rebelde en Ceuta y dirige las columnas que inician la marcha hacia Madrid

Juan Yagüe Blanco nace en 1891 en la localidad soriana de San Leonardo. Hijo de un médico rural, ingresa en la Academia Militar de infantería de Toledo en 1907, graduándose tres años después. Uno de sus compañeros de la 14ª promoción es Francisco Franco, del que será leal subordinado y amigo, aunque la amistad se enturbia años después por sus diferencias ideológicas y por el modo de llevar la guerra. Como otros militares con ganas de aventura y de hacer carrera, ansia ser destinado a África. Sin embargo, su primer destino no son las cálidas tierras del Rif sino la fría Capitanía de Burgos.

No obstante, su sueño se cumple en 1914, cuando se incorpora a los Regulares de Melilla. Su carrera es meteórica, alcanzando el grado de comandante en 1921. Para entonces ya ha recibido ocho cruces al Mérito Militar individual, casi tantas como heridas.

Su delicada salud, hecho que le acompaña durante toda su vida, le devuelve a la Península en 1924. En Burgos, sirve como ayudante del general Ricardo Burguete, al que sigue en su nuevo destino, la Capitanía General de Madrid. Consigue regresar a África en 1928, con el rango de teniente coronel, y lo destinan al grupo de Regulares de Larache.

Con motivo de las reformas militares de Azaña y la revisión de ascensos de buena parte de los militares africanistas, en 1933 le degradan a comandante, destinándolo a Vitoria.

Pocos meses después, Francisco Franco le encarga, por orden del ministro de la Guerra, Diego Hidalgo Durán, sofocar la revolución de los mineros asturianos de octubre de 1934. Le encomienda el mando de la columna de legionarios y regulares que, procedente de Marruecos, desembarca en Gijón el 10 de octubre. Su política de mano dura con el enemigo le provoca un fuerte enfrentamiento con el general López Ochoa, teórico jefe de la expedición. Juan Yagüe dará en el futuro nuevas muestras de su forma de entender el trato  los prisioneros.

Tras pacificar la cuenca minera le destinan a un regimiento de la guarnición de Madrid. Para entonces, Yagüe ya es amigo personal de José Antonio Primo de Rivera y ha entrado en contacto con la ideología falangista, que considera una alternativa al tradicionalismo de la mayoría de sus camaradas. Es de los pocos militares de alto rango que se afilia a Falange Española antes de la sublevación.

Franco le paga los servicios prestados en Asturias consiguiendo que le destinen de nuevo al Marruecos español, donde se pone al mando de la 2ª Bandera de la Legión de Dar Riffien, a las afueras de Ceuta, en febrero de 1936. Desdo allí, juega un papel secundario en la preparación del golpe, pero vital en sus inicios,. Por su rango de teniente coronel, no interviene en las reuniones de los generales en Madrid, aunque Mola le considera enlace un enlace con los militares de mentalidad falangista. Se convierte en la pieza clave del levantamiento en tierras marroquíes.

 Nada más llegar a Ceuta, el general Emilio Mola es destituido de su mando en África por el nuevo Gobierno. Antes de partir a su nuevo destino se reúne con varios de sus oficiales, Yagüe entre ellos. Muchos son los jefes de las columnas que se lanzan en verano sobre Madrid. En el puerto de Ceuta, Mola le estrecha la mano y se despide con un: "Juanit0, yo te avisaré». 

El 12 de marzo, éste se entrevista con José Antonio Primo de Rivera, líder de Falange. Tras intercambiar impresiones sobre la situación y sondearse el uno al otro respecto al pronunciamiento, Franco recuerda a Primo de Rivera que si necesita algo se ponga en contacto con su amigo común, Juan Yagüe. 

El residente del Gobierno, Casares Quiroga, al tanto de parte de los planes de los militares, tiene un encuentro con el teniente coronel Yagüe el 6 de junio de 1936. Casares pretende neutralizar el peligro que supondría un levantamiento en África. Aunque el presidente del Gobierno y ministro de Guerra tiene en mente relevar del mando a Yagüe, finalmente no se atreve e intenta neutralizarlo ofreciéndole la agregaduría militar de la embajada en Roma. Según algunas versiones, Yagüe rechaza el ofrecimiento, le jura lealtad y decide conservar su puesto en Ceuta: ya ha hecho sus planes. En esos días comenta a unos amigos falangistas en Burgos: "Vosotros aguantad aquí, que yo subiré con la Legión". El 14 de junio regresa a Ceuta y se dedica a hacer los preparativos para cumplir su promesa. El 17 de julio Mola envía un telegrama a Yagüe con el inocente texto: "El pasado día 15, a las cuatro de la mañana, Elena dio a luz un hermoso niño". Es la contraseña, la orden de rebelarse.

Yagüe saca sus tropas de Dar Riffien y toma Ceuta a las 11 de la noche, sin disparar un tiro. Cinco horas más tarde, telegrafía a Franco, que se encuentra en Las Palmas, poniendo todo el Ejército africano a sus órdenes.

El 7 de agosto Franco y el ya coronel Yagüe vuelan hasta Sevilla, y con ellos los primeros contingentes de legionarios y regulares marroquíes. Franco da la orden de marchar sobre Madrid, entregando el mando de unos 10.000 hombres a Juan Yagüe, que inicia una marcha espectacular. Su aureola crece a la par que avanza por las tierras del sur. Sus columnas cubren 300 kilómetros en una semana.

El 11 de agosto toma Mérida, unificando las dos zonas de la España nacional. Sólo encuentra dificultades en Badajoz, que es finalmente tomada el 14 de agosto. El sometimiento de la ciudad dirigido por Yagüe se convierte en uno de los episodios más sangrientos de la represión durante la Guerra: de los 4.000 milicianos y guardias de asalto que defienden la ciudad, unos 2.000 son ajusticiados en la plaza de toros.

El 20 de agosto retoma la marcha. De camino a la capital surge el primer encontronazo con su idolatrado jefe; el coronel Moscardó resiste con un puñado de hombres en el Alcázar de Toledo. La ciudad no tiene ningún valor militar, pero Franco decide que Yagüe desvie sus tropas para rescatar a los sitiados el 21 de septiembre. Yagüe se enfurece. Para él, supone perder la ocasión de tomar Madrid, ya que la demora ofrece una gran oportunidad para que las fuerzas de la capital preparen su defensa. Dos días después es relevado del mando y es sustituido por el general Varela.

Pero el coronel, que osa rechazar una orden de Franco, intriga junto a Nicolás Franco y los generales Kindelán y Millán Astray para apoyar la creación de un mando único encabezado por Franco.

A finales de septiembre, el coronel Yagüe se reúne con la Junta de Defensa Nacional y recuerda a los generales, casi todos reacios a entregar todo el poder a Franco, que la Legión está con él.

El 7 de octubre se reinicia la marcha sobre Madrid. Yagüe es rehabilitado y se le encomienda una columna, pero bajo el mando de Varela. En la Batalla de Madrid, los hombres de Yagüe destacan con la toma del cerro Garabitas y en la entrada de Ciudad Universitaria.

Un ataque al corazón a mediados del mes de diciembre de 1936 obliga a Yagüe a dejar el frente. En la primavera de 1937, muchos falangistas de primera hora, Yagüe entre ellos, se muestran disconformes con el Decreto de unificación entre Falange y los tradicionalistas, por el cual Franco reúne a todos los partidos que han apoyado el alzamiento.

En julio, tras la Batalla de Brunete, se crea el cuerpo de Ejército marroquí al mando del ya general de Brigada Juan Yagüe, que lo conduce victorioso en la campaña de Teruel, en diciembre del mismo año. La conquista de Vinaroz y la partición de la España republicana en dos hacen pensar a Yagüe que el próximo objetivo debe ser Barcelona. Sin embargo, y como pasa con Toledo, Franco decide esperar.

El 19 de abril de 1938, Yagüe pronuncia unas palabras que reflejan la radicalidad nacionalsindicalista de su pensamiento y que colman la paciencia de Franco. "En las cárceles, camaradas, hay miles y miles de hombres que sufren prisión. ¿Y por qué?. Por haber pertenecido a algún partido o a algún sindicato. Entre esos hombres hay muchos honrados y trabajadores, a los que con muy poco esfuerzo, con un poco de cariño, se les incorporaría al Movimiento. (...) Hay que ser generosos, camaradas. Hay que tener el alma grande y saber perdonar. (...) Yo pido a las autoridades que revisen expedientes, que lean antecedentes y que pongan en libertad a esos hombres para que devuelvan a sus hogares el bienestar y la tranquilidad, y podamos desterrar el odio". Este discurso de reconciliación es censurado y le cuesta un nuevo relevo. Sin embargo, Franco le recupera tres meses más tarde para la Batalla del Ebro.

Yagüe tiene a su cargo la línea paralela al rio, que discurre entre Mequinenza y el mar. En uno de sus puntos, el Ejército republicano lanza su ofensiva en la noche del 24 de julio de 1938. Tras dos semanas para reponerse del avance inicial republicano, Yagüe lanza una contraofensiva el 14 de agosto. Día a día, sus tropas avanzan hasta que, finalmente, el 16 de noviembre no queda un soldado republicano en el margen derecho del río Ebro.

Para el asalto final sobre Cataluña, Franco se toma el tiempo necesario para recibir material alemán. Una vez en su poder, lanza la ofensiva final. El flanco sur de la misma es responsabilidad de Yagüe, que el 14 de enero de 1939 alcanza Tarragona y el 24 llega al río Llobregat, cruzándolo al día siguiente. Dos días más tarde instala sus tropas en Montjuïc y al mediodía entra en Barcelona. Es, sin duda, uno de los momentos de mayor gloria del general de Brigada Juan Yagüe Blanco.


Tras finalizar la guerra, Yagüe es el militar más aclamado de los que han luchado sobre el terreno. Respetado por sus compañeros de armas, es idolatrado por los falangistas de a pie. Además, ha demostrado tener carisma e incluso que sabe dar discursos. Por su parte, el Caudillo le nombra ministro del Aire en el nuevo Gobierno de agosto de 1939.

Según el historiador británico Paul Preston, Franco buscaba apartar a Yagüe del mando del Ejército de Marruecos. El nuevo ministro es un convencido germa-nófilo empeñado en que España entre en la Segunda Guerra Mundial del lado de los nazis. Desde su cartera, se afana en reconstruir las fuerzas aéreas españolas llegando a planear la creación de una industria aeronáutica nacional.

Así, a finales del verano de 1939, varios oficiales, tan falangistas como germanófilos, crean una| Junta clandestina encabezada por el coronel Tarduchy, Su contacto más importante dentro de la jerarquía militar es el ministro del Aire. Uno de los capitanes se encarga de denunciar a Yagüe ante el director general de Seguridad, acusándole de participar en un plan para desplazar a Frarco del poder con ayuda de los alemanes.

El 27 de junio de 1940, tres meses después de que le ascienda a general de División, Franco le recibe en su despacho. Los detalles del encuentro aparecen los papeles personales del Generalísimo. "La doblez de tu conducta, formar par de un gobierno y por detrás de él poner cátedra de difamación del mismo ( hay disidente o rebelde que no sea amp rado en el Ministerio del Aire (...). Donde hay alguien que me sangre, allí estás tú".  Franco saca a relucir, incluso, la matanza de Badajoz. Yagüe sale de la reunión destituido y confinado durante casi dos años en su pueblo natal.

Sin embargo, a mediados de 1942, Franco cree necesario compensar el creciente poder que tienen los militares monárquicos. Así, recupera a Yagüe y le encarga, el 12 de noviembre, el mando del cuerpo del Ejército de Marruecos. Sobre él tendrá al general Orgaz, alto comisario en Marruecos, monárquico y aliadófilo. Un año después, Franco le asciende a teniente general, dándole el mando de la 6ª Región militar, con cabeza en Burgos. Desde entonces se centraren un nuevo peligro, el maquis -la guerrilla emboscada en las montañas del sur de Francia-.

Con los ejércitos del Eje en retirada, el general republicano Riquelme y Santiago Carrillo planean cruzar el Pirineo con 5.000 hombres. Son meses de gran actividad guerrillera, y para combatirla Yagüe crea un arco sanitario entre Burgos y Barcelona para evitar la invasión.

En marzo de 1945, con la Segunda Guerra Mundial a punto de terminar y la incertidumbre ante la postura de los vencedores frente al régimen franquista, se reúne el Consejo Superior del Ejército. Se debate la continuidad de Franco en la Jefatura del Estado. Yagüe, a pesar de sus desencuentros, se muestra partidario de que siga al frente.

La última de sus disidencias queda recogida en un nuevo discurso pronunciado en marzo de 1950. En esta ocasión el centro de las críticas son los arribistas y falsos falangistas que medran ante la indiferencia de Franco. Yagüe asiste desencantado al progresivo distanciamiento entre la sociedad y las fuerzas armadas: "Incultos, ineducados, sin más bagaje que su habilidad para comprar conciencias, que se enriquecen rápidamente y hacen alarde de su desvergüenza; otros son encumbrados a puestos distinguidos sin que nadie sepa cuál es la mano negra que los eleva y los mantiene (...). Y cuando vemos todo esto nos preguntamos hasta cuándo va a durar nuestra paciencia, hasta cuándo querrá Dios que suframos a estos individuos".

Juan Yagüe Blanco muere el 20 de octubre de 1952. Dos días después, Franco le concede el título de Marqués de San Leonardo.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Melquíades Álvarez (1864-1936)

Con una trayectoria a caballo entre la izquierda moderada y la derecha republicana, muere fusilado por milicianos de la FAI quien fue presidente del Congreso en 1922 y firme opositor a la dictadura de Primo de Rivera

Cuando en 1936 estalla la Guerra Civil, Melquiades Álvarez, fundador del Partido Liberal Demócrata (PLD), decide permanecer en Madrid desoyendo a sus amistades más cercanas, que le recomiendan abandonar la capital. Un consejo prudente ya que, a partir del pronunciamiento militar del 18 de julio, numerosas bandas de milicianos sin control comienzan a batir la ciudad en busca de importantes dirigentes derechistas, Y él pasa a serlo tiempo atrás a ojos de las izquierdas, cuando durante el segundo bienio (1933-1935) apoya los sucesivos gobiernos de centro-derecha y pretende mantener una difícil posición de equilibrio.

Melquíades Álvarez nace en Gijón en 1864. Pertenece a una familia humilde, obligada a emígiar a Oviedo tras la muerte del cabeza de familia. Es en la facultad de Derecho donde adquiere su ideología republicana, tras empaparse de influencias krausistas, liberales y demócratas. Después de graduarse, su vida se divide entre el periódico, el bufete y la universidad, en la que, con tan solo 25 años, se catedrático de Derecho Natural. Siguiendo una evolución igualmente natural no tarda en lanzarse a la arena política.

En 1901 consigue su escaño en el Congreso como diputado republicano por Oviedo. Pronto demuestra una gran aptitud para la oratoria y se une a la corriente gubernamental. Ésta aboga por transformar el régimen y conseguir una monarquía democrática o a la inglesa, en palabras del propio Álvarez, en la que los republicanos gubernamentales ocupen la izquierda. Tras varios intentos fallidos de unificar su movimiento al de los conservadores y al de los republicanos radicales, el gubernamentalismo se constituye como partido político.

Antes de 1910 comienzan a aparecer círculos melquiadistas en Asturias y, desde ese año, una agrupación republicana gubernamental inicia su actividad en Salamanca.

Por fin, én 1912, surge oficialmente el Partido Reformista, con Melquíades Álvarez y Gumersindo de Azcárate a la cabeza. Se trata de una alternativa moderada al republicanismo tradicional, capaz de atraer a las clases medias con propuestas como la intervención del Estado en favor de los trabajadores, sin riesgo para la propiedad privada; la necesidad de introducir el matrimonio civil y la libertad de cultos; o la satisfacción de las demandas del nacionalismo catalán sin necesidad de perjudicar a la unidad nacional.

Sin embargo, durante los seis años siguientes, los intentos de democratizar el régimen fracasan, entre otras razones, por la resistencia de Alfonso XIII a poner en práctica propuestas liberales.

Los años que van de 1918 al golpe de Estado de Primo de Rivera (1923) marcan el fracaso del proyecto reformista y la pérdida de credibilidad del partido, situado a medio camino entre la derecha del republicanismo y la izquierda del liberalismo monárquico.

Durante la Dictadura, Álvarez -nombrado presidente del Congreso en 1922- mantiene una oposición enérgica, convencido de la necesidad de una conspiración para derribar al dictador. Pero, tras el fracaso de la Sanjuanada -confabulación militar para derrocar la dictadura de Primo de Rivera, programada en la noche de San Juan de 1926- su actitud se vuelve más moderada, y es reacio a poner en peligro la Monarquía mediante un complot militar. Su indecisión personal le hace aparecer mudable y tornadizo ante sus partidarios, que le relegan a una posición secundaria con el advenimiento de la Segunda República en 1931.

Ese año, el Partido Reformista cambia su nombre por el de Partido Liberal Demócrata (PLD). La ausencia de transformaciones más profundas y el inicio de graves tensiones internas en el partido lo hacen fracasar en las elecciones a las Cortes Constituyentes en junio de 1931.

En 1932, la creciente actitud crítica de Álvarez hacia las medidas del Gobierno socialista le llevan a apoyar el frustrado golpe de Estado del general Sanjurjo. A lo largo de 1933, el PLD va perdiendo adeptos hasta que la llegada al Gobierno de Lerroux permite su regreso al poder e inicia la progresiva derechizácíón del melquiadismo.

La victoria del Frente Popular en 1936 supone el fin del PLD, fuertemente tocado por las divisiones internas y los intentos de sus miembros por darle un giro centrista. Álvarez se aparta casi por completo de la política y de la vida pública. El 18 de mayo pronuncia el que será su último discurso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

Tras el pronunciamiento militar del 18 de julio, Álvarez decide ocultarse en el domicilio de su hija Carolina con el fin de escapar de las patrullas revolucionarias. Su escondite sólo dura unas semanas. En agosto, la denuncia de una sirvienta provoca la inmediata presencia de los milicianos en la casa. Por suerte, una llamada del policía que sirvió de escolta a Álvarez evita una desgracia mayor. La Guardia de Asalto le traslada a la Dirección General de Seguridad, donde le ofrecen la posibilidad de abandonar el país por la frontera con Portugal, pero éste no acepta.

Según el historiador Luis Fernández, su negativa tiene que ver con la preocupación que siente por la suerte que pueda correr su familia, cuya seguridad no le garantizaban las autoridades. Como última opción, lo envían a la cárcel Modelo, que aún está bajo el control de los guardias de asalto y, en principio, constituye una protección mayor para su vida.

El 17 de agosto comienza su calvario: un grupo de milicianos se presenta en la cárcel y, con el pretexto de interrogar a los presos políticos, le roban impunemente. Tres días después regresan, y el 21 liberan a un nutrido grupo de presos comunes. A las pocas horas, milicianos de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) entran en su dependencia y, tras un breve interrogatorio, lo llevan junto a otros reos políticos al edifico central de la Modelo, Comienzan entonces las vejaciones y los insultos, de los que Álvarez se convierte en víctima predilecta.

Según el testimonio de un preso falangista, su irritación llega a tal punto que rompe una airada protesta, con la que repudia todo aquello por lo que luchó en su juventud: "Maldigo y reniego de esta vil democracia y me arrepiento de ella", afirman que gritó antes de ser asesinado, la noche del 22.

Sin embargo, historiadores como Iñigo Fernández consideran este relato un elemento más de la propaganda con la que los sublevados en 1936, acompañan sus acciones militares. Aunque comete errores a lo largo de su carrera y escoge a algunos aliados equivocados, es poco creíble, según Fernández, que en sus últimos momentos, Melquíades Álvarez renegase de la democracia que defendió durante toda su vida.

Alberto Bayo (1892-1967)


Fiel al Gobierno de la República y defensor de Barcelona frente a la sublevación rebelde, dirige el desembarco en Mallorca de más de 6.000 hombres, el mayor realizado por el Ejército republicano durante el conflicto

"Me sorprendieron las luces del nuevo día sin haber podido cerrar los ojos y estábamos, ya, frente a las costas de Punta Amer. Era la madrugada del 16 de agosto. Ordené al capitán del instructor Almirante Miranda que se acercara lo más posible a la costa, ya que sabía que era el sitio más desguarnecido y de fácil acceso para nuestro contacto con tierra. Arengué a la fuerza y pedí voluntarios para que me acompañaran y, en seguida, se presentaron muchos más de los que cabían en la primera lancha motora". Así es como relata el general Bayo la expedición militar para la conquista de las Islas Baleares, en su libro de 1944 Mi desembarco en Mallorca, editado ya en el exilio mexicano.

El comando de esta expedición es la acción más importante del militar republicano Alberto Bayo Giroud, nacido en Camagüey (Cuba), en 1892. Tras cuatro años de estudio en Estados Unidos se educa, militarmente hablando, en el Alcázar de Toledo, y obtiene el título de piloto en la Escuela de Aviación Militar
de Madrid. Participa en la campaña de África, en la que permanece cinco años en el Tercio Extranjero y en las Fuerzas Militares nativas (fuerzas magrebíes, capitaneadas por oficiales españoles, que servían a España en África).

Cuando se produce el levantamiento en Barcelona por parte de los nacionales, el 19 de julio de 1936, Bayo está destinado como capitán aviador del Aeródromo del Prat de Llobregat. Según sus propias palabras, queda entusiasmado cuando le encargan encabezar la misión en las Baleares: "Vi el cielo abierto cuando aprecié que la propuesta de la conquista de las Baleares, planeada; y presentada por mí, al Gobierno de la Generalitat de Calatuñá, quedó en principio aceptada".

La propuesta es aprobada por unanimidad y Lluís Companys, presidente de la Generalitat, firma el 1 de agosto de 1936 un comunicado donde deja clara la potestad de Bayo para encabezar el mando de la organización del desembarco en las Baleares.

El 16 de agosto se produce la ocupación de Mallorca. Al Cabo de Punta Amer llegan algo más de 6.000 hombre; comandados por el general Bayo. Tras el éxito de la operación y una larga mañana de indecisión, los nacionales realizan un férreo contraataque al que se suman las bombas de los aviones italianos, que las fuerzas republicanas deben resistir.

Las playas se llenan de muertos y heridos: "El espectáculo era, inenarrable, deprimente, dantesco, para no desmoralizar a mis fuerzas reduje el número de muertos a una veinteava parte. Ninguno supo la terrible verdad del desembarco", cuenta en su libro. El 3 de septiembre Bayo se retira de Mallorca, y abandona a su suerte a sus hombres y material importante.

Bayo culpa al ministro de Marina, Indalecio Prieto, de dar la orden de retirar sus tropas. Por su parte, Manuel Azaña, defensor de Prieto, dice en sus Memorias que "la decisión la tomó el Gobierno presidido por Giral, del que no formaba parte Prieto". Sin embargo, Prieto, dos días antes de entrar a formar parte del primer Gobierno de Largo Caballero, que se instituye el mismo día de la retirada de Bayo, publica un artículo en el que se muestra contrario a la expedición.

Según el historiador Gregori Mir "no cabe duda que la orden de retirada la dio el Gobierno de Giral, pero no es aventurado suponer que una de las condiciones de Indalecio Prieto para aceptar la cartera de Marina pasaba por abandonar Mallorca".

Josep Massot i Muntaner, en su libro La Guerra Civil a Mallorca, afirma que "el abandono de la isla fue un error». Para el historiador mallorquín "la retirada fue el origen de la pérdida de la guerra por parte de los republicanos".

Al finalizar el conflicto, en 1939, Alberto Bayo se exilia en México. Allí se dedica a múltiples actividades, relacionadas siempre con el mundo de la docencia. Consigue una cátedra en la Escuela de Aviación Militar e interviene en diferentes países centroamericanos.

En 1955, Bayo conoce a Fidel Castro y a Ernesto Guevara, el Che, con quienes inicia una estrecha relación, hasta el punto de trasladarse a su Cuba natal con el fin de participar en la lucha guerrillera en Sierra Maestra, donde pone en práctica sus teorías sobre las guerrillas, de las que se considera un especialista y por las que muestra un gran interés en la Guerra Civil. Gran parte de los caídos durante la revolución cubana son alumnos suyos en estas prácticas militares.

Aparte de dedicarse a dar clases, Bayo escribe novela, poesía y relatos históricos, relacionados todos ellos con la vida militar o la guerra. Aún en España publica La guerra será de los guerrilleros (Barcelona, 1937); y, posteriormente, el ya citado Mi desembarco en Mallorca, de 1944; Mis versos de rebeldía (México, 1958); Tempestad en el Caribe, de 1950, con prólogo del Che Guevara; y Fidel te espera en la Sierra, Sangre en Cuba y Ciento cincuenta preguntas a un guerrillero, todos ellos de 1958. Con el fin de amenizar sus clases, inventa sonetos sobre los códigos de los guerrilleros: "¿Quieres ser un perfecto guerrillero?/ Sé obediente sin fin, disciplinado/ Jamás preguntes nada, sé callado/ Muy noble y servicial/buen compañero/ Con el fusil, un tirador certero/ En las marchas'muy largas, entrenado/ Con todos los demás siempre taimado/ Con los tuyos, perfecto caballero".

En los apuntes bibliográficos sobre Bayo, aparece una curiosa partida de ajedrez que disputó con el comandante Che Guevara. Fue en Cuba, en el salón de análisis y prensa instalado en el hotel Habana Libre, en mayo de 1962. Parece ser que aquella lucha en el tablero resultó emocionante, dada la personalidad de los contendientes. En Mi aporte a la Revolución Cubana (1960), Bayo escribe:
"Guevara y yo éramos los únicos ajedrecistas de igual fuerza que estábamos en el campamento Las Rosas, Chalco (México), y a la luz de un cabo de vela de llama oscilante, bailadora y juguetona, nos echábamos todas las noches grandes partidas de ajedrez a cara de perros. Aunque se indigne y eche los pies por alto, diré -ahora que no nos oye- que yo era mejor que él y le ganaba más partidas".

Un alumno le recordó estas palabras y les invitó a que se retaran allí mismo. Y así, sin pronunciar palabra, se pusieron frente a frente. La noticia del inusitado encuentro animó el salón de análisis y prensa. Llegaron fotógrafos, periodistas y aficionados. En la apertura, las blancas -en manos de Bayo- quedaron mejor, pero en las complicaciones entre el medio juego y el final, el Che impuso su estrategia y consiguió la victoria.

Alberto Bayo fallece en La Habana, en 1967, como general del Ejército de Fidel Castro, la más alta graduación del Ejército cubano.

José María Albiñana (1883-1936)

Fundador del derechista Partido Nacionalista Español y una de las plumas más provocadoras de la prensa de su tiempo, está al tanto de los preparativos de la rebelión militar, de cuyo fracaso en Madrid será víctima

"No hay más: libertades ni más democracia que las que cooperan a la seguridad y engrandecimiento de la Patria", así reza un telegrama, publicado en La Nación, que Albiñana, como líder del recién fundado Partido Nacionalista Español (PNE), envía a Mussolini el 4 de noviembre de 1930.

José María Albiñana, médico y abogado, nace en Valencia en 1883. Antes de llegar al líderazgo del PNE, pasa por diferentes etapas: desde los flirteos iniciales con el republicanismo, pasando por el liberalismo monárquico progresista, hasta acabar en la derecha reaccionaria.

Sus comienzos son difíciles. Hastiado de no hacerse con un hueco en la política de Madrid, el 21 de junio de 1921 marcha a México, donde reside ocho años. Se pueden diferenciar claramente dos etapas en el Albiñana mexicano: la primera, en la que se dedica a los negocios y mantiene una fructífera vida profesional y de buenas relaciones con la burguesía local; y una segunda, en la que comienza su evolución hacia un pensamiento más reaccionario, Las razones son múltiples: la añoranza de la patria la repulsa hacia los políticos republicanos que desde México critican la situación que se vive en España, la política de acoso a los intereses españoles por parte del Gobierno mexicano y, finalmente, la tendencia anticlerical que se vive en el país.

Por ello, es en tierras mexicanas donde moldea su ideario nacionalista y realiza sus escritos más importantes en prensa.

En enero de 1927 colabora con el diario ABC, donde publica la serie llamada Reivindicaciones Españolas, que levanta ampollas entre los intelectuales y políticos mexicanos, que consideran sus artículos intolerables, y lo expulsan del país.

A fínales de 1929 se instala en Madrid, y nuevamente colabora con ABC, lo que le sirve para conocer a Manuel Delgado Barreto, director de La Nación, el periódico de la dictadura de Primo de Rivera. Logra así establecer buenas relaciones entre los medios más afines al régimen. En buena lógica, la dimisión de Primo de Rivera le supone un duro golpe.

A principios de 1930 comienzan a cobrar fuerza las opciones republicanas, y Albiñana se erige en portavoz de la reacción. El 27 de febrero, a la salida de un acto contra el rey, reparte el Manifiesto por el Honor de España, una aguda invectiva contra sus compañeros del Ateneo de Madrid, contra la intelectualidad progresista y, sobre todo, un llamamiento para luchar contra los enemigos de la Monarquía. El manifiesto es ampliamente difundido, y Albiñana recibe numerosos apoyos en toda España. Seguro del respaldo obtenido, decide crear el PNE.

La organización invita a inscribirse a "todos los hombres honrados que sientan la inapreciable dignidad de haber nacido españoles". Se trata de un partido conservador creado a partir de un programa de 22 puntos en el que, entre otras cosas, se defiende el "mantenimiento del riguroso orden social", y se propugna un "Estado católico con una monarquía tradicional, administración centralizada y un sistema social y económico basado en la doctrina social de la Iglesia".

La formación surge primero en Madrid, para extenderse luego por el resto de España, aunque siempre de forma centralizada. Se crean los Legionarios de España, una fuerza paramilitar contra el régimen: "Somos la contrarrevolución y actuaremos por sorpresa, rescatando a nuestra Patria de la anarquía y arrollando por la fuerza todo cuanto se oponga a su seguridad y engrandecimiento", según el número 7 de La Legión, revista del partido.

Proclamada la Segunda República en abril de 1931, comienza el vía crucis del partido y de su líder. Sin quererlo, el propio régimen los resucita para convertirlos en el blanco de los exaltados de izquierda.

Tras los disturbios que tienen lugar el 10 de mayo de 1931, como consecuencia de la creación del Círculo Monárquico, y que provoca la quema de iglesias en la capital, el político valenciano es detenido y llevado a la cárcel Modelo. Los medios de comunicación de derechas le presentan entonces como un mártir. Escribe el libro Prisionero de la República y la serie de artículos A través de la Reja, publicados en La Nación.

Puesto en libertad el 10 de diciembre de 1931, consigue relanzar el partido y prosigue con su enfrentamiento particular contra la República, utilizando escritos cada vez más agresivos. La gota que colma el vaso es una carta dirigida a Casares Quiroga, en la que insulta sin contemplaciones al ministro de Gobernación. Esto le cuesta, aplicando la Ley de Defensa de la República, el confinamiento en Las Hurdes.

Pero Albiñana, cuya salud está muy deteriorada, vuelve a apelar a la prensa. Se desata una campaña a su favor que traspasa, incluso, las fronteras españolas. El 30 de agosto de 1932 logra la libertad y vuelve a Madrid para encontrarse con que su partido está virtualmente desaparecido debido a la represión desatada tras su participación en la Sanjurjada.

Es entonces cuando Albiñana ve en el fascismo su salvación, lo que provoca la división su partido. Ante la falta de acuerdo, acude a las elecciones de 1933 como candidato independiente por la provincia de Burgos y consigue salir elegido. Como parlamentarlo, sus intervenciones se caracterizan por su agresividad hacia la izquierda y respecto a la cuestión catalana, su verdadera obsesión. Así, tras la entrada de la CEDA en el Gobierno y la suspensión del Estatuto, modera sus ímpetus y pasa a un segundo plano en la escena política.

Cuando Calvo Sotelo vuelve a España en 1934, Albiñana no duda en reorientar la línea de su partido, poniendo todos sus medios a disposición del Bloque Nacional, la coalición de derechas a la que, junto con Renovación Española, el PNE se adhiere. Pero la arrolladora victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero del 36 da un vuelco a la vida política del país, y el partido de Albiñana vuelve prácticamente a desaparecer.

Respecto al golpe de julio, no hay pruebas claras de la participación de los alblñanistas en el mismo. Según afirma Julio Gil Pecharromán en José María Albiñana y el Partido Nacionalista Español, "Albiñana forma parte del círculo de políticos que están al tanto de los preparativos del golpe". De hecho, tras el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio, acude a Pamplona con mensajes para Mola sobre el alzamiento en Madrid. Tres días después regresa a la capital, alegando que "los que hemos preparado la sublevación tenemos que permanecer en los puestos de mayor peligro", según se recoge en un artículo publicado en El Castellano en agosto de 1939 y citado por Gil Pecharromán.

La sublevación le sorprende en Madrid. Consigue abandonar su casa y llegar a las Cortes disfrazado de invidente. Allí logra refugiarse hasta el 3 de agosto, cuando la prensa da a conocer su paradero. Es encarcelado en la cárcel Modelo y muere fusilado el 22 de agosto, después de ser golpeado y vejado por milicianos exaltados de izquierda.